En Banca paga más quien menos tiene.

“Tanto tienes, tanto vales”, decía el clásico de finales de los 80 de El Último de la Fila. “Y sí tú no tienes nada, a galeras a remar”, añadían Manolo García y Quimi Portet en ese tema, convertido ya en uno de los himnos de aquella generación. La frase se puede aplicar a muchos ámbitos, tanto sociales como económicos o políticos. Y desde luego es totalmente aplicable a los clientes del sector financiero en la actualidad.

La caída de los tipos de interés y la consiguiente pérdida de márgenes para los bancos, ha provocado en los últimos años que las entidades tengan que buscar otras fuentes de ingreso alternativas, que permitan mantener los resultados suficientes para asegurar la viabilidad del negocio. Y las comisiones se han convertido en una de las vías principales para lograr ese objetivo. Hasta ahí, todo perfecto, lógico, entendible y asumible. El problema radica en cómo se ha planteado el cobro, o la exención, de esas comisiones.

– Fidelidad sustituida por rentabilidad

Para establecer su estrategia en este aspecto, los bancos acudieron a un término que ya se había acuñado tiempo atrás, el de cliente fiel, pero desviando el concepto primitivo hacia otro con un matiz un poco diferente: el de cliente rentable. Una vez más, asistíamos a un cambio de valores. La fidelidad del cliente era sustituida por su rentabilidad. Una permuta poco perceptible en principio, pero de consecuencias mucho más perniciosas de lo que a priori pudiera parecer.

Porque un cliente, para ser rentable, tiene que tener, no solo domiciliada una nómina consistente, sino que, además, debe tener contratados otros productos. En concreto, tarjetas de crédito, fondos, planes y seguros que, en la situación actual de los tipos de interés, son los únicos que otorgan rentabilidad al banco. Por eso, en su estrategia comercial de comisiones, las entidades decidieron que estarían exentos de pagarlas solo aquellos clientes que, además de la nómina, tuvieran contratado un determinado mix de estos productos.

Aquí es donde surge la paradoja. Un elevadísimo porcentaje de las familias españolas llegan justitas, o ni eso, a fin de mes. Por lo que resulta imposible que puedan destinar ahorros a contratar fondos, planes o seguros privados. Y en cuanto a lo de usar una tarjeta de crédito, la lógica y los datos muestran que, a menor renta, menor uso de la misma. Así que, para acceder a servicios financieros, esa mayoría social de rentas medias y bajas ve mermados aún más sus cortos ingresos con el pago de comisiones bancarias, no precisamente bajas en muchos casos. Mientras tanto, una vez más, quienes más tienen se ven favorecidos por su propia situación de privilegio para ahorrarse unos cuantos euros. Unos euros que, en su caso, apenas representarían una leve migaja en comparación con sus ingresos totales.

– ¿Volverá el colchón?

Se produce así una doble exclusión financiera. A la generacional, de la que tanto se habla en la actualidad, se le une otra más ladina, más oculta, pero no menos real ni menos grave: la exclusión financiera social, directamente relacionada con tus ingresos y tu capacidad de gasto y de inversión. Esta exclusión afecta también, e incluso en mayor medida, a los jóvenes, que no tienen capacidad de ahorro suficiente para contratar el tipo de productos que les permitiría no pagar comisiones. En resumen, si llegas justo a fin de mes, más te vale hacer lo que mis abuelos: guardar tus pocos euros en el colchón e irlos sacando de ahí según vayas necesitando pan y aceite.

Estoy de acuerdo en que el cliente debe pagar por los servicios bancarios, como por cualquier otro servicio de cualquier otra empresa, pero el sistema que se han buscado las entidades, desde luego, no parece el más justo. El cobro porcentual, por ejemplo, similar al pago del IRPF, o un sistema parecido al del IVA, serían prácticas más lógicas desde el punto de vista social. Y seguro que los sesudos responsables de marketing podrían encontrar otras muchas alternativas.

Ahora que tanto se nos hincha el pecho hablando de la “responsabilidad social corporativa” de las empresas, freír a comisiones al cliente que menos tiene evoca los tiempos de la usura. Porque, como entonces, el desfavorecido no tiene escapatoria. Puede irse a otro banco, pero la situación que va a encontrar va a ser la misma o parecida. Una vez más, aquí hay que recordar que las cajas de ahorros nacieron, precisamente, con el principal objetivo de combatir la usura y así constaba, de manera explícita, en sus principios fundacionales. La muerte de las cajas ha resucitado viejos fantasmas y malas prácticas bancarias.

– Los tiempos los construimos nosotros

Llegados a este punto, muchos argumentarán que “eran otros tiempos”. Cierto. Pero los tiempos también se construyen. No nos vienen dados por designios mágicos. Los construimos los seres humanos. Los tiempos de guerra, los de paz, el cambio climático, las crisis energéticas y económicas, incluso las pandemias… no son etapas ajenas a la mano humana, a nuestras conductas, a nuestros errores o a nuestros aciertos.

Los tiempos actuales, además de las amenazas globales de sobra conocidas, no avanzan hacía un mayor equilibrio social, sino todo lo contrario. La desigualdad económica se acentúa cada vez más en nuestra sociedad y no se vislumbran muchas medidas, ni capacidades ni, tal vez, ganas de solucionarlo. Todo suma, o más bien en este caso, todo resta. Y que los bancos carguen el mayor peso de las comisiones a espaldas de quienes, al final, suelen pagar el pato de todo, no ayuda precisamente a avanzar hacia una sociedad más justa y más equitativa.

Notas:

*Jose Luis Cantalejo es exdirector de Comunicación Interna de Caja Madrid y Bankia. Twitter: @Singsfar