Público’ y la Fundación Espacio Público organizan, con motivo del primer año de la entrada de los tanques a Ucrania, el acto ‘¿Qué puede hacer Europa para la construcción de la paz en Ucrania?’. El evento acoge a expertos como la periodista rusa instalada en España desde el momento en el que surgió el conflicto Inna Afinogenova; la copresidente de Transform! Europa, Marga Ferré; el colaborador de Público, excorresponsal en Rusia, antiguas repúblicas soviéticas, Japón y Corea y experto en geopolítica y seguridad mundial, Juan Antonio Sanz; y con Jordi Calvo, doctor en paz, conflictos y desarrollo, economista e investigador, además de coordinador del Centre Delàs y miembro de la Junta del International Peace Bureau. La mesa redonda está moderada por la directora adjunta de nuestro diario y experta en temas internacionales, Esther Rebollo. La inauguración corre a cargo del periodista de la Fundación Espacio Público, Marià de Delàs, y la clausura está protagonizada por la directora de Público, Virginia Pérez Alonso.

Hace unos días se presentó en la Fundación Carlos Amberes en Madrid el libro Ursula Hirschmann, una mujer por y para Europa, cuya autora es Silvana Boccanfuso y que ha sido publicado por la editorial Icaria.

En este libro, Silvana Boccanfuso reconstruye con sensibilidad femenina la trayectoria vital emocional y política de la protagonista, cuyas reflexiones, emociones, aspectos psicológicos y sensaciones también restituye.

Ursu­la Hirschmann, joven socialista berlinesa (hermana del intelectual y economista antifascista Albert O. Hirschmann), tuvo que huir de su ciudad en 1933 a causa de la persecución política que sufría por parte del régimen nazi. Residió en París y en Italia, donde participó de las conversaciones clandestinas entre los desterrados antifascis­tas de la isla de Ventotene. Allí nació el Manifiesto de Ventotene – Por una Europa libre y unida (1941), documento fundacional del federalismo europeo. Fue también una de las principales artífices de la difusión de este texto entre los opositores al régimen fascista de Mussolini. Participó activamente en la creación del Movimiento Federalista Europeo en Milán (1943), apoyó la acción política de Altiero Spinelli en Suiza y Francia, y participó activamente en la organización de la Conferencia Federalista de 1945 de París, evento que también promovió Albert Camus y en el que participaron varias personas de la Resistencia y de la cultura antifascista en Europa, como George Orwell.

Desde el Berlín de la República de Weimar hasta el feminismo de los años 70, pasando por el París del exilio antinazi, el Trieste de la inmediata preguerra, la Suiza de los antifascistas, una Francia que aún no era libre, la Roma ya liberada y por reconstruir, y la Bruselas de las Comunidades Europeas: Ursula Hirschmann, casada primero con Eugenio Colorni y más adelante con Altiero Spinelli, vivió en estas coordenadas geográficas e históricas, cosmopolita –no importa si por elección o por destino– hasta el punto de perder con los años cualquier sentido de identidad o pertenencia nacional. Quizá sea precisamente en la evanescencia de la identidad nacional de Úrsula donde esté la clave para entender la profundidad de su compromiso europeísta, como ella misma señala: «Nosotros, los deracinés de Europa, que hemos cambiado de fronteras más veces que de zapatos como dice Brecht, ese rey de los deracinés-, tampoco tenemos nada que perder, salvo nuestras cadenas en una Europa unida, y por eso somos federalistas».

Con esta obra, Silvana Boccanfuso ha sacado del olvido a una de las figuras femeninas más interesantes del siglo XX.  Para Ursula Hirschmann la elección del federalismo europeo no fue una reacción temporal y emocional a los dramáticos acontecimientos contingentes (el desastre de los totalitarismos de la guerra) sino un objetivo de acción convencido que llevó adelante a lo largo de toda su vida, incluso cuando la urgencia del momento había pasado, e incluso en aquellos momentos de crisis, económica o política, en los que la idea de una Europa unida no era especialmente popular. Fue precisamente en respuesta a uno de los periodos de crisis más importantes para la construcción de la comunidad que el proyecto más significativo de Ursula Hirshmann –entendido como su propia y original contribución a la causa federalista– tomó forma a mediados de los años 70: el grupo «Femmes pour l’Europe». 

Además de la autora participaron en esta presentación Miguel Ángel Aguilar de la Fundación Carlos Amberes, Brando Benifei (Spinelli Group de Bruselas), el editor del libro Marcello Belotti, Hana Jalloul (Secretaria de Política Internacional y Cooperación al Desarrollo PSOE), Francisco Aldecoa (Presidente Consejo Federal Español del Movimiento Europeo) y  la periodista Eva Orúe, que fue la encargada de moderar el acto.

La Conferencia sobre el futuro de Europa comenzó formalmente su andadura el día 9 de mayo de 2021. En general el tono y expectativas de la Conferencia, si nos atenemos a lo expresado por los portavoces de las instituciones europeas, buscaría varios objetivos simultáneos: un ejercicio abierto y sin condicionantes iniciales de escucha de la diversidad de opiniones de la ciudadanía europea; un práctica deliberativa con el propósito de recoger opiniones y propuestas de esta ciudadanía; un empeño por que la propia práctica de debate y discusión contribuya a hacer avanzar un espacio público europeo y un método de articulación del debate de abajo-arriba cuya intención es salir al encuentro de la desconfianza y el malestar ciudadano respecto a la política en general y a la política europea en particular.

No obstante, los enunciados y expectativas están muy lejos de haberse correspondido con una Conferencia que pueda dar respuesta a esas expectativas.

Las diferencias apreciables entre las diferentes instituciones muestran que Parlamento, Consejo y Comisión no esperan lo mismo de la Conferencia. Para el Consejo y, en parte también para la Comisión, el debate público es instrumental y condicionado: debe servir para legitimar lo existente, ceñirse a las perspectivas estratégicas ya diseñadas por las instituciones y, por último, sus propuestas de reforma deben adecuarse a los principios de subsidiariedad y proporcionalidad y no puede afectar a los Tratados. El Parlamento ofrecía una ambición más ajustada con las necesidades de reforma, proponiendo un modelo de abajo-arriba, inclusivo y donde no se ponían condicionantes a las propuestas de reforma.

El modo en el que se ha organizado finalmente la Conferencia está más cerca de las expectativas del Consejo y Comisión que de las propuestas por el Parlamento. Y aunque los procesos deliberativos son procesos abiertos, en el sentido de que se sabe cómo empiezan pero no es posible determinar su final, no parece que haya condiciones para que el desarrollo de la Conferencia lleve hasta sus límites las posibilidades contempladas en la Declaración conjunta de las tres instituciones.

Finalmente, parece que estaremos, en el mejor de los casos, ante un ejercicio de opinión respecto al que las instituciones europeas –particularmente el Consejo- asumen un compromiso ligero y poco concreto. Y lo cierto es que reducida a un ejercicio de opinión la Conferencia resulta un acontecimiento más bien reiterativo e innecesario. La opinión de la ciudadanía europea respecto al proceso de integración en general y respecto a políticas más específicas es suficientemente conocida a través del Eurobarómetro, en primer lugar y de muchas otras experiencias de participación (limitada) de la sociedad civil europea en diferentes temas. El problema no es tanto no saber lo que la ciudadanía piensa, como la voluntad política para llevar a cabo esas demandas y una hoja de ruta para hacerlas posible.

Sin embargo, la Conferencia se realiza en un momento idóneo para repensar el futuro de la UE y los imprescindibles cambios de envergadura que esta debe acometer si quiere, realmente, ser un proyecto al servicio de las mayorías. La década de crisis que comenzó con el colapso financiero y que sigue activa con los coletazos (no sabemos si serán los últimos) del Coronavirus no tiene parangón en la historia del proceso de integración y debe ser evaluada como un hecho excepcional con importantes implicaciones en todos los órdenes.

Las consecuencias de la policrisis han afectado a las instituciones, a su relación, a la legitimidad de la acción de la UE como sistema político y a las principales políticas de la Unión, pero también a sus valores y principios.

La gobernanza política y económica de este turbulento período ha puesto de manifiesto la disfuncionalidad de esta estructura institucional en términos de eficacia, capacidad de gestión de situaciones inesperadas e ilegibilidad del proceso para la mayoría de la ciudadanía. Al mismo tiempo ha sido este un período de creciente politización respecto al proceso de integración. La mayor visibilidad de la UE en el contexto, por ejemplo, de la gestión de la crisis de 2008, ha suscitado enorme preocupación por sus déficits democráticos y de legitimidad pero también por la orientación neoliberal de sus principales políticas y por la presión sobre los estados del bienestar para reducir sus prestaciones y servicios. La ciudadanía ha visto, además, crecer de manera inexplicable las desigualdades sociales y el deterioro de regiones y ciudades que han hecho crecer la sensación de abandono y, en relación con la UE, de vivir un proceso de integración cuyos beneficios alcanzan solo a una minoría.

Las políticas y la retórica de la austeridad se compadecen mal con una realidad de deterioro de los estados del bienestar, de creciente desigualdad al interior de las sociedades, pero también de creciente diferenciación en el plano económico entre países.

Por otra parte, la crisis del Coronavirus ha hecho estallar los corsés de las políticas de austeridad y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Ha puesto de manifiesto, además, la insuficiencia de un Presupuesto comunitario que apenas alcanza el 1% del PIB de la región. Y está obligando a repensar la relación entre lo estatal y lo supranacional, ante la evidencia de que sin la UE la situación provocada por la pandemia habría sido aún peor, pero sin los estados la gestión de la crisis sanitaria y social hubiera sido imposible.

Pese a constatar que la resiliencia de la UE ha sido mayor de lo, probablemente, esperada, los daños causados al edificio plantean la necesidad de una importante reforma estructural. Parece claro que los interrogantes abiertos por este período inacabable de crisis precisan de respuesta globales y de reformas que afectan al conjunto del edificio. El consenso básico cada vez más extendido es que no es posible seguir como hasta ahora y, por tanto, es necesario acometer reformas en profundidad, habida cuenta, además, de que la lógica de las pequeñas reformas y la búsqueda de soluciones “in extremis” no sirve en estos momentos.

Vivimos eso que se ha denominado “momento maquiaveliano” una situación histórica en la que el sistema político no puede seguir operando de la misma manera y precisa de cambios mayores. En este sentido, la situación, no sólo y no tanto la Conferencia en sí misma, son una oportunidad para la izquierda alternativa.

El pasado Libro Blanco sobre el futuro de Europa propuesto en 2017 por la Comisión Europea mostró el agotamiento del modelo de debate y reforma privilegiado por las elites políticas y económicas europeas y nacionales en relación con la UE: negociaciones intergubernamentales, pactos fuera del alcance y seguimiento de la ciudadanía, menosprecio de los parlamentos nacionales, etc. La lógica elitista y despolitizada que ha sido dominante en el proceso de construcción europea se ha convertido, a estas alturas, en un problema para el proceso de integración mismo.

En esta coyuntura la idea de una Conferencia ciudadana organizada de arriba-abajo y con voluntad real de facilitar la participación de las poblaciones de los países europeos, además de una actitud activa de escucha por parte de las instituciones, sonaba como una propuesta prometedora.

Podría haberse pensado, inicialmente, que la Conferencia diera lugar a un “hecho político” novedoso y fuera este la movilización masiva de la ciudadanía a favor de una estrategia de reforma de la Unión. Pero creemos que no se dan las condiciones para esa movilización y los primeros meses de desarrollo de la Conferencia demuestran que ésta está muy lejos de cumplir con sus expectativas. De una parte, los asuntos europeos siguen viéndose como complejos y alejados por buena parte de la ciudadanía y, consecuentemente, suscitan poco entusiasmo e interés. Por otra parte, no se ha creado ese espacio europeo que singularice el debate sobre los asuntos de la Unión. Los debates políticos siguen anclados en los espacios nacionales tanto en términos discursivos cómo simbólicos, de modo que la “agenda UE” se inserta en los conflictos nacionales subordinada a los debates propios y específicos de las agendas nacionales.

Llegados a este punto podría parecer que lo más razonable es dar ya por muerta la Conferencia. Pero parece más productivo un enfoque que articule el “momento maquiaveliano” al que antes hacíamos referencia con las oportunidades que la Conferencia ofrece de visibilización.

Hay opciones para que la izquierda transformadora utilice este espacio para debatir sus propias posiciones en relación con este momento, para que utilice este recurso como una oportunidad para hacer propuestas audaces de cambio y reforma del proceso de integración. Pensando en el momento más que en la Conferencia en sí misma, la izquierda alternativa podría colocar la idea de una Convención Constituyente, después de la Conferencia e incluir propuestas y reflexiones que desborden los estrechos marcos en los que Consejo y Comisión quieren mantener la Conferencia.

Notas:

*Artículo elaborado en el marco del seminario “Una Gobernanza Democrática en la Unión Europea para la Era Post COVID-19”. Subvención para la celebración de acciones de comunicación y actividades divulgativas, sobre asuntos relacionados con el ámbito de sus competencias para el año 2021 de la Secretaría de Estado para la Unión Europea.

**Pedro Chaves, Investigador IELAT y colaborador del Instituto 25M

Con Ana María López Martín como editora del proyecto, textos de Miguel Cuesta Aguirre y, sobre todo, con las espléndidas ilustraciones arquitectónicas de María del Busto Abriqueta, algunas de las cuales reproducimos en este artículo, la editorial Anaya Touring ha publicado recientemente este libro, que nos ofrece un recorrido por veinte ciudades de España y el resto de Europa teniendo como hilo conductor su camino hacia la sostenibilidad.

Siguiendo un orden alfaético nos adentramos en ciudades que han desarrollado edificios y zonas que quieren cumplir con lo dispuesto en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. El urbanismo, los ecosistemas, la biodiversidad, los eco-barrios, la economía circular, la utilización de tecnologías inteligentes, la reducción a cero de CO2 son algunas de las medidas necesarias para que los sistemas puedan mantenerse a largo plazo sin agotar los recursos, perjudicar el medio ambiente o generar injusticias sociales, es decir conseguir la sostenibilidad de las zonas y edificios que habitamos. Así, visitamos el edificio Zuidas, el centro de Arquitectura de Ámsterdam o el NEMO en Ámsterdam. Nos adentramos en el Fórum, el hospital San Pau o la Biblioteca Sant Gervasi, entre otros, en Barcelona. Berlín es una de las ciudades que nos ofrece una amplia gama de lugares y espacios: el Futurium, el Foro Humboldt o el vergel Prinzessinnengärten.

Cité du Vin- Burdeos (2016)

En Burdeos, la ciudad del Vino, no podía faltar la Cité du Vin, un museo a orillas del Garona, que además de museo es un espacio urbano ganado por los vecinos, cuyo diseño (de XTU, 2016) se presta a un sinfín de interpretaciones.

Copenhague nos ofrece sus islas flotantes, un nuevo concepto de parque público. En Estocolmo podemos ver las Slussen (esclusas) el Skansen (museo rural) o el Hammarby Sjöstad. El Centro Internacional de Artes José de Guimarães es otra de las visitas que nos ofrece este libro en el que no podía faltar la ciudad de Hamburgo con su Elbphilharmonie (la filarmónica del Elba).

Löyly, Helsinki (2016)

Löyly, en Helsinki, diseño de Avanto Architects, es un edificio que alberga un restaurante y sauna pública y cuya construcción se ha hecho con madera de telas sostenibles.

De Lisboa podemos ver la Terminal de cruzeiros. Y en Londres no podía faltar la Tate Modern, sede del Museo Nacional Británico de Arte Moderno. Madrid Río es el espacio principal de Madrid los que podemos ver en este libro.

Hotel Indigo (2018) Manchester.

El NOMA (North Manchester) es un distrito de usos mixtos que merece la pena ser visitado.

Milán nos presenta su Palazzo Italia, que fue estandarte de la Exposición Universal de 2015. Y en Oslo hay que ver el Vulkan, que ha convertido un viejo espacio industrializado en un barrio de filosofía sostenible, así como el Munchmuseet, diseño de Herreros finalizado recientemente (2021).

Museo Munch (Oslo) 2021 Diseño de Herreros

No podían faltar París con su Museé du Quai Branly (2006) dedicado a las civilizaciones de África, América, Asia y Oceanía, ni el Markthal de Róterdam (2014). De Viena hay una buena muestra de oficinas sostenibles, viviendas sociales y el WU (Universidad de Economía de Viena). Vitoria es otra de las ciudades españolas que aparecen en el libro. En ella destaca el Palacio de Congresos de Europa (2015), un jardín vertical de Urbanobolismo.

Tanzhaus, Zúrich (2019)

Por último, visitamos el Tanzhaus en Zúrich. Diseñado por Barozzi Veiga, esta escuela y escena de danza constituye una espléndida recuperación del paseo fluvial. Un proyecto que ha logrado enriquecer culturalmente al barrio y mejorar la movilidad a pie y en bicicleta.

Notas:

*Foto de portada: Vulkan (Oslo,Noruega) Diseño de LPO Arkitekter (2014). Ubicado a orillas del río Akerselva, un espacio industrializado ha sido convertido en un barrio con filosofía sostenible.