Silvio (y los otros), Paolo Sorrentino, 2018

Guillem Santacruz

Puede que lo que más aprecien los artistas sea tener un estilo propio, que cuando el espectador contemple su obra reconozca la autoría al instante al instante. Que diga: sí, esto es de ese artista, no puedo estar equivocado. Esto es lo que ocurre con Paolo Sorrentino (Nápoles, 1971). La forma que tiene el director italiano de narrar una historia (guiones y montaje) es inconfundible. Películas como La gran belleza o La juventud muestran su habilidad para penetrar hasta el fondo de las cuestiones humanas más esenciales e íntimas como lo son la muerte, el amor o el arte, al mismo tiempo que es capaz de dibujar con frescura y originalidad un mapa del mundo contemporáneo. Nuestra actualidad, en la que por la mañana podemos ser espectadores apasionados de un reality showy, por la tarde lectores concienzudos y conmovidos del Rilke más reflexivo. Es memorable la inserción a modo de pastiche de un videoclip de pop en la película La juventud, unos minutos antes de que el personaje de Harvey Keitel nos enseñe, en la cima de una montaña, cómo se ve el presente y el futuro desde allí arriba, en medio de la quietud y el silencio, cuando el espíritu se siente más inclinado a tratar este tipo de cuestiones.

Silvio (y los otros) se diferencia del resto de sus creaciones más recientes en que trata un personaje real, el expresidente de la República italiana Silvio Berlusconi. Sorrentino, sin embargo, tarda bastante en mostrar al personaje interpretado por Toni Servillo. Lo va rodeando, dejando que el espectador vaya sintiendo su inminente presencia, su seductora, sensual y lasciva presencia. Así que llegamos a él por medio de otro personaje. Sergio Morra, cansado de llevar a cabo negocios de poca monta en su natal Trento, toma una decisión radical. La única manera de prosperar será ir a Roma y acercarse al Presidente, como todos lo llaman. Solo así podrá salir de la mediocridad y mezclarse con lo más granado de la sociedad italiana. ¿Pero cómo acceder a Il Cavaliere? ¿Cómo atraer su atención, ahora que está sumido en una crisis tras su abrupta salida del gobierno? Sergio alquila una casa que está justo delante de la mansión de Berlusconi en la Cerdeña. Monta fiestas, fleta un barco lleno de velinas, se gasta una fortuna en intentar llamar su atención. Hasta que lo consigue. Y entonces presenciamos a un Berlusconi que se esfuerza por mostrarse viril, seductor y juvenil. Pero es todo un engaño. En su lugar nos encontramos con una persona derrotada, maquillada y que utiliza un líquido especial para lavar su dentadura que huele tan fuerte que una de las velinas le espeta que ese olor le recuerda a su abuelo.

La imagen que se ofrece del político es distinta a la que, en un primer momento, podríamos esperar encontrarnos. Nada de fiestas bunga bunga. No hay sexo ni desenfreno. Solo patetismo y decadencia. Silvio primero ignora el cebo de Sergio. Está demasiado ocupado intentando volver a enamorar a su mujer. Le canta canciones, quiere que vea que es una persona sensible, romántica y enamorada. Pero es todo en vano, y es entonces cuando se entrega a sus antiguos vicios. O lo intenta. Él mismo se da cuenta de lo patético que es todo. Con dolor, se da cuenta de que ya no es el que era. Nos encontramos con un personaje lleno de matices, con una psicología profunda que en muchas ocasiones se aleja de esa imagen que el mismo Berlusconi ha cultivado en los medios de comunicación y en sus numerosas actuaciones extravagantes como jefe de gobierno. Observamos la derrota, el canto de un cisne engominado que se proclama ángel de la noche, pero que no es nada más que una criatura patética. Intenta dar un golpe de efecto en política y lo consigue. Vuelve a formar gobierno, pero ya está condenado. Mientras, observamos a una jet set italiana que lo endiosa al mismo tiempo que lo intenta apuñalar por la espalda. Sorrentino consigue que sintamos compasión por él. Es una especie de Don Giovanni mozartiano, un personaje que durante toda la obra no ha dado más que motivos al espectador para que lo rechace, pero que, a última hora, le hace sentir pena, lástima y empatía.

Sorrentino, de esta forma, consigue ofrecernos un relato inesperado y poliédrico de uno de los últimos personajes que han brillado como estrellas en esta sociedad del espectáculo en que vivimos. Con menos ocasiones que en otras de sus películas para la reflexión profunda y el encuentro con las preguntas esenciales, Silvio (y los otros) se erige como una de las grandes ficciones recientes que han abordado la manera de ser del político moderno. Por cierto, Sorrentino ha optado por distribuirla en dos formatos distintos. Existe una versión corta que es una película de más de horas y existe una serie de dos capítulos, que añaden 54 minutos al metraje de la película. Les recomendamos que opten por ver los dos capítulos y, a ser posible, en versión original.