Trump, capitalismo y desorden

  • Ignacio Muro Benayas

    Ignacio Muro Benayas

    Director Fundación Espacio Público

20.01.2026

Debate principal: Tras el vendaval trumpista

La ficción puede ser, a veces, la mejor forma de acercarse a la realidad-real. Trump y sus constantes espasmos geoestratégicos pueden considerarse el resultado de un guion distópico e irreal pero también la expresión de la cruda realidad que no queremos ver. Quizás lo que ocurre es que la sociedad actual esté tan mediatizada, tan acostumbrada a la ”realidad ficcionada”, que no le cabe en la cabeza que las posiciones de Trump son reales y forman parte de un plan meditado basado en causas objetivas.

Habría que preguntarse si cierta “falsa conciencia” se ha adueñado durante décadas del pensamiento racional, que concebía el progreso como el resultado de un determinado nivel civilizatorio que no permitiría volver a planteamientos primitivos. Como si las clases subalternas del Occidente, incluidos las élites y grupos empresariales de Europa, en vez de concebir la realidad existente como fruto de un equilibrio de fuerzas sociales o modos de poder transitorios, hubieran asumido una ficción de estabilidad global y permanente, basada en unos principios que no eran tales y que ahora desaparecen. Conviene preguntarse si la multilateralidad, el Estado de Bienestar, o la democracia basada en el imperio de la ley, eran el resultado de un nivel civilizatorio sin retorno.

La pregunta clave es si se cree que se restaurará el mundo de antaño, si solo vivimos un episodio pasajero o es el comienzo de un periodo brutal que necesita tocar fondo, en el que los intereses se presentan directamente sin ocultarse en ningún “relato” más o menos sofisticado. 

Dinámicas que se cruzan

El neoliberalismo y la globalización multilateral fue la opción de poder de las grandes corporaciones y de una especialización productiva impulsada desde el indiscutible liderazgo norteamericano y el mundo anglosajón. Esa lógica desplazó la actividad y el empleo productivo hacía China y Asía sin que de ese desequilibrio se vislumbrara, en ningún momento, un desplazamiento del centro de gravedad del poder.

Diseñar en California y fabricar en Shenzhen era la lógica de la división del trabajo que se exportaba al mundo, asumida como un mantra que favorecería la hegemonía de Occidente y el liderazgo en la innovación. Esa lógica se universalizó a todos los sectores productivos, desde la alimentación a la sanidad, desde el automóvil a las tecnológicas. 

Esa dinámica ocultaba otra disputa esencial sobre la lógica de la creación de valor entre las economías de China y EEUU. Por un lado, el capitalismo corporativo occidental ha basado la creación de excedentes en una lógica financiera de desposesión de rentas basado en prácticas oligopolistas y en la captación de los órganos reguladores de los Estados nacionales o entidades supranacionales, como la UE.  

Los excedentes empresariales adoptan una lógica rentista no solo en las finanzas. Los beneficios de las energéticas o las farmacéuticas y de otros sectores tienen poco que ver con la extracción de plusvalías a sus trabajadores y mucho con la captación de rentas a sus clientes y usuarios amparados en situaciones de privilegio. Si en algo han destacado las tecnológicas es, precisamente, en su capacidad para convertir ese modo extractivo en la esencia de su negocio global, basado en el control y explotación de datos, al margen de cualquier control estatal. 

Esa dinámica está interiorizada en todas las corporaciones multinacionales y ha pasado a formar parte del acervo común. Si Trump se puede presentar como un emperador “eficaz” en la gestión de conflictos es porque los modos de gobierno de las grandes corporaciones llevan décadas educándonos en la figura del primer ejecutivo como monarca absoluto que maneja la gestión de las corporaciones, sin contrapeso alguno, con el único fin de crear valor al accionista. 

También, por abajo, se ha asumido con naturalidad una mítica perversa. Si el trabajo se externalizaba o deslocalizaba era porque se despreciaba, porque era tratado como una commodity, algo indispensable pero indiferenciado e intercambiable, incapaz de generar valor diferencial. Solo el trabajo intelectual de alto valor merecía ser retenido porque era la fuente de innovación. El elitismo del capitalismo neoliberal lleva justificando la desigualdad amparado en la jerarquía vertical de la toma de decisiones hasta formar parte de consensos académicos y sociales, mientras se devaluaba la participación.

Es curioso que sea la administración de Trump la primera que verbaliza explícitamente esa estrategia como equivocada. El vicepresidente JD Vance ha señalado como un error retener en el territorio exclusivamente las fases creativas y de diseño, que se entendían como adecuadas y suficientes para favorecer la innovación. “Nos equivocamos. Resulta que las zonas geográficas que fabrican son muy buenas diseñando cosas. Hay efectos de red, de modo que a medida que mejoraban en el extremo inferior de la cadena de valor, también empezaron a alcanzarnos en el extremo superior. Nos apretaron por ambos extremos”.

El resultado es que productividad, industria y mejores salarios son reconocidas ahora como deseables y convergentes. La cuestión es hasta qué punto pueden conseguir esa convergencia. Su respuesta es ideológica e irreal: para ello, se debe bloquear la inmigración, entendida como “droga” que vicia con costes bajos la lógica empresarial, un argumento “ad hoc” que da valor económico a la xenofobia. 

Ya antes en la administración de Joe Biden se intentó abordar con su programa de incentivos para liderar el Green New Deal, que fue también expresión de la preocupación creciente en las élites norteamericanas por la consolidación de China como una alternativa real de cara al futuro.

Innovación y poder en China  

Analizar los elementos claves del desarrollo económico de China es un asunto central para comprender el momento en que se encuentra el mundo. 

Parece evidente que el PC chino dirige la economía, marca sus pautas hacia la innovación tecnológica y disciplina a las grandes corporaciones privadas. Se pueden discutir los límites y conflictos de su modelo, (para algunos, socialismo de mercado y para otros, capitalismo de Estado), y, en particular, el desinterés por la implantación de modelos de gestión participativos propios de la democracia económica, pero no su determinación.

El Estado chino establece marcos regulatorios claros y está representado por grandes empresas públicas con gran peso en los sectores estratégicos (finanzas, energía, infraestructuras, telecomunicaciones) pero tolera la gestión independiente en las grandes corporaciones privadas, priorizando la creación de excedentes y que estos se reinviertan internamente en programas de I+D+i siguiendo las prioridades sectoriales marcadas.

En paralelo, China está implementando un programa de infraestructuras públicas que integran redes de alta velocidad con puentes, puertos y canales con el fin de vertebrar el territorio y revolucionar la logística. El resultado es que los tiempos de respuesta de las transacciones y los intercambios, variable fundamental de la productividad agregada, se reducen, año a año. 

La inversión productiva y el crecimiento son el centro de su modelo económico. El resultado es que, con datos del Banco Mundial, la capacidad de inversión china, expresada en “formación bruta de capital fijo” se mantiene en un promedio del 40% de su PIB, (41,1% en 2023) mientras EEUU se sitúa en el entorno del 22% de su PIB, lo que supone que no solo le casi duplica en términos relativos, sino que también le supera en términos absolutos. 

EEUU y China están confrontando, además, dos conceptos de innovación. En EEUU se asocia a pequeñas startup, luego convertidas en líderes globales, destinadas a crear nuevas dinámicas en servicios de interacción ciudadana… pero desconectada de los procesos productivos. En cambio, la innovación de procesos, en la que China sobresale, se ha demostrado determinante para impulsar y modernizar su amplia base manufacturera. Las llamadas “tres nuevas industrias”, (vehículos eléctricos, baterías y energía renovable), ya contribuyen con un 40 por ciento estimado al crecimiento del PIB de China.

Su éxito confirma que el progreso tecnológico depende, en última instancia, de la capacidad de sincronizar los esfuerzos de una nación o una comunidad territorial, para difundir y diseminar la innovación a fin de escalar e impulsar la productividad agregada y el crecimiento potencial. Los programas de subvenciones del Gobierno chino afectan a todas las fases de los procesos productivos. En la industria de los semiconductores, se los conceden a las empresas de las fases iniciales de la producción, a los proveedores de productos y componentes intermedios y a los compradores de los productos finales. Ese esquema busca “desarrollar un nuevo ecosistema tecnológico desde cero” a una velocidad y escala sin precedentes que ya estaba testado en sus exitosas experiencias en productos de fabricación de gama baja y media.

EEUU y el reto de un nuevo orden internacional

El miedo de las élites norteamericanas es comprensible. El dólar y el poder tecnológico y militar han sido los tres pilares de la hegemonía de EEUU en las últimas décadas, suficientes mientras su liderazgo ha sido indiscutible. La cuestión es vislumbrar si pueden seguir siéndolo cuando la creciente importancia económica y tecnológica de China la perfila como una amenaza real y abre un período marcado por la disputa de liderazgo mundial en muchos campos.  

Incluso desde la ortodoxia económica se admite que EEUU vive por encima de sus posibilidades. En las últimas décadas, su liderazgo ha estado acompañado de desequilibrios económicos estructurales, los denominados “déficits gemelos”, expresados en las cuentas públicas y en el balance exterior por cuenta corriente, que eran compensados por su capacidad para financiarlos captando capitales del resto del mundo.

El nivel de consumo de sus empresas y familias ha estado dopado con constantes programas de financiación y de estímulo de dos tipos: por un lado, a través de presupuestos expansivos, especialmente en gasto militar soporte de un complejo industrial que hoy concierne especialmente a las propias empresas tecnológicas. De otro, rebajando los impuestos para facilitar la demanda disponible. En esencia, su economía es una gran maquinaria de consumo e innovación que es financiado por el resto del mundo.

Desde hace un lustro, algo ha cambiado. La crisis del COVID-19 fue algo sobrenatural a la lógica del capitalismo, pero natural para los más atentos a la crisis medioambiental en ciernes. 

Las rupturas de las cadenas de suministro que habían dado soporte a la globalización neoliberal  apuntaban a una reestructuración profunda de los mercados de capitales. Si cada potencia debía internalizar sus suministros estratégicos, si la globalización se fragmentaba en bloques regionales, la disponibilidad de flujos de capital globales excedentarios que hasta ahora habían permitido financiar los déficits estructurales de la economía de EEUU podrían disminuir y ahogar su economía. La autonomía estratégica de cada bloque, que hasta ahora habían sido exportadoras de capital hacia EEUU, obligaba a atender las mayores necesidades de inversión en sus territorios.

EEUU debía mostrarse decidido a impedirlo, dando los pasos necesarios para disciplinar, al menos, al mundo desarrollado y poner límites a su “autonomía estratégica”. Esa disciplina debía dirigirse a sus principales socios: Japón, Reino Unido, Canadá o Corea. Pero sobre todo a la UE en tanto que principal centro comercial del mundo. 

Por un lado, debían asegurarse su apoyo incondicional en conflictos bélicos que afecten a su hegemonía; por otro, imponer límites, y restricciones, al menos, en los espacios de la energía, la defensa y la tecnología. Y también en el comercio para asegurarse que el dólar sigue siendo la moneda de intercambio.

Todo lo que afecta al dólar, principal activo que garantiza la hegemonía norteamericana, es un potencial casus belli. Aunque a corto plazo no hay ninguna moneda alternativa  (ni el euro ni el yen ni el yuan lo son) el riesgo nace de la diversificación deseada de los bancos centrales y los fondos e instituciones inversoras. De hecho, desde hace años, los países del grupo de los BRICS diversifican sus reservas. Y China y Japón, los principales tenedores de activos estadounidenses, ha expresado su voluntad de disminuir deuda nominada en dólares. Parece evidente que, en la medida que China se consolida a ojos del mundo como competidor estratégico de EEUU, en algún momento aparecerán motivos para provocar un golpe de timón de uno u otro lado. 

La inestabilidad del actual equilibrio genera suficientes razones para levantar las alarmas. EEUU necesita “un nuevo orden” que le asegure la hegemonía, y el golpe de timón debía ser visible para hacer evidente su determinación. Y ese modo tenía todas las papeletas para adoptar formas imperiales más o menos crudas.

Ello solo puede ser posible, si, la política se impone a las lógicas económicas. Si, en el exterior, se imponen las lógicas imperiales y el vasallaje más extremo. Y si, en el interior, el aparato coercitivo es capaz de imponerse con métodos autoritarios a las instituciones y pautas profesionales que comparten consensos del pasado y si se introduce disciplina en el establishement hasta hacer inoperantes los contrapoderes democráticos. Esos son los rasgos imprescindibles del nuevo orden, necesariamente con modos neofascistas. Hasta ahora lo está consiguiendo 

Mar-a-Lago: aranceles, industrialización y relaciones de servidumbre

Procede ahora un rápido balance del primer año de Trump, comparándolo con las políticas programadas. En su discurso del 7 de abril de 2025, Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores Económicos de EEUU del gobierno de Donald Trump defiende que su país proporciona dos llamados «bienes públicos globales»: protección militar a través de su red mundial de bases militares y el papel del dólar como moneda de reserva mundial. Este rol no es sostenible porque, dice, ha “diezmado” la industria manufacturera de EEUU y generado déficits comerciales “insostenibles”. Y postula que es posible mantener la hegemonía del dólar y reformar el sistema al mismo tiempo siempre que el resto el mundo asuma los costes que conlleva ese dominio.

  • La primera condición impuesta a sus aliados es aceptar los aranceles de importación (sin tomar contramedidas) si quieren acceder al mayor mercado del mundo. Esa condición se está cumpliendo, aunque tarde en consolidar sus efectos. La UE, Japón, Corea del Sur, Canadá y los países del golfo han aceptado aranceles que más que triplican los anteriores, alrededor del 4,5%, sin contrapartidas
  • En segundo lugar, los países socios debían abrir sus mercados a las exportaciones estadounidenses. El compromiso de la UE de comprar productos energéticos, principalmente gas esquisto, por valor de 750.000 millones de $ hasta 2028 son solo un ejemplo.
  • En tercer lugar, las empresas extranjeras deben trasladar parte de su producción a EEUU, para ahorrarse aranceles y acceder a su mercado. Trump ha conseguido imponer el compromiso de volúmenes de inversión directa a todos sus aliados: 600.000 millones de $ de la UE, 550.000 $ desde Japón y 350.000 $ de Corea del Sur que deben destinarse a la construcción naval. Veremos cómo y cuándo se realizan.
  • Por último, deben aumentar su inversión en gastos de defensa, comprando armas y equipamiento a empresas estadounidenses. El uso de la OTAN como instrumento de disciplina de occidente forma parte ya del consenso de las élites de EEUU. La UE se ha comprometido no solo a cambiar sus prioridades de gasto, con el compromiso de destinar un 5% de gasto militar, sino a importar armas y equipamiento a las empresas estadounidenses para sufragar la guerra de Ucrania. 

El Acuerdo de Mar-a-Lago que redondea esa estrategia, requiere que el dólar no se aprecie, porque un dólar revalorizado compensaría parcialmente las políticas arancelarias que abandera Trump y generaría inflación interna y descontento social. Y eso supone, inducir (obligar, más bien) al resto del mundo a adquirir deuda norteamericana a largo plazo con rendimientos bajos, más bajos incluso que la inflación. Pues bien, el dólar se ha desvalorizado respecto el euro un 11,77% a lo largo de 2025. La inflación acumulada en 2025 ha sido de 2,7% algo inferior a la de 2024. La batalla inmediata de Trump es conseguir que el Tesoro rebaje los tipos de interés.

Algunas conclusiones rápidas 

La cuestión es inducir hasta qué punto estos “éxitos” son consistentes y estables o si es previsible un retorno al orden basado en reglas y un reequilibrio que favorezca a las fuerzas democráticas que abogan por hacer valer “la ley y el orden” convertido ahora en lema de resistencia cuando hasta ahora fue el martillo utilizado por las fuerzas conservadoras.

La dimensión de los tiempos de respuesta es decisiva. EEUU debe frenar a cortísimo plazo un desequilibrio que, a medio plazo, favorece a China. La lucha por la hegemonía global deja la impresión de que mientras Trump parece jugar al ajedrez, buscando permanentemente dar jaque mate a su oponente, Xi Jinping juega al Go, el tradicional juego asiático, ensalzado por Confucio, donde lo importante no es eliminar al rival, sino rodearlo y ganar la posición. El tablero se desplaza a Latinoamérica donde la disputa entre EEUU y China se presenta como fundamental.

Si los reequilibrios militares necesitan décadas, Europa nada tiene que hacer a corto plazo si no hace valer su potencia comercial. Algún gesto hacia acuerdos comerciales y de cooperación tecnológica con China sería un paso decisivo. Otro, anunciar una disposición al uso progresivo de otras monedas en el mercado internacional. La tercera, reconsiderar su posición ante Rusia y reverdecer la Carta de París de 1990 y su apuesta por un Sistema Europeo de Seguridad, compartida desde Lisboa a Moscú, frustrada por la Cumbre de la OTAN en Roma al año siguiente. El camino es ese, sin duda, la cuestión es si hay coraje y voluntad para implementarse.

Ante todo, es urgente frenar la sensación de incapacidad y desgobierno en la UE, los aspectos que Trump y sus ideólogos identifican con la ineficacia de la democracia y los consensos. Y eso supone, frenar la tendencia, elección tras elección, que hace mejorar las posiciones de la extrema derecha desde el estuario de Lisboa al río Vístula. 

De lo contrario, debemos asumir que el caos global y el riesgo a la autodestrucción llaman a la puerta.

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  • Ignacio Muro Benayas

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