Desmilitarizar y desinflar el debate. Ni guerra cultural ni autobombo electoral

Víctor Sampedro Blanco

Catedrático de Comunicación Política en la URJC, www.victorsampedro.com

Este texto fue antes un artículo en CTXT y una ponencia para un encuentro en el museo Reina Sofía sobre cómo “desmilitarizar la comunicación política” y frenar el neofascismos. Lo reciclo ahora, urgido por las tensiones para fraguar una coalición de las izquierdas que materialice esos objetivos.

Para empezar, desertemos de las guerras culturales y de la autopromoción mercadotécnica. Recuperemos una comunicación política democrática: la que sostiene comunidades que dialogan entre sí para cobrar protagonismo e impacto institucional [1]. Eso practicó el 15M y lo olvidan quienes se disputan representarlo. Protagonizan, en cambio, caudillismos que abortan la comunicación entre los y las de abajo y de estos con los aparatos de partidos.

La inmensa mayoría de las “noticias” sobre la convergencia de las izquierdas más allá del PSOE se limitan a reproducir discursos de elites enfrentadas. O bien suman las ausencias y restan presencias de cargos (ex)podemitas en los actos convocados por Sumar. Si esas “informaciones” parecen carteles electorales, ajustes de cuentas y el cuento de la lechera electoral resuenan en muchos “análisis” de quienes lideraron procesos ahora enfrentados. De ahí la necesidad de identificarse para hablar de este embrollo y que yo lo haga al final de este escrito.

El marketing político, en campaña electoral permanente, ha generado polarización e inflación retóricas. Ambas lacras impiden dialogar y sustituyen la verdadera acción política con verborrea ideológica y puestas en escena. Quizás sean los dos peores legados comunicativos del 15M y que venían a suplir la carencia de propuestas. Sirvieron para impugnar lo existente pero lastran la gestión del presente. También cualquier proyecto futuro.

Ahora, desde las instituciones, la hegemonía cultural y las urnas se entienden como botines de guerra. Bien que lo entienden y rentabilizan los fascismos de nuevo cuño. Así eluden el pacto, extienden la antipolítica y tapan la desigualdad con diatribas ideológicas y postureos. Por ello, esta no puede ser la estrategia de quien se reclama de izquierdas o progresista. Si, encima, opone ambos términos es para irse a casa y pasar de votar.

La guerra y el márquetin encumbran hiperliderazgos, justifican el cesarismo. Blindan a “los mandos” que envían “mandados” al frente. Soldadesca fungible y consumidores de mensajes impostados que ayudarán a viralizar. “Carne de chatbot”, que dice un ilustre tocayo. En lugar de diálogo se emite pseudoinformación: propaganda disfrazada de noticias. Belicosas o edulcoradas, según el bando, instrumentalizan al receptor. Se le considera un objetivo publicitario. Una diana –target, en inglés- publicitaria, donde clavar la flecha, anulándonos como actores comunicativos dotados de autonomía.

Desde los años 90, los (neo)conservadores establecieron el consenso neoliberal que ha desembocado en regímenes “iliberales”. En el tránsito de Silvio Berlusconi a Giorgia Meloni se ven amenazados derechos fundamentales y principios liberales básicos. La xenofobia cultural del neofascismo empata con el electoralismo populista, desmentido por una gestión política favorable a las elites.

Las guerras culturales y el autobombo electoralista presuponen la mentira. Juntas han instaurado una pseudocracia donde gobierna quien más y mejores mentiras (en griego, pseudo) emite. Llega al poder viralizado por la ciudadanía (hater o fan, tanto da) y avalado con las métricas del mercado [2]. La política se convierte, entonces, en retórica que suplanta la realidad, arrasada por ejércitos de trolls y de propagandistas.

La pandemia ultra no se cura con discursos identitarios o electorales. Resultan insoportables por la superioridad moral, intelectual o identitaria que rezuman. Porque, además, luego no se ven avalados por el desempeño institucional ni la coherencia personal. Urge desarmar los discursos castrenses y autopromocionales que disimulan la falta de imaginario y de un proyecto político, sólidos y compartidos.

Las iniciativas que se reclaman emancipadoras o progresistas se sustancian en medidas políticas concretas, aquí y ahora. A los conservadores les vale con el circo que distrae de la guerra de clases que se vanaglorian de ir ganando. Pero la política no se limita -no debe, por tanto, supeditarse- a construir hegemonía ideológica o ganar elecciones. Los políticos profesionales comen de las marcas electorales y de los votos, los activistas y la población no.

Hacer política consiste en articular acuerdos que redunden en el bienestar de la mayoría social. Obviamente, los acuerdos son, primero, entre quienes se sienten afines. Y, si son democráticos, se abren a la diferencia. Sobran ejemplos en los municipios y autonomías en las que ya se han alcanzado listas comunes. Tómense, pues, como ejemplo. Porque enseñan a fraguar, paso a paso y poco a poco, un consenso inclusivo entre muchos y muchas. Aspirando -porque se quiere gobernar- que se sumen todos y todas.

La democracia nos convoca a realizar colectivamente “el análisis más afilado sobre el funcionamiento del poder y al diseño de la política más sofisticada para desafiar esas relaciones de poder existentes”[3]. Eran palabras de Pablo Iglesias Turrión, que lidera una guerrilla semiótica ante la guerra mediática contra su persona y partido. Aplica el foquismo guevarista y, en consecuencia, concibe las redacciones periodísticas como trincheras y la Red, un campo de batalla. Esa guerra de tronos choca con la batalla electoral de actores autodenominados progresistas y que Sumar pretende amalgamar. La contienda se plantea en términos de “integristas” frente a “entreguistas”. En suma, asistimos a una guerra cultural intestina entre izquierdas (se supone) afines; que, sin embargo, se revelan (otra vez) incapaces de ofrecer listas electorales comunes, coincidiendo en el 90% del programa (P. Iglesias, dixit).

Cabe reivindicar una comunicación política que se declara noviolenta y realista, No arenga a masas uniformadas ni edulcora los mensajes desactivando su potencia transformadora. Emplácense, emplácennos, emplacémonos a transformar la realidad. Tras reconocerla, construyamos futuros de emancipación aquí y ahora, desde ya. Fue posible en las plazas. No saben materializarlo en las instituciones.

Diseccionar las tensiones de poder y los desequilibrios reales, crear una comunidad de intereses e identidades, que no está al servicio de las marcas personales o tribales, sino de las organizaciones y colectivos, del cuerpo social que dicen representar. Ahí está el reto. Más allá de la autopromoción (imprescindible para visibilizarse), conviene ligar retórica y acción política: enmarcar los acontecimientos de la actualidad en narrativas colectivas, que promuevan acción institucional y movilización cívica.

La comunicación política no es tarea que pueda dejarse a “cuentacuentos” adanistas. Su storytelling siempre parte de cero. No “suman” sobre lo existente y disputan juegos de suma cero: su victoria presupone la derrota del otro. Insistimos: planteen acuerdos específicos, con la generosidad y la geometría variable que tanto invocan, y medidas concretas. Quien se demuestra incapaz de hacerlo, revela su inanidad como agente político. No tanto ante sus capataces electorales, sino ante los cinco millones de votos que este espacio –a la izquierda del PSOE y de la progresía bipartidista- llegó a sumar. El reto reside en denunciar condiciones objetivas de agravio a la ciudadanía y concretar cómo mejorarlas. La precarización laboral y económica, la consiguiente obturación de los proyectos de vida y la degradación del protagonismo de las clases populares son los motores de la involución democrática.

Unidas Podemos y Sumar no parecen conscientes de su desconexión respecto a la realidad. Es el primer síntoma de los abducidos por el ardor guerrero y el márquetin. UP, con razón, se reivindica como imprescindible para que el PSOE acepte realizar políticas de izquierdas en un gobierno de coalición. Pero resulta suicida negar que Yolanda Díaz representa el mejor aval de ello. Ella, por lo que le corresponde, debiera asumir que postularse como presidenciable exige poner en valor el apoyo de UP y de los nacionalismos periféricos, sin los cuales nunca llegará a la Moncloa. No hacerlo, le condena a ser muleta, un apéndice funcional y con muchas posibilidades de ser asimilado por la socialdemocracia gestora de lo existente.

Fundamenten y argumenten racional y empíricamente entre ustedes sus posiciones. Usen argumentos lógicos y datos incontestables. Han sabido hacerlo en el pasado con enorme eficacia. No hacerlo ahora, conlleva la autoexclusión y revelarse como actores resentidos, movidos por intereses personales e incompetentes. De poco valdrán más postureos: el insulto o la descalificación del contrario, presentarse como víctima excluida y censurada [4]. Quien así actúe se invalida. Se deslegitima ante el electorado que le abandonará en las urnas por estéril y cansino.

Los discursos de odio y miedo –si esto no cambia, acabarán gobernándonos- no se desactivan con etiquetas ideológicas o exaltaciones identitarias. Menos aún si comparecen enfrentadas. Exijamos información y diálogo veraces. Generémoslo. Al electorado, con razón, le desagrada la trama y le repugna la pugna de intereses. Y ya que estamos haciendo amigos, para quienes nos publican: la misión de una periodista es desmontar la tramoya del espectáculo no crearlo. Legítimas tensiones internas se transforman en trifulcas tertulianas. ¿Cuántas veces habremos de recordar que de casa se viene llorado y que los trapos sucios se lavan en casa?

Debieran desactivarse los enfrentamientos infundados, descartar falsos culpables y soluciones basadas en la exclusión. Por si fuera poco, además hay que infundir esperanza. La comunicación política debe presentar la realidad cotidiana desde una narrativa emancipatoria (por ende, desmilitarizada y no edulcorada) de la vida pública. El gran relato de la democracia anima a ocuparnos de los asuntos relevantes por el volumen de la población afectada y/o la gravedad de su situación.

Para mejorar las condiciones vitales (que de eso que se trata), los mensajes deben identificar responsabilidades y soluciones. Estas últimas, por definición, serán específicas y factibles. Avaladas con criterios técnicos y plasmando ciertos valores sociales, reverberarán en la experiencia y las conversaciones cotidianas. Comunicar algo es, precisamente, eso. La condena del otro y el enconamiento paralizan la deliberación y la práctica democráticas. Ese es, precisamente, el botín de la ultraderecha: presentar la democracia como inviable -máxime si gobiernan los socialcomunistas,- y ocupar sus instituciones -empezando por los medios- para vaciarla de contenido e imponer el sectarismo[5].

A la ciudadanía, que carece de las palancas de presión o censura de las maquinarias partidarias, solo le resta practicar una democracia comunicativa radical: abordar los retos desde la raíz, reclamar cambios estructurales -también en el mapa de partidos- y promoverlos con propuestas incrementales, exigiendo reciprocidad y facilitando consensos. Faltan foros donde hacerlo posible porque se priorizan las tribunas y las plataformas personales. Pero aún hay tiempo para emplear las vías de comunicación a nuestro alcance con vocación de servicio público. En eso deberíamos empeñarnos.

Notas:

* El autor no ha formado nunca parte de las listas electorales de (Unidas)Podemos ni de los equipos encargados del programa de Sumar. En 2018 fue elegido miembro del Consejo de Administración de RTVE por el Congreso de los Diputados, a propuesta de Podemos. Nunca tomó posesión de su cargo.

1) Víctor Sampedro, 2021. Comunicación política digital en España, 2004-2019. Del “Pásalo” a Podemos y de Podemos a Vox. Barcelona: UOC Press.

2) Víctor Sampedro, 2023. Teorías de la comunicación y el poder. Opinión pública y pseudocracia. Madrid: Akal.

3) Pablo Iglesias “Tu supermercado yugoslavo”, CTXT, 18/01/2023.

4) Santiago Alba Rico, 2/01/2023, CTXT, “Posturas”.