¿Y si Trump tiene éxito?

  • Bruno Estrada

    Bruno Estrada

    Economista. Presidente de la Plataforma por la Democracia Económica

03.02.2026

Debate principal: Tras el vendaval trumpista

Trump en su segunda presidencia se ha embarcado en una reforma radical de las bases económicas del capitalismo estadounidense, impulsando un modelo muy diferente al capitalismo financiero que eclosionó a principios del siglo XXI. 

La apuesta de Trump supone desmontar gran parte del proceso de globalización financiero-productivo impulsado desde los años ochenta, que dio lugar a una recurrente explosión de burbujas financieras cuyo mayor estallido fue la crisis financiero-inmobiliaria de 2007-2008. Una crisis que hundió prácticamente a todos los grandes bancos de Estados Unidos y Europa, obligando a sus gobiernos, a la Reserva Federal (Fed) y al BCE a aportar unos 35 billones de dólares para reflotarles, al mismo tiempo que aplicaban duras políticas austeridad fiscal y de rebajas salariales. 

Trump parte de la coincidencia global con Putin de que los antiguos “centros de gravedad” se han derrumbado, sin que todavía se haya constituido y estabilizado ningún sistema alternativo de alianzas instituciones y normas, el mundo ha emprendido una nueva dirección en la que el caos representa una etapa natural e inevitable de las actuales relaciones internacionales, inaugurando la era de las decisiones unilaterales. 

Ya no se trata de restaurar una forma de control global, sino de que cada nación se adapte y asegure su propia supervivencia resolviendo cada uno los conflictos por su cuenta. El país vencedor será aquel que sea capaz de eludir, o reescribir, las normas internacionales en su beneficio. Por eso Trump ha mostrado un desprecio total a las instituciones internacionales, retirando a su país de 66 organismos, acuerdos y tratados internacionales, incluido el Acuerdo de París, la OMS… Quiere acabar con un mundo basado en una red de instituciones internacionales que considera obsoletas y antiamericanas, y que tienen un uniformador afán cosmopolita que no respeta las identidades nacionales y al que denuncia como un peligroso enemigo de su maneras de entender y reivindicar la soberanía nacional. Como reconoce en su propia Estrategia de Seguridad Nacional (ESN): “El objetivo de esta estrategia es (…) reforzar el poder y la preeminencia de Estados Unidos y hacer que nuestro país sea más grande que nunca”. 

En ese mundo soñado por ambos lideres la toma de decisiones no estaría basada, en ningún modo, en una representación ética universalmente válida en materia de justicia. 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La Gran Recesión que siguió a la crisis financiero-inmobiliaria de 2007 generó una reacción social en la que gran parte de la ciudadanía retomó la consciencia de la importancia de contar con libertades, derechos e instituciones que nos permitan defendernos de los mercados financieros depredadores, lo que propicio en EE.UU. las dos presidencias consecutivas de Obama, desde 2009 a 2017, y en Europa la vuelta al poder de una socialdemocracia más crítica con el sistema, así como la eclosión de fuerzas políticas y movimientos sociales más progresistas. 

Asimismo, en la última década hemos vivido una aceleración de los cambios productivos y tecnológicos, con el desarrollo desregulado de la Inteligencia Artificial (IA), que ha producido un fuerte incremento de las desigualdades. En las grandes empresas industriales y extractivas, como General Electric o Exxon-Mobil, el 80% de los ingresos se destinaba a salarios, mientras que los trabajadores de las Big Tech reciben menos del 1%, porque la mayoría del trabajo lo realizan gratis miles de millones de “siervos de la nube”. El capital en la nube de Bezos, Zuckerberg y Musk no origina ningún producto tangible, pero otorga a sus dueños un poder exorbitante para controlar el comportamiento de los demás. 

La conclusión que millones de ciudadanos han sacado de esta década perdida es que las políticas de los gobiernos progresistas no han conseguido poner freno al aumento de las desigualdades y la pobreza, a la pérdida de empleos de buenos salarios, al encarecimiento especulativo de la vivienda, a la pérdida de poder de negociación de los sindicatos, al retroceso del Estado del Bienestar.  

La Gran Incertidumbre, el nuevo Infierno del mundo moderno

La escasa capacidad de acción de los Estados en un mundo de creciente globalización ha llevado a un fuerte deterioro de expectativas en gran parte de la clase media, “los hijos vivirán peor que sus padres”, y consecuentemente una gran incertidumbre sobre el futuro laboral de millones de jóvenes trabajadores en los países desarrollados. Para millones de trabajadores jóvenes, la Distopía ha desplazado a la Utopía.

La Gran Incertidumbre sobre el futuro se ha convertido en el nuevo Infierno moderno, sobre el que se han desatado los miedos de una sociedad fragmentada, aflorando un malestar profundo en muchos sectores sociales que han perdido la confianza en las bondades de un sistema democrático que cada vez les ofrecía una menor protección, se ha consolidado la percepción de que sus instituciones no son capaces de ofrecer suficientes empleos y salarios decentes, generando una robusta tendencia hacía una menor identificación de la ciudadanía con los valores democráticos.

En ese futuro dominado por la Gran Incertidumbre millones de jóvenes trabajadores no se sienten interpelados por la experiencia histórica que supuso la era del fascismo. No disponen, en muchos casos, de una memoria histórica que les ayude a comprender la ineficacia, inmoralidad e injusticia que supusieron los regímenes autoritarios.

Por eso, desde el otro lado del espectro político, han avanzado de las derechas populistas y neosoberanistas que representa Trump, ofreciendo soluciones simplistas, basadas en la identidad nacional, que prometen la recuperación de los empleos, salarios y bienestar que se han perdido en los últimos años. 

Características del nuevo modelo capitalista que quiere forjar Trump

En base a estas consideraciones geopolíticas Trump está intentando redefinir el capitalismo estadounidense como un capitalismo de base industrial frente al financiero, como un capitalismo nacional frente a una globalización dominada por élites y, frente a sistema de gobernanza mundial, hace un clara apuesta por un capitalismo de corte imperial que garantice a EE.UU. una constante y segura apropiación de materias primas y energía baratas.

Más allá de la retórica, hay una clara voluntad de Trump de impulsar un capitalismo industrial capaz de ofrecer empleos mejor remunerados a una parte importante de la clase trabajadora de EE.UU. De tener éxito, consolidaría durante un largo periodo el apoyo popular a futuros gobiernos republicanos en estados clave. No hay que olvidar que hay una clara correlación entre aquellos estados que han sufrido una fuerte desindustrialización y el incremento de voto trumpista.

Para impulsar este capitalismo industrial y nacional Trump necesita tejer reforzar la alianza con sectores industriales y extractivos clásicos, ávidos de materias primas y energía baratas del resto del mundo. Por eso este nuevo capitalismo trumpista requiere un neoimperialismo, aunque ahora no se trata de invadir países y colonizarlos, como hicieron las potencias europeas en el siglo XIX y XX, ahora el objetivo de dominar a esos países por control remoto. 

A nadie se le escapa que esto va a suponer, y ya está provocando, un incremento de las tensiones globales. Como sucedió a principios del siglo XX entre las naciones capitalistas europeas más desarrolladas y aquellas que buscaban industrializarse aceleradamente: Alemania. Aunque ahora los contendientes lo serán a escala planetaria.

Por eso una clave de bóveda del capitalismo industrial-nacional de Trump es el crecimiento de industria de defensa, forzando a sus aliados a comprar armamento norteamericano, e incrementando gasto público militar, el nuevo proyecto presupuestario contempla 1,5 billones $ en 2027, un 66% más que en 2025. En esta alianza con la industria de defensa participan muy activamente algunos representantes del tecnofeudalismo, importantes hombres de negocios que desprecian la democracia como Marc Andreessen, Thiel, Karp y Musk, y que impulsan la creación de un complejo tecnológico-autoritario. La apuesta de las grandes tecnológicas por el desarrollo de la IA juega un papel clave en los planes de Trump, no solo en términos políticos, sino también económicos. En estos momentos estas empresas son el principal motor de la economía estadounidense, en el último año han comprometido inversiones vinculadas a la IA por más de 350.000 millones $, en centros de datos, plantas energéticas y chips. 

En este escenario mundial, para que EE.UU. salga victorioso debe disponer de la mayor maquinaria militar del mundo, como se plantea en la ESN: “Queremos desplegar el ejército más poderoso, letal y tecnológicamente avanzado del mundo para proteger nuestros intereses, disuadir las guerras y, si es necesario, ganarlas de forma rápida y decisiva (…) Queremos disponer de la fuerza de disuasión nuclear más sólida, creíble y moderna del mundo”. 

No obstante, este fuerte incremento del gasto militar se hace en un marco de restricción impositiva. Otra de las banderas de Trump es una política fiscal basada en reducir impuestos a los más ricos, acaba de proponer una segunda ola de bajadas de impuestos con la extensión permanente de la Ley de Reducción de Impuestos y Empleos de 2017. Por tanto, la financiación del enorme gasto militar tendrá que ser mediante un creciente endeudamiento público. Pero hay que tener en cuenta que en la medida que EE.UU. se involucré en grandes operaciones militares en todo el planeta, la financiación de la creciente deuda pública pasará a ser un asunto que se fundirá, y se confundirá, con la seguridad nacional.  

El ”American First” se parece cada vez más al «Deutschland über alles» de los nazis

Esta política económica de Trump se parece mucho a la desarrollada por Hjalmar Schacht, ministro de economía del Tercer Reich entre 1934 y 1937, que tenía como pilar fundamental la intervención en el mercado como. Aunque no era una economía planificada al estilo soviético ya que se respetaba la propiedad privada de los medios de producción, el peso del Estado en la economía era mayúsculo. Uno de los mayores ejemplos de esta política fue el programa de infraestructuras que llevo a cabo Hitler para reactivar la economía, una política keynesianista antes de Keynes. Una economía supeditada a los intereses políticos de Hitler.

Schacht defendía una política nacionalista, cuyo desarrollo económico, se basaba en el rearme, a la vez que controlaba a las potencias extranjeras, pero sin llegar a ningún conflicto bélico. Pero todo este andamiaje tenía un punto débil: la financiación. Alemania no podía endeudarse para financiar su rearme, ya que contradecía los acuerdos de paz de la 1ª Guerra Mundial. Por eso Schacht inventó las letras Mefo, una deuda invisible para el resto de los países de Europa, que se convirtió en una moneda paralela reservada al sector armamentístico. La Mefo era una sociedad pantalla que no producía nada, no contrataba a nadie, no tenía ninguna fábrica, solo emitía deuda. El Estado, a priori, no se endeudaba, pero la convertibilidad del dinero quedaba garantizada a posteriori por el banco central alemán.

¿Puede fracasar el plan de Trump?

EEUU tiene hoy, a diferencia de la Alemania de los años treinta del siglo XX, una importante ventaja: el dólar es la principal moneda de reserva y comercio internacional, y previsiblemente lo seguirá siendo por muchos años. Las reservas de divisas de los bancos centrales invertidas en dólares se han mantenido estables desde 2017, ahora se sitúan en un 54%. 

No obstante, la financiación de los gastos de defensa mediante endeudamiento público también tiene límites y costes. Las estimaciones de los expertos calculan que las propuestas de reducción de impuestos y aumento del gasto incrementarían la deuda del país en 7,75 billones $. EE.UU. está entrando en terreno inédito, según las últimas proyecciones del FMI, su deuda pública, que ahora está en el 124,3% del PIB, podría alcanzar el 143 % en 2030. Aunque hay que tener en cuenta que en la deuda pública de EE.UU. esta principalmente en manos de inversores nacionales, un 71% en 2024. En la última década China ha reducido notablemente sus compras de bonos del Tesoro estadounidenses.

Si bien Trump no necesita hacer malabarismos financieros, como las letras Mefo de Hitler, si necesita que la Fed se comprometa en una importante expansión monetaria y que reduzca significativamente los tipos de interés. Una rebaja de dos puntos le permitiría ahorrar «cientos de miles de millones de dólares» en intereses de la deuda, en la actualidad los bonos del Tesoro a 10 y 30 años están por encima del 4% y 5%. Sin embargo, la Fed tiene importantes razones y argumentos para cuestionar la política económica de Trump:

  • No ha conseguido que los precios bajen, aunque han crecido menos la inflación sigue estando por encima del objetivo del 2%. Y los precios de alimentos, alquileres, seguros, energía, sanidad y educación han subido notablemente. Además, las salvajes políticas antimigratorias, al deportar a trabajadores que cobraban bajos salarios, ahondaran estos problemas. Todo ello, si se conjuga con una evolución del tipo de cambio del dólar a la baja, podría desatar una espiral inflacionista en 2026 que desbarataría los planes de Trump.
  • A pesar de la capacidad de Trump de ocupar completamente el espacio mediático, la realidad es que millones de hogares estadounidenses comprueban día a día como sus salarios crecen muy por debajo de los precios de los consumos básicos. Asimismo, el desempleo de los jóvenes se ha incrementado hasta un 10,4%, en abril de 2023 era del 6,6%. 

2026 será un año crucial para Trump, por eso está sometiendo a la Fed a unas presiones inimaginables en un país democrático. Sabe que si a finales de 2026 la economía estadounidense sigue atascada, se esfumarán gran parte de las expectativas de mejora económica que generó en la campaña electoral, y ello tendría graves consecuencias en las elecciones de medio mandato de finales de 2026. Ya se está haciendo evidente que hay una reacción social y política a Trump en muchos Estados, como está sucediendo frente a las masivas redadas de inmigrantes. 

No obstante, también hay que recordar que en 1937 el ministro Schacht comenzó a inquietarse porque debía devolver las letras Mefo, lo que hacía imposible continuar con el ritmo de producción militar alemán, por lo que decidió frenar el rearme y pagar las deudas. Entonces Hitler le destituyó y dejo la economía en manos de Göring, que siguió impulsando la militarización de la economía para afrontar los planes expansionistas de Hitler. No obstante, en los años treinta en Alemania no había una democracia consolidada como es hoy en día la estadounidense, o eso queremos creer… 

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Intervenciones
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