Durante décadas se nos ha repetido que vivimos en democracias consolidadas. Votamos, elegimos representantes, cambiamos gobiernos. Sin embargo, mientras la política se reducía progresivamente a un ritual electoral, el poder real se desplazaba hacia otros espacios: los mercados financieros, las infraestructuras digitales, los centros de datos, los algoritmos que organizan la economía y la vida cotidiana. Hoy, muchas de las decisiones que determinan cómo vivimos ya no pasan por parlamentos ni por urnas, sino por estructuras privadas que nadie ha votado.

Este desplazamiento no es nuevo. Comenzó con la financiarización de la economía, cuando el capital financiero empezó a imponer límites estrictos a la política democrática. Lo que sí es nuevo es la aparición de un actor que no se conforma con condicionar la democracia, sino que aspira a reemplazarla: el capitalismo tecnológico libertario. Su irrupción no elimina el poder financiero tradicional, pero lo acelera, lo reconfigura y lo lleva a un nuevo estadio, donde la política deja de ser necesaria incluso como mediación.

De la financiarización al tecnolibertarismo

Durante años, el poder financiero vació de contenido a los Estados sin necesidad de destruirlos. Bastaba con imponer disciplina fiscal, desregular los mercados y convertir la economía en un espacio técnico inaccesible para la ciudadanía. Hoy, el capitalismo tecnológico libertario va más allá: no necesita Estados debilitados, sino Estados irrelevantes.

Este proyecto se apoya en una corriente filosófica donde la democracia no es un logro que perfeccionar, sino un error histórico; la igualdad, un error catastrófico; y la deliberación colectiva, un obstáculo para la eficiencia.

En lugar de ciudadanía propone usuarios. En lugar de leyes debatidas, reglas inscritas en código informático. En lugar de política, sistemas de gestión privada. El ideal no es el autogobierno, sino la optimización; no el conflicto democrático, sino la administración técnica de la sociedad por élites que se consideran más capacitadas.

No se trata de mejorar la democracia, sino de cerrar el paréntesis democrático abierto en los últimos dos siglos.

La demolición institucional como método

Este proyecto no puede imponerse en sociedades con instituciones sólidas y legitimidad pública. Para sustituir la política por sistemas automáticos de decisión es necesario, antes, debilitar la confianza en lo común. Por eso necesita gobernantes que actúen como agentes de demolición: líderes dispuestos a erosionar desde dentro aquello que dicen gobernar.

El patrón se repite: ataques a la justicia, a la ciencia, a la prensa, a la administración pública; degradación deliberada del debate político; polarización permanente; crisis constantes que paralizan la acción colectiva. No se trata de incompetencia ni de caos accidental, sino de una estrategia. Cuando las instituciones dejan de funcionar, la ciudadanía se vuelve más receptiva a soluciones autoritarias o tecnocráticas presentadas como inevitables, aunque anteriormente las habría rechazado.

El colapso institucional no es un efecto secundario: es una condición necesaria. Allí donde la política se percibe como inútil, la tecnología aparece como neutral y eficiente. Pero no lo es: responde a intereses concretos y concentra poder en manos privadas.

Trump como operador político de un proyecto ajeno

En este marco se entiende mejor el papel de figuras como Donald Trump. No son los arquitectos intelectuales del proyecto, sino sus ejecutores políticos. Su función no es construir alternativas, sino romper normas, desacreditar mediaciones y convertir la política en un espectáculo continuo que impide cualquier respuesta colectiva coherente.

El episodio de Groenlandia ilustra bien este mecanismo. Presentado como una extravagancia personal, respondía en realidad a intereses estratégicos de sectores tecnológicos. El Ártico ofrece condiciones óptimas para centros de datos: clima frío, energía relativamente barata, aislamiento geográfico y marcos jurídicos difusos desde los que operar lejos del control democrático. Trump no diseñó esa estrategia; simplemente la hizo visible.

Finanzas privadas: la gran victoria silenciosa

Mientras el ruido político ocupaba el espacio público, el capitalismo tecnológico libertario avanzaba en uno de sus frentes más decisivos: el control del dinero. La expansión de las finanzas distribuidas (DeFi) y de las stablecoins, presentadas como herramientas de libertad individual, tiene un impacto político profundo.

Estas tecnologías desplazan la creación y regulación del dinero desde los Estados hacia plataformas privadas gobernadas por código informático. El dinero deja de ser un instrumento de política pública y se convierte en una infraestructura corporativa. Sin soberanía monetaria, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales.

Una alianza funcional con la extrema derecha

Este proyecto no avanza solo. Ha encontrado en la extrema derecha un aliado eficaz. Aunque sus discursos difieran en apariencia, comparten un enemigo común: cualquier forma de control democrático que limite al capital.

La relación es funcional. Las élites tecnológicas aportan capital, infraestructuras digitales y control del espacio informativo. Las extremas derechas aportan polarización, ruptura institucional y bases sociales movilizadas contra la propia democracia. Juntas generan el clima perfecto para justificar la sustitución de la política por sistemas de control privado.

El agotamiento de la democracia representativa

El resultado es una democracia cada vez más vacía de contenido. La ciudadanía vota, pero no decide. Participa, pero no influye. La política se percibe como un teatro sin consecuencias, mientras las decisiones reales se toman en espacios inaccesibles.

La pregunta ya no es solo quién gobierna, sino dónde puede todavía ejercerse el gobierno democrático.

Biorregiones: devolver la política a la vida cotidiana

Es en este punto donde el concepto de biorregión cobra sentido político. La idea fue formulada originalmente en los años setenta por activistas como Peter Berg, que defendían la necesidad de reconectar la cultura, la economía y la organización social con los sistemas naturales que sostienen la vida.

No se trata de una nueva frontera ni de un proyecto identitario, sino de un espacio donde coinciden ecología, economía y vida cotidiana. Allí donde se organizan el agua, la energía, los alimentos, los cuidados o la movilidad, la política vuelve a tener suelo. La democracia deja de ser una abstracción institucional y se convierte en una práctica ligada a interdependencias materiales reales.

Las biorregiones no sustituyen al Estado ni niegan la escala global, pero anclan la democracia en territorios habitados, frente a la lógica tecnocrática que separa la toma de decisiones de sus consecuencias.

Asambleas con mandato temporal y sorteo ciudadano

Un elemento clave para que las biorregiones no reproduzcan élites locales ni nuevas burocracias es la forma en que se organiza su deliberación. Las asambleas biorregionales no estarían compuestas por representantes permanentes ni por militancias profesionales, sino por ciudadanos y ciudadanas seleccionados por sorteo, con mandatos temporales, claros y no renovables.

El sorteo no es un gesto simbólico, sino una antigua y eficaz herramienta democrática. Reduce la captura por intereses organizados, impide la profesionalización del poder y garantiza que la diversidad social real esté presente en la toma de decisiones. Los mandatos breves aseguran que nadie pueda convertir la asamblea en una carrera política ni en una posición de influencia estable.

Estas asambleas no sustituyen a las instituciones existentes ni gobiernan en abstracto. Intervienen en decisiones estratégicas concretas —energía, suelo, agua, vivienda, infraestructuras o uso de fondos públicos— con capacidad de supervisión, corrección o veto. Su función no es administrar, sino devolver control democrático allí donde las decisiones tienen consecuencias directas sobre la vida cotidiana.

El poder que se ejerce

El proyecto que busca sustituir la democracia avanza apoyado en la demolición institucional, la privatización de las infraestructuras y la alianza entre capital tecnológico y autoritarismo. Frente a él, las biorregiones y sus formas de deliberación no son una utopía, sino una corrección democrática concreta: una forma de devolver el poder a los lugares donde la vida ocurre.

El poder que no se ejerce se ocupa. Y hoy, ejercerlo empieza cerca. En lo común. En lo cotidiano. En los espacios donde todavía es posible decidir juntos.

¿Por qué hoy son invasivas las llamadas, si son sonidos o vibración, como un mensaje de whatsapp o de instagram o de tiktok, ante las cuales uno es libre de responder o de ignorar según su voluntad?

Unos se preguntaban, durante la crisis pandémica de 2020, si a partir de entonces cambiarían algunos de nuestros usos, costumbres o rituales sociales para siempre: si dejaríamos de besarnos o de tocarnos, si nos saludaríamos con el codo o no dejaríamos de ir a ningún lado sin mascarilla.

Nada de eso ha ocurrido. Sin embargo, existen otros muchos otros rituales que, ajenos a la pandemia, impulsados tan sólo por las dinámicas económicas y tecnológicas del capitalismo contemporáneo, sí se han transformado en la última década y cuyas transformaciones son bien visibles. Una de ellas es la que se refiere al uso y al sentido social que damos a las llamadas telefónicas. Volviendo a la pregunta inicial: éstas se han vuelto invasivas porque las llamadas –es una forma de respuesta– no son una “notificación” (esa palabra que las empresas de comunicación tecnológica han diseñado –y que hemos incorporado, como tantos otros neologismos, en nuestro proceso de adaptación–). El hecho de no ser una notificación significa que es “demasiado humano”.

En nuestra percepción –transformada o, ella sí, ciertamente invadida– la vibración o el sonido de un mensaje es antes que nada y sobre todo un aviso de whatsapp, no de la persona que nos escribe. De más está decir que cualquier estudio demostraría, incluso en términos de eficacia –de tiempo,
comprensión y resolución–, la ventaja relativa de las llamadas (o video-llamadas) frente a los otros tipos de comunicación tecnológica, cuyo umbral de malentendido es, desde el punto de vista afectivo y de la comunicación interpersonal no-formal, o espontánea, mucho menor en comparación al de la comunicación escrita o diferida. (Exactamente al contrario de lo que ocurre en la comunicación formal, que trasciende lo exclusivamente personal, sea política, administrativa o bélica). Sin embargo, cuando nos llaman, tenemos la sensación de algo así como un asalto que, de ser aceptado, permitiría, convocaría o invitaría a una posible restricción de nuestra libertad.

Esto ocurre porque los mediadores tecnológicos, como membranas epidérmicas protectoras, parecen derrumbarse o desaparecer, aunque de hecho sigan existiendo. Al sonar, adviene un salto, una confrontación: acceder –¡directamente!– a la voz actual del otro, desde nuestra voz actual, ahora –y
nos sentimos en una completa desnudez–. Tal es una muestra más, un síntoma de nuestro devenir cuerpos-tecnológicos, y del devenir la tecnología antes órganos que herramientas de nuestros cuerpos. (Otro, dentro del mismo ámbito, podría buscarse en la expresión popular “me abrió” o “le abrí”, común entre los jóvenes españoles, para significar la acción de iniciar una conversación por vía móvil. No tanto la naturaleza del verbo en sí –por cierto un abrir sin cierre, irreversible–, sino sobre todo su uso intransitivo –por el que se da una omisión total del objeto (la luz que es el mensaje), como una especie de contracción esquelética, y se enfatiza así el valor pronominal y pasivo (o sufrido) de la oración–, resulta particularmente ilustrativa de la nula o escasa distancia en la que se sitúa ese umbral respecto a la corporalidad).

En el bolsillo o en el bolso, a la misma distancia de nuestros cuerpos, la llamada toma la apariencia de algo mucho más ajeno: exógeno y, por tanto, amenazante. Es la puerta que da a la voz del otro; un paso más cerca de lo viscoso y lo espeso que constituye el cuerpo de otro.

Yo quiero rescatar la frase hermosa con la que comenzaba el segundo volumen de sus memorias Maria Aurèlia Capmany: “Això era i no era, era un món feliç i no ho era, potser en realitat tot era tristíssim, però, tampoc, ningú no et podia robar el sol i el mar ni la pell de l’altre”.

PD. Llámenme.

Addenda (en el contestador)

¿Qué es lo que no se abre ni se cierra en este mundo con los dedos de una mano? Todavía: muchas cosas. Pero los amigos se pierden en el des-contacto. Parece que estar en contacto es la única manera de estar cerca. Y aparecer (repetidamente), el único modo de permanecer en contacto.
Si pienso en la palabra “contacto”, lo primero que se me viene a la cabeza es un número (en el teléfono) o un punto (en el cuerpo). Si pienso más allá, diría que es un píxel, un fragmento en el espacio, una unidad informativa y no simbolizada. Un índice (de la mano, al dedo). Un interruptor. Una entre tantas intermitencias.

Hoy he llamado a tres amigas y ninguna ha respondido. Es algo normal en estos años. El otro día me sorprendí cuando, al cabo de unos tonos, respondió una amiga al otro lado. La había dejado de llamar. Oír aparecer su voz fue como un gol, como una suerte. A alguna gente le sorprende, o así me parece, cuando digo: “sólo llamaba para saludarte”.

Pienso en la palabra como es hoy, tanto más ancha, generalizada como paradigma de las relaciones. Si pusiéramos ante ella la palabra “lazo”, creo que todos gritaríamos: “¡Dios mío!” de vergüenza. Suena tan desfasada y vieja como una metáfora mala, incluso errónea. Demasiado atada, demasiado metáfora. El contacto es, en cambio, pura concomitancia capilar. Aquí bailamos.

Somos amigos. Estamos en contacto.
Somos contacto. Estamos en amigos.