Cuando tengas miedo, polas bravas

Elena Fernández Montes

Jurista, feminista y vecina de Chantada (Lugo)

Todas conocemos el miedo: el racional y consustancial al ser humano, que nos permite desarrollar la necesaria prudencia y nos mantiene vivas; la versión premium que traemos debajo del brazo las mujeres -y, en general, la otredad- que además de mantenernos vivas nos priva de experiencias deseables; e, incluso, el miedo full extra, el desproporcionado que no se adecúa a las circunstancias vitales de bienestar en las que algunas hemos tenido el privilegio -o la graciosa concesión heteropatriarcal- de desenvolvernos, el de “se te va la olla”.

El miedo, que por definición es una emoción, a muchas nos define como condición.

Vivir con miedo es una faena gorda que nos ha desposeído mucho y muy bien. Si no se identifica, si no es consciente, si no se lleva al terreno propio y se le saca partido, el miedo perenne es sólo un lastre inútil para nosotras y valioso para lo abominable.

Pero existe también un factor identitario y un poder movilizador de la condición miedosa. Y reivindicarlo puede ser terapéutico.

Cuando el miedo es condición, es permanente, obliga a desarrollar mecanismos para integrarlo, que no significa dejar de tener miedo si no actuar a pesar de él. Conocerlo, aceptarlo y no dejar de hacer nunca. Es medir nuestras fuerzas, ser estratégicas, conformarnos con necesarias renuncias, tener paciencia… ¡pero hacer y hacer! o ¡dejar de hacer y dejar de hacer! Tener agencia conscientes de nuestro miedo, teniéndolo en cuenta.

Y del miedo y su permanencia deriva la pertenencia. El miedo une a las miedosas. Y la disposición para el combate une a las miedosas combativas. Y la generosidad une a las generosas y miedosas combativas. Y así en una hilera infinita de cualidades que se van integrando sin que adolecer de alguna de ellas deje a nadie fuera, porque recordamos que nos une el miedo.

Pues de miedo que nos une y de agradecimiento hablamos en el mensaje de bienvenida que lanzamos desde el escenario del festival Polas Bravas las compañeras de Polamiúda, la asociación feminista organizadora.

Polas Bravas es un festival feminista que se celebra en Chantada, un pueblo de ocho mil habitantes del interior de la provincia de Lugo.

Es un festival de contenido moderadamente combativo. Hacer algo “polas bravas” es hacer algo “por las bravas”, sin miramientos. Reivindicar la bravura no sólo no está reñido, sino que es perfectamente compatible con reivindicar el amor, el cariño y los cuidados, transversales en la toda la organización y esencia de una celebración que pretende ser siempre riquiña (sólo una mentecato puede encontrar una connotación despectiva en el riquiñismo[1]).

Polas Bravas es poesía, circo, teatro, divulgación, música y casi cualquier disciplina desarrollada por mujeres gallegas en gallego. Todas ellas cabeza de cartel y anunciadas con el mismo boato y tamaño de letra por estricto orden de intervención. Todas cuidadas; con mayor o menor acierto, pero con la misma dosis de empeño e intención.

Polas Bravas -que ve en el decrecentismo el morir de éxito- exige de la implicación de cientos de vecinas y vecinos del pueblo, entre patrocinios, colaboraciones, intervenciones, público… Cientos de vecinas y vecinas en un pueblo de ocho mil habitantes.

El discurso de Polas Bravas es manifiesto y nada tibio. Y aún así, en estos tiempos en los que por lo visto, todos y algunas, odian a las feministas (porque los que se forran con la desigualdad tienen medios para convencer de que su forrarse es legítimo), nuestro vecindario está.

El Coro de Mulleres Bravas, formado por docenas de mujeres desde los 5 a más de 80 años es el escudo de toda la celebración. La legitima íntegramente. Cincuenta o sesenta señoras (ahora voy a centrarme en las adultas) que están para poquitas tonterías pero que están para todo lo demás. Cincuenta o sesenta señoras a las que nadie les ha pasado el test de feminismo pero que, sabiendo de qué va la vaina, siguen, sin cuestionar, a donde nos dirija la compañera María. Porque creen en ella. Cincuenta o sesenta señoras -algunas participan con sus hijas, sus nueras, sus nietas- cantando Por elas vou, por las “coidadoras, as xornaleiras e as prostituidas, (…) as disidentes, e as que están fóra das normativas (…) as que están presas, as migrantes ás que expulsaron, (…) as exiliadas, as clandestinas, ás que colonizaron (…) as combativas, polas folguistas, e as sindicadas (…) por todas as putas que se resisten a ser tuteladas”.

Fotografía del equipo Espacio Público

No sé si estas mujeres tienen miedo, pero de agencia y sororidad van bastante sobradas.

Los agradecimientos en Polas Bravas duran cuatro de los cinco minutos que nos damos de altavoz. Tenemos esa suerte. Las empresas pequeñas y medianas nos acompañan, los negocios pequeñitos generan parte de nuestros fondos y las vecinas y vecinos artistas aportan sus saberes. Las escuelas y academias de música traen sus enseñanzas. Personas que trabajan en los servicios públicos del ayuntamiento se ponen a nuestra disposición y algunos ofrecen esfuerzo extra. Amigos y compañeros, desde una subalternidad que aceptan sin rechistar, cantan, tocan, gravan, arreglan, reparan, carretan y nos dicen, una y otra vez (a medida que avanza la noche se les entiende peor) lo necesario que es el Polas Bravas.

No quiero decir con esto que todo el vecindario de Chantada esté a tope con nosotras. No. No creo que haya una causa que aúne a la integridad. Pero las que están, que son muchísimas, son las que importan ahora. Son las que queremos contar y a las que queremos poner el valor. Porque necesitamos agradecernos y celebrarnos como necesitamos el pan. Y porque las que aún no están también vendrán.

Y si necesitamos agradecer al vecindario, que vive allí, ¿qué no haremos con las que vienen de Madrid o de Zaragoza a dejar su vida para todas? ¿Cómo agradecemos a la señora Fallarás que traslade su cuerpo-trinchera y su voz-diana a nuestra pequeña casa? ¿Cómo agradecemos a Lourdes y a Andrea, de Acción Comadres, que nos cojan de la mano? ¿Qué hacemos con los cerebros, las manos y las almas que están gestando La Nuestra y con las compañeras que nos la vienen a contar a nuestro pueblo? Pues quererlas y cantarles. Nada más. Y nada menos.

Fotografía del equipo Espacio Público.

Brigitte Vasallo, que fue parte del cartel del Polas Bravas y que (yo diría que con su miedo y su valentía, pero sólo puedo asegurar que con toda su lucidez y su lealtad de clase) nos destripó algunas asquerosidades del sistema, recordaba que un vecino centenario de Chandrexa se quejaba de que “antes la palabra valía, ahora sólo vale el papel y hay que hacer papeles para todo”. Que nuestra palabra valga para que nuestro vecindario sepa que nosotras sí somos confiables.

Terminamos nuestro agradecimiento confiando en que “haberá Polas Bravas, no 27 e moitos anos máis; pero se non o houbera, amigas, non dubidedes de que buscaremos un lugar seguro onde atopármonos”. Con todo nuestro miedo. Y allí os esperamos.

Notas:

[1] Riquiña/o/e es un adjetivo que no necesita traducción literal y las sutilezas que van más allá de lo literal son difícilmente traducibles y extrapolables. Riquiñismo es un sustantivo inventado por necesidad.