La ficción puede ser, a veces, la mejor forma de acercarse a la realidad-real. Trump y sus constantes espasmos geoestratégicos pueden considerarse el resultado de un guion distópico e irreal pero también la expresión de la cruda realidad que no queremos ver. Quizás lo que ocurre es que la sociedad actual esté tan mediatizada, tan acostumbrada a la ”realidad ficcionada”, que no le cabe en la cabeza que las posiciones de Trump son reales y forman parte de un plan meditado basado en causas objetivas.
Habría que preguntarse si cierta “falsa conciencia” se ha adueñado durante décadas del pensamiento racional, que concebía el progreso como el resultado de un determinado nivel civilizatorio que no permitiría volver a planteamientos primitivos. Como si las clases subalternas del Occidente, incluidos las élites y grupos empresariales de Europa, en vez de concebir la realidad existente como fruto de un equilibrio de fuerzas sociales o modos de poder transitorios, hubieran asumido una ficción de estabilidad global y permanente, basada en unos principios que no eran tales y que ahora desaparecen. Conviene preguntarse si la multilateralidad, el Estado de Bienestar, o la democracia basada en el imperio de la ley, eran el resultado de un nivel civilizatorio sin retorno.
La pregunta clave es si se cree que se restaurará el mundo de antaño, si solo vivimos un episodio pasajero o es el comienzo de un periodo brutal que necesita tocar fondo, en el que los intereses se presentan directamente sin ocultarse en ningún “relato” más o menos sofisticado.
Dinámicas que se cruzan
El neoliberalismo y la globalización multilateral fue la opción de poder de las grandes corporaciones y de una especialización productiva impulsada desde el indiscutible liderazgo norteamericano y el mundo anglosajón. Esa lógica desplazó la actividad y el empleo productivo hacía China y Asía sin que de ese desequilibrio se vislumbrara, en ningún momento, un desplazamiento del centro de gravedad del poder.
Diseñar en California y fabricar en Shenzhen era la lógica de la división del trabajo que se exportaba al mundo, asumida como un mantra que favorecería la hegemonía de Occidente y el liderazgo en la innovación. Esa lógica se universalizó a todos los sectores productivos, desde la alimentación a la sanidad, desde el automóvil a las tecnológicas.
Esa dinámica ocultaba otra disputa esencial sobre la lógica de la creación de valor entre las economías de China y EEUU. Por un lado, el capitalismo corporativo occidental ha basado la creación de excedentes en una lógica financiera de desposesión de rentas basado en prácticas oligopolistas y en la captación de los órganos reguladores de los Estados nacionales o entidades supranacionales, como la UE.
Los excedentes empresariales adoptan una lógica rentista no solo en las finanzas. Los beneficios de las energéticas o las farmacéuticas y de otros sectores tienen poco que ver con la extracción de plusvalías a sus trabajadores y mucho con la captación de rentas a sus clientes y usuarios amparados en situaciones de privilegio. Si en algo han destacado las tecnológicas es, precisamente, en su capacidad para convertir ese modo extractivo en la esencia de su negocio global, basado en el control y explotación de datos, al margen de cualquier control estatal.
Esa dinámica está interiorizada en todas las corporaciones multinacionales y ha pasado a formar parte del acervo común. Si Trump se puede presentar como un emperador “eficaz” en la gestión de conflictos es porque los modos de gobierno de las grandes corporaciones llevan décadas educándonos en la figura del primer ejecutivo como monarca absoluto que maneja la gestión de las corporaciones, sin contrapeso alguno, con el único fin de crear valor al accionista.
También, por abajo, se ha asumido con naturalidad una mítica perversa. Si el trabajo se externalizaba o deslocalizaba era porque se despreciaba, porque era tratado como una commodity, algo indispensable pero indiferenciado e intercambiable, incapaz de generar valor diferencial. Solo el trabajo intelectual de alto valor merecía ser retenido porque era la fuente de innovación. El elitismo del capitalismo neoliberal lleva justificando la desigualdad amparado en la jerarquía vertical de la toma de decisiones hasta formar parte de consensos académicos y sociales, mientras se devaluaba la participación.
Es curioso que sea la administración de Trump la primera que verbaliza explícitamente esa estrategia como equivocada. El vicepresidente JD Vance ha señalado como un error retener en el territorio exclusivamente las fases creativas y de diseño, que se entendían como adecuadas y suficientes para favorecer la innovación. “Nos equivocamos. Resulta que las zonas geográficas que fabrican son muy buenas diseñando cosas. Hay efectos de red, de modo que a medida que mejoraban en el extremo inferior de la cadena de valor, también empezaron a alcanzarnos en el extremo superior. Nos apretaron por ambos extremos”.
El resultado es que productividad, industria y mejores salarios son reconocidas ahora como deseables y convergentes. La cuestión es hasta qué punto pueden conseguir esa convergencia. Su respuesta es ideológica e irreal: para ello, se debe bloquear la inmigración, entendida como “droga” que vicia con costes bajos la lógica empresarial, un argumento “ad hoc” que da valor económico a la xenofobia.
Ya antes en la administración de Joe Biden se intentó abordar con su programa de incentivos para liderar el Green New Deal, que fue también expresión de la preocupación creciente en las élites norteamericanas por la consolidación de China como una alternativa real de cara al futuro.
Innovación y poder en China
Analizar los elementos claves del desarrollo económico de China es un asunto central para comprender el momento en que se encuentra el mundo.
Parece evidente que el PC chino dirige la economía, marca sus pautas hacia la innovación tecnológica y disciplina a las grandes corporaciones privadas. Se pueden discutir los límites y conflictos de su modelo, (para algunos, socialismo de mercado y para otros, capitalismo de Estado), y, en particular, el desinterés por la implantación de modelos de gestión participativos propios de la democracia económica, pero no su determinación.
El Estado chino establece marcos regulatorios claros y está representado por grandes empresas públicas con gran peso en los sectores estratégicos (finanzas, energía, infraestructuras, telecomunicaciones) pero tolera la gestión independiente en las grandes corporaciones privadas, priorizando la creación de excedentes y que estos se reinviertan internamente en programas de I+D+i siguiendo las prioridades sectoriales marcadas.
En paralelo, China está implementando un programa de infraestructuras públicas que integran redes de alta velocidad con puentes, puertos y canales con el fin de vertebrar el territorio y revolucionar la logística. El resultado es que los tiempos de respuesta de las transacciones y los intercambios, variable fundamental de la productividad agregada, se reducen, año a año.
La inversión productiva y el crecimiento son el centro de su modelo económico. El resultado es que, con datos del Banco Mundial, la capacidad de inversión china, expresada en “formación bruta de capital fijo” se mantiene en un promedio del 40% de su PIB, (41,1% en 2023) mientras EEUU se sitúa en el entorno del 22% de su PIB, lo que supone que no solo le casi duplica en términos relativos, sino que también le supera en términos absolutos.
EEUU y China están confrontando, además, dos conceptos de innovación. En EEUU se asocia a pequeñas startup, luego convertidas en líderes globales, destinadas a crear nuevas dinámicas en servicios de interacción ciudadana… pero desconectada de los procesos productivos. En cambio, la innovación de procesos, en la que China sobresale, se ha demostrado determinante para impulsar y modernizar su amplia base manufacturera. Las llamadas “tres nuevas industrias”, (vehículos eléctricos, baterías y energía renovable), ya contribuyen con un 40 por ciento estimado al crecimiento del PIB de China.
Su éxito confirma que el progreso tecnológico depende, en última instancia, de la capacidad de sincronizar los esfuerzos de una nación o una comunidad territorial, para difundir y diseminar la innovación a fin de escalar e impulsar la productividad agregada y el crecimiento potencial. Los programas de subvenciones del Gobierno chino afectan a todas las fases de los procesos productivos. En la industria de los semiconductores, se los conceden a las empresas de las fases iniciales de la producción, a los proveedores de productos y componentes intermedios y a los compradores de los productos finales. Ese esquema busca “desarrollar un nuevo ecosistema tecnológico desde cero” a una velocidad y escala sin precedentes que ya estaba testado en sus exitosas experiencias en productos de fabricación de gama baja y media.
EEUU y el reto de un nuevo orden internacional
El miedo de las élites norteamericanas es comprensible. El dólar y el poder tecnológico y militar han sido los tres pilares de la hegemonía de EEUU en las últimas décadas, suficientes mientras su liderazgo ha sido indiscutible. La cuestión es vislumbrar si pueden seguir siéndolo cuando la creciente importancia económica y tecnológica de China la perfila como una amenaza real y abre un período marcado por la disputa de liderazgo mundial en muchos campos.
Incluso desde la ortodoxia económica se admite que EEUU vive por encima de sus posibilidades. En las últimas décadas, su liderazgo ha estado acompañado de desequilibrios económicos estructurales, los denominados “déficits gemelos”, expresados en las cuentas públicas y en el balance exterior por cuenta corriente, que eran compensados por su capacidad para financiarlos captando capitales del resto del mundo.
El nivel de consumo de sus empresas y familias ha estado dopado con constantes programas de financiación y de estímulo de dos tipos: por un lado, a través de presupuestos expansivos, especialmente en gasto militar soporte de un complejo industrial que hoy concierne especialmente a las propias empresas tecnológicas. De otro, rebajando los impuestos para facilitar la demanda disponible. En esencia, su economía es una gran maquinaria de consumo e innovación que es financiado por el resto del mundo.
Desde hace un lustro, algo ha cambiado. La crisis del COVID-19 fue algo sobrenatural a la lógica del capitalismo, pero natural para los más atentos a la crisis medioambiental en ciernes.
Las rupturas de las cadenas de suministro que habían dado soporte a la globalización neoliberal apuntaban a una reestructuración profunda de los mercados de capitales. Si cada potencia debía internalizar sus suministros estratégicos, si la globalización se fragmentaba en bloques regionales, la disponibilidad de flujos de capital globales excedentarios que hasta ahora habían permitido financiar los déficits estructurales de la economía de EEUU podrían disminuir y ahogar su economía. La autonomía estratégica de cada bloque, que hasta ahora habían sido exportadoras de capital hacia EEUU, obligaba a atender las mayores necesidades de inversión en sus territorios.
EEUU debía mostrarse decidido a impedirlo, dando los pasos necesarios para disciplinar, al menos, al mundo desarrollado y poner límites a su “autonomía estratégica”. Esa disciplina debía dirigirse a sus principales socios: Japón, Reino Unido, Canadá o Corea. Pero sobre todo a la UE en tanto que principal centro comercial del mundo.
Por un lado, debían asegurarse su apoyo incondicional en conflictos bélicos que afecten a su hegemonía; por otro, imponer límites, y restricciones, al menos, en los espacios de la energía, la defensa y la tecnología. Y también en el comercio para asegurarse que el dólar sigue siendo la moneda de intercambio.
Todo lo que afecta al dólar, principal activo que garantiza la hegemonía norteamericana, es un potencial casus belli. Aunque a corto plazo no hay ninguna moneda alternativa (ni el euro ni el yen ni el yuan lo son) el riesgo nace de la diversificación deseada de los bancos centrales y los fondos e instituciones inversoras. De hecho, desde hace años, los países del grupo de los BRICS diversifican sus reservas. Y China y Japón, los principales tenedores de activos estadounidenses, ha expresado su voluntad de disminuir deuda nominada en dólares. Parece evidente que, en la medida que China se consolida a ojos del mundo como competidor estratégico de EEUU, en algún momento aparecerán motivos para provocar un golpe de timón de uno u otro lado.
La inestabilidad del actual equilibrio genera suficientes razones para levantar las alarmas. EEUU necesita “un nuevo orden” que le asegure la hegemonía, y el golpe de timón debía ser visible para hacer evidente su determinación. Y ese modo tenía todas las papeletas para adoptar formas imperiales más o menos crudas.
Ello solo puede ser posible, si, la política se impone a las lógicas económicas. Si, en el exterior, se imponen las lógicas imperiales y el vasallaje más extremo. Y si, en el interior, el aparato coercitivo es capaz de imponerse con métodos autoritarios a las instituciones y pautas profesionales que comparten consensos del pasado y si se introduce disciplina en el establishement hasta hacer inoperantes los contrapoderes democráticos. Esos son los rasgos imprescindibles del nuevo orden, necesariamente con modos neofascistas. Hasta ahora lo está consiguiendo
Mar-a-Lago: aranceles, industrialización y relaciones de servidumbre
Procede ahora un rápido balance del primer año de Trump, comparándolo con las políticas programadas. En su discurso del 7 de abril de 2025, Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores Económicos de EEUU del gobierno de Donald Trump defiende que su país proporciona dos llamados «bienes públicos globales»: protección militar a través de su red mundial de bases militares y el papel del dólar como moneda de reserva mundial. Este rol no es sostenible porque, dice, ha “diezmado” la industria manufacturera de EEUU y generado déficits comerciales “insostenibles”. Y postula que es posible mantener la hegemonía del dólar y reformar el sistema al mismo tiempo siempre que el resto el mundo asuma los costes que conlleva ese dominio.
- La primera condición impuesta a sus aliados es aceptar los aranceles de importación (sin tomar contramedidas) si quieren acceder al mayor mercado del mundo. Esa condición se está cumpliendo, aunque tarde en consolidar sus efectos. La UE, Japón, Corea del Sur, Canadá y los países del golfo han aceptado aranceles que más que triplican los anteriores, alrededor del 4,5%, sin contrapartidas
- En segundo lugar, los países socios debían abrir sus mercados a las exportaciones estadounidenses. El compromiso de la UE de comprar productos energéticos, principalmente gas esquisto, por valor de 750.000 millones de $ hasta 2028 son solo un ejemplo.
- En tercer lugar, las empresas extranjeras deben trasladar parte de su producción a EEUU, para ahorrarse aranceles y acceder a su mercado. Trump ha conseguido imponer el compromiso de volúmenes de inversión directa a todos sus aliados: 600.000 millones de $ de la UE, 550.000 $ desde Japón y 350.000 $ de Corea del Sur que deben destinarse a la construcción naval. Veremos cómo y cuándo se realizan.
- Por último, deben aumentar su inversión en gastos de defensa, comprando armas y equipamiento a empresas estadounidenses. El uso de la OTAN como instrumento de disciplina de occidente forma parte ya del consenso de las élites de EEUU. La UE se ha comprometido no solo a cambiar sus prioridades de gasto, con el compromiso de destinar un 5% de gasto militar, sino a importar armas y equipamiento a las empresas estadounidenses para sufragar la guerra de Ucrania.
El Acuerdo de Mar-a-Lago que redondea esa estrategia, requiere que el dólar no se aprecie, porque un dólar revalorizado compensaría parcialmente las políticas arancelarias que abandera Trump y generaría inflación interna y descontento social. Y eso supone, inducir (obligar, más bien) al resto del mundo a adquirir deuda norteamericana a largo plazo con rendimientos bajos, más bajos incluso que la inflación. Pues bien, el dólar se ha desvalorizado respecto el euro un 11,77% a lo largo de 2025. La inflación acumulada en 2025 ha sido de 2,7% algo inferior a la de 2024. La batalla inmediata de Trump es conseguir que el Tesoro rebaje los tipos de interés.
Algunas conclusiones rápidas
La cuestión es inducir hasta qué punto estos “éxitos” son consistentes y estables o si es previsible un retorno al orden basado en reglas y un reequilibrio que favorezca a las fuerzas democráticas que abogan por hacer valer “la ley y el orden” convertido ahora en lema de resistencia cuando hasta ahora fue el martillo utilizado por las fuerzas conservadoras.
La dimensión de los tiempos de respuesta es decisiva. EEUU debe frenar a cortísimo plazo un desequilibrio que, a medio plazo, favorece a China. La lucha por la hegemonía global deja la impresión de que mientras Trump parece jugar al ajedrez, buscando permanentemente dar jaque mate a su oponente, Xi Jinping juega al Go, el tradicional juego asiático, ensalzado por Confucio, donde lo importante no es eliminar al rival, sino rodearlo y ganar la posición. El tablero se desplaza a Latinoamérica donde la disputa entre EEUU y China se presenta como fundamental.
Si los reequilibrios militares necesitan décadas, Europa nada tiene que hacer a corto plazo si no hace valer su potencia comercial. Algún gesto hacia acuerdos comerciales y de cooperación tecnológica con China sería un paso decisivo. Otro, anunciar una disposición al uso progresivo de otras monedas en el mercado internacional. La tercera, reconsiderar su posición ante Rusia y reverdecer la Carta de París de 1990 y su apuesta por un Sistema Europeo de Seguridad, compartida desde Lisboa a Moscú, frustrada por la Cumbre de la OTAN en Roma al año siguiente. El camino es ese, sin duda, la cuestión es si hay coraje y voluntad para implementarse.
Ante todo, es urgente frenar la sensación de incapacidad y desgobierno en la UE, los aspectos que Trump y sus ideólogos identifican con la ineficacia de la democracia y los consensos. Y eso supone, frenar la tendencia, elección tras elección, que hace mejorar las posiciones de la extrema derecha desde el estuario de Lisboa al río Vístula.
De lo contrario, debemos asumir que el caos global y el riesgo a la autodestrucción llaman a la puerta.


Trump, capitalismo y desorden
20/01/2026
Ignacio Muro Benayas
Director Fundación Espacio Público
La ficción puede ser, a veces, la mejor forma de acercarse a la realidad-real. Trump y sus constantes espasmos geoestratégicos pueden considerarse el resultado de un guion distópico e irreal pero también la expresión de la cruda realidad que no queremos ver. Quizás lo que ocurre es que la sociedad actual esté tan mediatizada, tan acostumbrada a la ”realidad ficcionada”, que no le cabe en la cabeza que las posiciones de Trump son reales y forman parte de un plan meditado basado en causas objetivas.
Habría que preguntarse si cierta “falsa conciencia” se ha adueñado durante décadas del pensamiento racional, que concebía el progreso como el resultado de un determinado nivel civilizatorio que no permitiría volver a planteamientos primitivos. Como si las clases subalternas del Occidente, incluidos las élites y grupos empresariales de Europa, en vez de concebir la realidad existente como fruto de un equilibrio de fuerzas sociales o modos de poder transitorios, hubieran asumido una ficción de estabilidad global y permanente, basada en unos principios que no eran tales y que ahora desaparecen. Conviene preguntarse si la multilateralidad, el Estado de Bienestar, o la democracia basada en el imperio de la ley, eran el resultado de un nivel civilizatorio sin retorno.
La pregunta clave es si se cree que se restaurará el mundo de antaño, si solo vivimos un episodio pasajero o es el comienzo de un periodo brutal que necesita tocar fondo, en el que los intereses se presentan directamente sin ocultarse en ningún “relato” más o menos sofisticado.
Dinámicas que se cruzan
El neoliberalismo y la globalización multilateral fue la opción de poder de las grandes corporaciones y de una especialización productiva impulsada desde el indiscutible liderazgo norteamericano y el mundo anglosajón. Esa lógica desplazó la actividad y el empleo productivo hacía China y Asía sin que de ese desequilibrio se vislumbrara, en ningún momento, un desplazamiento del centro de gravedad del poder.
Diseñar en California y fabricar en Shenzhen era la lógica de la división del trabajo que se exportaba al mundo, asumida como un mantra que favorecería la hegemonía de Occidente y el liderazgo en la innovación. Esa lógica se universalizó a todos los sectores productivos, desde la alimentación a la sanidad, desde el automóvil a las tecnológicas.
Esa dinámica ocultaba otra disputa esencial sobre la lógica de la creación de valor entre las economías de China y EEUU. Por un lado, el capitalismo corporativo occidental ha basado la creación de excedentes en una lógica financiera de desposesión de rentas basado en prácticas oligopolistas y en la captación de los órganos reguladores de los Estados nacionales o entidades supranacionales, como la UE.
Los excedentes empresariales adoptan una lógica rentista no solo en las finanzas. Los beneficios de las energéticas o las farmacéuticas y de otros sectores tienen poco que ver con la extracción de plusvalías a sus trabajadores y mucho con la captación de rentas a sus clientes y usuarios amparados en situaciones de privilegio. Si en algo han destacado las tecnológicas es, precisamente, en su capacidad para convertir ese modo extractivo en la esencia de su negocio global, basado en el control y explotación de datos, al margen de cualquier control estatal.
Esa dinámica está interiorizada en todas las corporaciones multinacionales y ha pasado a formar parte del acervo común. Si Trump se puede presentar como un emperador “eficaz” en la gestión de conflictos es porque los modos de gobierno de las grandes corporaciones llevan décadas educándonos en la figura del primer ejecutivo como monarca absoluto que maneja la gestión de las corporaciones, sin contrapeso alguno, con el único fin de crear valor al accionista.
También, por abajo, se ha asumido con naturalidad una mítica perversa. Si el trabajo se externalizaba o deslocalizaba era porque se despreciaba, porque era tratado como una commodity, algo indispensable pero indiferenciado e intercambiable, incapaz de generar valor diferencial. Solo el trabajo intelectual de alto valor merecía ser retenido porque era la fuente de innovación. El elitismo del capitalismo neoliberal lleva justificando la desigualdad amparado en la jerarquía vertical de la toma de decisiones hasta formar parte de consensos académicos y sociales, mientras se devaluaba la participación.
Es curioso que sea la administración de Trump la primera que verbaliza explícitamente esa estrategia como equivocada. El vicepresidente JD Vance ha señalado como un error retener en el territorio exclusivamente las fases creativas y de diseño, que se entendían como adecuadas y suficientes para favorecer la innovación. “Nos equivocamos. Resulta que las zonas geográficas que fabrican son muy buenas diseñando cosas. Hay efectos de red, de modo que a medida que mejoraban en el extremo inferior de la cadena de valor, también empezaron a alcanzarnos en el extremo superior. Nos apretaron por ambos extremos”.
El resultado es que productividad, industria y mejores salarios son reconocidas ahora como deseables y convergentes. La cuestión es hasta qué punto pueden conseguir esa convergencia. Su respuesta es ideológica e irreal: para ello, se debe bloquear la inmigración, entendida como “droga” que vicia con costes bajos la lógica empresarial, un argumento “ad hoc” que da valor económico a la xenofobia.
Ya antes en la administración de Joe Biden se intentó abordar con su programa de incentivos para liderar el Green New Deal, que fue también expresión de la preocupación creciente en las élites norteamericanas por la consolidación de China como una alternativa real de cara al futuro.
Innovación y poder en China
Analizar los elementos claves del desarrollo económico de China es un asunto central para comprender el momento en que se encuentra el mundo.
Parece evidente que el PC chino dirige la economía, marca sus pautas hacia la innovación tecnológica y disciplina a las grandes corporaciones privadas. Se pueden discutir los límites y conflictos de su modelo, (para algunos, socialismo de mercado y para otros, capitalismo de Estado), y, en particular, el desinterés por la implantación de modelos de gestión participativos propios de la democracia económica, pero no su determinación.
El Estado chino establece marcos regulatorios claros y está representado por grandes empresas públicas con gran peso en los sectores estratégicos (finanzas, energía, infraestructuras, telecomunicaciones) pero tolera la gestión independiente en las grandes corporaciones privadas, priorizando la creación de excedentes y que estos se reinviertan internamente en programas de I+D+i siguiendo las prioridades sectoriales marcadas.
En paralelo, China está implementando un programa de infraestructuras públicas que integran redes de alta velocidad con puentes, puertos y canales con el fin de vertebrar el territorio y revolucionar la logística. El resultado es que los tiempos de respuesta de las transacciones y los intercambios, variable fundamental de la productividad agregada, se reducen, año a año.
La inversión productiva y el crecimiento son el centro de su modelo económico. El resultado es que, con datos del Banco Mundial, la capacidad de inversión china, expresada en “formación bruta de capital fijo” se mantiene en un promedio del 40% de su PIB, (41,1% en 2023) mientras EEUU se sitúa en el entorno del 22% de su PIB, lo que supone que no solo le casi duplica en términos relativos, sino que también le supera en términos absolutos.
EEUU y China están confrontando, además, dos conceptos de innovación. En EEUU se asocia a pequeñas startup, luego convertidas en líderes globales, destinadas a crear nuevas dinámicas en servicios de interacción ciudadana… pero desconectada de los procesos productivos. En cambio, la innovación de procesos, en la que China sobresale, se ha demostrado determinante para impulsar y modernizar su amplia base manufacturera. Las llamadas “tres nuevas industrias”, (vehículos eléctricos, baterías y energía renovable), ya contribuyen con un 40 por ciento estimado al crecimiento del PIB de China.
Su éxito confirma que el progreso tecnológico depende, en última instancia, de la capacidad de sincronizar los esfuerzos de una nación o una comunidad territorial, para difundir y diseminar la innovación a fin de escalar e impulsar la productividad agregada y el crecimiento potencial. Los programas de subvenciones del Gobierno chino afectan a todas las fases de los procesos productivos. En la industria de los semiconductores, se los conceden a las empresas de las fases iniciales de la producción, a los proveedores de productos y componentes intermedios y a los compradores de los productos finales. Ese esquema busca “desarrollar un nuevo ecosistema tecnológico desde cero” a una velocidad y escala sin precedentes que ya estaba testado en sus exitosas experiencias en productos de fabricación de gama baja y media.
EEUU y el reto de un nuevo orden internacional
El miedo de las élites norteamericanas es comprensible. El dólar y el poder tecnológico y militar han sido los tres pilares de la hegemonía de EEUU en las últimas décadas, suficientes mientras su liderazgo ha sido indiscutible. La cuestión es vislumbrar si pueden seguir siéndolo cuando la creciente importancia económica y tecnológica de China la perfila como una amenaza real y abre un período marcado por la disputa de liderazgo mundial en muchos campos.
Incluso desde la ortodoxia económica se admite que EEUU vive por encima de sus posibilidades. En las últimas décadas, su liderazgo ha estado acompañado de desequilibrios económicos estructurales, los denominados “déficits gemelos”, expresados en las cuentas públicas y en el balance exterior por cuenta corriente, que eran compensados por su capacidad para financiarlos captando capitales del resto del mundo.
El nivel de consumo de sus empresas y familias ha estado dopado con constantes programas de financiación y de estímulo de dos tipos: por un lado, a través de presupuestos expansivos, especialmente en gasto militar soporte de un complejo industrial que hoy concierne especialmente a las propias empresas tecnológicas. De otro, rebajando los impuestos para facilitar la demanda disponible. En esencia, su economía es una gran maquinaria de consumo e innovación que es financiado por el resto del mundo.
Desde hace un lustro, algo ha cambiado. La crisis del COVID-19 fue algo sobrenatural a la lógica del capitalismo, pero natural para los más atentos a la crisis medioambiental en ciernes.
Las rupturas de las cadenas de suministro que habían dado soporte a la globalización neoliberal apuntaban a una reestructuración profunda de los mercados de capitales. Si cada potencia debía internalizar sus suministros estratégicos, si la globalización se fragmentaba en bloques regionales, la disponibilidad de flujos de capital globales excedentarios que hasta ahora habían permitido financiar los déficits estructurales de la economía de EEUU podrían disminuir y ahogar su economía. La autonomía estratégica de cada bloque, que hasta ahora habían sido exportadoras de capital hacia EEUU, obligaba a atender las mayores necesidades de inversión en sus territorios.
EEUU debía mostrarse decidido a impedirlo, dando los pasos necesarios para disciplinar, al menos, al mundo desarrollado y poner límites a su “autonomía estratégica”. Esa disciplina debía dirigirse a sus principales socios: Japón, Reino Unido, Canadá o Corea. Pero sobre todo a la UE en tanto que principal centro comercial del mundo.
Por un lado, debían asegurarse su apoyo incondicional en conflictos bélicos que afecten a su hegemonía; por otro, imponer límites, y restricciones, al menos, en los espacios de la energía, la defensa y la tecnología. Y también en el comercio para asegurarse que el dólar sigue siendo la moneda de intercambio.
Todo lo que afecta al dólar, principal activo que garantiza la hegemonía norteamericana, es un potencial casus belli. Aunque a corto plazo no hay ninguna moneda alternativa (ni el euro ni el yen ni el yuan lo son) el riesgo nace de la diversificación deseada de los bancos centrales y los fondos e instituciones inversoras. De hecho, desde hace años, los países del grupo de los BRICS diversifican sus reservas. Y China y Japón, los principales tenedores de activos estadounidenses, ha expresado su voluntad de disminuir deuda nominada en dólares. Parece evidente que, en la medida que China se consolida a ojos del mundo como competidor estratégico de EEUU, en algún momento aparecerán motivos para provocar un golpe de timón de uno u otro lado.
La inestabilidad del actual equilibrio genera suficientes razones para levantar las alarmas. EEUU necesita “un nuevo orden” que le asegure la hegemonía, y el golpe de timón debía ser visible para hacer evidente su determinación. Y ese modo tenía todas las papeletas para adoptar formas imperiales más o menos crudas.
Ello solo puede ser posible, si, la política se impone a las lógicas económicas. Si, en el exterior, se imponen las lógicas imperiales y el vasallaje más extremo. Y si, en el interior, el aparato coercitivo es capaz de imponerse con métodos autoritarios a las instituciones y pautas profesionales que comparten consensos del pasado y si se introduce disciplina en el establishement hasta hacer inoperantes los contrapoderes democráticos. Esos son los rasgos imprescindibles del nuevo orden, necesariamente con modos neofascistas. Hasta ahora lo está consiguiendo
Mar-a-Lago: aranceles, industrialización y relaciones de servidumbre
Procede ahora un rápido balance del primer año de Trump, comparándolo con las políticas programadas. En su discurso del 7 de abril de 2025, Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores Económicos de EEUU del gobierno de Donald Trump defiende que su país proporciona dos llamados «bienes públicos globales»: protección militar a través de su red mundial de bases militares y el papel del dólar como moneda de reserva mundial. Este rol no es sostenible porque, dice, ha “diezmado” la industria manufacturera de EEUU y generado déficits comerciales “insostenibles”. Y postula que es posible mantener la hegemonía del dólar y reformar el sistema al mismo tiempo siempre que el resto el mundo asuma los costes que conlleva ese dominio.
El Acuerdo de Mar-a-Lago que redondea esa estrategia, requiere que el dólar no se aprecie, porque un dólar revalorizado compensaría parcialmente las políticas arancelarias que abandera Trump y generaría inflación interna y descontento social. Y eso supone, inducir (obligar, más bien) al resto del mundo a adquirir deuda norteamericana a largo plazo con rendimientos bajos, más bajos incluso que la inflación. Pues bien, el dólar se ha desvalorizado respecto el euro un 11,77% a lo largo de 2025. La inflación acumulada en 2025 ha sido de 2,7% algo inferior a la de 2024. La batalla inmediata de Trump es conseguir que el Tesoro rebaje los tipos de interés.
Algunas conclusiones rápidas
La cuestión es inducir hasta qué punto estos “éxitos” son consistentes y estables o si es previsible un retorno al orden basado en reglas y un reequilibrio que favorezca a las fuerzas democráticas que abogan por hacer valer “la ley y el orden” convertido ahora en lema de resistencia cuando hasta ahora fue el martillo utilizado por las fuerzas conservadoras.
La dimensión de los tiempos de respuesta es decisiva. EEUU debe frenar a cortísimo plazo un desequilibrio que, a medio plazo, favorece a China. La lucha por la hegemonía global deja la impresión de que mientras Trump parece jugar al ajedrez, buscando permanentemente dar jaque mate a su oponente, Xi Jinping juega al Go, el tradicional juego asiático, ensalzado por Confucio, donde lo importante no es eliminar al rival, sino rodearlo y ganar la posición. El tablero se desplaza a Latinoamérica donde la disputa entre EEUU y China se presenta como fundamental.
Si los reequilibrios militares necesitan décadas, Europa nada tiene que hacer a corto plazo si no hace valer su potencia comercial. Algún gesto hacia acuerdos comerciales y de cooperación tecnológica con China sería un paso decisivo. Otro, anunciar una disposición al uso progresivo de otras monedas en el mercado internacional. La tercera, reconsiderar su posición ante Rusia y reverdecer la Carta de París de 1990 y su apuesta por un Sistema Europeo de Seguridad, compartida desde Lisboa a Moscú, frustrada por la Cumbre de la OTAN en Roma al año siguiente. El camino es ese, sin duda, la cuestión es si hay coraje y voluntad para implementarse.
Ante todo, es urgente frenar la sensación de incapacidad y desgobierno en la UE, los aspectos que Trump y sus ideólogos identifican con la ineficacia de la democracia y los consensos. Y eso supone, frenar la tendencia, elección tras elección, que hace mejorar las posiciones de la extrema derecha desde el estuario de Lisboa al río Vístula.
De lo contrario, debemos asumir que el caos global y el riesgo a la autodestrucción llaman a la puerta.
EEUU: Trumproe. El regreso de la doctrina Monroe en clave actual
15/01/2026
Eduardo Lucita
Integrante del colectivo EDI – Economistas de Izquierda (Argentina)
Nueva Estrategia de Seguridad Nacional una lectura desde el sur de Nuestra América
Cuando todavía estaba fresca la tinta con que fue impresa la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU el presidente Donald Trump decidió aplicarla. El campo experimental fue Venezuela con los acontecimientos por todos conocidos que culminaron con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la diputada y esposa Cilia Flores.
La intervención militar estadounidense en Venezuela tiene un impacto global del que todavía no alcanzamos a ver su total dimensión. El petróleo juega un papel importante como instrumento de negocios y poder, pero el nuevo orden que se está procesando en el mundo es el trasfondo político de esta intervención. Venezuela sería solo un anticipo.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU redefine objetivos geopolíticos, tiende a consolidar su dominación en el hemisferio occidental y reafirma que la política arancelaria juega un papel en esos objetivos. El apoyo al gobierno Milei se inscribe en esta redefinición.
La ESN, publicada el viernes 5 del pasado mes de diciembre, es un documento político-estratégico que el Congreso estadounidense exige hacer público a todos los gobiernos, que definen allí sus lineamientos de política internacional. Debe ser continuado próximamente por el que fije la Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono, objetivos y programas militares.
El documento en cuestión está prologado por el presidente Donald Trump en el marco de su política “América First” y lo define como “una hoja de ruta para garantizar que EEUU siga siendo la nación más grande y poderosa de la historia de la humanidad”… “En todo lo que hacemos priorizamos a EEUU”.
Referencia histórica
La nueva iniciativa retoma el espíritu intervencionista de la Doctrina Monroe que es tomada como referencia histórica al explicitar que “Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental”…“Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
La Doctrina “América para los americanos”, enunciada en 1823 para bloquear posibles intervenciones europeas y todo intento de recolonización, aparece entonces como referencia histórica para la nueva ESN. Conviene recordar que en 1904, el presidente Roosevelt agregó un corolario que habilitaba intervenciones directas de EEUU en países latinoamericanos. Ahora se trata del corolario trumpista que justifica su política internacional en “… los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos”.
Cambio de prioridades
Si bien mantiene ciertas políticas ya enunciadas en la primera presidencia de Trump, luego en parte continuadas por la administración Biden, la nueva estrategia implica un cambio radical en las prioridades geopolíticas estadounidenses. Tres tendencias que han confluido en la última década han motorizado esta mutación. Por un lado el Covid 19, la pandemia que desbarató las cadenas de valor integradas mundialmente; por otro, como resultado de lo anterior, el pasaje de la globalización a la regionalización, producto de un giro proteccionista en los distintos bloques, que se profundiza con el ascenso de Trump a la presidencia de EEUU. Por último la irrupción de China en el comercio mundial, liderando el libre comercio, la integración y disputando hegemonía.
Estrategia defensiva
En este contexto es que la ESN redefine sus objeticos geopolíticos. Priorizando el hemisferio occidental EEUU busca recuperar el control de Nuestra América y de nuestros bienes comunes (recursos naturales) que considera estratégicos, bloqueando el acceso de otras potencias a los mismos. Toma distancia de Europa que ha decrecido mucho en términos económico-comerciales y que estaría perdiendo su carácter civilizatorio producto de la invasión de inmigrantes, agregando que debe asumir la responsabilidad de su propia defensa. Mientras, pierde centralidad el Medio Oriente. Todo implica un redespliegue militar, desplazando recursos desde zonas que considera menos prioritarias hacia el hemisferio occidental, al que presenta como un «frente crítico para su seguridad».
El actual despliegue naval frente a las costas de Venezuela, el bombardeo a barcazas supuestamente al servicio del narcotráfico y ahora el bloqueo a buques cargados con petróleo venezolano son una muestra de la política de “paz armada” de la nueva ESN, que combina presión militar, coerción económica y objetivos geopolíticos de largo plazo. Es también una advertencia para el resto de los países de la región.
Esta reconfiguración se da en el contexto de la declinación relativa de la hegemonía de EEUU y el ascenso de China, que le disputa hegemonía, prioritariamente en el plano estratégico de los semiconductores. Observando esta dinámica queda en evidencia que la nueva estrategia es una estrategia defensiva. Un requisito para su recuperación económica, su estabilidad interna y su estrategia global frente a otras potencias, que lo lleva a reorganizar sus prioridades geopolíticas, refugiándose en el hemisferio occidental (para ellos el continente americano), especialmente en su “patio trasero”, Nuestra América.
La seguridad nacional y el comercio internacional
La política arancelaria juega un rol en la nueva ESN. El orden global que pretende imponer EEUU, cuyo centro es la relación competencia-cooperación con China, se sostiene en gran parte en el comercio y las inversiones y se basa en la necesidad de resolver el enorme déficit comercial y de cuenta corriente del país del norte que en buena parte es fuente de los desequilibrios de la economía mundial. La salida a estos desequilibrios estaría en que EEUU reduzca su consumo interno y aumente la inversión en la industria reduciendo así su déficit comercial mientras que para China sería la inversa, que aumente su consumo interno y reduzca sus exportaciones industriales. Claro que este mecanismo no es lineal y está sometido a múltiples tensiones que se expresan en la política arancelaria que es utilizada como herramienta política y, en la mayoría de los casos, argumentada en cuestiones de seguridad nacional (este año más de la mitad de las medidas proteccionistas estadounidenses y el 30% de las chinas se justificaron por cuestiones de seguridad nacional).
Argentina aliado privilegiado
Vista desde el contexto de la nueva ESN la relación de los gobiernos Trump-Milei adquiere otra dimensión. El continente americano es prioridad absoluta y dentro de esta prioridad la Argentina de Milei tiene un papel relevante como el aliado estratégico-ideológico.
Así el apoyo del Tesoro estadounidense (que podría reeditarse si fuera necesario) no fue solo para evitar un colapso financiero y ayudar a un curso estabilizador (por ahora bastante inestable) de la economía según el manual neoliberal. Sino un primer paso para instalar en nuestro país un sistema productivo que se integre con las necesidades del país del norte para lo que, en determinadas condiciones no explicitadas, induciría inversiones en las áreas de la agroindustria, los hidrocarburos, los minerales críticos, las tierras raras y la economía del conocimiento. Particularmente aprovechando las condiciones climáticas de nuestro sur patagónico, con abundante agua y energía para la instalación de un Centro de Datos necesario para el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Para esto está el anunciado Acuerdo de Inversiones y Comercio entre los dos países, aun no firmado, que consolidaría la alianza estratégica.
En palabras del nuevo embajador Peter Lamelas “EEUU apoya a la Argentina y va a hacer todo lo necesario para que salga para adelante y se desarrolle económicamente”… “Esta es más que una relación personal. Compartimos los mismo valores de Occidente”.
El reciente triunfo del ultraderechista Kast en Chile favorece la formación de un bloque, al que podría sumarse la Bolivia de Rodrigo Paz, que rompería con la soledad de Milei en el Cono Sur y fortalecería su presencia.
Pero nada está consolidado todavía. A nivel internacional la deriva de las guerras genera una incertidumbre creciente, lo mismo que el débil comportamiento de la economía mundial. La relación Argentina-EEUU es por ahora una relación entre gobiernos, no entre Estados.
Milei ya pasó exitosamente el rubicón de las elecciones de medio término pero aún no derrotó al movimiento popular (en estos días la CGT movilizó una multitud contra el proyecto de Ley de Reforma Laboral, y tuvo sendas derrotas políticas en el parlamento) mientras crece la inquietud entre las clases dominantes. Trump irá a elecciones parlamentarias el año próximo cuando la oposición interna está en pleno crecimiento, ha perdido varias elecciones y la defensa de Palestina es asumida por buena parte de la población, mientras que una mayoría no comparte una agresión militar a Venezuela.
Desenredar el ovillo
Vista desde esta perspectiva la intervención yanqui en Venezuela, que tiene características y formas propias, es la punta del ovillo de este nuevo orden en el que la fuerza supera a las reglas multilaterales y el poder ocupa el lugar de la diplomacia. Se suma así a Gaza y Ucrania pero tiene perfil propio.
Puede que ingresemos en un tiempo en que el poder mundial se estructure sobre zonas de influencia en que las grandes potencias del momento –EEUU, China, Rusia– ordenen sus propias áreas según sus necesidades e intereses nacionales. Parten de un hecho concreto, la pandemia desestructuró las cadenas de valor globales, el proteccionismo se expandió y cada potencia fue armando cadenas regionales con sus zonas más cercanas. Esta mutación continuó con la imposición recíproca de aranceles entre las dos grandes potencias que está modificando el curso del comercio internacional, prosigue ahora con la intervención militar sobre territorios soberanos. Todo bajo la premisa de la seguridad de los estados, todo tiene un carácter transaccional que siempre apunta a un beneficio económico.
En la visión de un mundo a repartir entre las grandes potencias China cedería parte de su influencia en América latina y en contrapartida EEUU concedería en relación a Taiwán y al Mar de la China meridional, mientras avanzaría en Groenlandia, en tanto que Rusia cedería espacios en Venezuela para ganarlos en Ucrania. Claro que por ahora son solo hipótesis a las que empuja Trump.
¿Nuevo orden, o mayor desorden?
Sin embargo no hay seguridad de que ese nuevo orden en curso se estabilice en forma duradera, tal vez podría ser solo una tregua que podría tender a una estabilidad inestable, que obligaría a las grandes potencias a la negociación permanente para evitar una confrontación abierta. No hay dudas que EEUU busca controlar (su) hemisferio occidental, manteniéndolo libre de influencias extrahemisféricas en materia militar, económica y tecnológica. Pero aún cuando se repliegue de ciertas zonas el imperio sigue teniendo intereses globales que no puede abandonar. Mientras que Europa quedaría como un simple actor secundario (de hecho sería la primera vez que se reordena el orden mundial y Europa no juega un papel decisivo) y puede quedar desprotegida frente al avance de Rusia (en el supuesto que la guerra de Ucrania termine tal lo previsto por Trump). China no renunciará a ganar influencia por su capacidad comercial y financiera, mientras incrementa su capacidad militar. En la coyuntura condenó el secuestro y la violación de soberanía, y está por verse si no tomará medidas que tengan impacto económico global a corto plazo, mientras que la cancillería, afirmó que “pase lo que pase en Venezuela seguirá respaldando al país en la defensa de su soberanía y seguridad nacional. Rusia dio a conocer duras declaraciones condenatorias pero no mucho más.
Nada está definido, no es seguro que la ultraderecha mundial bajo la conducción de Trump alcance sus objetivos. Hay condiciones para la lucha. Será una lucha difícil.
El mundo después de Trump: ¿Abocados a la barbarie? No tan rápido
13/01/2026
Cristina Monge
Politóloga
José Luis Trasobares
Periodista
Una conversación entre José Luis Trasobares (periodista) y Cristina Monge (politóloga)
José Luis Trasobares: Cuando el gran cineasta Costa Gavras dijo que Trump es la personalidad que mejor define nuestra época daba a entender que el actual presidente norteamericano es a la vez el agente, el símbolo y el impulso estratégico de una nueva edad histórica. Después de él es muy probable, casi seguro, que las cosas, todas ellas, vayan a peor. Vivir en este planeta siempre fue peligroso para la mayoría de sus pobladores, a partir de ahora lo será más. Ya lo es.
Con Trump y su corte de tecnosátrapas se han acabado los disimulos, la hipocresía, las formalidades. La razón de la fuerza se impone sin rebozos, sin complejos, sin malas conciencias. Las operaciones encubiertas se descubren con brutal sinceridad. Las ejecuciones extrajudiciales se televisan y difunden desde fuentes gubernamentales. Se intimida a los adversarios y a los aliados, se amenaza con la retórica de los asesinos profesionales, se atacan naciones soberanas y se secuestra a sus presidentes, se expande el miedo. ¿Cómo podremos volver a la normalidad relativamente ordenada de finales de la Edad Contemporánea? ¿Cómo recuperar los canales diplomáticos, los organismos de ayuda internacional, las concesiones, aunque fuesen mínimas, al poder blando?
Cristina Monge: El día de hoy es éste, sin duda; pero el futuro no está escrito y dependerá de cómo el mundo interprete este nuevo escenario y sobre todo de cómo reaccione ante él. La pregunta que emerge es si después de Trump el trumpismo desaparecerá, o por el contrario pervivirá, habiendo echado raíces en la sociedad norteamericana y extendiéndose por todo Occidente, con lo que eso supone de impacto en la escena global. Si el camino es el segundo, la era de la Ilustración y el orden basado en reglas salido de la II Guerra Mundial habrá terminado, y habrá resultado ser un pequeño paréntesis, imperfecto y con múltiples contradicciones, pero un paréntesis en esa jungla que describes. El Leviatán volverá sin disimulo alguno. Ahora bien, ni la historia acabó cuando Fukuyama lo decretó, ni lo va a hacer ahora.
El escenario de un planeta dividido en áreas de influencia con la doctrina Monroe como inspiración favorece a unas élites; las que operan el tecnofeudalismo, los combustibles fósiles y se encuentran cómodas en esferas autoritarias. Perjudican, sin embargo, a otras, aquellas que salían beneficiadas del orden anterior con el poder financiero en cabeza, fuertemente arraigadas en la Unión Europea y en sectores que necesitan del comercio global. Por otro lado, los pueblos no tardarán en comprobar que las promesas de seguridad que les brindan los hombres fuertes no son sino una vuelta al pasado incapaz de solucionar los nuevos desafíos. La crisis climática se hace más notable conforme avanzan los años y sus efectos se ceban con los más débiles; las mujeres de buena parte del mundo ya no estamos dispuestas a ningún paso atrás, y la desigualdad es más indignante cuando se ha vivido en una sociedad que había conseguido reducirla en alguna medida. La clave, desde mi punto de vista, es si existe una alternativa que ofrecer que sea capaz de superar la hipocresía de ese orden que parece estar acabándose y que suponga un futuro capaz de aglutinar ilusiones y adhesiones, es decir, un futuro creíble al que se quiera llegar. Es clave activar el deseo y no olvidar que la política es un ejercicio de seducción.
JLT: El porvenir no está escrito, de acuerdo. Podemos (y debemos) luchar para impedir la regresión, cierto. Sin embargo, Trump y sus imitadores, cómplices, lacayos y sucesores están cada vez mejor preparados para afrontar cualquier oposición. Creo que el trumpismo, toda esa ola neorreaccionaria que recorre el mundo imparable, es el efecto directo de una revolución tecnológica que avanza a velocidad uniformemente acelerada en manos de unas élites borrachas de codicia y afán de poder. En su retorno a una barbarie imperialista que refleja la brutal expansión occidental en el siglo XIX cuentan con inauditas máquinas de guerra. Sus aviones furtivos, sus drones autónomos capaces de ajustar objetivos mediante programas de inteligencia artificial, su control de las comunicaciones, su capacidad para vigilar y destruir alcanza cotas jamás conocidas.
Me preocupa la ruptura de las reglas que regían más o menos en la geoestrategia (aunque no evitaron ni la guerra de Vietnam, ni las brutales acciones del imperialismo soviético, ni el sometimiento de Latinoamérica a las dictaduras terroristas diseñadas por la CIA y el Departamento de Estado de los EE. UU.), pero me preocupa muchísimo más la temible eficiencia de lo que Soshana Zuboff denominó “capitalismo de la vigilancia”, ese complejo digital capaz de detectar nuestros intereses, emociones y deseos para manipularlos y dirigirlos a su antojo. Ese mecanismo, absolutamente privado y oculto, también podrá detectar los movimientos de oposición, las insurgencias pacíficas o no, los espacios críticos… Y neutralizarlos. Mientras, las izquierdas, desnortadas.
CM: Esta visión supone asumir un determinismo tecnológico herencia del TINA neoliberal –there is no alternative-, como si estuviéramos abocados a un escenario distópico. Esto no sorprende si se tiene en cuenta que dedicamos la mayor parte de nuestra energía a pensar justamente en ellas, en las distopías, pero apenas nada en imaginar siquiera cómo salir de ésta. Gobernar la tecnología, recordar la soberanía de los estados para regularla, es una de las claves para convertirla en aliada y no en enemiga; urge debatir sobre qué queremos hacer con la tecnología y analizar la forma más eficaz de conseguirlo.
El Brasil de Lula le plantó cara a Facebook e Instagram y les impidió operar tras haber retirado los verificadores; desde mediados de 2024 existe una prohibición cautelar sobre el uso de datos de usuarios brasileños para entrenar modelos de inteligencia artificial; en septiembre de 2025 Lula sancionó una ley que regula el uso de internet para menores y prohíbe la exposición de niños con fines de lucro en plataformas como Facebook sin autorización judicial previa, y podríamos encontrar más ejemplos.
El propio Trump prohibió Tik Tok en EEUU… hasta que consiguió que China redujera su participación a menos del 20%, y el otro 80% fuera para empresas estadounidenses. No es cierto que la tecnología todo lo pueda, salte fronteras sin que nadie pueda hacer nada y sea imposible regularla. Desvelar estos falsos mantras es parte del trabajo que queda por delante. Urge poner de manifiesto que los escenarios colapsistas -en todos los sentidos- son sólo una posibilidad, pero no estamos abocados a ello. Los demócratas en general y la izquierda en particular está atravesando una crisis de imaginación política que le impide imaginar futuros deseables y ése es precisamente el camino seguro para la derrota.
JLT: ¡Ojalá! Ojalá tengamos esa capacidad de embridar la revolución tecnológica y el retorno del autoritarismo para que no nos pasen por encima. El problema es que, hasta la fecha, mientras las actuaciones políticas positivas se producen (cuando se producen) a velocidad analógica, el desarrollo del entramado informático va a velocidad digital. Los hechos consumados se convierten en algo irreversible antes de que las instituciones democráticas puedan reaccionar. Por la misma regla de tres, mientras las izquierdas a escala planetaria se enzarzan en absurdas grescas conceptuales y en tristes peleas personalistas, la internacional negra, con Trump a la cabeza, gana terreno y conquista el espíritu de demasiados jóvenes y de muchos que no lo son.
En menos de un año al frente de Estados Unidos, Trump ha puesto el mundo patas arriba. Y aún había quienes, en vísperas de las últimas presidenciales de EEUU decían que qué más daba el ultrarrepublicano o Kamala, su antagonista demócrata. ¿Daba igual? Claro que no, pero los progresistas tendremos que espabilar y decidirnos a establecer alternativas de uso inmediato para afrontar lo que viene. Mientras haya entre nosotros gente aferrada al oportunismo sin ideología, capaz de venderse a los corruptores o afecta al principio de que cuanto peor, mejor… estamos jodidos.
CM: Lo único que hoy creo que hay que descartar de forma inequívoca y urgente es quedarse impávidos, impávidas, viendo cómo el mundo transita hacia la enésima versión de la ley del más fuerte en un ejercicio de antipolítica que nos lleva a la selva, donde quien domina es el depredador alfa. Está bien preguntarse cómo será el mundo después de Trump, pero creo que hoy urge preguntarse cómo queremos que sea.
Estamos comprobando cómo las democracias liberales occidentales no tenían todas las defensas que se les suponían, cómo fueron incapaces de mantenerse o fortalecerse en la globalización neoliberal, cómo no consiguieron salir indemnes de la crisis del 2008 -hito especial en el ascenso del autoritarismo y cuya factura aún no sabemos del todo cuantificar-. Hoy plantar cara a Trump y a todas las versiones del trumpismo pasa por entender bien los malestares y descontentos, diagnosticarlos correctamente volviendo a dar centralidad a las cuestiones materiales, sin que eso suponga dejar de lado las postmateriales, y dar la respuesta adecuada en un ejercicio de imaginación política guiado por la honestidad intelectual de reconocer que andamos por terreno desconocido.
JLT: Vale, vayamos a lo nuestro, imaginar un mundo mejor, y olvidemos el elefante en la habitación. Solo que el elefante está ahí, causando destrozos como no recordábamos. Y no hay un único paquidermo. Putin, Netanyahu, Milei y otros trompetean también muy ufanos. Y sus contrapartes, sean el chino Xi Jinping, gran señor del partido único y del hipercapitalismo de estado, o el iraní Jamenei, también participan en el juego de la geoestrategia sin reglas, de la fuerza como razón definitiva.
En la Europa democrática hay desconcierto, temor y una notable incapacidad para asumir el desafío que supone Trump. ¿Que harán nuestros dirigentes si el presidente norteamericano se lanza, como viene amenazando, a por Groenlandia? ¿Cómo encararán el futuro inmediato, más allá de rezar a sus dioses para que de las elecciones de medio mandato, que se celebrarán en EEUU este mismo año 2026, el trumpismo salga vapuleado, herido y se agudicen sus contradicciones internas?
Mientras, aprestémonos a una pelea sucia y de resultado incierto. Porque estoy de acuerdo en que este partido hay que jugarlo hasta la agonía. No vamos a dejar que esa gente rara, amoral y de instintos criminales nos reduzca a la impotencia. Tal vez tengamos una oportunidad. Merece la pena intentarlo.
CM: No se trata de obviar ningún elefante, sino de hacerlo visible y precisamente por eso, buscar alternativas. Sin olvidar la mayor: ningún análisis de la realidad debe pasar por alto que buena parte de este autoritarismo se erige sobre una economía dependiente de los combustibles fósiles, como bien saben Trump y Maduro. Las respuestas que hay que dar a este cambio de paradigma y a esta crisis de sentido deben enmarcarse dentro del terreno de juego que es el planeta, estableciendo la sostenibilidad ambiental como el marco en el que articular una nueva alianza para que el futuro se parezca lo máximo posible a lo que nos gustaría que fuera. Hay trabajo por delante, pero lo primero es saber dónde queremos llegar. En palabras de Séneca, «No hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige».
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