El movimiento a favor de las ciudades-Estado corporativas no puede creer su buena suerte. Durante años, ha estado promoviendo la idea extrema de que las personas ricas y reacias a pagar impuestos deberían levantarse y crear sus propios feudos de alta tecnología, ya sean nuevos países en islas artificiales en aguas internacionales (seasteading) o ciudades de la libertad favorables a los negocios, como Próspera, una urbanización cerrada glorificada combinada con un spa médico al estilo del salvaje oeste en una isla hondureña.
Sin embargo, a pesar del respaldo de los poderosos capitalistas de riesgo Peter Thiel y Marc Andreessen, sus sueños libertarios extremos se fueron estancando: resulta que la mayoría de los ricos y ricas que se precien no quieren vivir en plataformas petrolíferas flotantes, aunque eso signifique pagar menos impuestos, y aunque Próspera puede ser un lugar agradable para pasar las vacaciones y mejorar el cuerpo, su estatus extranacional está siendo impugnado actualmente en los tribunales.
Ahora, de repente, esta red de secesionistas corporativos, que antes era marginal, se encuentra llamando a las puertas abiertas del centro del poder mundial.
La primera señal de que la suerte estaba cambiando se produjo en 2023 cuando Donald Trump, en plena campaña electoral, aparentemente de la nada, prometió organizar un concurso que daría lugar a la creación de diez ciudades de la libertad en terrenos federales. En ese momento, el globo sonda, perdido en el aluvión diario de afirmaciones escandalosas, apenas se registró. Sin embargo, desde que la nueva administración asumió el poder, los aspirantes a fundadores de países han emprendido una campaña de presión, decididos a convertir la promesa de Trump en realidad.
“La energía en Washington es absolutamente eléctrica”, afirmó recientemente Trey Goff, jefe de gabinete de Próspera, tras un viaje al Capitolio. Según él, la legislación que allana el camino para una serie de ciudades-estado corporativas debería estar lista a finales de año.
Inspirados por una interpretación sesgada del filósofo político Albert Hirschman, figuras como Goff, Thiel y el inversor y escritor Balaji Srinivasan han defendido lo que denominan “salida”, el principio de que quienes tienen medios tienen derecho a liberarse de las obligaciones de la ciudadanía, especialmente los impuestos y las regulaciones onerosas. Reestructurando y renombrando las antiguas ambiciones y privilegios de los imperios, sueñan con fragmentar los gobiernos y dividir el mundo en paraísos hipercapitalistas y sin democracia, bajo el control exclusivo de la gente más rica, protegida por mercenarios privados, atendida por robots con inteligencia artificial y financiada con criptomonedas.
Se podría pensar que es contradictorio que Trump, elegido con el programa electoral patriótico de “América primero”, dé crédito a esta visión de territorios soberanos gobernados por multimillonarios que se comportan como reyes. Y mucho se ha hablado de las coloridas guerras dialécticas entre el portavoz de MAGA [Make America Great Again], Steve Bannon, un orgulloso nacionalista y populista, y los multimillonarios aliados de Trump a los que ha atacado como “tecnofeudalistas” a quienes “les importa un carajo el ser humano”, por no hablar del Estado-nación. Y sin duda existen conflictos dentro de la incómoda y chapucera coalición de Trump, que recientemente han alcanzado un punto álgido con los aranceles. Sin embargo, las visiones subyacentes podrían no ser tan incompatibles como parecen a primera vista.
El contingente de las start-up prevé claramente un futuro marcado por las crisis, la escasez y el colapso. Sus dominios privados de alta tecnología son, en esencia, cápsulas de escape fortificadas, diseñadas para que un poco gente elegida aproveche todos los lujos y oportunidades posibles para la optimización humana, lo que le da a ella y a su descendencia una ventaja en un futuro cada vez más bárbaro. Para decirlo sin rodeos, las personas más poderosas del mundo se están preparando para el fin del mundo, un fin que ellas mismas están acelerando frenéticamente.
Esto no está tan lejos de la visión más popular de naciones fortificadas que se ha apoderado de la extrema derecha en todo el mundo: desde Italia hasta Israel, pasando por Australia y Estados Unidos. En una época de peligro incesante, los movimientos abiertamente supremacistas de estos países están posicionando a sus Estados relativamente ricos como búnkeres armados. Estos búnkeres son brutales en su determinación de expulsar y encarcelar a los seres humanos indeseables (aunque ello requiera el confinamiento indefinido en colonias penales extranacionales, desde la isla de Manus hasta la bahía de Guantánamo) e igualmente despiadados en su voluntad de reclamar violentamente la tierra y los recursos (agua, energía, minerales críticos) que consideran necesarios para capear las crisis que se avecinan.
Curiosamente, en un momento en el que las élites de Silicon Valley, anteriormente seculares, están descubriendo de repente a Jesús, cabe destacar que ambas visiones –el Estado corporativo con prioridad para las personas privilegiadas y la nación búnker para el mercado de masas– tienen mucho en común con la interpretación fundamentalista cristiana del Rapto bíblico, cuando las y los fieles serán supuestamente elevados a una ciudad dorada en el cielo, mientras que las personas condenados se quedarán aquí abajo para soportar una batalla final apocalíptica en la Tierra.
Si queremos afrontar este momento crítico de la historia, debemos aceptar la realidad de que no nos enfrentamos a adversarios que ya conocemos. Nos enfrentamos al fascismo del fin de los tiempos.
Reflexionando sobre su infancia bajo Mussolini, el novelista y filósofo Umberto Eco observó, en un célebre ensayo, que el fascismo suele tener el “complejo del Armagedón”, una fijación por vencer al enemigo en la gran batalla final. Pero el fascismo europeo de los años treinta y cuarenta también tenía un horizonte: la visión de una futura edad de oro tras el baño de sangre que, para los miembros de su grupo, sería pacífica, bucólica y purificada. Hoy no es así.
Conscientes de que vivimos en una era de peligro existencial real –desde el colapso climático hasta la guerra nuclear, pasando por la desigualdad galopante y la inteligencia artificial no regulada–, y comprometidos financiera e ideológicamente con agravar esas amenazas, los movimientos de extrema derecha contemporáneos carecen de una visión creíble para un futuro esperanzador. Al votante medio solo se le ofrecen nuevas versiones de un pasado ya desaparecido, junto con el placer sádico de dominar a un conjunto cada vez más amplio de otros deshumanizados.
Y así tenemos a la administración Trump dedicándose a difundir un flujo constante de propaganda real y generada por IA diseñada exclusivamente con estos fines pornográficos. Imágenes de personas inmigrantes encadenadas siendo cargadas en vuelos de deportación, acompañadas del sonido de cadenas y esposas, que la cuenta oficial de la Casa Blanca en X etiquetó como “ASMR”, en referencia al audio diseñado para calmar el sistema nervioso. O compartiendo, a través de la misma cuenta, la noticia de la detención de Mahmoud Khalil, un residente permanente en Estados Unidos que participaba activamente en el campamento propalestino de la Universidad de Columbia, con las palabras jactanciosas: “SHALOM, MAHMOUD”. O cualquiera de las fotos de sadismo chic de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem (montada a caballo en la frontera entre Estados Unidos y México, delante de una celda abarrotada en El Salvador, empuñando una ametralladora mientras detiene a inmigrantes en Arizona…).
La ideología gobernante de la extrema derecha en nuestra era de desastres cada vez más graves se ha convertido en un monstruoso supervivencialismo supremacista.
Es malvadamente aterradora, sí. Pero también abre poderosas posibilidades de resistencia. Apostar contra el futuro a esta escala, confiar en tu búnker, es traicionar, en el nivel más básico, nuestros deberes para con las demás personas, con los niños y niñas que amamos, y para con todas las demás formas de vida con las que compartimos el planeta. Se trata de un sistema de creencias genocida en su esencia y traidor a la maravilla y la belleza de este mundo. Estamos convencidas de que cuanta más gente comprenda hasta qué punto la derecha ha sucumbido al complejo del Armagedón, más dispuesta estará a luchar, al darse cuenta de que ahora está en juego absolutamente todo.
Nuestros oponentes saben muy bien que estamos entrando en una era de emergencia, pero han respondido abrazando delirios letales y egoístas. Habiendo comprado diversas fantasías apartidistas de seguridad atrincherada, están eligiendo dejar que la Tierra arda. Nuestra tarea es construir un movimiento amplio y profundo, tanto espiritual como político, lo suficientemente fuerte como para detener a estos traidores desquiciados. Un movimiento arraigado en el compromiso inquebrantable entre nosotros y nosotras, más allá de nuestras muchas diferencias y divisiones, y con este planeta milagroso y singular.
No hace mucho tiempo, eran principalmente las y los fundamentalistas religiosos quienes recibían los signos del apocalipsis con alegre entusiasmo por el tan esperado Rapto. Trump ha entregado puestos críticos a personas que suscriben esa ortodoxia ardiente, entre ellos varios sionistas cristianos que consideran que el uso de la violencia aniquiladora por parte de Israel para expandir su territorio no es una atrocidad ilegal, sino una prueba feliz de que la Tierra Santa se está acercando a las condiciones en las que regresará el Mesías y los fieles obtendrán su reino celestial.
Mike Huckabee, el recién confirmado embajador de Trump en Israel, tiene fuertes vínculos con el sionismo cristiano, al igual que Pete Hegseth, su secretario de Defensa. Noem y Russell Vought, el arquitecto del Proyecto 2025 que ahora dirige la oficina de presupuesto y gestión, son firmes defensores del nacionalismo cristiano. Incluso a Thiel, que es gay y conocido por su estilo de vida festivo, se le ha oído reflexionando últimamente sobre la llegada del anticristo (spoiler: cree que es Greta Thunberg, más sobre esto pronto).
Pero no hace falta ser alguien que sigue literalmente la Biblia, ni siquiera ser religioso, para ser un fascista del fin de los tiempos. Hoy en día, muchas personas poderosas y laicas han abrazado una visión del futuro que sigue un guion casi idéntico, en el que el mundo tal y como lo conocemos se derrumba bajo su propio peso y solo unas pocas personas elegidas sobreviven y prosperan en diversos tipos de arcas, búnkeres y ciudades de la libertad cerradas. En un artículo de 2019 titulado Left Behind: Future Fetishists, Prepping and the Abandonment of Earth (Los abandonados: fetichistas del futuro, la preparación y el abandono de la Tierra), las expertas en comunicación Sarah T. Roberts y Mél Hogan describían el anhelo de un rapto secular: “En el imaginario aceleracionista, el futuro no tiene que ver con la reducción del daño, los límites o la restauración, sino que es una política que conduce hacia un final”.
Elon Musk, que aumentó drásticamente su fortuna junto a Thiel en PayPal, encarna este espíritu implosivo. Se trata de una persona que mira las maravillas del cielo nocturno y, al parecer, solo ve oportunidades para llenar ese desconocido espacio negro con su propia basura espacial. Aunque se labró su reputación advirtiendo sobre los peligros de la crisis climática y la inteligencia artificial, él y sus secuaces del llamado “Departamento de eficiencia gubernamental” (Doge) se pasan ahora los días aumentando esos mismos riesgos (y muchos otros) recortando no solo las regulaciones medioambientales, sino también agencias reguladoras enteras, con el objetivo aparente de sustituir a los trabajadores federales por chatbots.
¿Quién necesita un Estado-nación que funcione cuando el espacio exterior –según se dice, la única obsesión de Musk– nos llama? Para Musk, Marte se ha convertido en un arca secular que, según él, es clave para la supervivencia de la civilización humana, tal vez mediante la transferencia de la conciencia a una inteligencia artificial general. Kim Stanley Robinson, autor de la trilogía de ciencia ficción Mars, que parece haber inspirado en parte a Musk, es tajante sobre los peligros de las fantasías del multimillonario sobre la colonización de Marte. Según él, se trata “simplemente de un riesgo moral que crea la ilusión de que podemos destruir la Tierra y seguir estando bien. Es totalmente falso”.
Al igual que los fanáticos religiosos que anhelan escapar del reino corpóreo, el impulso de Musk porque la humanidad se convierta en multiplanetaria es posible gracias a su incapacidad para apreciar el esplendor multiespecífico de nuestro único hogar. Evidentemente, no le interesa la inmensa riqueza que le rodea ni garantizar que la Tierra siga rebosando diversidad, sino que utiliza su enorme fortuna para crear un futuro en el que un puñado de personas y robots sobrevivirán a duras penas en dos planetas áridos (una Tierra radicalmente agotada y un Marte terraformado). De hecho, en un extraño giro de la historia del Antiguo Testamento, Musk y sus compañeros multimillonarios tecnológicos, habiéndose arrogado poderes divinos, no se contentan con construir las arcas. Parecen estar haciendo todo lo posible por provocar el diluvio. Los líderes de la derecha actual y sus ricos aliados no solo se están aprovechando de las catástrofes, la doctrina del shocky el capitalismo del desastre, sino que, al mismo tiempo, las provocan y las planifican.
¿Pero qué hay de la base de MAGA? No todos son lo suficientemente fieles como para creer sinceramente en el Rapto, y la mayoría no tiene el dinero para comprar un lugar en una ciudad de la libertad, y mucho menos en un cohete espacial. No hay nada que temer. El fascismo del fin de los tiempos ofrece la promesa de muchos arcas y búnkeres más asequibles, estos sí al alcance de los soldados de a pie de menor rango.
Escuchen el podcast diario de Steve Bannon, que se autoproclama el principal medio de comunicación de MAGA, y serán bombardeados con un mensaje único: el mundo se va al infierno, los infieles están rompiendo las barricadas y se avecina una batalla final. Estén preparados. El mensaje para prepararse se hace especialmente patente cuando Bannon pasa a promocionar los productos de sus anunciantes. Compren Birch Gold, dice Bannon a su audiencia, porque la economía estadounidense, sobreendeudada, va a colapsar y no se puede confiar en los bancos. Abastézcanse de comidas listas para consumir “My Patriot Supply” [Mis provisiones patrióticas]. Afinen su puntería con un sistema láser para practicar en casa. Lo último que querrán hacer es depender del Gobierno durante una catástrofe, recuerda a sus oyentes (sin decirlo: especialmente ahora que los chicos de Doge están vendiendo el Gobierno por partes).
Por supuesto, Bannon no solo insta a su audiencia a construir sus propios búnkeres. También propone una visión de Estados Unidos como un búnker en sí mismo, en el que agentes del ICE [Servicio de control de inmigración y aduanas] acechan las calles, los lugares de trabajo y los campus, haciendo desaparecer a quienes consideran enemigos de la política y los intereses estadounidenses. La nación atrincherada se encuentra en el corazón de la agenda de MAGA y del fascismo del fin de los tiempos. Dentro de su lógica, la primera tarea es endurecer las fronteras nacionales y expulsar a todas las personas enemigas, tanto extranjeras como nacionales. Esta fea labor ya está en marcha, con la administración Trump, respaldada por el Tribunal Supremo, invocando la Ley de Enemigos Extranjeros para deportar a cientos de inmigrantes venezolanos a Cecot, la ahora infame megaprisión de El Salvador. La instalación, que afeita la cabeza a las personas presas y hacina hasta 100 en una sola celda, repleta de literas sin colchones, opera bajo un estado de excepción destructor de las libertades civiles declarado hace más de tres años por el primer ministro cristiano sionista y amante de las criptomonedas, Nayib Bukele.
Bukele ha ofrecido proporcionar el mismo sistema de pago por servicio a las y los ciudadanos estadounidenses que la administración querría arrojar a un agujero negro judicial. “Me encanta”, dijo Trump recientemente cuando se le preguntó por la propuesta. No es de extrañar: Cecot es el corolario enfermizo, aunque lógico, de la fantasía de la ciudad de la libertad, una zona donde todo está en venta y no se aplican las reglas mínimas del debido proceso. Debemos esperar mucho más de este sadismo. En una declaración escalofriantemente sincera, el director en funciones de ICE, Todd Lyons, dijo en la Border Security Expo 2025 que quería ver un enfoque más “empresarial” de estas deportaciones, “como [Amazon] Prime, pero con seres humanos”.
Si vigilar las fronteras de la nación atrincherada es la primera tarea del fascismo apocalíptico, la segunda es igualmente importante: que el Gobierno estadounidense reclame todos los recursos que sus ciudadanos y ciudadanas protegidos puedan necesitar para superar los duros tiempos que se avecinan. Quizá sea el canal de Panamá. O las rutas marítimas de Groenlandia, que se están derritiendo rápidamente. O los minerales críticos de Ucrania. O el agua dulce de Canadá. Deberíamos pensar en esto menos como un imperialismo a la antigua usanza y más como una preparación a gran escala, a nivel de Estado nacional. Atrás quedaron las viejas excusas coloniales de difundir la democracia o la palabra de Dios: cuando Trump escudriña con avidez el mundo, está acumulando provisiones para el colapso de la civilización.
Esta mentalidad de búnker también ayuda a explicar las controvertidas incursiones de JD Vance en la teología católica. El vicepresidente, que debe su carrera política en gran parte a la generosidad del principal preparador Thiel, explicó a Fox News que, según el concepto cristiano medieval de ordo amoris (traducido tanto como orden del amor como orden de la caridad), no se debe amor a quienes están fuera del búnker: “Amas a tu familia, luego amas a tu vecino, luego amas a tu comunidad y luego amas a tus conciudadanos de tu propio país. Y después de eso, puedes centrarte y dar prioridad al resto del mundo”. (O no, como indicaría la política exterior de la administración Trump). En otras palabras, no le debemos nada a nadie fuera de nuestro búnker.
Aunque se basa en tendencias derechistas duraderas –justificar las exclusiones odiosas no es nada nuevo bajo el sol etnonacionalista–, nunca antes habíamos enfrentado una corriente apocalíptica tan poderosa en el gobierno. La arrogancia del fin de la historia de la era posterior a la Guerra Fría está siendo rápidamente sustituida por la convicción de que estamos en el fin de los tiempos. Doge puede envolverse en la bandera de la eficiencia económica, y los secuaces de Musk pueden evocar recuerdos de los jóvenes Chicago Boys, formados en Estados Unidos, que diseñaron la terapia de choque económica para el régimen dictatorial de Augusto Pinochet, pero esto no es simplemente la vieja unión entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo. Se trata de una nueva mezcla milenarista que venera el dinero y afirma que debemos acabar con la burocracia y sustituir a los seres humanos por chatbot para reducir “el despilfarro, el fraude y el abuso” y, además, porque la burocracia es donde se esconden los demonios que se oponen a Trump. Aquí es donde los techbros se fusionan con los Theo Bros, un grupo real de supremacistas cristianos hiperpatriarcales vinculados a Hegseth y otros miembros de la administración Trump.
Como siempre ocurre con el fascismo, el complejo apocalíptico actual traspasa las fronteras de clase y une a las y los multimillonarios con la base de Trump. Gracias a décadas de tensiones económicas cada vez más profundas, junto con un mensaje incesante y hábil que enfrenta a las y los trabajadores entre sí, es comprensible que mucha gente se sienta incapaz de protegerse de la desintegración que la rodea (por muchos meses de comida preparada que compren). Pero hay compensaciones emocionales: se puede aplaudir el fin de la discriminación positiva y la diversidad, glorificar la deportación masiva, disfrutar de la denegación de la atención sanitaria a las personas trans, demonizar a las y los educadores y trabajadores sanitarios que creen saber más que tú, y aplaudir la desaparición de las regulaciones económicas y medioambientales como forma de acabar con los liberales. El fascismo del fin de los tiempos es un fatalismo oscuramente festivo, un último refugio para aquellos que encuentran más fácil celebrar la destrucción que imaginar una vida sin supremacía.
También es una espiral descendente que se refuerza a sí misma: los furiosos ataques de Trump contra todas las estructuras diseñadas para proteger al público de las enfermedades, los alimentos peligrosos y los desastres –incluso para informar al público cuando se avecinan desastres– refuerzan los argumentos a favor del prepperismo [prepararse para las crisis], tanto en los estratos altos como en los bajos, al tiempo que crean innumerables nuevas oportunidades de privatización y especulación para los oligarcas que impulsan esta rápida desintegración del Estado social y regulador.
Al comienzo del primer mandato de Trump, la revista New Yorker investigó un fenómeno que describió como “preparativos para el fin del mundo de los superricos”. Por entonces, ya estaba claro que en Silicon Valley y en Wall Street, los supervivientes más serios de alto nivel se estaban protegiendo contra la alteración climática y el colapso social comprando espacio en búnkeres subterráneos construidos a medida y construyendo casas a las que fugarse en terrenos elevados en lugares como Hawái (donde Mark Zuckerberg ha restado importancia a su refugio subterráneo de 5000 pies cuadrados calificándolo de “pequeño refugio”) y Nueva Zelanda (donde Thiel compró casi 500 acres, pero su plan de construir un complejo de supervivencia de lujo fue rechazado por las autoridades locales en 2022 por considerarlo una monstruosidad).
Este milenarismo está ligado a otras modas intelectuales de Silicon Valley, todas ellas basadas en la creencia apocalíptica de que nuestro planeta se encamina hacia un cataclismo y que es hora de tomar decisiones difíciles sobre qué parte de la humanidad puede salvarse. El transhumanismo es una de esas ideologías, que abarca desde pequeñas mejoras humano-mecánicas hasta la búsqueda de la inteligencia artificial general, aún ilusoria, a la que se podría transferir la inteligencia humana. También existen el altruismo eficaz y el largoplacismo, que pasan por alto los enfoques redistributivos para ayudar a la gente necesitada aquí y ahora en favor de un enfoque de coste-beneficio para hacer el mayor bien a largo plazo.
Aunque a primera vista pueden parecer benignas, estas ideas están plagadas de peligrosos prejuicios raciales, capacitistas y de género sobre qué partes de la humanidad merecen ser mejoradas y salvadas, y cuáles podrían ser sacrificadas por el supuesto bien del conjunto. También comparten una marcada falta de interés en abordar con urgencia las causas subyacentes del colapso, un objetivo responsable y racional que un grupo cada vez mayor de figuras rechaza activamente. En lugar del altruismo eficaz, Andreessen, habitual en Mar-a-Lago, y otros han abrazado el “aceleracionismo eficaz”, o la “propulsión deliberada del desarrollo tecnológico” sin barreras de seguridad.
Mientras tanto, filosofías aún más oscuras están encontrando un público más amplio, como las diatribas neorreaccionarias y monárquicas del programador Curtis Yarvin (otro de los referentes intelectuales de Thiel), o la obsesión del movimiento “pronatalista” por aumentar drásticamente el número de bebés “occidentales” (una fijación de Musk), así como la visión del gurú de la salida Srinivasan de un “sionismo tecnológico” en San Francisco, donde los leales a las empresas y la policía unen sus fuerzas para limpiar políticamente la ciudad de liberales y dar paso a su estado de apartheid en red.
Como han escrito los estudiosos de la IA Timnit Gebru y Émile P. Torres, aunque los métodos puedan ser nuevos, este “paquete” de modas ideológicas “es descendiente directo de la primera ola de eugenesia”, que también vio cómo un pequeño subconjunto de la humanidad tomaba decisiones sobre qué partes del todo merecían continuar y cuáles debían eliminarse, limpiarse o eliminarse. Hasta hace poco, pocos prestaban atención. Al igual que en Próspera, donde los miembros ya pueden experimentar con fusiones entre humanos y máquinas, como implantarse las llaves de su Tesla en la mano, estas modas intelectuales parecían ser el pasatiempo marginal de unos pocos diletantes de la bahía de San Francisco con dinero y cautela para gastar. Ya no es así.
Tres acontecimientos recientes han acelerado el atractivo apocalíptico del fascismo del fin de los tiempos. El primero es la crisis climática. Aunque algunas figuras de alto perfil siguen negando públicamente o minimizando la amenaza, las élites mundiales, cuyas propiedades frente al mar y centros de datos son muy vulnerables al aumento de las temperaturas y del nivel del mar, conocen bien los peligros ramificados de un mundo en constante calentamiento. El segundo es la covid-19: los modelos epidemiológicos llevaban mucho tiempo prediciendo la posibilidad de una pandemia que devastara nuestro mundo globalmente interconectado; su llegada real fue interpretada por muchas personas poderosas como una señal de que hemos entrado oficialmente en lo que los analistas militares estadounidenses pronosticaron como “la era de las consecuencias”. No hay más predicciones, ya está sucediendo. El tercer factor es el rápido avance y la adopción de la inteligencia artificial, un conjunto de tecnologías que durante mucho tiempo se han asociado con los terrores de la ciencia ficción sobre máquinas que se vuelven contra sus creadores con una eficiencia despiadada, temores expresados con mayor fuerza por las mismas personas que están desarrollando estas tecnologías. Todas estas crisis existenciales se suman a las crecientes tensiones entre las potencias con armas nucleares.
Nada de esto debe descartarse como paranoia. Muchos de nosotros sentimos tan acuciante la inminencia del colapso que lo afrontamos entreteniéndonos con diversas versiones de la vida en un búnker postapocalíptico, viendo en la trasmisión contínua Silo, de Apple, o Paradise, de Hulu. Como nos recuerda el analista y editor británico Richard Seymour en su reciente libro Disaster Nationalism: “El apocalipsis no es una mera fantasía. Al fin y al cabo, estamos viviendo en él, desde los virus mortales hasta la erosión del suelo, desde la crisis económica hasta el caos geopolítico”.
El proyecto económico de Trump 2.0 es un monstruo de Frankenstein formado por las industrias que impulsan todas estas amenazas: los combustibles fósiles, las armas y las criptomonedas y la IA, ávidas de recursos. Toda la gente que participa en estos sectores saben que no hay forma de construir el mundo espejo artificial que promete la IA sin sacrificar este mundo: estas tecnologías consumen demasiada energía, demasiados minerales críticos y demasiada agua para que ambos puedan coexistir en cualquier tipo de equilibrio. Este mes, el ex ejecutivo de Google Eric Schmidt lo admitió ante el Congreso, donde afirmó que se prevé que las “profundas” necesidades energéticas de la IA se tripliquen en los próximos años, y que gran parte de esa energía provendrá de los combustibles fósiles, ya que la energía nuclear no puede ponerse en marcha con la suficiente rapidez. Según explicó, este nivel de consumo, que incinera el planeta, es necesario para permitir una inteligencia “superior” a la humanidad, un dios digital que resurge de las cenizas de nuestro mundo abandonado.
Y están preocupados, pero no por las amenazas reales que están desatando. Lo que quita el sueño a los líderes de estas industrias entrelazadas es la perspectiva de una llamada de atención a la civilización, de esfuerzos gubernamentales serios y coordinados a nivel internacional para frenar a sus sectores rebeldes antes de que sea demasiado tarde. Desde la perspectiva de sus resultados económicos en constante expansión, el apocalipsis no es el colapso, sino la regulación.
El hecho de que sus beneficios se basen en la devastación del planeta ayuda a explicar por qué el discurso bienintencionado entre los poderosos está dando paso a expresiones abiertas de desdén por la idea de que nos debemos algo unos a otros por derecho de nuestra humanidad compartida. Silicon Valley ha acabado con el altruismo, sea eficaz o no. Mark Zuckerberg, de Meta, añora una cultura que celebre la “agresividad”. Alex Karp, socio comercial de Thiel en la empresa de vigilancia Palantir Technologies, reprende la “autoflagelación perdedora” de quienes cuestionan la superioridad estadounidense y los beneficios de los sistemas de armas autónomos (y, por asociación, los lucrativos contratos militares que han hecho la enorme fortuna de Karp). Musk informa a Joe Rogan que la empatía es “la debilidad fundamental de la civilización occidental” y, tras fracasar en su intento de comprar las elecciones al Tribunal Supremo de Wisconsin, se desahoga diciendo: “Cada vez parece más claro que la humanidad es un bootloader biológico para la superinteligencia digital”. Lo que significa que los seres humanos no somos más que carne de cañón para Grok, el servicio de inteligencia artificial de su propiedad (ya nos dijo que era un “MAGA oscuro”, y no es el único).
En la árida y climáticamente estresada España, uno de los grupos que pide una moratoria para los nuevos centros de datos se llama “Tu Nube Seca Mi Río”. El nombre es muy apropiado, y no solo para España.
Ante nuestros ojos y sin nuestro consentimiento se está tomando una decisión indescriptiblemente sombría: las máquinas por encima de los seres humanos, lo inanimado por encima de lo animado, los beneficios por encima de todo lo demás. Con una rapidez asombrosa, los megalómanos de las grandes tecnológicas han dado marcha atrás silenciosamente en sus promesas de cero emisiones netas y se han alineado al lado de Trump, empeñados en sacrificar los recursos reales y preciosos de este mundo y su creatividad en el altar de un reino virtual y vampírico. Este es el último gran atraco, y se están preparando para capear las tormentas que ellos mismos están provocando, e intentarán difamar y destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Pensemos en la reciente estancia de Vance en Europa, donde el vicepresidente reprendió a los líderes mundiales por “preocuparse por la seguridad” en relación con la IA destructora de empleo, al tiempo que exigía que no se restringieran los discursos nazis y fascistas en Internet. En un momento dado, hizo un comentario revelador, esperando una risa que nunca llegó: “Si la democracia estadounidense puede sobrevivir a diez años de reprimendas de Greta Thunberg, ustedes pueden sobrevivir a unos meses de Elon Musk”.
Su comentario se hizo eco de los de su igualmente poco humorístico mecenas, Thiel. En recientes entrevistas centradas en los fundamentos teológicos de su política de extrema derecha, el multimillonario cristiano ha comparado repetidamente a la incansable joven activista climática con el anticristo, una figura que, según advierte, fue profetizada para venir con un mensaje engañoso de “paz y seguridad”. “Si Greta consigue que todo el mundo se suba a una bicicleta, quizá sea una forma de resolver el cambio climático, pero tiene algo de saltar de la sartén al fuego”, afirmó Thiel.
¿Por qué Thunberg, por qué ahora? En parte, es claramente el miedo apocalíptico a que la regulación merme sus enormes beneficios: según Thiel, las medidas climáticas basadas en la ciencia que exigen Thunberg y otros solo podrían aplicarse en un “Estado totalitario”, que, según él, es una amenaza más grave que el colapso climático (lo más preocupante es que, en esas condiciones, los impuestos serían “bastante elevados”). Quizás haya algo más en Thunberg que les asusta: su firme compromiso con este planeta y las muchas formas de vida que lo habitan, y no con simulaciones de este mundo generadas por la inteligencia artificial, ni con una jerarquía de quienes merecen vivir y quienes no, ni con ninguna de las diversas fantasías de escape extraplanetario que venden los fascistas del fin de los tiempos.
Ella está comprometida con quedarse, mientras que los fascistas del fin de los tiempos, al menos en su imaginación, ya han abandonado este reino, refugiados en sus opulentos refugios o trascendidos al éter digital o a Marte.
Poco después de la reelección de Trump, una de nosotras tuvo la oportunidad de entrevistar a Anohni, una de las pocas músicas que ha intentado crear arte que abrace el impulso de muerte que se ha apoderado de nuestro mundo. Cuando se le preguntó qué conecta la voluntad de los poderosos de dejar que el planeta se queme y el impulso de negar la autonomía corporal a las mujeres y a las personas trans como ella, respondió recurriendo a su educación católica irlandesa: es “un mito muy arraigado que estamos representando y encarnando. Es la culminación de su Rapto. Es su escape del voluptuoso ciclo de la creación. Es su escape de la Madre”.
¿Cómo rompemos esta fiebre apocalíptica? En primer lugar, ayudándonos unas a otras a afrontar la profundidad de la depravación que se ha apoderado de la extrema derecha en todos nuestros países. Para avanzar con determinación, debemos comprender primero este simple hecho: nos enfrentamos a una ideología que ha renunciado no solo a la premisa y la promesa de la democracia liberal, sino también a la habitabilidad de nuestro mundo compartido, a su belleza, a sus habitantes, a nuestros hijos y a otras especies. Las fuerzas a las que nos enfrentamos han hecho las paces con la muerte masiva. Son traidoras a este mundo y a sus habitantes humanos y no humanos.
En segundo lugar, contrarrestamos sus narrativas apocalípticas con una historia mucho mejor sobre cómo sobrevivir a los tiempos difíciles que se avecinan sin dejar a nadie atrás. Una historia capaz de drenar el poder gótico del fascismo del fin de los tiempos y galvanizar un movimiento dispuesto a arriesgarlo todo por nuestra supervivencia colectiva. Una historia no del fin de los tiempos, sino de tiempos mejores; no de separación y supremacía, sino de interdependencia y pertenencia; no de huir, sino de quedarse y permanecer fieles a la realidad terrenal turbulenta en la que estamos enredados y atados.
Este sentimiento básico, por supuesto, no es nuevo. Es fundamental en las cosmologías indígenas y se encuentra en el corazón del animismo. Si retrocedemos lo suficiente, todas las culturas y creencias tienen su propia tradición de respetar la santidad del aquí y no buscar Sión en una tierra prometida esquiva y siempre lejana. En Europa del Este, antes de las aniquilaciones fascistas y estalinistas, el sindicato socialista judío Labor Bund se organizó en torno al concepto yiddish de Doikayt, o “aquí”. Molly Crabapple, autora de un libro de próxima publicación sobre esta historia olvidada, define Doikayt como el derecho a “luchar por la libertad y la seguridad en los lugares donde vivían, desafiando a todos los que querían verlos muertos”, en lugar de verse obligados a huir a Palestina o Estados Unidos en busca de seguridad. Quizás lo que se necesita es una universalización moderna de ese concepto: un compromiso con el derecho a la permanencia en este planeta enfermo, a estos cuerpos frágiles, al derecho a vivir con dignidad en cualquier lugar del planeta, incluso cuando las inevitables convulsiones nos obliguen a desplazarnos. La permanencia puede ser portátil, libre de nacionalismo, arraigada en la solidaridad, respetuosa con los derechos indígenas y sin límites fronterizos.
Ese futuro requeriría su propio apocalipsis, su propio fin del mundo y su propia revelación, aunque de un tipo muy diferente. Porque, como ha observado la experta en policía Robyn Maynard: “Para que la supervivencia del planeta sea posible, algunas versiones de este mundo deben llegar a su fin”.
Hemos llegado a un punto en el que hay que decidir, no sobre si nos enfrentamos al apocalipsis, sino sobre la forma que este tomará. Las activistas Adrienne Maree y Autumn Brown abordaron recientemente este tema en su acertadamente titulado podcast How to Survive the End of the World (Cómo sobrevivir al fin del mundo). En este momento, en el que el fascismo apocalíptico libra una guerra en todos los frentes, es esencial forjar nuevas alianzas. Pero en lugar de preguntarnos: “¿Compartimos todos la misma visión del mundo?”, Adrienne nos insta a preguntarnos: “¿Late tu corazón y piensas seguir viviendo? Entonces ven por aquí y ya veremos el resto al otro lado”.
Para tener alguna esperanza de combatir a los fascistas del fin de los tiempos, con sus círculos concéntricos cada vez más restrictivos y asfixiantes de amor ordenado, necesitaremos construir un movimiento rebelde y de corazón abierto de fieles amantes de la Tierra: fieles a este planeta, a su gente, a sus criaturas y a la posibilidad de un futuro habitable para todos y todas nosotras. Fieles a este lugar. O, citando de nuevo a Anohni, esta vez refiriéndose a la diosa en la que ahora deposita su fe: “¿Te has parado a pensar que quizá esta haya sido su mejor idea?”.
Notas:
Este texto no ha sido escrito para este debate. El original fue publicado en TheGuardian y traducido por la revista Viento Sur. De forma excepcional, lo incluimos porque aporta otra mirada sobre las formas políticas excepcionales de este tiempo.
Naomi Klein es columnista y redactora de The Guardian. Es profesora de justicia climática y codirectora del Centro para la Justicia Climática de la Universidad de Columbia Británica. Su último libro, Doppelganger: A Trip into the Mirror World, se publicará en septiembre.
Astra Taylor es escritora, organizadora y documentalista. Entre sus libros se encuentran The People’s Platform: Taking Back Power and Culture in the Digital Age, galardonado con el American Book Award, y Democracy May Not Exist, but We’ll Miss It When It’s Gone. Su película más reciente es What Is Democracy?


El auge del fascismo del fin de los tiempos
17/02/2026
Naomi Klein
Columnista y redactora The Guardian
Astra Taylor
Escritora, organizadora y documentalista
El movimiento a favor de las ciudades-Estado corporativas no puede creer su buena suerte. Durante años, ha estado promoviendo la idea extrema de que las personas ricas y reacias a pagar impuestos deberían levantarse y crear sus propios feudos de alta tecnología, ya sean nuevos países en islas artificiales en aguas internacionales (seasteading) o ciudades de la libertad favorables a los negocios, como Próspera, una urbanización cerrada glorificada combinada con un spa médico al estilo del salvaje oeste en una isla hondureña.
Sin embargo, a pesar del respaldo de los poderosos capitalistas de riesgo Peter Thiel y Marc Andreessen, sus sueños libertarios extremos se fueron estancando: resulta que la mayoría de los ricos y ricas que se precien no quieren vivir en plataformas petrolíferas flotantes, aunque eso signifique pagar menos impuestos, y aunque Próspera puede ser un lugar agradable para pasar las vacaciones y mejorar el cuerpo, su estatus extranacional está siendo impugnado actualmente en los tribunales.
Ahora, de repente, esta red de secesionistas corporativos, que antes era marginal, se encuentra llamando a las puertas abiertas del centro del poder mundial.
La primera señal de que la suerte estaba cambiando se produjo en 2023 cuando Donald Trump, en plena campaña electoral, aparentemente de la nada, prometió organizar un concurso que daría lugar a la creación de diez ciudades de la libertad en terrenos federales. En ese momento, el globo sonda, perdido en el aluvión diario de afirmaciones escandalosas, apenas se registró. Sin embargo, desde que la nueva administración asumió el poder, los aspirantes a fundadores de países han emprendido una campaña de presión, decididos a convertir la promesa de Trump en realidad.
“La energía en Washington es absolutamente eléctrica”, afirmó recientemente Trey Goff, jefe de gabinete de Próspera, tras un viaje al Capitolio. Según él, la legislación que allana el camino para una serie de ciudades-estado corporativas debería estar lista a finales de año.
Inspirados por una interpretación sesgada del filósofo político Albert Hirschman, figuras como Goff, Thiel y el inversor y escritor Balaji Srinivasan han defendido lo que denominan “salida”, el principio de que quienes tienen medios tienen derecho a liberarse de las obligaciones de la ciudadanía, especialmente los impuestos y las regulaciones onerosas. Reestructurando y renombrando las antiguas ambiciones y privilegios de los imperios, sueñan con fragmentar los gobiernos y dividir el mundo en paraísos hipercapitalistas y sin democracia, bajo el control exclusivo de la gente más rica, protegida por mercenarios privados, atendida por robots con inteligencia artificial y financiada con criptomonedas.
Se podría pensar que es contradictorio que Trump, elegido con el programa electoral patriótico de “América primero”, dé crédito a esta visión de territorios soberanos gobernados por multimillonarios que se comportan como reyes. Y mucho se ha hablado de las coloridas guerras dialécticas entre el portavoz de MAGA [Make America Great Again], Steve Bannon, un orgulloso nacionalista y populista, y los multimillonarios aliados de Trump a los que ha atacado como “tecnofeudalistas” a quienes “les importa un carajo el ser humano”, por no hablar del Estado-nación. Y sin duda existen conflictos dentro de la incómoda y chapucera coalición de Trump, que recientemente han alcanzado un punto álgido con los aranceles. Sin embargo, las visiones subyacentes podrían no ser tan incompatibles como parecen a primera vista.
El contingente de las start-up prevé claramente un futuro marcado por las crisis, la escasez y el colapso. Sus dominios privados de alta tecnología son, en esencia, cápsulas de escape fortificadas, diseñadas para que un poco gente elegida aproveche todos los lujos y oportunidades posibles para la optimización humana, lo que le da a ella y a su descendencia una ventaja en un futuro cada vez más bárbaro. Para decirlo sin rodeos, las personas más poderosas del mundo se están preparando para el fin del mundo, un fin que ellas mismas están acelerando frenéticamente.
Esto no está tan lejos de la visión más popular de naciones fortificadas que se ha apoderado de la extrema derecha en todo el mundo: desde Italia hasta Israel, pasando por Australia y Estados Unidos. En una época de peligro incesante, los movimientos abiertamente supremacistas de estos países están posicionando a sus Estados relativamente ricos como búnkeres armados. Estos búnkeres son brutales en su determinación de expulsar y encarcelar a los seres humanos indeseables (aunque ello requiera el confinamiento indefinido en colonias penales extranacionales, desde la isla de Manus hasta la bahía de Guantánamo) e igualmente despiadados en su voluntad de reclamar violentamente la tierra y los recursos (agua, energía, minerales críticos) que consideran necesarios para capear las crisis que se avecinan.
Curiosamente, en un momento en el que las élites de Silicon Valley, anteriormente seculares, están descubriendo de repente a Jesús, cabe destacar que ambas visiones –el Estado corporativo con prioridad para las personas privilegiadas y la nación búnker para el mercado de masas– tienen mucho en común con la interpretación fundamentalista cristiana del Rapto bíblico, cuando las y los fieles serán supuestamente elevados a una ciudad dorada en el cielo, mientras que las personas condenados se quedarán aquí abajo para soportar una batalla final apocalíptica en la Tierra.
Si queremos afrontar este momento crítico de la historia, debemos aceptar la realidad de que no nos enfrentamos a adversarios que ya conocemos. Nos enfrentamos al fascismo del fin de los tiempos.
Reflexionando sobre su infancia bajo Mussolini, el novelista y filósofo Umberto Eco observó, en un célebre ensayo, que el fascismo suele tener el “complejo del Armagedón”, una fijación por vencer al enemigo en la gran batalla final. Pero el fascismo europeo de los años treinta y cuarenta también tenía un horizonte: la visión de una futura edad de oro tras el baño de sangre que, para los miembros de su grupo, sería pacífica, bucólica y purificada. Hoy no es así.
Conscientes de que vivimos en una era de peligro existencial real –desde el colapso climático hasta la guerra nuclear, pasando por la desigualdad galopante y la inteligencia artificial no regulada–, y comprometidos financiera e ideológicamente con agravar esas amenazas, los movimientos de extrema derecha contemporáneos carecen de una visión creíble para un futuro esperanzador. Al votante medio solo se le ofrecen nuevas versiones de un pasado ya desaparecido, junto con el placer sádico de dominar a un conjunto cada vez más amplio de otros deshumanizados.
Y así tenemos a la administración Trump dedicándose a difundir un flujo constante de propaganda real y generada por IA diseñada exclusivamente con estos fines pornográficos. Imágenes de personas inmigrantes encadenadas siendo cargadas en vuelos de deportación, acompañadas del sonido de cadenas y esposas, que la cuenta oficial de la Casa Blanca en X etiquetó como “ASMR”, en referencia al audio diseñado para calmar el sistema nervioso. O compartiendo, a través de la misma cuenta, la noticia de la detención de Mahmoud Khalil, un residente permanente en Estados Unidos que participaba activamente en el campamento propalestino de la Universidad de Columbia, con las palabras jactanciosas: “SHALOM, MAHMOUD”. O cualquiera de las fotos de sadismo chic de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem (montada a caballo en la frontera entre Estados Unidos y México, delante de una celda abarrotada en El Salvador, empuñando una ametralladora mientras detiene a inmigrantes en Arizona…).
La ideología gobernante de la extrema derecha en nuestra era de desastres cada vez más graves se ha convertido en un monstruoso supervivencialismo supremacista.
Es malvadamente aterradora, sí. Pero también abre poderosas posibilidades de resistencia. Apostar contra el futuro a esta escala, confiar en tu búnker, es traicionar, en el nivel más básico, nuestros deberes para con las demás personas, con los niños y niñas que amamos, y para con todas las demás formas de vida con las que compartimos el planeta. Se trata de un sistema de creencias genocida en su esencia y traidor a la maravilla y la belleza de este mundo. Estamos convencidas de que cuanta más gente comprenda hasta qué punto la derecha ha sucumbido al complejo del Armagedón, más dispuesta estará a luchar, al darse cuenta de que ahora está en juego absolutamente todo.
Nuestros oponentes saben muy bien que estamos entrando en una era de emergencia, pero han respondido abrazando delirios letales y egoístas. Habiendo comprado diversas fantasías apartidistas de seguridad atrincherada, están eligiendo dejar que la Tierra arda. Nuestra tarea es construir un movimiento amplio y profundo, tanto espiritual como político, lo suficientemente fuerte como para detener a estos traidores desquiciados. Un movimiento arraigado en el compromiso inquebrantable entre nosotros y nosotras, más allá de nuestras muchas diferencias y divisiones, y con este planeta milagroso y singular.
No hace mucho tiempo, eran principalmente las y los fundamentalistas religiosos quienes recibían los signos del apocalipsis con alegre entusiasmo por el tan esperado Rapto. Trump ha entregado puestos críticos a personas que suscriben esa ortodoxia ardiente, entre ellos varios sionistas cristianos que consideran que el uso de la violencia aniquiladora por parte de Israel para expandir su territorio no es una atrocidad ilegal, sino una prueba feliz de que la Tierra Santa se está acercando a las condiciones en las que regresará el Mesías y los fieles obtendrán su reino celestial.
Mike Huckabee, el recién confirmado embajador de Trump en Israel, tiene fuertes vínculos con el sionismo cristiano, al igual que Pete Hegseth, su secretario de Defensa. Noem y Russell Vought, el arquitecto del Proyecto 2025 que ahora dirige la oficina de presupuesto y gestión, son firmes defensores del nacionalismo cristiano. Incluso a Thiel, que es gay y conocido por su estilo de vida festivo, se le ha oído reflexionando últimamente sobre la llegada del anticristo (spoiler: cree que es Greta Thunberg, más sobre esto pronto).
Pero no hace falta ser alguien que sigue literalmente la Biblia, ni siquiera ser religioso, para ser un fascista del fin de los tiempos. Hoy en día, muchas personas poderosas y laicas han abrazado una visión del futuro que sigue un guion casi idéntico, en el que el mundo tal y como lo conocemos se derrumba bajo su propio peso y solo unas pocas personas elegidas sobreviven y prosperan en diversos tipos de arcas, búnkeres y ciudades de la libertad cerradas. En un artículo de 2019 titulado Left Behind: Future Fetishists, Prepping and the Abandonment of Earth (Los abandonados: fetichistas del futuro, la preparación y el abandono de la Tierra), las expertas en comunicación Sarah T. Roberts y Mél Hogan describían el anhelo de un rapto secular: “En el imaginario aceleracionista, el futuro no tiene que ver con la reducción del daño, los límites o la restauración, sino que es una política que conduce hacia un final”.
Elon Musk, que aumentó drásticamente su fortuna junto a Thiel en PayPal, encarna este espíritu implosivo. Se trata de una persona que mira las maravillas del cielo nocturno y, al parecer, solo ve oportunidades para llenar ese desconocido espacio negro con su propia basura espacial. Aunque se labró su reputación advirtiendo sobre los peligros de la crisis climática y la inteligencia artificial, él y sus secuaces del llamado “Departamento de eficiencia gubernamental” (Doge) se pasan ahora los días aumentando esos mismos riesgos (y muchos otros) recortando no solo las regulaciones medioambientales, sino también agencias reguladoras enteras, con el objetivo aparente de sustituir a los trabajadores federales por chatbots.
¿Quién necesita un Estado-nación que funcione cuando el espacio exterior –según se dice, la única obsesión de Musk– nos llama? Para Musk, Marte se ha convertido en un arca secular que, según él, es clave para la supervivencia de la civilización humana, tal vez mediante la transferencia de la conciencia a una inteligencia artificial general. Kim Stanley Robinson, autor de la trilogía de ciencia ficción Mars, que parece haber inspirado en parte a Musk, es tajante sobre los peligros de las fantasías del multimillonario sobre la colonización de Marte. Según él, se trata “simplemente de un riesgo moral que crea la ilusión de que podemos destruir la Tierra y seguir estando bien. Es totalmente falso”.
Al igual que los fanáticos religiosos que anhelan escapar del reino corpóreo, el impulso de Musk porque la humanidad se convierta en multiplanetaria es posible gracias a su incapacidad para apreciar el esplendor multiespecífico de nuestro único hogar. Evidentemente, no le interesa la inmensa riqueza que le rodea ni garantizar que la Tierra siga rebosando diversidad, sino que utiliza su enorme fortuna para crear un futuro en el que un puñado de personas y robots sobrevivirán a duras penas en dos planetas áridos (una Tierra radicalmente agotada y un Marte terraformado). De hecho, en un extraño giro de la historia del Antiguo Testamento, Musk y sus compañeros multimillonarios tecnológicos, habiéndose arrogado poderes divinos, no se contentan con construir las arcas. Parecen estar haciendo todo lo posible por provocar el diluvio. Los líderes de la derecha actual y sus ricos aliados no solo se están aprovechando de las catástrofes, la doctrina del shocky el capitalismo del desastre, sino que, al mismo tiempo, las provocan y las planifican.
¿Pero qué hay de la base de MAGA? No todos son lo suficientemente fieles como para creer sinceramente en el Rapto, y la mayoría no tiene el dinero para comprar un lugar en una ciudad de la libertad, y mucho menos en un cohete espacial. No hay nada que temer. El fascismo del fin de los tiempos ofrece la promesa de muchos arcas y búnkeres más asequibles, estos sí al alcance de los soldados de a pie de menor rango.
Escuchen el podcast diario de Steve Bannon, que se autoproclama el principal medio de comunicación de MAGA, y serán bombardeados con un mensaje único: el mundo se va al infierno, los infieles están rompiendo las barricadas y se avecina una batalla final. Estén preparados. El mensaje para prepararse se hace especialmente patente cuando Bannon pasa a promocionar los productos de sus anunciantes. Compren Birch Gold, dice Bannon a su audiencia, porque la economía estadounidense, sobreendeudada, va a colapsar y no se puede confiar en los bancos. Abastézcanse de comidas listas para consumir “My Patriot Supply” [Mis provisiones patrióticas]. Afinen su puntería con un sistema láser para practicar en casa. Lo último que querrán hacer es depender del Gobierno durante una catástrofe, recuerda a sus oyentes (sin decirlo: especialmente ahora que los chicos de Doge están vendiendo el Gobierno por partes).
Por supuesto, Bannon no solo insta a su audiencia a construir sus propios búnkeres. También propone una visión de Estados Unidos como un búnker en sí mismo, en el que agentes del ICE [Servicio de control de inmigración y aduanas] acechan las calles, los lugares de trabajo y los campus, haciendo desaparecer a quienes consideran enemigos de la política y los intereses estadounidenses. La nación atrincherada se encuentra en el corazón de la agenda de MAGA y del fascismo del fin de los tiempos. Dentro de su lógica, la primera tarea es endurecer las fronteras nacionales y expulsar a todas las personas enemigas, tanto extranjeras como nacionales. Esta fea labor ya está en marcha, con la administración Trump, respaldada por el Tribunal Supremo, invocando la Ley de Enemigos Extranjeros para deportar a cientos de inmigrantes venezolanos a Cecot, la ahora infame megaprisión de El Salvador. La instalación, que afeita la cabeza a las personas presas y hacina hasta 100 en una sola celda, repleta de literas sin colchones, opera bajo un estado de excepción destructor de las libertades civiles declarado hace más de tres años por el primer ministro cristiano sionista y amante de las criptomonedas, Nayib Bukele.
Bukele ha ofrecido proporcionar el mismo sistema de pago por servicio a las y los ciudadanos estadounidenses que la administración querría arrojar a un agujero negro judicial. “Me encanta”, dijo Trump recientemente cuando se le preguntó por la propuesta. No es de extrañar: Cecot es el corolario enfermizo, aunque lógico, de la fantasía de la ciudad de la libertad, una zona donde todo está en venta y no se aplican las reglas mínimas del debido proceso. Debemos esperar mucho más de este sadismo. En una declaración escalofriantemente sincera, el director en funciones de ICE, Todd Lyons, dijo en la Border Security Expo 2025 que quería ver un enfoque más “empresarial” de estas deportaciones, “como [Amazon] Prime, pero con seres humanos”.
Si vigilar las fronteras de la nación atrincherada es la primera tarea del fascismo apocalíptico, la segunda es igualmente importante: que el Gobierno estadounidense reclame todos los recursos que sus ciudadanos y ciudadanas protegidos puedan necesitar para superar los duros tiempos que se avecinan. Quizá sea el canal de Panamá. O las rutas marítimas de Groenlandia, que se están derritiendo rápidamente. O los minerales críticos de Ucrania. O el agua dulce de Canadá. Deberíamos pensar en esto menos como un imperialismo a la antigua usanza y más como una preparación a gran escala, a nivel de Estado nacional. Atrás quedaron las viejas excusas coloniales de difundir la democracia o la palabra de Dios: cuando Trump escudriña con avidez el mundo, está acumulando provisiones para el colapso de la civilización.
Esta mentalidad de búnker también ayuda a explicar las controvertidas incursiones de JD Vance en la teología católica. El vicepresidente, que debe su carrera política en gran parte a la generosidad del principal preparador Thiel, explicó a Fox News que, según el concepto cristiano medieval de ordo amoris (traducido tanto como orden del amor como orden de la caridad), no se debe amor a quienes están fuera del búnker: “Amas a tu familia, luego amas a tu vecino, luego amas a tu comunidad y luego amas a tus conciudadanos de tu propio país. Y después de eso, puedes centrarte y dar prioridad al resto del mundo”. (O no, como indicaría la política exterior de la administración Trump). En otras palabras, no le debemos nada a nadie fuera de nuestro búnker.
Aunque se basa en tendencias derechistas duraderas –justificar las exclusiones odiosas no es nada nuevo bajo el sol etnonacionalista–, nunca antes habíamos enfrentado una corriente apocalíptica tan poderosa en el gobierno. La arrogancia del fin de la historia de la era posterior a la Guerra Fría está siendo rápidamente sustituida por la convicción de que estamos en el fin de los tiempos. Doge puede envolverse en la bandera de la eficiencia económica, y los secuaces de Musk pueden evocar recuerdos de los jóvenes Chicago Boys, formados en Estados Unidos, que diseñaron la terapia de choque económica para el régimen dictatorial de Augusto Pinochet, pero esto no es simplemente la vieja unión entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo. Se trata de una nueva mezcla milenarista que venera el dinero y afirma que debemos acabar con la burocracia y sustituir a los seres humanos por chatbot para reducir “el despilfarro, el fraude y el abuso” y, además, porque la burocracia es donde se esconden los demonios que se oponen a Trump. Aquí es donde los techbros se fusionan con los Theo Bros, un grupo real de supremacistas cristianos hiperpatriarcales vinculados a Hegseth y otros miembros de la administración Trump.
Como siempre ocurre con el fascismo, el complejo apocalíptico actual traspasa las fronteras de clase y une a las y los multimillonarios con la base de Trump. Gracias a décadas de tensiones económicas cada vez más profundas, junto con un mensaje incesante y hábil que enfrenta a las y los trabajadores entre sí, es comprensible que mucha gente se sienta incapaz de protegerse de la desintegración que la rodea (por muchos meses de comida preparada que compren). Pero hay compensaciones emocionales: se puede aplaudir el fin de la discriminación positiva y la diversidad, glorificar la deportación masiva, disfrutar de la denegación de la atención sanitaria a las personas trans, demonizar a las y los educadores y trabajadores sanitarios que creen saber más que tú, y aplaudir la desaparición de las regulaciones económicas y medioambientales como forma de acabar con los liberales. El fascismo del fin de los tiempos es un fatalismo oscuramente festivo, un último refugio para aquellos que encuentran más fácil celebrar la destrucción que imaginar una vida sin supremacía.
También es una espiral descendente que se refuerza a sí misma: los furiosos ataques de Trump contra todas las estructuras diseñadas para proteger al público de las enfermedades, los alimentos peligrosos y los desastres –incluso para informar al público cuando se avecinan desastres– refuerzan los argumentos a favor del prepperismo [prepararse para las crisis], tanto en los estratos altos como en los bajos, al tiempo que crean innumerables nuevas oportunidades de privatización y especulación para los oligarcas que impulsan esta rápida desintegración del Estado social y regulador.
Al comienzo del primer mandato de Trump, la revista New Yorker investigó un fenómeno que describió como “preparativos para el fin del mundo de los superricos”. Por entonces, ya estaba claro que en Silicon Valley y en Wall Street, los supervivientes más serios de alto nivel se estaban protegiendo contra la alteración climática y el colapso social comprando espacio en búnkeres subterráneos construidos a medida y construyendo casas a las que fugarse en terrenos elevados en lugares como Hawái (donde Mark Zuckerberg ha restado importancia a su refugio subterráneo de 5000 pies cuadrados calificándolo de “pequeño refugio”) y Nueva Zelanda (donde Thiel compró casi 500 acres, pero su plan de construir un complejo de supervivencia de lujo fue rechazado por las autoridades locales en 2022 por considerarlo una monstruosidad).
Este milenarismo está ligado a otras modas intelectuales de Silicon Valley, todas ellas basadas en la creencia apocalíptica de que nuestro planeta se encamina hacia un cataclismo y que es hora de tomar decisiones difíciles sobre qué parte de la humanidad puede salvarse. El transhumanismo es una de esas ideologías, que abarca desde pequeñas mejoras humano-mecánicas hasta la búsqueda de la inteligencia artificial general, aún ilusoria, a la que se podría transferir la inteligencia humana. También existen el altruismo eficaz y el largoplacismo, que pasan por alto los enfoques redistributivos para ayudar a la gente necesitada aquí y ahora en favor de un enfoque de coste-beneficio para hacer el mayor bien a largo plazo.
Aunque a primera vista pueden parecer benignas, estas ideas están plagadas de peligrosos prejuicios raciales, capacitistas y de género sobre qué partes de la humanidad merecen ser mejoradas y salvadas, y cuáles podrían ser sacrificadas por el supuesto bien del conjunto. También comparten una marcada falta de interés en abordar con urgencia las causas subyacentes del colapso, un objetivo responsable y racional que un grupo cada vez mayor de figuras rechaza activamente. En lugar del altruismo eficaz, Andreessen, habitual en Mar-a-Lago, y otros han abrazado el “aceleracionismo eficaz”, o la “propulsión deliberada del desarrollo tecnológico” sin barreras de seguridad.
Mientras tanto, filosofías aún más oscuras están encontrando un público más amplio, como las diatribas neorreaccionarias y monárquicas del programador Curtis Yarvin (otro de los referentes intelectuales de Thiel), o la obsesión del movimiento “pronatalista” por aumentar drásticamente el número de bebés “occidentales” (una fijación de Musk), así como la visión del gurú de la salida Srinivasan de un “sionismo tecnológico” en San Francisco, donde los leales a las empresas y la policía unen sus fuerzas para limpiar políticamente la ciudad de liberales y dar paso a su estado de apartheid en red.
Como han escrito los estudiosos de la IA Timnit Gebru y Émile P. Torres, aunque los métodos puedan ser nuevos, este “paquete” de modas ideológicas “es descendiente directo de la primera ola de eugenesia”, que también vio cómo un pequeño subconjunto de la humanidad tomaba decisiones sobre qué partes del todo merecían continuar y cuáles debían eliminarse, limpiarse o eliminarse. Hasta hace poco, pocos prestaban atención. Al igual que en Próspera, donde los miembros ya pueden experimentar con fusiones entre humanos y máquinas, como implantarse las llaves de su Tesla en la mano, estas modas intelectuales parecían ser el pasatiempo marginal de unos pocos diletantes de la bahía de San Francisco con dinero y cautela para gastar. Ya no es así.
Tres acontecimientos recientes han acelerado el atractivo apocalíptico del fascismo del fin de los tiempos. El primero es la crisis climática. Aunque algunas figuras de alto perfil siguen negando públicamente o minimizando la amenaza, las élites mundiales, cuyas propiedades frente al mar y centros de datos son muy vulnerables al aumento de las temperaturas y del nivel del mar, conocen bien los peligros ramificados de un mundo en constante calentamiento. El segundo es la covid-19: los modelos epidemiológicos llevaban mucho tiempo prediciendo la posibilidad de una pandemia que devastara nuestro mundo globalmente interconectado; su llegada real fue interpretada por muchas personas poderosas como una señal de que hemos entrado oficialmente en lo que los analistas militares estadounidenses pronosticaron como “la era de las consecuencias”. No hay más predicciones, ya está sucediendo. El tercer factor es el rápido avance y la adopción de la inteligencia artificial, un conjunto de tecnologías que durante mucho tiempo se han asociado con los terrores de la ciencia ficción sobre máquinas que se vuelven contra sus creadores con una eficiencia despiadada, temores expresados con mayor fuerza por las mismas personas que están desarrollando estas tecnologías. Todas estas crisis existenciales se suman a las crecientes tensiones entre las potencias con armas nucleares.
Nada de esto debe descartarse como paranoia. Muchos de nosotros sentimos tan acuciante la inminencia del colapso que lo afrontamos entreteniéndonos con diversas versiones de la vida en un búnker postapocalíptico, viendo en la trasmisión contínua Silo, de Apple, o Paradise, de Hulu. Como nos recuerda el analista y editor británico Richard Seymour en su reciente libro Disaster Nationalism: “El apocalipsis no es una mera fantasía. Al fin y al cabo, estamos viviendo en él, desde los virus mortales hasta la erosión del suelo, desde la crisis económica hasta el caos geopolítico”.
El proyecto económico de Trump 2.0 es un monstruo de Frankenstein formado por las industrias que impulsan todas estas amenazas: los combustibles fósiles, las armas y las criptomonedas y la IA, ávidas de recursos. Toda la gente que participa en estos sectores saben que no hay forma de construir el mundo espejo artificial que promete la IA sin sacrificar este mundo: estas tecnologías consumen demasiada energía, demasiados minerales críticos y demasiada agua para que ambos puedan coexistir en cualquier tipo de equilibrio. Este mes, el ex ejecutivo de Google Eric Schmidt lo admitió ante el Congreso, donde afirmó que se prevé que las “profundas” necesidades energéticas de la IA se tripliquen en los próximos años, y que gran parte de esa energía provendrá de los combustibles fósiles, ya que la energía nuclear no puede ponerse en marcha con la suficiente rapidez. Según explicó, este nivel de consumo, que incinera el planeta, es necesario para permitir una inteligencia “superior” a la humanidad, un dios digital que resurge de las cenizas de nuestro mundo abandonado.
Y están preocupados, pero no por las amenazas reales que están desatando. Lo que quita el sueño a los líderes de estas industrias entrelazadas es la perspectiva de una llamada de atención a la civilización, de esfuerzos gubernamentales serios y coordinados a nivel internacional para frenar a sus sectores rebeldes antes de que sea demasiado tarde. Desde la perspectiva de sus resultados económicos en constante expansión, el apocalipsis no es el colapso, sino la regulación.
El hecho de que sus beneficios se basen en la devastación del planeta ayuda a explicar por qué el discurso bienintencionado entre los poderosos está dando paso a expresiones abiertas de desdén por la idea de que nos debemos algo unos a otros por derecho de nuestra humanidad compartida. Silicon Valley ha acabado con el altruismo, sea eficaz o no. Mark Zuckerberg, de Meta, añora una cultura que celebre la “agresividad”. Alex Karp, socio comercial de Thiel en la empresa de vigilancia Palantir Technologies, reprende la “autoflagelación perdedora” de quienes cuestionan la superioridad estadounidense y los beneficios de los sistemas de armas autónomos (y, por asociación, los lucrativos contratos militares que han hecho la enorme fortuna de Karp). Musk informa a Joe Rogan que la empatía es “la debilidad fundamental de la civilización occidental” y, tras fracasar en su intento de comprar las elecciones al Tribunal Supremo de Wisconsin, se desahoga diciendo: “Cada vez parece más claro que la humanidad es un bootloader biológico para la superinteligencia digital”. Lo que significa que los seres humanos no somos más que carne de cañón para Grok, el servicio de inteligencia artificial de su propiedad (ya nos dijo que era un “MAGA oscuro”, y no es el único).
En la árida y climáticamente estresada España, uno de los grupos que pide una moratoria para los nuevos centros de datos se llama “Tu Nube Seca Mi Río”. El nombre es muy apropiado, y no solo para España.
Ante nuestros ojos y sin nuestro consentimiento se está tomando una decisión indescriptiblemente sombría: las máquinas por encima de los seres humanos, lo inanimado por encima de lo animado, los beneficios por encima de todo lo demás. Con una rapidez asombrosa, los megalómanos de las grandes tecnológicas han dado marcha atrás silenciosamente en sus promesas de cero emisiones netas y se han alineado al lado de Trump, empeñados en sacrificar los recursos reales y preciosos de este mundo y su creatividad en el altar de un reino virtual y vampírico. Este es el último gran atraco, y se están preparando para capear las tormentas que ellos mismos están provocando, e intentarán difamar y destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Pensemos en la reciente estancia de Vance en Europa, donde el vicepresidente reprendió a los líderes mundiales por “preocuparse por la seguridad” en relación con la IA destructora de empleo, al tiempo que exigía que no se restringieran los discursos nazis y fascistas en Internet. En un momento dado, hizo un comentario revelador, esperando una risa que nunca llegó: “Si la democracia estadounidense puede sobrevivir a diez años de reprimendas de Greta Thunberg, ustedes pueden sobrevivir a unos meses de Elon Musk”.
Su comentario se hizo eco de los de su igualmente poco humorístico mecenas, Thiel. En recientes entrevistas centradas en los fundamentos teológicos de su política de extrema derecha, el multimillonario cristiano ha comparado repetidamente a la incansable joven activista climática con el anticristo, una figura que, según advierte, fue profetizada para venir con un mensaje engañoso de “paz y seguridad”. “Si Greta consigue que todo el mundo se suba a una bicicleta, quizá sea una forma de resolver el cambio climático, pero tiene algo de saltar de la sartén al fuego”, afirmó Thiel.
¿Por qué Thunberg, por qué ahora? En parte, es claramente el miedo apocalíptico a que la regulación merme sus enormes beneficios: según Thiel, las medidas climáticas basadas en la ciencia que exigen Thunberg y otros solo podrían aplicarse en un “Estado totalitario”, que, según él, es una amenaza más grave que el colapso climático (lo más preocupante es que, en esas condiciones, los impuestos serían “bastante elevados”). Quizás haya algo más en Thunberg que les asusta: su firme compromiso con este planeta y las muchas formas de vida que lo habitan, y no con simulaciones de este mundo generadas por la inteligencia artificial, ni con una jerarquía de quienes merecen vivir y quienes no, ni con ninguna de las diversas fantasías de escape extraplanetario que venden los fascistas del fin de los tiempos.
Ella está comprometida con quedarse, mientras que los fascistas del fin de los tiempos, al menos en su imaginación, ya han abandonado este reino, refugiados en sus opulentos refugios o trascendidos al éter digital o a Marte.
Poco después de la reelección de Trump, una de nosotras tuvo la oportunidad de entrevistar a Anohni, una de las pocas músicas que ha intentado crear arte que abrace el impulso de muerte que se ha apoderado de nuestro mundo. Cuando se le preguntó qué conecta la voluntad de los poderosos de dejar que el planeta se queme y el impulso de negar la autonomía corporal a las mujeres y a las personas trans como ella, respondió recurriendo a su educación católica irlandesa: es “un mito muy arraigado que estamos representando y encarnando. Es la culminación de su Rapto. Es su escape del voluptuoso ciclo de la creación. Es su escape de la Madre”.
¿Cómo rompemos esta fiebre apocalíptica? En primer lugar, ayudándonos unas a otras a afrontar la profundidad de la depravación que se ha apoderado de la extrema derecha en todos nuestros países. Para avanzar con determinación, debemos comprender primero este simple hecho: nos enfrentamos a una ideología que ha renunciado no solo a la premisa y la promesa de la democracia liberal, sino también a la habitabilidad de nuestro mundo compartido, a su belleza, a sus habitantes, a nuestros hijos y a otras especies. Las fuerzas a las que nos enfrentamos han hecho las paces con la muerte masiva. Son traidoras a este mundo y a sus habitantes humanos y no humanos.
En segundo lugar, contrarrestamos sus narrativas apocalípticas con una historia mucho mejor sobre cómo sobrevivir a los tiempos difíciles que se avecinan sin dejar a nadie atrás. Una historia capaz de drenar el poder gótico del fascismo del fin de los tiempos y galvanizar un movimiento dispuesto a arriesgarlo todo por nuestra supervivencia colectiva. Una historia no del fin de los tiempos, sino de tiempos mejores; no de separación y supremacía, sino de interdependencia y pertenencia; no de huir, sino de quedarse y permanecer fieles a la realidad terrenal turbulenta en la que estamos enredados y atados.
Este sentimiento básico, por supuesto, no es nuevo. Es fundamental en las cosmologías indígenas y se encuentra en el corazón del animismo. Si retrocedemos lo suficiente, todas las culturas y creencias tienen su propia tradición de respetar la santidad del aquí y no buscar Sión en una tierra prometida esquiva y siempre lejana. En Europa del Este, antes de las aniquilaciones fascistas y estalinistas, el sindicato socialista judío Labor Bund se organizó en torno al concepto yiddish de Doikayt, o “aquí”. Molly Crabapple, autora de un libro de próxima publicación sobre esta historia olvidada, define Doikayt como el derecho a “luchar por la libertad y la seguridad en los lugares donde vivían, desafiando a todos los que querían verlos muertos”, en lugar de verse obligados a huir a Palestina o Estados Unidos en busca de seguridad. Quizás lo que se necesita es una universalización moderna de ese concepto: un compromiso con el derecho a la permanencia en este planeta enfermo, a estos cuerpos frágiles, al derecho a vivir con dignidad en cualquier lugar del planeta, incluso cuando las inevitables convulsiones nos obliguen a desplazarnos. La permanencia puede ser portátil, libre de nacionalismo, arraigada en la solidaridad, respetuosa con los derechos indígenas y sin límites fronterizos.
Ese futuro requeriría su propio apocalipsis, su propio fin del mundo y su propia revelación, aunque de un tipo muy diferente. Porque, como ha observado la experta en policía Robyn Maynard: “Para que la supervivencia del planeta sea posible, algunas versiones de este mundo deben llegar a su fin”.
Hemos llegado a un punto en el que hay que decidir, no sobre si nos enfrentamos al apocalipsis, sino sobre la forma que este tomará. Las activistas Adrienne Maree y Autumn Brown abordaron recientemente este tema en su acertadamente titulado podcast How to Survive the End of the World (Cómo sobrevivir al fin del mundo). En este momento, en el que el fascismo apocalíptico libra una guerra en todos los frentes, es esencial forjar nuevas alianzas. Pero en lugar de preguntarnos: “¿Compartimos todos la misma visión del mundo?”, Adrienne nos insta a preguntarnos: “¿Late tu corazón y piensas seguir viviendo? Entonces ven por aquí y ya veremos el resto al otro lado”.
Para tener alguna esperanza de combatir a los fascistas del fin de los tiempos, con sus círculos concéntricos cada vez más restrictivos y asfixiantes de amor ordenado, necesitaremos construir un movimiento rebelde y de corazón abierto de fieles amantes de la Tierra: fieles a este planeta, a su gente, a sus criaturas y a la posibilidad de un futuro habitable para todos y todas nosotras. Fieles a este lugar. O, citando de nuevo a Anohni, esta vez refiriéndose a la diosa en la que ahora deposita su fe: “¿Te has parado a pensar que quizá esta haya sido su mejor idea?”.
Notas:
Este texto no ha sido escrito para este debate. El original fue publicado en TheGuardian y traducido por la revista Viento Sur. De forma excepcional, lo incluimos porque aporta otra mirada sobre las formas políticas excepcionales de este tiempo.
Naomi Klein es columnista y redactora de The Guardian. Es profesora de justicia climática y codirectora del Centro para la Justicia Climática de la Universidad de Columbia Británica. Su último libro, Doppelganger: A Trip into the Mirror World, se publicará en septiembre.
Astra Taylor es escritora, organizadora y documentalista. Entre sus libros se encuentran The People’s Platform: Taking Back Power and Culture in the Digital Age, galardonado con el American Book Award, y Democracy May Not Exist, but We’ll Miss It When It’s Gone. Su película más reciente es What Is Democracy?
El trumpismo: la fase autoritaria del neoliberalismo
12/02/2026
Pedro González de Molina Soler
Profesor de Geografía e Historia. Militante de CCOO
Un espectro recorre el mundo, el espectro de la ultraderecha. La ola ultra parece imparable. La segunda Administración Trump está estimulando a los movimientos de ultraderecha de distinto pelaje que hay en el mundo. Tienen estrategias coordinadas, se apoyan, como en la época de los monarcas absolutos, y no tienen un contrincante que se coordine enfrente.
Los tecnoligárcas y otros sectores financian generosamente a Trump, y en otros países a sus imitadores o seguidores. La promesa de impuestos bajos, escasa regulación, frenazo de la lucha contra el cambio climático, mano dura con los sindicatos, y remover cualquier freno a la acumulación obscena de capital y de riqueza. Los tecnoligárcas han puesto su maquinaria a trabajar para los intereses concretos de Trump, como hizo el grupo META en el pasado con Cambridge Analytica, o lo que hace Musk, pese a sus desavenencias, con X en favor del candidato republicano y otras fuerzas de extrema derecha.
Personajes tan dispares, como Javier Milei, Bolsonaro, Abascal, Ventura, etc., ensayan tácticas y estrategias ensayadas ya en los EEUU, desde negar la limpieza de las elecciones, tratar de evitar un cambio de gobierno si es necesario por la fuerza, perseguir y/o señalar a los inmigrantes y colectivos progresistas como el enemigo, etc. En resumen, pretenden atacar los principios fundamentales de la democracia liberal y tratan de desnaturalizarla para que ésta quede en un cascaron formal y sin posibilidad de retorno tras sus gobiernos.
Hay que insistir en este punto. No estamos viviendo una fase de gobiernos neoliberales que iban desmontando el Estado del Bienestar, la fiscalidad y los derechos laborales del período de los “años dorados del capitalismo”, pero que mantenían la ficción democrática y de gobernanza. Estamos viviendo el ataque directo a las instituciones, a la prensa no afín, a la oposición, a los DDHH, y a la democracia. Es la fase superior del neoliberalismo, su fase autoritaria. Tras la crisis de 2008 y la del COVID19, el neoliberalismo como modelo de gobernanza y de gestión económica estaba tocado de muerte y no concitaba ya el apoyo de los años 90 y primera década del 2000. El consenso neoliberal se había roto con la gestión de la crisis por parte de la UE y otros tantos países que sufrieron los correctivos de la mal llamada “austeridad”.
Si la primera fase de la crisis fue el avance de las fuerzas alternativas de izquierdas que pusieron en cuestión el neoliberalismo y la gestión de la crisis, como el BLOCO, FG, Podemos, Syriza, Die Linke, Jeremy Corbyn como líder del Labour o el ala de izquierdas del PD con Bernie Sanders, la fase final estos partidos fueron declinando y la extrema derecha comenzó a despegar. Hay que hacer especial mención al experimento Syriza en Grecia, que tras un forcejeo con la UE, y una campaña de esperanza que recorrió toda Europa, fue castigada duramente por la Troika, lo que cerró la salida a la izquierda de la crisis del neoliberalismo. El resto de experimentos o quedaron lejos del poder, o fueron desbancados por maniobras internas de sus partidos, o entraron de manera subalterna a gobiernos con los Partidos Socialistas que habían experimentado un giro hacia la izquierda.
La condición de posibilidad, a mi juicio, se ha dado con la experiencia del COVID19 y del confinamiento. El miedo a la muerte se extendió. La ansiedad social de enfrentarse contra un enemigo invisible, el despertarse todos los días con un nuevo recuento de muertos, y las restricciones a poder salir de casa, generaron un trauma compartido y fueron el abono donde las fake news lograron expandirse a través del uso intensivo de las redes sociales. La crisis sanitaria del COVID19 ha sido un “acelerador de la historia” y de procesos de todo tipo que hubiesen tardado bastante más tiempo en imponerse, como las compras por internet masivas, que se reduzca drásticamente el pago en efectivo, o el uso extensivo de las redes sociales. Los movimientos anti-ciencia tuvieron su eclosión ahí, y apoyan a los grupos de extrema derecha.
El futuro es un lugar extraño y peligroso. Suenan tambores de guerra por el planeta. La invasión rusa de Ucrania y Gaza han brutalizado las relaciones internacionales. Trump ha secuestrado a un presidente de un país soberano, Nicolás Maduro, para hacerse con su petróleo y evitar que se instale un circuito de pago del petróleo alternativo al petrodólar. Trump ha amenazado a aliados a la OTAN, y en especial a Dinamarca, para ocupar Groelandia, aunque haya retrocedido finalmente. El cambio climático avanza y genera problemas serios, como la Dana de Valencia. La riqueza se polariza. El desorden global se instala. La ansiedad social crece. En ese contexto, muchas personas están virando hacia posiciones autoritarias. Se busca el líder fuerte que reduzca esas ansiedades.
Por otro lado, la economía neoliberal deshilacha las relaciones sociales y personales. La precariedad laboral y la incertidumbre se instalan en muchas vidas, y el mercado no es capaz de ofrecer soluciones a esos malestares ya que ofrece pequeños chutes de nuevas experiencias o productos que son efímeros. Eso hace que algunas personas busquen principios, valores, creencias, que se consideren “inmutables”, como la nación, la religión, o incluso el racismo disfrazado de la defensa de los valores culturales. Una mirada nostálgica con el pasado se ha ido instalando en una parte de la población, promovida por los partidos de extrema derecha y los tecnoligárcas. Se promueve la búsqueda de una especie de paraíso perdido en la época del Baby Boom, cuando había menos diversidad, menos impacto del feminismo, las relaciones patriarcales estaban asentadas, los países eran más homogéneos étnicamente que en la actualidad, y se podía aspirar a vidas con mayor estabilidad vital y metidas dentro de la sociedad de consumo.
Esta época tiene un aroma similar a la de los años 30. Una crisis del modelo democrático, una crisis de los valores tradicionales de la sociedad, la incertidumbre instalada en muchas vidas, un panorama internacional de creciente violencia, y unos partidos, y los intereses económicos que les sustentan, dispuestos a cambiar las reglas del juego en beneficio de las oligarquías, aunque en el proceso se lleven las democracias y las libertades por delante. Todo lo que les fue arrancado por el movimiento obrero y los Partidos Socialistas y Comunistas durante la gran coalición antifascista hasta los años 90, debe de ser eliminado y pasado a manos privadas: el Estado del Bienestar, la solidaridad social, los impuestos progresivos, las pensiones… y volver a un mundo más salvaje, más duro y dominado por élites globales que se hacen cada día más ricas.
Esta es la distopía a la que nos enfrentamos, al final del modelo de las democracias liberales y sociales. Nos debe llevar a la acción y a la lucha. La batalla no está perdida, aunque cunda el desánimo. Debemos estar a la altura del reto histórico, si no nuestros hijos e hijas nos podrán preguntar, como aquel cartel de propaganda británico de la I Guerra Mundial: ¿Y tú, papá, qué hiciste para parar al fascismo?
La economía como arma
10/02/2026
Carles Manera
Catedrático de Historia Económica en el departamento de Economía Aplicada de la Universidad de las Islas Baleares (UIB)
El capital, ¿en guerra?
Pregunta de calado: ¿está en guerra el capital?. Y, ampliando la derivada, ¿el capitalismo? La respuesta es “no”, desde una perspectiva digamos que convencional (o belicista), aunque se es consciente de escenarios en los que el conflicto intercapitalista se manifiesta.
Un repaso a las tesis de diversos pensadores de ciencia política anglosajones nos permiten entender mejor donde estamos: John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, habla de un “realismo ofensivo” que hace posible el estallido de una guerra mundial; Graham Allison, de la Universidad de Harvard, se apoya en la “trampa de Tucídides” -el desafío de una potencia emergente a otra consolidada–, para señalar la probabilidad de la guerra; Mary Kaldor, de London School of Economics, prefiere aventurar un hibrido entre guerras económicas y tecnológicas).
De momento, el conflicto entre potencias evita la batalla abierta, física, militar, con tintes mundialistas, si bien existen focos dramáticos localizados que se encuadran en otras coordenadas. La economía se convierte en un espacio lleno de minas, de tácticas, de combates de posiciones.
Que el debate sobre la viabilidad de una nueva guerra mundial recorra muchas páginas y análisis se debe a la dislocación geopolítica que está suponiendo la presidencia de Donald Trump. Se ha desempolvado la idea de un estallido bélico que, entre otros teatros de operaciones, tendría a Europa como uno de sus protagonistas. No es probable que esto suceda, a pesar de voces que reiteran tal posibilidad: la evolución de los beneficios empresariales constituye un dique de contención.
Al capital no le gustan los ruidos… si no son estrictamente necesarios. Y ahora está ganando mucho dinero. Veamos algunas cifras. Según las series históricas de Corporate Profits en Estados Unidos, los beneficios empresariales han aumentado de manera constante desde 2019, con 2,5 billones de dólares, hasta 4 billones en 2025 (véase el gráfico). En el caso de la Unión Europea, la participación de los beneficios en el valor añadido se ha situado entorno al 40% entre 2019 y 2024. Magnitudes muy destacadas.
Ahora bien, si nos adentramos en la economía de Estados Unidos, los datos son contundentes. Los aliados de la OTAN y miembros de la Unión Europea tienen 3,3 billones de dólares en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Tres veces más que China. Todo en un contexto de incremento de la deuda estadounidense sobre PIB: 123%. Otras variables son relevantes, y afectan a la evolución de la desigualdad en el país norteamericano: el 20% de los más ricos realiza el 60% del gasto total en consumo. El 80% más pobre realiza el 40%, según la Oficina de Estadísticas Laborales norteamericana. El desequilibrio social se hace cada vez más visible.
En este escenario de incremento de la deuda, preocupación creciente entre sus principales tenedores, y desigualdad, la administración Trump está abriendo más boquetes a la economía internacional, de forma que podemos hablar de una crisis autoinducida. En paralelo, aumenta la sensación de seguridad interior en el propio país, tal y como se aprecia en los acontecimientos que sacuden Minneapolis.
Nos adentramos en un período de fuerte incertidumbre en el que, no obstante, los indicadores de inflación y de crecimiento económico, ambos positivos, están sorprendiendo por el momento, a la espera de auscultar, con precisión, lo que se vaya a desarrollar en 2026. Atención al impacto arancelario en el curso de los próximos meses, si no se producen cambios. Otro indicador clave: el mercado laboral está en retroceso. Las nóminas privadas –excluyendo ocio, hostelería, educación y atención primaria– cayeron a 120.000 en los últimos tres meses, y 300.000 en ocho meses, un impacto nada desdeñable que preocupa a la Reserva Federal. La obsesión de Trump por implementar la industria recae sobre un rosario de medidas de eficiencia muy dudosa: sustentar buena parte de su política económica sobre los aranceles para reducir déficits comerciales y, a la vez, reindustrializar el país. El fundamento monetario invoca el poder del dólar en un escenario que nos remite al conocido dilema de Triffin.
Triffin en escena
En los Estados Unidos la cadena causal de la economía financiera se mueve entre un circulo virtuoso que garantiza el acceso a capital barato. De un lado, la compra de productos de importación –automóviles, maquinaria, agroalimentación, etc.– a naciones proveedoras son liquidadas en dólares. De otro, esos dólares disponibles se usan después para adquirir deuda estadounidense, principalmente, bonos del Tesoro por parte de países extranjeros. Ese esquema funciona así desde el acuerdo de Bretton Woods, en vigor desde el final de la II Guerra Mundial.
No obstante, el economista belga Robert Triffin expuso la imperfección del equilibrio monetario de ese esquema, a partir de un dilema (se recoge esto en: Gold and the Dollar Crisis, Yale University Press, 1964) que explica la contradicción estructural que existe cuando un país emite moneda que es la reserva mundial. Si el dólar –desvinculado del oro por el llamado shock de Nixon, de 1971– se traduce en la base monetaria del sistema, la economía mundial necesita dólares para cubrir las actividades comerciales y financieras. Los dólares salen de Estados Unidos al generarse déficits externos (endeudamientos, saldo negativo de la balanza comercial) imprescindibles para generar liquidez en el sistema mundo. Si Estados Unidos pretende reducir su déficit, el sistema global se queda sin liquidez; pero con un déficit excesivo, se abren posibilidades hacia una desconfianza severa en la moneda, que pone en jaque la propia solvencia del sistema. He aquí el dilema. Una actitud inadecuada o ciega de la administración norteamericana se convierte en un problema global inmediato para el conjunto del sistema.
La desconfianza no se manifiesta de golpe. Se alimenta en un proceso que es lento, gradual, con países que deciden “desdolarizar” parcialmente sus transacciones, aunque mantienen el dólar como dominante por encima de otras alternativas-refugio, incluyendo el oro. Estados Unidos ha podido mantener sus enormes déficits gracias a ese dominio del dólar, divisa perentoria para todo el mundo, algo que subestima Trump y su administración, con su obsesión en los resultados de las balanzas comerciales. Cabe recordar que, en las reuniones en Bretton Woods, John Maynard Keynes previó que esa situación podía producirse, si se dependía de manera fuerte de una sola moneda de referencia, a modo de patrón monetario (como lo fue el oro) y, como alternativa, abogó por crear una unidad de cuenta –no una moneda física–, el bancor, que emitiría una institución, la International Cleaning Union. Esa moneda se emplearía solo entre bancos centrales, de forma que los países no acumularían dólares, libras u oro, sino bancors. El comercio internacional se liquidaría en esa divisa, y se tendería a situaciones de equilibrio global del comercio y, con ello, se eludía el dilema de Triffin.
La vigencia de idea de Keynes se mantiene. Si entonces no gustó al negociador americano, Harry Dexter White, habida cuenta que Estados Unidos era el país creditor mundial y le interesaba un sistema sustentado en el dólar, la adopción de la de Keynes hubiera supuesto romper el poder geopolítico del dólar. Justo eso es lo que está ahora en juego: reducir la hegemonía de Estados Unidos y, a la vez, recuperar la cesión de soberanía monetaria del resto de países que supuso Bretton Wods (sobre todo esto: Benn Stell, La batalla de Bretton Woods, Deusto, Barcelona, 2016).
¿Guerra de capitales? Hipótesis
El inversor Ray Dalio declaró en el último Foro de Davos que podríamos estar asistiendo a una guerra del capital contra Estados Unidos. La afirmación del empresario se relaciona con lo que aquí se acaba de explicar: se están produciendo tímidas pero tangibles ventas de bonos americanos (por ejemplo: AkademikerPension, de Dinamarca: 100 millones de dólares; Alecta, de Suecia: unos 8.800 millones de dólares). Las cifras son momentáneamente bajas, según análisis de The Economist, pero no dejan de ser simbólicas. Y también peligrosas cuando, en paralelo, se están planteado escenarios de ventas más masivas de bonos, que obligaría a la Reserva Federal a subir los tipos de interés, lo que encarecería las hipotecas y los préstamos; por tanto, se ralentizaría la economía.
Sigamos con la hipótesis. Si las naciones dejasen de usar el dólar para sus reservas y se decantasen por el oro –por ejemplo–, se estaría produciendo un exceso de dólares de difícil colocación en los mercados. Esos dólares retornarían a Estados Unidos incrementándose la masa monetaria: el peligro, entonces, es de inflación.
En ese contexto de crispación geopolítica, espoleada por Trump y su administración, con una clara hostilidad hacia Europa, que significa el 20% del comercio de Estados Unidos, conviene recodar, como ya hemos señalado, que el viejo continente posee el 40% de los bonos del Tesoro estadounidense, según cálculos del Financial Times, aunque estas tenencias están muy fragmentadas entre bancos, fondos de pensiones, empresas aseguradoras, etc. lo que dificulta acciones coordinadas. A título hipotético, una venta europea de bonos estadounidenses supondría un incremento en los rendimientos de los mismos, la elevación del coste de la deuda para Estados Unidos y, previsiblemente, la actuación de la Reserva Federal como comprador de última instancia.
Sin embargo, la interrelación entre los bloques frena las medidas drásticas. No es claro que el desprendimiento masivo de esas tenencias de deuda –una verdadera guerra de capitales– pudiera favorecer necesariamente a los intereses europeos, ya que la operación fortalecería al euro y, por consiguiente, lesionaría la competitividad europea.
Mientras tanto, cabe intentar un desacople progresivo de la UE con la economía Estados Unidos intensificando los enlaces con otros espacios económicos:
Simplemente desacelerando nuevas compras de deuda –persistamos en la hipótesis– se complicaría el financiamiento de los déficits estadounidenses: se debería pagar la deuda a tipos más elevados.
Asistimos entonces a un conflicto de capitales –insistimos en ello– con reorientaciones en función de las disputas geopolíticas. La pretensión de “des-dolarizar” las transacciones está sobre la mesa de los países que componen los BRICS. Si se dejara de comprar deuda estadounidense en los volúmenes actuales (la deuda total del país asciende a unos 38,5 billones de dólares –cifra “no sostenible” para el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, con un déficit público para 2025 del 6,2% del PIB) se dibujaría otra cadena causal, intuitiva: se podrían aumentar los tipos de interés en Estados Unidos para atraer capitales, se agravarían los problemas presupuestarios con consecuencias también en los mercados globales, se produciría la caída del dólar –y pérdida de confianza como refugio financiero– y el encarecimiento de las importaciones junto a mejores expectativas exportadoras.
El economista australiano Trevor Swan se planteó un modelo de economía abierta en el que se resume que un país puede alcanzar, de forma simultánea, el pleno empleo, la estabilidad de precios y el equilibrio de la balanza de pagos. Pero para ello urgen dos instrumentos clave: la política fiscal y la política cambiaria (un desarrollo de esto en Peter Temin-David Vines, Keynes, pensar la economía mundial, Ned, Barcelona, 2025). Es decir, la intervención del Estado de una manera decidida en el proceso económico. El diagrama de Swan explica el tipo de cambio necesario para asegurar el equilibrio externo y la política macroeconómica nacional para alcanzar el equilibrio interno.
Esta idea de equilibrio no se halla en la cabeza de Trump ni de sus gurús económicos, más preocupados por fijar condiciones draconianas en el exterior, sin tener en cuenta los problemas directos, internos, que se derivan de tales despliegues. Alejados de ese equilibrio al que aludíamos: obcecados en mantener un dominio económico mundial que se encuentra en entredicho por el avance asiático.
La geopolítica del caos mundial
05/02/2026
Francesc Casadó
Analista internacional
Sed de petróleo
Durante la campaña electoral Donald Trump hizo esta afirmación: “el foco estadounidense siempre ha estado en el petróleo”. Días después del secuestro del presidente Nicolás Maduro convocaba a las multinacionales petroleras para anunciarles que los hidrocarburos venezolanos son vitales en los planes económicos y estratégicos a largo plazo de su administración. La relevancia de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU en lo referente a la seguridad energética busca su supremacía global, operando incluso fuera de los marcos internacionales si considera que es necesario. La política de “paz armada” de la ESN ha conseguido finalmente el acceso al crudo de Venezuela, el país con más reservas del mundo, pero con una producción y venta muy limitada debido a las sanciones occidentales.
El orden económico surgido de los acuerdos de Bretton Woods en 1946 tuvo su primer revés cuando los gastos masivos de la guerra de Vietnam provocaron una inflación creciente y la depreciación del dólar vinculado al “patrón oro”. El nuevo patrón pasó a ser el petróleo. Desde entonces, la crisis del petróleo ha sido la crisis de un sistema monetario basado en el dólar, hasta que en 2018 China plantea el petroyuan como una moneda alternativa en las transacciones realizadas en Oriente Medio. Pekín es el mayor importador de hidrocarburos del mundo. Países como Rusia, Irán, Venezuela y, en parte, Arabia Saudita aceptan ya pagos en yuanes, especialmente aquellos bajo sanciones con las que Trump quiere imponer su dominio.
¿Nueva gobernanza global?
La ideología neoconservadora de la actual administración Trump no ha supuesto en ningún momento la ruptura con el globalismo neoliberal. Fueron Thatcher y Reagan, dos ‘neocons’, los que acuñaron el término de globalización. Republicanos y demócratas coinciden en lo esencial —libre mercado y desregulación—. Pero la actual cúpula en el poder impone la lógica del intervencionismo; el uso de la fuerza para defender los valores democráticos (Ucrania) y mantener el orden global (China). Incluso, si lo considera necesario, al margen de la OTAN, aunque sin renunciar a la presencia militar de sus bases en Europa.
Para uso doméstico Donald Trump entona el demagógico falsete romántico de “America First”. Lema populista que da prioridad a los intereses estadounidenses por encima del resto de naciones. Y le ha dado algún resultado, pero en política exterior. El presidente de EEUU ha conseguido un acuerdo con la multinacional taiwanesa TSMC, líder mundial en microchips, a cambio de defender a Taiwán de la invasión china. TSMC se ha comprometido a realizar una inversión multimillonaria en Arizona con la construcción de varias fábricas. Las empresas locales y la población insular temen que la multinacional pueda terminar desmantelada y en manos de Washington.
El presidente chino, Xi Jinping, ha denunciado que el proteccionismo y el autoritarismo no han desaparecido del horizonte político del siglo XXI y están llevando la gobernanza global a un callejón sin salida. Naciones Unidas y el resto de organismos multilaterales son desafiados provocando una turbia situación internacional. El líder del gigante asiático ha propuesto una nueva iniciativa de gobernanza global sobre la base de tres puntos: representación institucional más democrática del Sur Global; observar el derecho internacional y la Carta de la ONU; y mayor efectividad en cooperación por la paz y la seguridad.
Faro de libertad, ejemplo de democracia
Es difícil mirar hacia donde no esté Trump. La lista de sus acciones autoritarias es interminable: deportaciones; aranceles; despliegue de la Guardia Nacional; la ¿paz? en la Franja de Gaza; o el secuestro del presidente Maduro. Todas son muestra del ideario fascista que pretende trasladar a Europa. Las elecciones federales en Alemania de 2025 fueron una señal. Aparte del descalabro electoral de los socialistas alemanes por los gastos en el financiamiento de la guerra y la dependencia del gas ruso; la noticia fue el ascenso del partido de extrema derecha AfD como segunda fuerza más votada. El camaleónico Elon Musk —‘neocon’, ultracapitalista y tecnócrata— participó en la campaña electoral a través de X, conversando con la candidata fascista sobre los planes xenófobos y antisociales de su programa.
Hace unos días el reconocido ensayista indio, Pankaj Mishra, publicó en un diario nacional el artículo “Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo”. El autor aclara que no es contrario a EEUU, sino contrario a su hegemonía y al proceso de globalización que lidera. En particular a la hegemonía ideológica de las narrativas occidentales, todavía bajo una mentalidad colonial. Mishra defiende la necesidad de liberarse del dominio intelectual estadounidense y recuperar la identidad cultural en un mundo multipolar con gran diversidad de realidades históricas.
Groenlandia, paradigma trumpista
A causa del deshielo en el Ártico se han favorecido nuevas rutas marinas y la exploración de hidrocarburos. Parte de la costa del océano Ártico es territorio ruso, el presidente Putin ha afirmado que “los campos petrolíferos en alta mar, especialmente en el Ártico, suponen, sin la menor exageración, nuestras reservas estratégicas para el siglo XXI”. Groenlandia es un territorio autónomo de Dinamarca y sus gobiernos suelen ser favorables a la independencia de Copenhague. Mantienen buenas relaciones comerciales con China y esta apoya la causa independentista aunque las tensiones políticas con EEUU durante los últimos años han frenado proyectos estratégicos en común.
Lo que está sucediendo en Groenlandia puede considerarse el paradigma de la nueva estratégica de la administración. El presidente Trump anuncia cuáles son sus intenciones en tono amenazante: Hay que repartirse la tarta de Groenlandia. Está por ver si su plan será invadir o comprar todo el territorio; o si tendrá que conformarse solo con una parte después de un acuerdo regulador entre las potencias con intereses en la región (Rusia, Unión Europea y China). Aun teniendo que compartir el control insular habrá conseguido imponer su “política de cañoneras” por sobre el derecho internacional, devolviéndonos al siglo XIX. El retorno al imperialismo en África y Asia, ahora en el Ártico. Los europeos nos podríamos ver arrastrados a un conflicto armado o incluso a una “guerra proxy” o guerra subsidiaria donde dos grandes potencias midan sus fuerzas indirectamente, a través de terceros.
¿Y si Trump tiene éxito?
03/02/2026
Bruno Estrada
Economista. Presidente de la Plataforma por la Democracia Económica
Trump en su segunda presidencia se ha embarcado en una reforma radical de las bases económicas del capitalismo estadounidense, impulsando un modelo muy diferente al capitalismo financiero que eclosionó a principios del siglo XXI.
La apuesta de Trump supone desmontar gran parte del proceso de globalización financiero-productivo impulsado desde los años ochenta, que dio lugar a una recurrente explosión de burbujas financieras cuyo mayor estallido fue la crisis financiero-inmobiliaria de 2007-2008. Una crisis que hundió prácticamente a todos los grandes bancos de Estados Unidos y Europa, obligando a sus gobiernos, a la Reserva Federal (Fed) y al BCE a aportar unos 35 billones de dólares para reflotarles, al mismo tiempo que aplicaban duras políticas austeridad fiscal y de rebajas salariales.
Trump parte de la coincidencia global con Putin de que los antiguos “centros de gravedad” se han derrumbado, sin que todavía se haya constituido y estabilizado ningún sistema alternativo de alianzas instituciones y normas, el mundo ha emprendido una nueva dirección en la que el caos representa una etapa natural e inevitable de las actuales relaciones internacionales, inaugurando la era de las decisiones unilaterales.
Ya no se trata de restaurar una forma de control global, sino de que cada nación se adapte y asegure su propia supervivencia resolviendo cada uno los conflictos por su cuenta. El país vencedor será aquel que sea capaz de eludir, o reescribir, las normas internacionales en su beneficio. Por eso Trump ha mostrado un desprecio total a las instituciones internacionales, retirando a su país de 66 organismos, acuerdos y tratados internacionales, incluido el Acuerdo de París, la OMS… Quiere acabar con un mundo basado en una red de instituciones internacionales que considera obsoletas y antiamericanas, y que tienen un uniformador afán cosmopolita que no respeta las identidades nacionales y al que denuncia como un peligroso enemigo de su maneras de entender y reivindicar la soberanía nacional. Como reconoce en su propia Estrategia de Seguridad Nacional (ESN): “El objetivo de esta estrategia es (…) reforzar el poder y la preeminencia de Estados Unidos y hacer que nuestro país sea más grande que nunca”.
En ese mundo soñado por ambos lideres la toma de decisiones no estaría basada, en ningún modo, en una representación ética universalmente válida en materia de justicia.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
La Gran Recesión que siguió a la crisis financiero-inmobiliaria de 2007 generó una reacción social en la que gran parte de la ciudadanía retomó la consciencia de la importancia de contar con libertades, derechos e instituciones que nos permitan defendernos de los mercados financieros depredadores, lo que propicio en EE.UU. las dos presidencias consecutivas de Obama, desde 2009 a 2017, y en Europa la vuelta al poder de una socialdemocracia más crítica con el sistema, así como la eclosión de fuerzas políticas y movimientos sociales más progresistas.
Asimismo, en la última década hemos vivido una aceleración de los cambios productivos y tecnológicos, con el desarrollo desregulado de la Inteligencia Artificial (IA), que ha producido un fuerte incremento de las desigualdades. En las grandes empresas industriales y extractivas, como General Electric o Exxon-Mobil, el 80% de los ingresos se destinaba a salarios, mientras que los trabajadores de las Big Tech reciben menos del 1%, porque la mayoría del trabajo lo realizan gratis miles de millones de “siervos de la nube”. El capital en la nube de Bezos, Zuckerberg y Musk no origina ningún producto tangible, pero otorga a sus dueños un poder exorbitante para controlar el comportamiento de los demás.
La conclusión que millones de ciudadanos han sacado de esta década perdida es que las políticas de los gobiernos progresistas no han conseguido poner freno al aumento de las desigualdades y la pobreza, a la pérdida de empleos de buenos salarios, al encarecimiento especulativo de la vivienda, a la pérdida de poder de negociación de los sindicatos, al retroceso del Estado del Bienestar.
La Gran Incertidumbre, el nuevo Infierno del mundo moderno
La escasa capacidad de acción de los Estados en un mundo de creciente globalización ha llevado a un fuerte deterioro de expectativas en gran parte de la clase media, “los hijos vivirán peor que sus padres”, y consecuentemente una gran incertidumbre sobre el futuro laboral de millones de jóvenes trabajadores en los países desarrollados. Para millones de trabajadores jóvenes, la Distopía ha desplazado a la Utopía.
La Gran Incertidumbre sobre el futuro se ha convertido en el nuevo Infierno moderno, sobre el que se han desatado los miedos de una sociedad fragmentada, aflorando un malestar profundo en muchos sectores sociales que han perdido la confianza en las bondades de un sistema democrático que cada vez les ofrecía una menor protección, se ha consolidado la percepción de que sus instituciones no son capaces de ofrecer suficientes empleos y salarios decentes, generando una robusta tendencia hacía una menor identificación de la ciudadanía con los valores democráticos.
En ese futuro dominado por la Gran Incertidumbre millones de jóvenes trabajadores no se sienten interpelados por la experiencia histórica que supuso la era del fascismo. No disponen, en muchos casos, de una memoria histórica que les ayude a comprender la ineficacia, inmoralidad e injusticia que supusieron los regímenes autoritarios.
Por eso, desde el otro lado del espectro político, han avanzado de las derechas populistas y neosoberanistas que representa Trump, ofreciendo soluciones simplistas, basadas en la identidad nacional, que prometen la recuperación de los empleos, salarios y bienestar que se han perdido en los últimos años.
Características del nuevo modelo capitalista que quiere forjar Trump
En base a estas consideraciones geopolíticas Trump está intentando redefinir el capitalismo estadounidense como un capitalismo de base industrial frente al financiero, como un capitalismo nacional frente a una globalización dominada por élites y, frente a sistema de gobernanza mundial, hace un clara apuesta por un capitalismo de corte imperial que garantice a EE.UU. una constante y segura apropiación de materias primas y energía baratas.
Más allá de la retórica, hay una clara voluntad de Trump de impulsar un capitalismo industrial capaz de ofrecer empleos mejor remunerados a una parte importante de la clase trabajadora de EE.UU. De tener éxito, consolidaría durante un largo periodo el apoyo popular a futuros gobiernos republicanos en estados clave. No hay que olvidar que hay una clara correlación entre aquellos estados que han sufrido una fuerte desindustrialización y el incremento de voto trumpista.
Para impulsar este capitalismo industrial y nacional Trump necesita tejer reforzar la alianza con sectores industriales y extractivos clásicos, ávidos de materias primas y energía baratas del resto del mundo. Por eso este nuevo capitalismo trumpista requiere un neoimperialismo, aunque ahora no se trata de invadir países y colonizarlos, como hicieron las potencias europeas en el siglo XIX y XX, ahora el objetivo de dominar a esos países por control remoto.
A nadie se le escapa que esto va a suponer, y ya está provocando, un incremento de las tensiones globales. Como sucedió a principios del siglo XX entre las naciones capitalistas europeas más desarrolladas y aquellas que buscaban industrializarse aceleradamente: Alemania. Aunque ahora los contendientes lo serán a escala planetaria.
Por eso una clave de bóveda del capitalismo industrial-nacional de Trump es el crecimiento de industria de defensa, forzando a sus aliados a comprar armamento norteamericano, e incrementando gasto público militar, el nuevo proyecto presupuestario contempla 1,5 billones $ en 2027, un 66% más que en 2025. En esta alianza con la industria de defensa participan muy activamente algunos representantes del tecnofeudalismo, importantes hombres de negocios que desprecian la democracia como Marc Andreessen, Thiel, Karp y Musk, y que impulsan la creación de un complejo tecnológico-autoritario. La apuesta de las grandes tecnológicas por el desarrollo de la IA juega un papel clave en los planes de Trump, no solo en términos políticos, sino también económicos. En estos momentos estas empresas son el principal motor de la economía estadounidense, en el último año han comprometido inversiones vinculadas a la IA por más de 350.000 millones $, en centros de datos, plantas energéticas y chips.
En este escenario mundial, para que EE.UU. salga victorioso debe disponer de la mayor maquinaria militar del mundo, como se plantea en la ESN: “Queremos desplegar el ejército más poderoso, letal y tecnológicamente avanzado del mundo para proteger nuestros intereses, disuadir las guerras y, si es necesario, ganarlas de forma rápida y decisiva (…) Queremos disponer de la fuerza de disuasión nuclear más sólida, creíble y moderna del mundo”.
No obstante, este fuerte incremento del gasto militar se hace en un marco de restricción impositiva. Otra de las banderas de Trump es una política fiscal basada en reducir impuestos a los más ricos, acaba de proponer una segunda ola de bajadas de impuestos con la extensión permanente de la Ley de Reducción de Impuestos y Empleos de 2017. Por tanto, la financiación del enorme gasto militar tendrá que ser mediante un creciente endeudamiento público. Pero hay que tener en cuenta que en la medida que EE.UU. se involucré en grandes operaciones militares en todo el planeta, la financiación de la creciente deuda pública pasará a ser un asunto que se fundirá, y se confundirá, con la seguridad nacional.
El ”American First” se parece cada vez más al «Deutschland über alles» de los nazis
Esta política económica de Trump se parece mucho a la desarrollada por Hjalmar Schacht, ministro de economía del Tercer Reich entre 1934 y 1937, que tenía como pilar fundamental la intervención en el mercado como. Aunque no era una economía planificada al estilo soviético ya que se respetaba la propiedad privada de los medios de producción, el peso del Estado en la economía era mayúsculo. Uno de los mayores ejemplos de esta política fue el programa de infraestructuras que llevo a cabo Hitler para reactivar la economía, una política keynesianista antes de Keynes. Una economía supeditada a los intereses políticos de Hitler.
Schacht defendía una política nacionalista, cuyo desarrollo económico, se basaba en el rearme, a la vez que controlaba a las potencias extranjeras, pero sin llegar a ningún conflicto bélico. Pero todo este andamiaje tenía un punto débil: la financiación. Alemania no podía endeudarse para financiar su rearme, ya que contradecía los acuerdos de paz de la 1ª Guerra Mundial. Por eso Schacht inventó las letras Mefo, una deuda invisible para el resto de los países de Europa, que se convirtió en una moneda paralela reservada al sector armamentístico. La Mefo era una sociedad pantalla que no producía nada, no contrataba a nadie, no tenía ninguna fábrica, solo emitía deuda. El Estado, a priori, no se endeudaba, pero la convertibilidad del dinero quedaba garantizada a posteriori por el banco central alemán.
¿Puede fracasar el plan de Trump?
EEUU tiene hoy, a diferencia de la Alemania de los años treinta del siglo XX, una importante ventaja: el dólar es la principal moneda de reserva y comercio internacional, y previsiblemente lo seguirá siendo por muchos años. Las reservas de divisas de los bancos centrales invertidas en dólares se han mantenido estables desde 2017, ahora se sitúan en un 54%.
No obstante, la financiación de los gastos de defensa mediante endeudamiento público también tiene límites y costes. Las estimaciones de los expertos calculan que las propuestas de reducción de impuestos y aumento del gasto incrementarían la deuda del país en 7,75 billones $. EE.UU. está entrando en terreno inédito, según las últimas proyecciones del FMI, su deuda pública, que ahora está en el 124,3% del PIB, podría alcanzar el 143 % en 2030. Aunque hay que tener en cuenta que en la deuda pública de EE.UU. esta principalmente en manos de inversores nacionales, un 71% en 2024. En la última década China ha reducido notablemente sus compras de bonos del Tesoro estadounidenses.
Si bien Trump no necesita hacer malabarismos financieros, como las letras Mefo de Hitler, si necesita que la Fed se comprometa en una importante expansión monetaria y que reduzca significativamente los tipos de interés. Una rebaja de dos puntos le permitiría ahorrar «cientos de miles de millones de dólares» en intereses de la deuda, en la actualidad los bonos del Tesoro a 10 y 30 años están por encima del 4% y 5%. Sin embargo, la Fed tiene importantes razones y argumentos para cuestionar la política económica de Trump:
2026 será un año crucial para Trump, por eso está sometiendo a la Fed a unas presiones inimaginables en un país democrático. Sabe que si a finales de 2026 la economía estadounidense sigue atascada, se esfumarán gran parte de las expectativas de mejora económica que generó en la campaña electoral, y ello tendría graves consecuencias en las elecciones de medio mandato de finales de 2026. Ya se está haciendo evidente que hay una reacción social y política a Trump en muchos Estados, como está sucediendo frente a las masivas redadas de inmigrantes.
No obstante, también hay que recordar que en 1937 el ministro Schacht comenzó a inquietarse porque debía devolver las letras Mefo, lo que hacía imposible continuar con el ritmo de producción militar alemán, por lo que decidió frenar el rearme y pagar las deudas. Entonces Hitler le destituyó y dejo la economía en manos de Göring, que siguió impulsando la militarización de la economía para afrontar los planes expansionistas de Hitler. No obstante, en los años treinta en Alemania no había una democracia consolidada como es hoy en día la estadounidense, o eso queremos creer…
Trump temporada 2: imperialismo en estado puro
29/01/2026
Roberto Montoya
Periodista, autor de ´Trump 2.0 (Akal, 2025)
“Trump, el imperialismo desbocado”. Así titulaba a cinco columnas El País su portada el pasado domingo 11 de Enero. “Una nueva era imperial para el siglo XXI” era por su parte el título de su suplemento Ideas del mismo día.
Posiblemente sea la primera vez en sus 50 años de historia que el periódico del poderoso grupo multimedia PRISA, con representantes del gran capital español y extranjero en su accionariado calificaba así la política exterior de EEUU en portada y de forma tan destacada.
No utilizó un lenguaje similar más que en contados artículos y columnas de opinión ni durante durante los ocho años (1981-1989) de ofensiva imperial de Ronald Reagan en Granada, Afganistán, Irán, Libia, Líbano o Centroamérica, ni con la Administración de George H.W.Bush (1989-1993) y su invasión de Panamá (1989) o la Guerra del Golfo (1991), ni tampoco con los dos gobiernos de su hijo George W.Bush (2001-2009) ante su invasión de Afganistán, Irak, y su Guerra contra el Terror a nivel planetario, precedentes imperiales solo de las últimas cuatro décadas.
Todo un síntoma de la gravedad del momento. El gran capital está preocupado y busca una estrategia para tomar posición, para enfrentar el nuevo escenario y reacomodarse ante él.
Un año antes de la Revolución Bolchevique, en 1916, Vladimir Illich Ulianov, alias Lenin, exiliado en Suiza, tomaba posición ante la I Guerra Mundial en su texto Imperialismo, fase superior del capitalismo, que se terminaría publicando en 1917.
Ante aquella guerra imperialista de batalla frontal entre grandes potencias por el reparto territorial del mundo y sus áreas de influencia el líder ruso ya analizaba que el uso extremo de la fuerza era el curso inevitable del capitalismo en su fase monopolista, cuando el Estado quedaba subordinado al capital de los monopolios.
Muchos de los ejemplos de monopolios de EEUU, Alemania, Francia o Reino Unido en la fase imperialista de fines del siglo XIX e inicios del XX que analizaba Lenin, las petroleras Estándar Oil, United Steel Corporation, la siderúrgica alemana Rheinisch-Westfälische Stahlwerke o las químicas BASF o Bayer, o los cárteles AEG-Siemens en electricidad o los británicos en acero y ferrocarriles, siguen estando ahí más de un siglo después.
El reparto del botín venezolano
La convocatoria de Trump en la Casa Blanca días atrás a casi dos decenas de representantes de la industria petrolera estadounidense y europea para invitarlos a invertir en Venezuela y hacerles partícipes minoritarios del suculento botín del petróleo venezolano volvió a confirmar el papel de estos monopolios.
Ninguno de esos CEOs presentes mencionó siquiera el ataque militar de EEUU contra Venezuela del pasado 3 de enero ni la gravedad del acto de guerra que supuso el secuestro por la fuerza de nada menos que el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Todos legitimaron con su silencio la acción imperialista. Asunto zanjado.
A ninguno de ellos pareció importarle tampoco la legitimidad de EEUU para apoderarse de la producción y exportación del petróleo de Venezuela y que Trump anunciara que controlaría los beneficios que su venta reporte. Trump utiliza el poder geoeconómico además del militar para apropiarse del petróleo venezolano e influir en flujos y precios en el mercado mundial, asegurándose que todas las operaciones comerciales se hagan en dólares y no en yuanes ni euros ni ninguna otra divisa.
Esos petrodólares son vitales para la economía estadounidense, para EEUU es imprescindible la fortaleza de su divisa, que el dólar siga siendo el referente, pieza clave para intentar evitar ese declive gradual pero irreversible de su hegemonía mundial.
Pero para los CEOs de las grandes corporaciones petroleras lo que importa ahora es hablar de negocios y se negocia con quien está al mando.
Las posturas en esa reunión en la Casa Blanca simplemente estuvieron divididas entre aquellos como el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, que de forma entusiasta anunciaba su disposición a triplicar la producción actual en dos o tres años y aquellos otros, como Exxon Mobil y ConocoPhillips –dos gigantes petroleros que abandonaron Venezuela cuando Hugo Chávez les obligó a pasar a ser accionistas minoritarios de Pdvsa o a retirarse- que mostraron su escepticismo ante la inversión a la que los invitaba Trump por la incertidumbre sobre la estabilidad social en Venezuela a corto y medio plazo.
Todos quieren garantías de que el imperio cumplirá, “por las buenas o por las malas”, como le gusta decir a Trump, que EEUU creará las condiciones necesarias en Venezuela para poder esquilmar sus enormes reservas de petróleo sin que las corporaciones estadounidenses o europeas vean turbadas sus operaciones por convulsiones políticas y sociales internas.
En el siglo XIX y parte del XX tanto los viejos imperios europeos como el joven imperio estadounidense imponían y protegían con las cañoneras de sus Armadas los intereses de sus grandes compañías. A pesar de las advertencias que ya contenía la Doctrina Monroe de 1823 a esos viejos imperios europeos de que no se atrevieran a operar en el continente americano, Venezuela fue motivo de bloqueo naval desde diciembre de 1902 a febrero de 1903 por parte de Alemania, Gran Bretaña e Italia.
El derecho a intervenir en los asuntos internos de cualquier país
Las flotas navales europeas bloquearon todos los puertos venezolanos y bombardearon instalaciones costeras para obligar a Venezuela a pagar deudas pendientes, y terminó siendo el Gobierno de Theodore Roosevelt el mediador entre las partes y garante de que las autoridades venezolanas cumplieran sus obligaciones.
EEUU salió reforzado con aquellos Protocolos de Washington de Febrero de 1903 que darían lugar al Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, por el cual el imperio estadounidense subió un escalón más en el control de su `patio trasero´: reivindicó su derecho y su deber para intervenir en asuntos internos de cualquier país del continente americano a fin de estabilizarlos.
A partir de ese momento Estados Unidos se sintió legitimado para defender con sus cañoneras los intereses de la entonces poderosísima United Fruit Company (UFC) invadiendo con sus marines Honduras en 1903, 1907, 1911, 1912, 1919, 1924, 1925 para reprimir revueltas sociales y proteger las plantaciones y el transporte de sus productos. Lo repitió en Guatemala en 1920 para enfrentar huelgas obreras; en Nicaragua de 1909 a 1933; en Panamá en 1903, o en Costa Rica en 1921.
Trump está reivindicando eso en la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada a fines de 2025, la vigencia de aquellos derechos y deberes de más de un siglo atrás.
Lo ha dicho con todas las letras en su Doctrina Donroe (oficialmente bautizada Corolario de Trump a la Doctrina Monroe): Estados Unidos no solo no permitirá injerencias de potencias extranjeras a lo largo y ancho del continente americano, sino que se arroga el derecho de intervenir en cualquiera de las decenas de países que lo integran para estabilizarlos si considera que pueden afectar la seguridad nacional de EEUU.
Décadas de sumisión y complicidad de la UE y de la OTAN
La mal llamada comunidad internacional aún no ha sabido responder a ninguna de las múltiples ofensivas imperiales que ha lanzado la Administración Trump desde que volvió a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025, hace ahora un año. No lo ha hecho ante la guerra arancelaria; no lo ha hecho ante la amenaza de anexionarse Canadá, de recuperar el control de Panamá o apoderarse de Groenlandia, ni tampoco frente al caso más grave, el ataque en toda regla contra Venezuela, contra su Gobierno, contra su soberanía.
En el caso de Venezuela el imperio innova, prueba un modelo inédito: pretende gobernar el país, controlar especialmente su economía, su principal producción, la del petróleo, sobre la base de amenazar a su Gobierno con completar su asfixia económica y financiera de años y con la amenaza de una intervención militar en toda regla. Nunca antes en su historia el imperio estadounidense intentó ese modelo sin haber ocupado militarmente el país previamente.
La UE y el resto de socios de EEUU en la OTAN tampoco han respondido al genocidio del pueblo palestino por parte de Israel con total complicidad de EEUU dejando que sea Donald Trump quien decida el Gobierno y el futuro de Gaza y Cisjordania.
Los socios de la Unión Europea –todos ellos, 27, miembros también de la OTAN- aceptaron igualmente de forma sumisa subir gradualmente sus presupuestos de Defensa hasta un 5% como mandó el emperador a costa de los bolsillos de todos los europeos, y a comprometerse a comprar armamento estadounidense para ayudar a Ucrania en su guerra con Rusia, una guerra evitable y perdida desde hace mucho tiempo.
Los líderes de la UE, el gran bloque del viejo continente llamado a ser un contrapeso mundial de primer orden sigue lamentando de forma resignada que el tsunami trumpista “rompe las reglas de las que nos habíamos dotado hace 80 años, tras el fin de la II Guerra Mundial».
Un relato comprado una y otra vez por políticos y medios de comunicación de distinto signo.
¿Cuánto hace que gran parte de esas reglas volaron por los aires? Se toman como referentes históricos de esa regulación del nuevo orden multilateral de democracias liberales post II Guerra Mundial que supuestamente habrían estado vigentes hasta el ataque a Venezuela del pasado 3 de febrero instituciones tanto políticas como financieras de primer orden.
En el plano político, en primerísimo lugar, la Carta de las Naciones Unidas y sus numerosas agencias, desde la OMC, la OCDE, la OIT, la FAO, la OMS, UNICEF, CIP, CIJ, UNRWA, cubriendo ámbitos tan amplios como la regulación de conflictos internacionales, tribunales de Justicia internacionales, el libre comercio, la alimentación, la sanidad, los derechos laborales, la cultura. A ellos debe sumarse la creación del FMI, el BM, o acuerdos como Bretton Woods.
Estados Unidos, el mismo país que poco antes del fin de la II Guerra Mundial utilizó bombas atómicas contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki para doblegar al imperio japonés matando a cientos de miles de civiles, jugó precisamente un papel protagónico de aquel diseño del nuevo orden mundial de posguerra. Y ese mismo país es el que viene violando sistemáticamente desde hace décadas aquel orden, aquellas instituciones, aquellas alianzas y tratados internacionales.
Han sido decenas las intervenciones militares directas e indirectas de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, en el sudeste asiático, en Oriente Medio y otras zonas del mundo durante la Guerra Fría y decenas los ejemplos de sus chantajes económicos e injerencias políticas tanto en ese largo periodo como tras el fin de ella, en 1991, después de la atomización de la URSS y el derrumbe de los países de Europa del este.
Hace muchos años que Estados Unidos incumple las reglas del libre comercio, que desata guerras comerciales, que chantajea a países con supresiones de créditos o ayuda militar o en la lucha contra las drogas exigiéndoles condiciones económicas draconianas para imponer los intereses de sus multinacionales.
Otros predecesores de Trump sembraron su camino
Hace muchos años también que Estados Unidos viola sistemáticamente el derecho internacional, que hace caso omiso a resoluciones de la ONU votadas por aplastantes mayorías, que viola en sus numerosas guerras de rapiña por el mundo las propias Convenciones de Ginebra, el más elemental derecho humanitario, e impide la acción y amenaza a la propia Corte Penal Internacional (CPI) o la Corte Internacional de Justicia (CJI).
¿Cuál es el salto que da ahora Trump, qué lo diferencia drásticamente de presidentes como Reagan o los Bush, padre e hijo? En el plano comercial Ronald Reagan impulsó en la década de los ’80 una política unilateralista pero combinada con negociaciones en el GATT y culminando con la creación de la OMC. Lo justificaba como una defensa del libre comercio.
Y en el plano político y de seguridad Reagan justificaba sus aventuras bélicas en Irak, Afganistán, Irán o Centroamérica en la batalla contra el comunismo, en plena Guerra Fría.
Su sucesor, George H.W Bush, reivindicaba por su parte el liderazgo de EEUU en la gigantesca coalición que llevó a cabo la Guerra del Golfo de 1991 contra Sadam Husein como un ejemplo de operación multilateral pos Guerra Fría, de “responsabilidad compartida”.
Su hijo, George W. Bush, respetó a su vez la centralidad de la OMC, los tratados de libre comercio, y justificó bajo el paraguas de su Guerra contra el Terror contra el terrorismo de origen islamista sus violaciones sistemáticas de los derechos humanos, del Derecho Internacional o las Convenciones de Ginebra. Bush ‘junior` logró para ello la complicidad de sus socios de la UE y de la OTAN en las nuevas guerras de Afganistán, Irak, o en los vuelos de la CIA, o en el laboratorio de terror de la prisión de Guantánamo, abierta en enero de 2002, hace ahora 24 años.
Trump ha ido ya en un solo año mucho más lejos que sus predecesores. El magnate republicano no busca excusa, cuestiona el propio sistema, el propio orden mundial consensuado tras el fin de la II Guerra Mundial al que califica de nocivo para Estados Unidos. Cuestiona a la ONU y a todas sus agencias, rechaza cualquier regla del libre comercio, y rompe con más de 60 tratados internacionales.
Su amplísima concepción de lo que supone la seguridad nacional de EEUU y las amenazas que asegura se ciernen sobre ella le llevan a considerar como potenciales adversarios o enemigos a cualquier país o bloque de países -incluidos los hasta más estrechos aliados, los miembros de la UE y la OTAN- que no acepten sus decisiones imperiales, sean estas de tipo comercial, financieras, políticas o militares.
La extrema debilidad económica, política y de Defensa de una UE profundamente dividida, al igual que sucede en el seno de la OTAN, dificultan extremadamente una rápida y sólida respuesta a los delirios imperiales de un Trump al que ni las propias instituciones ni la sociedad estadounidenses parecen tener mecanismos para frenarlo, y tampoco encuentra por el momento reacciones de calado por parte de China o el resto de los BRICs, la otra mitad del mundo.
Sí, acertó esta vez El País al titular su portada Trump, el imperialismo desbocado.
El monstruo de las trumponomics: de entre la crisis de onda larga del capitalismo y las élites depredadoras por un mercado global hacia el estancamiento
27/01/2026
Daniel Albarracín Sánchez
Profesor del Departamento de Economía Aplicada II de la Universidad de Sevilla. Economista y Sociólogo
El león acorralado es el más peligroso. Vuelta al Unilateralismo
La actual fase capitalista de crisis, coincide con el declive de la hegemonía estadounidense. La violencia de la nueva Administración Trump ha roto el marco sociohistórico de la globalización multilateral librecambista que regía desde los 90. El gobierno de EEUU trata de constituir unilateralmente, mediante la fuerza y el chantaje, nuevas reglas, con el objeto de conservar su poder imperial, ante el sorpasso de potencias emergentes, para afianzar su “espacio vital”.
Podríamos remontarnos, sin embargo, más atrás de 2017 para encontrar las raíces de la nueva fase política unilateralista en EEUU, antesala del cambio paradigmático en las políticas ante una globalización que ha llegado a sus límites. Las medidas unilaterales no son rara avis en la historia del principal imperio militar de nuestra era. Este es un intento más
Tras un primer mandato, Trump, representante del poder corporativo privado, grandes tecnológicas y grupos ultraconservadores autoritarios, ha vuelto al poder y puesto en marcha su programa de máximos, plasmado en su Estrategia de Seguridad Nacional, tanto contra el “enemigo interior” como contra sus adversarios extranjeros. En un mundo multipolar geopolíticamente tenso, EEUU persigue afianzar la hegemonía del dólar, ampliar el “espacio vital” del imperio económico y territorial yanki, socavar el desarrollo de enemigos históricos, y apropiarse de recursos de otros para su proyecto neoimperial y tecnoindustrial.
EEUU, desde la caída del Telón de Acero y hasta ahora, era la economía que lideraba el mundo casi sin contestación. Sin embargo, al menos dos fenómenos amenazan, aunque sea a fuego lento, ese liderazgo.
El primero, es la larga crisis de onda larga, que tuvo su inicio en los años 70 y se intensifica desde 2008. Atravesamos una etapa de acumulación débil, errática y contradictoria, con crisis más frecuentes y recuperaciones frágiles. Descartada la redistribución por las élites, la situación impide pactos sociales estabilizadores amplios.
El segundo consiste en la ascendencia económica y geopolítica de China que, junto a otras economías y el propio gigante asiático, forman los BRICS. Los BRICS, con el 45% de la población mundial, representaban, en 2024, un 25% del comercio mundial en el PIB mundial nominal. Unos BRICS que avanzan en su colaboración, aunque con tensiones internas, con acuerdos que podrían deparar la formación de una nueva moneda de referencia internacional con el renminbi digital en su núcleo. Un polo emergente que, con todo, rivaliza con la vieja potencia, y que, no obstante, no proporciona una alternativa al capitalismo.
En este nuevo contexto, las élites estadounidenses operan agresivamente y a la desesperada, y tratan de detener el ascenso de China. Lo hacen de una manera que se les puede volver en contra, poniendo, además, en peligro existencial a la humanidad. De lo que se trata, para poder criticar y combatir ese proyecto, es de comprender su naturaleza.
Trump inauguró su mandato con un giro proteccionista. En el “Día de Liberación” proclamó una tabla de aranceles exorbitantes, que luego ha ajustado según la respuesta más o menos sumisa de sus competidores o, en su caso, cómo látigo político selectivo.
Sus políticas, para los liberales bienpensantes, son la expresión de un delirio inexplicable. Pero tras su primer año de gobierno, la perplejidad debe dar lugar a la interpretación de la racionalidad de su proyecto y sus consecuencias. Este proyecto promovido por la ultraconservadora Heritage Foundation, plasma en su informe Project2025 la agenda al servicio de determinadas élites, encabezadas por el complejo industrial-militar y las grandes tecnológicas. El Estado abre las puertas a que ocupen directamente puestos de mando en el gobierno, aunque con tensiones internas en un difícil equilibrio entre las Big Tech, los halcones militaristas y Wall Street.
Se trata de un proyecto que da forma a una nueva generación de medidas estatales, favorables a las grandes corporaciones. Lo hace también, a su interno, con una política social xenófoba, supremacista y reaccionaria, con el objeto de afianzar los privilegios de una minoría de ultrarricos bajo ideologemas patrióticos, teocráticos, egoístas y agresivos. Refuerza así la jerarquía social, que, lejos de prometer más peldaños hacia arriba, en la escalera social crea nuevos hacia abajo, para disciplinar, atemorizar, segmentar y abaratar el empleo de la fuerza laboral.
La economía política de las Trumponomics
Según Brenner y Riley (2024), en un contexto de estancamiento como el que nos afecta, las medidas de redistribución se tornan un juego de suma cero. De modo que los actores capitalistas se organizan para influir en las políticas públicas presionando a favor de políticas que les sean favorables, en contra de otros.
Trump ha impulsado una formulación económica basada en el proteccionismo y la reindustrialización de EEUU. La política proteccionista trata de incentivar el regreso del capital a EEUU.
Los aranceles han desempeñado el papel de amenaza y señuelo para una nueva jerarquía con EEUU como estrella central que negocia uno a uno con el resto, para doblegar y asentar reglas de vasallaje bilateral. Un movimiento de ajedrez ideado para algo más ambicioso.
Tiene ecos del Imperio Británico decimonónico, en una época donde el mundo está lleno y es más complejo. Ahora EEUU se encuentra en un mundo saturado, en un contexto en el que se ve superado, y en el que la fuerza militar se libera de diplomacias.
La economía política de las trumpnomics persigue cuadrar tres cosas difícilmente compatibles:
En 2025 el dólar ha perdido un valor de un 10% respecto a las principales divisas (Roberts, 2025). Esto puede reactivar en parte la re-relocalización del capital industrial en EEUU (sea estadounidense, alemán o japonés). Potencia la competitividad de sus exportaciones. No obstante, este movimiento también conspira en sentido contrario. Devalúa el valor del capital invertido en esa moneda. Con las crisis, al ser un país fuerte, el dólar solía apreciarse, a pesar de contar con una moneda fiduciaria. En esta ocasión, las inversiones están desviándose para acaparar oro, en máximos históricos, un activo-refugio aún más básico y seguro, que protege de la inflación que la política arancelaria causa.
El valor del dólar no guarda correlación con la producción de su país, dado que depende de lógicas globales, las transacciones del petróleo nominadas en dicha divisa, o de la compra de bancos centrales para reposicionar sus monedas nacionales, entre otros factores. Con ello, EEUU puede financiar presupuestos, planes de inversión, su deuda y déficit comercial como ninguna otra economía. Por eso, la clave de bóveda para los intereses financieros estadounidenses es que el dólar siga siendo la divisa de referencia internacional. No puede admitir que el petróleo se pague en otra moneda. Recordemos que se libraron guerras, lideradas por EEUU, contra el Irak de Sadam Hussein, porque quería nominar los intercambios del petróleo en euros. También contra Gadafi porque quería impulsar el Dinar como moneda regional para parte de África. A Maduro le han secuestrado porque transaccionaba su petróleo en algo diferente al dólar.
En tercer lugar, al equipo de Trump presiona hasta lo indecible al gobernador de la Reserva Federal, Jerome Powel, para reducir los tipos de interés, en contra del mandato de control de la inflación. Finalmente, en 2025 bajaron del 4% al 3,75%. El nuevo gobernador que venga posiblemente los baje más.
Será difícil cuadrar el círculo.
Primero, porque la política de re-relocalización empuja a la reapreciación del dólar. Segundo, porque si se deprecia erosiona la credibilidad de la moneda fiduciaria por antonomasia. Tercero, porque reducir los tipos de interés, abarata las inversiones internas, pero hacen menos atractivo al capital extranjero invertir en suelo estadounidense. Más aún en una feroz competencia global donde hay adversarios más eficientes y rentables, especialmente en países emergentes. De ahí el papel de la Ley “Grande y Hermosa”, como regalo a los ultrarricos y reclamo en forma de devaluación fiscal del capital, para retenerlo o atraerlo, y compensar el sentido de las otras medidas y sus consecuencias.
El proteccionismo sirve políticamente para disciplinar, pero esconde trampas importantes también para el propio capital estadounidense. El negocio del capital estadounidense transnacional depende fundamentalmente de los beneficios extraídos por sus inversiones en el extranjero. El déficit comercial, que pareciera obsesionar a Trump, es un asunto muy secundario para los intereses del capital estadounidense. Ese déficit comercial implica que otros países exportan más a EEUU que al contrario. Muchos bienes fabricados fuera vuelven a EEUU, o países intermedios con menores aranceles que China, para reexportarse a EEUU. La inversión industrial que se re-relocalice, no sabemos con qué alcance, proporcionará un rendimiento muy inferior a los beneficios internacionales de los grandes grupos multinacionales, que solo en una parte volverán, como planea, por ejemplo, Apple, para no verse sancionados por los aranceles y los contingentes que limitan el comercio.
Asimismo, una política de industrialización eficaz requiere una coordinación o política de planificación industrial ajena a la tradición neoliberal estadounidense. Aunque Trump, inspirado por China, está corrigiendo selectivamente esto en algunos sectores. El Estado reduce una décima parte de la función pública federal, con un gasto público que ha pasado del 39,4% con proyecciones al 35% a finales de 2025, incluyendo un cierre parcial y temporal del sector público, desprotegiendo socialmente a la población. Sin embargo, no renuncia a una intervención selectiva en relación con sectores estratégicos específicos. Aunque está lejos en sí de un capitalismo dirigido de Estado, como el chino, justificándose en razones de “seguridad nacional”, el Estado adquiere parcialmente empresas estratégicas (US Steel en el acero, MP Materials en defensa y tierras raras, Intel en chips…) o establece fórmulas de control de exportaciones (de NVIDIA y AMD, para la venta de chips a China a cambio de un 15% de ingresos).
Pero la cuadratura del círculo solo se completa si se crea empleo para sus votantes. Ahora bien, durante 2025 el empleo se estancó, según el Bureau of Labor Statistics estadounidense, con una tasa de paro del 4,3% en agosto, la más alta desde 2021. Debido a la automatización y digitalización, la porción dedicada por parte de la nueva inversión a la creación de empleo es cada vez menor en el sector industrial.
Por último, la política proteccionista es una vía torpe para ganar competitividad. Pone palos en la rueda a los competidores. Pero sin una política de inversión, planificación, desarrollo de la ciencia e innovación no mejorará la eficiencia de su propia economía. ¿Quizá estamos ante la antesala para bajar los salarios reales e intensificar más aún el trabajo siendo estas las vía de la recuperación de la competitividad y de la tasa de ganancia en EEUU?
El proteccionismo puede servir como fórmula punitiva de disciplinamiento. Pero sus consecuencias macroeconómicas son perjudiciales y desequilibrantes:
¿Qué hacer?
Se está rompiendo un régimen de acumulación capitalista e inaugurándose otro, mucho más devastador. La alternativa tiene que tomar en cuenta seriamente retos del siguiente calibre:
Urge la construcción de alianzas supranacionales solidarias que fortalezcan estructuras de cooperación mutuamente favorables, con arquitecturas económicas que integren y hagan converger en términos reales a los territorios y los pueblos. Hay que mirar con prioridad a América Latina, ahora amenazada. Las relaciones internacionales que se desarrollen no deben admitir subordinaciones a ningún imperio, sea en Occidente o en Oriente, ni menos a ninguna de sus oligarquías. El modelo no puede replicar el proteccionismo punitivo ni el librecambismo competitivo, que solo benefician a unas u otras élites, sino basarse en acuerdos de colaboración y complementariedad regulados para garantizar que los intercambios económicos y la producción se hagan sobre las bases de la solidaridad internacional y el respeto a la soberanía económica estratégica de cada pueblo (energética, alimentaria, medioambiental, de servicios públicos, laboral) con estándares de protección regulada más elevados, que sean el sustento de una democracia real.
No hay atajos
22/01/2026
Yayo Herrero
Antropóloga ecofeminista
En el libro Contra el autoritarismo de la libertad financiera, las pensadoras y activistas argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero realizan, refiriéndose a Argentina, una reflexión que me parece generalizable al momento que atravesamos a escala global.
Señalan que el sistema de gobernanza en la Argentina de Milei se apoya en tres vectores. El primero es la capacidad de destrucción. El segundo es la instauración de una política del shock que a golpe de decretos gubernamentales consolida esa destrucción. El tercero es la ostentación de una brutal crueldad que festeja y celebra de forma obscena los efectos de la destrucción. No son cosas nuevas. Lo novedoso, señalan las autoras es la intensidad y la velocidad vertiginosa con la que se aplican y el aturdimiento y desorientación que generan.
Comenzamos 2026 con la intervención de EEUU en Venezuela. El secuestro violento -con casi un centenar de personas muertas- del presidente y su esposa, la bravuconería con la que sin ningún tipo de disimulo se reivindica la posesión del petróleo o el derecho a expulsar a China del mapa de relaciones comerciales con Venezuela u otros países, las amenazas a otros estados latinoamericanos y a Groenlandia, las secuelas de los bombardeos en Irán, Siria, Sudán o Nigeria, la ejecución televisada de Renee Nicole Good por parte del ICE (la agencia federal encargada de identificar, detener y deportar a inmigrantes en situación irregular), la guerra en Ucrania o la continuidad, por diferentes medios, del genocidio contra el pueblo palestino que se lleva perpetrando, por todos los medios, desde el otoño de 2023.
Intramuros, las elecciones en Extremadura desvelan un PSOE en declive, una izquierda que sube mucho más de lo esperable en otros territorios, pero no capta lo que pierde el PSOE, un PP que se sostiene y se arrima a una ultraderecha que crece con vigor. Es una trayectoria que se repite en otros lugares de Europa. Se dice que la economía española, va como un tiro y, a la vez, los datos sobre precariedad y garantías de necesidades básicas son peores.
Para comprender la fuerza con la que ha emergido la ultraderecha en tantos lugares a la vez, es preciso reconocer en toda su complejidad la policrisis que atravesamos. Una crisis política y social en la que se evidencia la profunda erosión de la democracia y el surgimiento de una ola autoritaria, represiva y militar. Un desmoronamiento del orden que se había construido a partir de la Segunda Guerra Mundial que tiene como vector de fondo una profunda crisis ecológica con frecuencia ignorada o, a mi juicio, insuficientemente analizada y reducida a la dimensión climática, a su vez reducida al cálculo del CO2.
Sin negar otras perspectivas complementarias y necesarias, creo que lo que vivimos ahora es, sobre todo, el resultado de haber construido una forma de organizar la vida en común que colisiona con la trama de la vida de la que formamos parte.
Cuatro siglos después de que Francis Bacon soñara con un progreso humano que dominase la naturaleza y la estremeciese hasta sus fundamentos, es innegable que la trama de la vida ha sido sacudida, pero a costa, como señala la mejor información científica disponible y la experiencia cotidiana de millones de personas, de poner las vidas en riesgo.
En 2022, en una entrevista realizada con motivo del cincuenta aniversario del informe sobre los límites al crecimiento, Richard Heinberg preguntó a Dennis Meadows hasta qué punto sus previsiones se ajustaban a lo que había sucedido en realidad. Meadows afirmó lo siguiente: “tengo que decir que el mundo se está moviendo por lo que nosotros denominamos, en nuestro informe de 1972, el escenario estándar. Es una imagen agregada del sistema global, que muestra crecimiento desde 1972 hasta 2020 más o menos, y luego, durante la siguiente década o dos décadas, las tendencias principales llegan a un techo y comienzan a descender. Yo aún considero ese modelo muy útil para comprender lo que leo en los periódicos y para intentar pensar en lo que va a venir a continuación”.
Meadows insistía en que incluso haciendo el ejercicio fantasioso de eliminar el cambio climático como problema, se necesitarían cambios de un enorme calado. “No hay manera de sostener a 8 mil millones de personas en niveles de vida que sean remotamente parecidos a los que nos hemos acostumbrado a esperar (…) A medida que países como los EEUU y China se hagan dependientes de importaciones para sostener sus estándares de vida, como son ahora con respecto al petróleo, comenzarán a poner en práctica medidas políticas, militares y económicas para obtener el control de esos activos en el exterior. “
La contradicción entre el capital y la vida que los ecofeminismos denuncian desde hace decenios se expresa de forma cada vez más violenta. La cuestión es cómo hacerle frente. Grosso modo hay dos formas de hacerlo. O se recorta por el lado de la vida o se apunta a una transición ecosocial justa basada en la suficiencia, la redistribución y la garantía de la vida decente para todas las personas.
Ulrich Brand y Markus Wissen denominaron modo de vida imperial a las relaciones entre seres humanos y de estos con la naturaleza, basadas en la desigualdad, el poder, el dominio y la violencia que hacen posible el modo de vida cotidiana en los lugares de privilegio.
Creo que hay leer la actual emergencia de la ultraderecha, el contexto de rearme y de violencia contra las poblaciones como la respuesta distópica y cruel que dan sectores protegidos por el poder político, económico y militar a la crisis ecosocial. Vivimos un momento de expulsiones generalizadas que equivalen a una selección salvaje que afecta a personas, otros seres vivos, agua, tierra y aire. Se actúa brutalmente como si el único problema fuese que sobra gente.
La crisis ecosocial abordadas desde el modo de vida imperial es, a mi juicio lo que explica esta emergencia feroz, veloz y violenta de las ultraderechas. Es lo de siempre, pero cada vez de forma más intensiva y acelerada. La política y la economía se aplican violentamente para defender el derecho a la rapiña. Petróleo, gas, minerales, agua, territorio, casas, cuidados, cosechas o tiempo de gente. Ahora ya no hace falta disimular ni disfrazarlo de otras causas más presentables.
William Robinson acuñó el concepto de estado policial para mostrar el carácter emergente de la economía y sociedad globales como una totalidad represiva cuya lógica es, a la vez económica, cultural y política. Según Robinson, la propia economía depende cada vez más de la evolución e implantación de esos sistemas de guerra, control social y represión que se convierten en medios para obtener beneficios y seguir acumulando capital frente al estancamiento económico, una especie de acumulación por represión. Las élites han desarrollado un interés particular en la guerra, el conflicto, el lawfare, la desinformación y la represión como formas de acumulación, que permea y cala en el conjunto de la sociedad.
El problema es que las izquierdas y las visiones de derecha algo más moderadas están siendo arrastradas hacia ese terreno político oscuro. Los gobiernos progresistas se enfrentan a la contradicción entre el realismo de favorecer la acumulación en sus territorios y la necesidad de conseguir legitimidad política. Surgen políticas desconcertantes y contradictorias en los discursos y las decisiones. Las crisis de legitimidad son cada vez más intensas. La retórica del mal menor se hace constante y en un contexto de malestar y decepción, desmoviliza y paraliza.
El resultado es una tendencia a la fascistización. Las sociedades se adentran en un terreno resbaladizo, los gobiernos no atajan la cuestión central, el conflicto entre el capitalismo y las condiciones de vida en un contexto de contracción material y le allanan el camino a las ultraderechas que se convierten en el refugio para los desahuciados políticos.
Hace unas semanas un artículo de Eloi Gummà y Roc Solà en El Salto analizaba el trabajo político que está siguiendo La France Insoumise (LFI) en Francia. Con 450.000 militantes -no solo seguidores de una red social-, LFI defiende que la construcción de un pueblo activo en el contexto de emergencia actual implica un gran esfuerzo de construcción de un movimiento de masas. Campañas, momentos y espacios, puerta-a-puertas, implicación en las luchas de base y en lo que causa los malestares cotidianos…
Conciben la propia acción como “un gran movimiento de educación popular”. No se autopresentan como un partido de vanguardia, sino como un movimiento político que pretende estimular la autoorganización. Insisten en que la emancipación de las clases populares debe ser obra de las mismas clases populares. Pienso que el éxito de Mamdani, sin despreciar, la creatividad del uso de las redes sociales, tiene más que ver con la fuerza y alegría fundamentada que provoca la organización y la creación de movimiento.
Se insiste en que hay que plantear alternativas para ilusionar. Cualquiera de nuestras alternativas, ya sea energética, de movilidad, de producción de alimentos o cuidados, corre el riesgo de convertirse en monstruosa si se desarrolla bajo la misma lógica de un capitalismo administrado por el fascismo del fin de los tiempos, como señala Naomi Klein.
Tenemos experiencias de luchas, colaboraciones público-sociales o autoorganización que permiten decir que no faltan ideas para encarrilar una transición ecosocial justa pero hay que reconocer que los imaginarios dominantes no comparten muchas de ellas. Es por ello, que creo que el trabajo de disputa de imaginarios es clave. Y no se hace solo diseñando campañas en laboratorios de ideas, sino trabajando donde la vida duele y pesa, desarrollando un lenguaje mínimamente comprensible, pero no edulcorado ni infantilizador.
Es urgente, creo, abolir una suerte de elitismo que permite determinar lo que “la gente” es capaz de entender o soportar. Nos encontramos en un momento en el que ya no podemos tomar atajos.
Trump, capitalismo y desorden
20/01/2026
Ignacio Muro Benayas
Director Fundación Espacio Público
La ficción puede ser, a veces, la mejor forma de acercarse a la realidad-real. Trump y sus constantes espasmos geoestratégicos pueden considerarse el resultado de un guion distópico e irreal pero también la expresión de la cruda realidad que no queremos ver. Quizás lo que ocurre es que la sociedad actual esté tan mediatizada, tan acostumbrada a la ”realidad ficcionada”, que no le cabe en la cabeza que las posiciones de Trump son reales y forman parte de un plan meditado basado en causas objetivas.
Habría que preguntarse si cierta “falsa conciencia” se ha adueñado durante décadas del pensamiento racional, que concebía el progreso como el resultado de un determinado nivel civilizatorio que no permitiría volver a planteamientos primitivos. Como si las clases subalternas del Occidente, incluidos las élites y grupos empresariales de Europa, en vez de concebir la realidad existente como fruto de un equilibrio de fuerzas sociales o modos de poder transitorios, hubieran asumido una ficción de estabilidad global y permanente, basada en unos principios que no eran tales y que ahora desaparecen. Conviene preguntarse si la multilateralidad, el Estado de Bienestar, o la democracia basada en el imperio de la ley, eran el resultado de un nivel civilizatorio sin retorno.
La pregunta clave es si se cree que se restaurará el mundo de antaño, si solo vivimos un episodio pasajero o es el comienzo de un periodo brutal que necesita tocar fondo, en el que los intereses se presentan directamente sin ocultarse en ningún “relato” más o menos sofisticado.
Dinámicas que se cruzan
El neoliberalismo y la globalización multilateral fue la opción de poder de las grandes corporaciones y de una especialización productiva impulsada desde el indiscutible liderazgo norteamericano y el mundo anglosajón. Esa lógica desplazó la actividad y el empleo productivo hacía China y Asía sin que de ese desequilibrio se vislumbrara, en ningún momento, un desplazamiento del centro de gravedad del poder.
Diseñar en California y fabricar en Shenzhen era la lógica de la división del trabajo que se exportaba al mundo, asumida como un mantra que favorecería la hegemonía de Occidente y el liderazgo en la innovación. Esa lógica se universalizó a todos los sectores productivos, desde la alimentación a la sanidad, desde el automóvil a las tecnológicas.
Esa dinámica ocultaba otra disputa esencial sobre la lógica de la creación de valor entre las economías de China y EEUU. Por un lado, el capitalismo corporativo occidental ha basado la creación de excedentes en una lógica financiera de desposesión de rentas basado en prácticas oligopolistas y en la captación de los órganos reguladores de los Estados nacionales o entidades supranacionales, como la UE.
Los excedentes empresariales adoptan una lógica rentista no solo en las finanzas. Los beneficios de las energéticas o las farmacéuticas y de otros sectores tienen poco que ver con la extracción de plusvalías a sus trabajadores y mucho con la captación de rentas a sus clientes y usuarios amparados en situaciones de privilegio. Si en algo han destacado las tecnológicas es, precisamente, en su capacidad para convertir ese modo extractivo en la esencia de su negocio global, basado en el control y explotación de datos, al margen de cualquier control estatal.
Esa dinámica está interiorizada en todas las corporaciones multinacionales y ha pasado a formar parte del acervo común. Si Trump se puede presentar como un emperador “eficaz” en la gestión de conflictos es porque los modos de gobierno de las grandes corporaciones llevan décadas educándonos en la figura del primer ejecutivo como monarca absoluto que maneja la gestión de las corporaciones, sin contrapeso alguno, con el único fin de crear valor al accionista.
También, por abajo, se ha asumido con naturalidad una mítica perversa. Si el trabajo se externalizaba o deslocalizaba era porque se despreciaba, porque era tratado como una commodity, algo indispensable pero indiferenciado e intercambiable, incapaz de generar valor diferencial. Solo el trabajo intelectual de alto valor merecía ser retenido porque era la fuente de innovación. El elitismo del capitalismo neoliberal lleva justificando la desigualdad amparado en la jerarquía vertical de la toma de decisiones hasta formar parte de consensos académicos y sociales, mientras se devaluaba la participación.
Es curioso que sea la administración de Trump la primera que verbaliza explícitamente esa estrategia como equivocada. El vicepresidente JD Vance ha señalado como un error retener en el territorio exclusivamente las fases creativas y de diseño, que se entendían como adecuadas y suficientes para favorecer la innovación. “Nos equivocamos. Resulta que las zonas geográficas que fabrican son muy buenas diseñando cosas. Hay efectos de red, de modo que a medida que mejoraban en el extremo inferior de la cadena de valor, también empezaron a alcanzarnos en el extremo superior. Nos apretaron por ambos extremos”.
El resultado es que productividad, industria y mejores salarios son reconocidas ahora como deseables y convergentes. La cuestión es hasta qué punto pueden conseguir esa convergencia. Su respuesta es ideológica e irreal: para ello, se debe bloquear la inmigración, entendida como “droga” que vicia con costes bajos la lógica empresarial, un argumento “ad hoc” que da valor económico a la xenofobia.
Ya antes en la administración de Joe Biden se intentó abordar con su programa de incentivos para liderar el Green New Deal, que fue también expresión de la preocupación creciente en las élites norteamericanas por la consolidación de China como una alternativa real de cara al futuro.
Innovación y poder en China
Analizar los elementos claves del desarrollo económico de China es un asunto central para comprender el momento en que se encuentra el mundo.
Parece evidente que el PC chino dirige la economía, marca sus pautas hacia la innovación tecnológica y disciplina a las grandes corporaciones privadas. Se pueden discutir los límites y conflictos de su modelo, (para algunos, socialismo de mercado y para otros, capitalismo de Estado), y, en particular, el desinterés por la implantación de modelos de gestión participativos propios de la democracia económica, pero no su determinación.
El Estado chino establece marcos regulatorios claros y está representado por grandes empresas públicas con gran peso en los sectores estratégicos (finanzas, energía, infraestructuras, telecomunicaciones) pero tolera la gestión independiente en las grandes corporaciones privadas, priorizando la creación de excedentes y que estos se reinviertan internamente en programas de I+D+i siguiendo las prioridades sectoriales marcadas.
En paralelo, China está implementando un programa de infraestructuras públicas que integran redes de alta velocidad con puentes, puertos y canales con el fin de vertebrar el territorio y revolucionar la logística. El resultado es que los tiempos de respuesta de las transacciones y los intercambios, variable fundamental de la productividad agregada, se reducen, año a año.
La inversión productiva y el crecimiento son el centro de su modelo económico. El resultado es que, con datos del Banco Mundial, la capacidad de inversión china, expresada en “formación bruta de capital fijo” se mantiene en un promedio del 40% de su PIB, (41,1% en 2023) mientras EEUU se sitúa en el entorno del 22% de su PIB, lo que supone que no solo le casi duplica en términos relativos, sino que también le supera en términos absolutos.
EEUU y China están confrontando, además, dos conceptos de innovación. En EEUU se asocia a pequeñas startup, luego convertidas en líderes globales, destinadas a crear nuevas dinámicas en servicios de interacción ciudadana… pero desconectada de los procesos productivos. En cambio, la innovación de procesos, en la que China sobresale, se ha demostrado determinante para impulsar y modernizar su amplia base manufacturera. Las llamadas “tres nuevas industrias”, (vehículos eléctricos, baterías y energía renovable), ya contribuyen con un 40 por ciento estimado al crecimiento del PIB de China.
Su éxito confirma que el progreso tecnológico depende, en última instancia, de la capacidad de sincronizar los esfuerzos de una nación o una comunidad territorial, para difundir y diseminar la innovación a fin de escalar e impulsar la productividad agregada y el crecimiento potencial. Los programas de subvenciones del Gobierno chino afectan a todas las fases de los procesos productivos. En la industria de los semiconductores, se los conceden a las empresas de las fases iniciales de la producción, a los proveedores de productos y componentes intermedios y a los compradores de los productos finales. Ese esquema busca “desarrollar un nuevo ecosistema tecnológico desde cero” a una velocidad y escala sin precedentes que ya estaba testado en sus exitosas experiencias en productos de fabricación de gama baja y media.
EEUU y el reto de un nuevo orden internacional
El miedo de las élites norteamericanas es comprensible. El dólar y el poder tecnológico y militar han sido los tres pilares de la hegemonía de EEUU en las últimas décadas, suficientes mientras su liderazgo ha sido indiscutible. La cuestión es vislumbrar si pueden seguir siéndolo cuando la creciente importancia económica y tecnológica de China la perfila como una amenaza real y abre un período marcado por la disputa de liderazgo mundial en muchos campos.
Incluso desde la ortodoxia económica se admite que EEUU vive por encima de sus posibilidades. En las últimas décadas, su liderazgo ha estado acompañado de desequilibrios económicos estructurales, los denominados “déficits gemelos”, expresados en las cuentas públicas y en el balance exterior por cuenta corriente, que eran compensados por su capacidad para financiarlos captando capitales del resto del mundo.
El nivel de consumo de sus empresas y familias ha estado dopado con constantes programas de financiación y de estímulo de dos tipos: por un lado, a través de presupuestos expansivos, especialmente en gasto militar soporte de un complejo industrial que hoy concierne especialmente a las propias empresas tecnológicas. De otro, rebajando los impuestos para facilitar la demanda disponible. En esencia, su economía es una gran maquinaria de consumo e innovación que es financiado por el resto del mundo.
Desde hace un lustro, algo ha cambiado. La crisis del COVID-19 fue algo sobrenatural a la lógica del capitalismo, pero natural para los más atentos a la crisis medioambiental en ciernes.
Las rupturas de las cadenas de suministro que habían dado soporte a la globalización neoliberal apuntaban a una reestructuración profunda de los mercados de capitales. Si cada potencia debía internalizar sus suministros estratégicos, si la globalización se fragmentaba en bloques regionales, la disponibilidad de flujos de capital globales excedentarios que hasta ahora habían permitido financiar los déficits estructurales de la economía de EEUU podrían disminuir y ahogar su economía. La autonomía estratégica de cada bloque, que hasta ahora habían sido exportadoras de capital hacia EEUU, obligaba a atender las mayores necesidades de inversión en sus territorios.
EEUU debía mostrarse decidido a impedirlo, dando los pasos necesarios para disciplinar, al menos, al mundo desarrollado y poner límites a su “autonomía estratégica”. Esa disciplina debía dirigirse a sus principales socios: Japón, Reino Unido, Canadá o Corea. Pero sobre todo a la UE en tanto que principal centro comercial del mundo.
Por un lado, debían asegurarse su apoyo incondicional en conflictos bélicos que afecten a su hegemonía; por otro, imponer límites, y restricciones, al menos, en los espacios de la energía, la defensa y la tecnología. Y también en el comercio para asegurarse que el dólar sigue siendo la moneda de intercambio.
Todo lo que afecta al dólar, principal activo que garantiza la hegemonía norteamericana, es un potencial casus belli. Aunque a corto plazo no hay ninguna moneda alternativa (ni el euro ni el yen ni el yuan lo son) el riesgo nace de la diversificación deseada de los bancos centrales y los fondos e instituciones inversoras. De hecho, desde hace años, los países del grupo de los BRICS diversifican sus reservas. Y China y Japón, los principales tenedores de activos estadounidenses, ha expresado su voluntad de disminuir deuda nominada en dólares. Parece evidente que, en la medida que China se consolida a ojos del mundo como competidor estratégico de EEUU, en algún momento aparecerán motivos para provocar un golpe de timón de uno u otro lado.
La inestabilidad del actual equilibrio genera suficientes razones para levantar las alarmas. EEUU necesita “un nuevo orden” que le asegure la hegemonía, y el golpe de timón debía ser visible para hacer evidente su determinación. Y ese modo tenía todas las papeletas para adoptar formas imperiales más o menos crudas.
Ello solo puede ser posible, si, la política se impone a las lógicas económicas. Si, en el exterior, se imponen las lógicas imperiales y el vasallaje más extremo. Y si, en el interior, el aparato coercitivo es capaz de imponerse con métodos autoritarios a las instituciones y pautas profesionales que comparten consensos del pasado y si se introduce disciplina en el establishement hasta hacer inoperantes los contrapoderes democráticos. Esos son los rasgos imprescindibles del nuevo orden, necesariamente con modos neofascistas. Hasta ahora lo está consiguiendo
Mar-a-Lago: aranceles, industrialización y relaciones de servidumbre
Procede ahora un rápido balance del primer año de Trump, comparándolo con las políticas programadas. En su discurso del 7 de abril de 2025, Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores Económicos de EEUU del gobierno de Donald Trump defiende que su país proporciona dos llamados «bienes públicos globales»: protección militar a través de su red mundial de bases militares y el papel del dólar como moneda de reserva mundial. Este rol no es sostenible porque, dice, ha “diezmado” la industria manufacturera de EEUU y generado déficits comerciales “insostenibles”. Y postula que es posible mantener la hegemonía del dólar y reformar el sistema al mismo tiempo siempre que el resto el mundo asuma los costes que conlleva ese dominio.
El Acuerdo de Mar-a-Lago que redondea esa estrategia, requiere que el dólar no se aprecie, porque un dólar revalorizado compensaría parcialmente las políticas arancelarias que abandera Trump y generaría inflación interna y descontento social. Y eso supone, inducir (obligar, más bien) al resto del mundo a adquirir deuda norteamericana a largo plazo con rendimientos bajos, más bajos incluso que la inflación. Pues bien, el dólar se ha desvalorizado respecto el euro un 11,77% a lo largo de 2025. La inflación acumulada en 2025 ha sido de 2,7% algo inferior a la de 2024. La batalla inmediata de Trump es conseguir que el Tesoro rebaje los tipos de interés.
Algunas conclusiones rápidas
La cuestión es inducir hasta qué punto estos “éxitos” son consistentes y estables o si es previsible un retorno al orden basado en reglas y un reequilibrio que favorezca a las fuerzas democráticas que abogan por hacer valer “la ley y el orden” convertido ahora en lema de resistencia cuando hasta ahora fue el martillo utilizado por las fuerzas conservadoras.
La dimensión de los tiempos de respuesta es decisiva. EEUU debe frenar a cortísimo plazo un desequilibrio que, a medio plazo, favorece a China. La lucha por la hegemonía global deja la impresión de que mientras Trump parece jugar al ajedrez, buscando permanentemente dar jaque mate a su oponente, Xi Jinping juega al Go, el tradicional juego asiático, ensalzado por Confucio, donde lo importante no es eliminar al rival, sino rodearlo y ganar la posición. El tablero se desplaza a Latinoamérica donde la disputa entre EEUU y China se presenta como fundamental.
Si los reequilibrios militares necesitan décadas, Europa nada tiene que hacer a corto plazo si no hace valer su potencia comercial. Algún gesto hacia acuerdos comerciales y de cooperación tecnológica con China sería un paso decisivo. Otro, anunciar una disposición al uso progresivo de otras monedas en el mercado internacional. La tercera, reconsiderar su posición ante Rusia y reverdecer la Carta de París de 1990 y su apuesta por un Sistema Europeo de Seguridad, compartida desde Lisboa a Moscú, frustrada por la Cumbre de la OTAN en Roma al año siguiente. El camino es ese, sin duda, la cuestión es si hay coraje y voluntad para implementarse.
Ante todo, es urgente frenar la sensación de incapacidad y desgobierno en la UE, los aspectos que Trump y sus ideólogos identifican con la ineficacia de la democracia y los consensos. Y eso supone, frenar la tendencia, elección tras elección, que hace mejorar las posiciones de la extrema derecha desde el estuario de Lisboa al río Vístula.
De lo contrario, debemos asumir que el caos global y el riesgo a la autodestrucción llaman a la puerta.
EEUU: Trumproe. El regreso de la doctrina Monroe en clave actual
15/01/2026
Eduardo Lucita
Integrante del colectivo EDI – Economistas de Izquierda (Argentina)
Nueva Estrategia de Seguridad Nacional una lectura desde el sur de Nuestra América
Cuando todavía estaba fresca la tinta con que fue impresa la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU el presidente Donald Trump decidió aplicarla. El campo experimental fue Venezuela con los acontecimientos por todos conocidos que culminaron con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la diputada y esposa Cilia Flores.
La intervención militar estadounidense en Venezuela tiene un impacto global del que todavía no alcanzamos a ver su total dimensión. El petróleo juega un papel importante como instrumento de negocios y poder, pero el nuevo orden que se está procesando en el mundo es el trasfondo político de esta intervención. Venezuela sería solo un anticipo.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU redefine objetivos geopolíticos, tiende a consolidar su dominación en el hemisferio occidental y reafirma que la política arancelaria juega un papel en esos objetivos. El apoyo al gobierno Milei se inscribe en esta redefinición.
La ESN, publicada el viernes 5 del pasado mes de diciembre, es un documento político-estratégico que el Congreso estadounidense exige hacer público a todos los gobiernos, que definen allí sus lineamientos de política internacional. Debe ser continuado próximamente por el que fije la Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono, objetivos y programas militares.
El documento en cuestión está prologado por el presidente Donald Trump en el marco de su política “América First” y lo define como “una hoja de ruta para garantizar que EEUU siga siendo la nación más grande y poderosa de la historia de la humanidad”… “En todo lo que hacemos priorizamos a EEUU”.
Referencia histórica
La nueva iniciativa retoma el espíritu intervencionista de la Doctrina Monroe que es tomada como referencia histórica al explicitar que “Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental”…“Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
La Doctrina “América para los americanos”, enunciada en 1823 para bloquear posibles intervenciones europeas y todo intento de recolonización, aparece entonces como referencia histórica para la nueva ESN. Conviene recordar que en 1904, el presidente Roosevelt agregó un corolario que habilitaba intervenciones directas de EEUU en países latinoamericanos. Ahora se trata del corolario trumpista que justifica su política internacional en “… los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos”.
Cambio de prioridades
Si bien mantiene ciertas políticas ya enunciadas en la primera presidencia de Trump, luego en parte continuadas por la administración Biden, la nueva estrategia implica un cambio radical en las prioridades geopolíticas estadounidenses. Tres tendencias que han confluido en la última década han motorizado esta mutación. Por un lado el Covid 19, la pandemia que desbarató las cadenas de valor integradas mundialmente; por otro, como resultado de lo anterior, el pasaje de la globalización a la regionalización, producto de un giro proteccionista en los distintos bloques, que se profundiza con el ascenso de Trump a la presidencia de EEUU. Por último la irrupción de China en el comercio mundial, liderando el libre comercio, la integración y disputando hegemonía.
Estrategia defensiva
En este contexto es que la ESN redefine sus objeticos geopolíticos. Priorizando el hemisferio occidental EEUU busca recuperar el control de Nuestra América y de nuestros bienes comunes (recursos naturales) que considera estratégicos, bloqueando el acceso de otras potencias a los mismos. Toma distancia de Europa que ha decrecido mucho en términos económico-comerciales y que estaría perdiendo su carácter civilizatorio producto de la invasión de inmigrantes, agregando que debe asumir la responsabilidad de su propia defensa. Mientras, pierde centralidad el Medio Oriente. Todo implica un redespliegue militar, desplazando recursos desde zonas que considera menos prioritarias hacia el hemisferio occidental, al que presenta como un «frente crítico para su seguridad».
El actual despliegue naval frente a las costas de Venezuela, el bombardeo a barcazas supuestamente al servicio del narcotráfico y ahora el bloqueo a buques cargados con petróleo venezolano son una muestra de la política de “paz armada” de la nueva ESN, que combina presión militar, coerción económica y objetivos geopolíticos de largo plazo. Es también una advertencia para el resto de los países de la región.
Esta reconfiguración se da en el contexto de la declinación relativa de la hegemonía de EEUU y el ascenso de China, que le disputa hegemonía, prioritariamente en el plano estratégico de los semiconductores. Observando esta dinámica queda en evidencia que la nueva estrategia es una estrategia defensiva. Un requisito para su recuperación económica, su estabilidad interna y su estrategia global frente a otras potencias, que lo lleva a reorganizar sus prioridades geopolíticas, refugiándose en el hemisferio occidental (para ellos el continente americano), especialmente en su “patio trasero”, Nuestra América.
La seguridad nacional y el comercio internacional
La política arancelaria juega un rol en la nueva ESN. El orden global que pretende imponer EEUU, cuyo centro es la relación competencia-cooperación con China, se sostiene en gran parte en el comercio y las inversiones y se basa en la necesidad de resolver el enorme déficit comercial y de cuenta corriente del país del norte que en buena parte es fuente de los desequilibrios de la economía mundial. La salida a estos desequilibrios estaría en que EEUU reduzca su consumo interno y aumente la inversión en la industria reduciendo así su déficit comercial mientras que para China sería la inversa, que aumente su consumo interno y reduzca sus exportaciones industriales. Claro que este mecanismo no es lineal y está sometido a múltiples tensiones que se expresan en la política arancelaria que es utilizada como herramienta política y, en la mayoría de los casos, argumentada en cuestiones de seguridad nacional (este año más de la mitad de las medidas proteccionistas estadounidenses y el 30% de las chinas se justificaron por cuestiones de seguridad nacional).
Argentina aliado privilegiado
Vista desde el contexto de la nueva ESN la relación de los gobiernos Trump-Milei adquiere otra dimensión. El continente americano es prioridad absoluta y dentro de esta prioridad la Argentina de Milei tiene un papel relevante como el aliado estratégico-ideológico.
Así el apoyo del Tesoro estadounidense (que podría reeditarse si fuera necesario) no fue solo para evitar un colapso financiero y ayudar a un curso estabilizador (por ahora bastante inestable) de la economía según el manual neoliberal. Sino un primer paso para instalar en nuestro país un sistema productivo que se integre con las necesidades del país del norte para lo que, en determinadas condiciones no explicitadas, induciría inversiones en las áreas de la agroindustria, los hidrocarburos, los minerales críticos, las tierras raras y la economía del conocimiento. Particularmente aprovechando las condiciones climáticas de nuestro sur patagónico, con abundante agua y energía para la instalación de un Centro de Datos necesario para el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Para esto está el anunciado Acuerdo de Inversiones y Comercio entre los dos países, aun no firmado, que consolidaría la alianza estratégica.
En palabras del nuevo embajador Peter Lamelas “EEUU apoya a la Argentina y va a hacer todo lo necesario para que salga para adelante y se desarrolle económicamente”… “Esta es más que una relación personal. Compartimos los mismo valores de Occidente”.
El reciente triunfo del ultraderechista Kast en Chile favorece la formación de un bloque, al que podría sumarse la Bolivia de Rodrigo Paz, que rompería con la soledad de Milei en el Cono Sur y fortalecería su presencia.
Pero nada está consolidado todavía. A nivel internacional la deriva de las guerras genera una incertidumbre creciente, lo mismo que el débil comportamiento de la economía mundial. La relación Argentina-EEUU es por ahora una relación entre gobiernos, no entre Estados.
Milei ya pasó exitosamente el rubicón de las elecciones de medio término pero aún no derrotó al movimiento popular (en estos días la CGT movilizó una multitud contra el proyecto de Ley de Reforma Laboral, y tuvo sendas derrotas políticas en el parlamento) mientras crece la inquietud entre las clases dominantes. Trump irá a elecciones parlamentarias el año próximo cuando la oposición interna está en pleno crecimiento, ha perdido varias elecciones y la defensa de Palestina es asumida por buena parte de la población, mientras que una mayoría no comparte una agresión militar a Venezuela.
Desenredar el ovillo
Vista desde esta perspectiva la intervención yanqui en Venezuela, que tiene características y formas propias, es la punta del ovillo de este nuevo orden en el que la fuerza supera a las reglas multilaterales y el poder ocupa el lugar de la diplomacia. Se suma así a Gaza y Ucrania pero tiene perfil propio.
Puede que ingresemos en un tiempo en que el poder mundial se estructure sobre zonas de influencia en que las grandes potencias del momento –EEUU, China, Rusia– ordenen sus propias áreas según sus necesidades e intereses nacionales. Parten de un hecho concreto, la pandemia desestructuró las cadenas de valor globales, el proteccionismo se expandió y cada potencia fue armando cadenas regionales con sus zonas más cercanas. Esta mutación continuó con la imposición recíproca de aranceles entre las dos grandes potencias que está modificando el curso del comercio internacional, prosigue ahora con la intervención militar sobre territorios soberanos. Todo bajo la premisa de la seguridad de los estados, todo tiene un carácter transaccional que siempre apunta a un beneficio económico.
En la visión de un mundo a repartir entre las grandes potencias China cedería parte de su influencia en América latina y en contrapartida EEUU concedería en relación a Taiwán y al Mar de la China meridional, mientras avanzaría en Groenlandia, en tanto que Rusia cedería espacios en Venezuela para ganarlos en Ucrania. Claro que por ahora son solo hipótesis a las que empuja Trump.
¿Nuevo orden, o mayor desorden?
Sin embargo no hay seguridad de que ese nuevo orden en curso se estabilice en forma duradera, tal vez podría ser solo una tregua que podría tender a una estabilidad inestable, que obligaría a las grandes potencias a la negociación permanente para evitar una confrontación abierta. No hay dudas que EEUU busca controlar (su) hemisferio occidental, manteniéndolo libre de influencias extrahemisféricas en materia militar, económica y tecnológica. Pero aún cuando se repliegue de ciertas zonas el imperio sigue teniendo intereses globales que no puede abandonar. Mientras que Europa quedaría como un simple actor secundario (de hecho sería la primera vez que se reordena el orden mundial y Europa no juega un papel decisivo) y puede quedar desprotegida frente al avance de Rusia (en el supuesto que la guerra de Ucrania termine tal lo previsto por Trump). China no renunciará a ganar influencia por su capacidad comercial y financiera, mientras incrementa su capacidad militar. En la coyuntura condenó el secuestro y la violación de soberanía, y está por verse si no tomará medidas que tengan impacto económico global a corto plazo, mientras que la cancillería, afirmó que “pase lo que pase en Venezuela seguirá respaldando al país en la defensa de su soberanía y seguridad nacional. Rusia dio a conocer duras declaraciones condenatorias pero no mucho más.
Nada está definido, no es seguro que la ultraderecha mundial bajo la conducción de Trump alcance sus objetivos. Hay condiciones para la lucha. Será una lucha difícil.
El mundo después de Trump: ¿Abocados a la barbarie? No tan rápido
13/01/2026
Cristina Monge
Politóloga
José Luis Trasobares
Periodista
Una conversación entre José Luis Trasobares (periodista) y Cristina Monge (politóloga)
José Luis Trasobares: Cuando el gran cineasta Costa Gavras dijo que Trump es la personalidad que mejor define nuestra época daba a entender que el actual presidente norteamericano es a la vez el agente, el símbolo y el impulso estratégico de una nueva edad histórica. Después de él es muy probable, casi seguro, que las cosas, todas ellas, vayan a peor. Vivir en este planeta siempre fue peligroso para la mayoría de sus pobladores, a partir de ahora lo será más. Ya lo es.
Con Trump y su corte de tecnosátrapas se han acabado los disimulos, la hipocresía, las formalidades. La razón de la fuerza se impone sin rebozos, sin complejos, sin malas conciencias. Las operaciones encubiertas se descubren con brutal sinceridad. Las ejecuciones extrajudiciales se televisan y difunden desde fuentes gubernamentales. Se intimida a los adversarios y a los aliados, se amenaza con la retórica de los asesinos profesionales, se atacan naciones soberanas y se secuestra a sus presidentes, se expande el miedo. ¿Cómo podremos volver a la normalidad relativamente ordenada de finales de la Edad Contemporánea? ¿Cómo recuperar los canales diplomáticos, los organismos de ayuda internacional, las concesiones, aunque fuesen mínimas, al poder blando?
Cristina Monge: El día de hoy es éste, sin duda; pero el futuro no está escrito y dependerá de cómo el mundo interprete este nuevo escenario y sobre todo de cómo reaccione ante él. La pregunta que emerge es si después de Trump el trumpismo desaparecerá, o por el contrario pervivirá, habiendo echado raíces en la sociedad norteamericana y extendiéndose por todo Occidente, con lo que eso supone de impacto en la escena global. Si el camino es el segundo, la era de la Ilustración y el orden basado en reglas salido de la II Guerra Mundial habrá terminado, y habrá resultado ser un pequeño paréntesis, imperfecto y con múltiples contradicciones, pero un paréntesis en esa jungla que describes. El Leviatán volverá sin disimulo alguno. Ahora bien, ni la historia acabó cuando Fukuyama lo decretó, ni lo va a hacer ahora.
El escenario de un planeta dividido en áreas de influencia con la doctrina Monroe como inspiración favorece a unas élites; las que operan el tecnofeudalismo, los combustibles fósiles y se encuentran cómodas en esferas autoritarias. Perjudican, sin embargo, a otras, aquellas que salían beneficiadas del orden anterior con el poder financiero en cabeza, fuertemente arraigadas en la Unión Europea y en sectores que necesitan del comercio global. Por otro lado, los pueblos no tardarán en comprobar que las promesas de seguridad que les brindan los hombres fuertes no son sino una vuelta al pasado incapaz de solucionar los nuevos desafíos. La crisis climática se hace más notable conforme avanzan los años y sus efectos se ceban con los más débiles; las mujeres de buena parte del mundo ya no estamos dispuestas a ningún paso atrás, y la desigualdad es más indignante cuando se ha vivido en una sociedad que había conseguido reducirla en alguna medida. La clave, desde mi punto de vista, es si existe una alternativa que ofrecer que sea capaz de superar la hipocresía de ese orden que parece estar acabándose y que suponga un futuro capaz de aglutinar ilusiones y adhesiones, es decir, un futuro creíble al que se quiera llegar. Es clave activar el deseo y no olvidar que la política es un ejercicio de seducción.
JLT: El porvenir no está escrito, de acuerdo. Podemos (y debemos) luchar para impedir la regresión, cierto. Sin embargo, Trump y sus imitadores, cómplices, lacayos y sucesores están cada vez mejor preparados para afrontar cualquier oposición. Creo que el trumpismo, toda esa ola neorreaccionaria que recorre el mundo imparable, es el efecto directo de una revolución tecnológica que avanza a velocidad uniformemente acelerada en manos de unas élites borrachas de codicia y afán de poder. En su retorno a una barbarie imperialista que refleja la brutal expansión occidental en el siglo XIX cuentan con inauditas máquinas de guerra. Sus aviones furtivos, sus drones autónomos capaces de ajustar objetivos mediante programas de inteligencia artificial, su control de las comunicaciones, su capacidad para vigilar y destruir alcanza cotas jamás conocidas.
Me preocupa la ruptura de las reglas que regían más o menos en la geoestrategia (aunque no evitaron ni la guerra de Vietnam, ni las brutales acciones del imperialismo soviético, ni el sometimiento de Latinoamérica a las dictaduras terroristas diseñadas por la CIA y el Departamento de Estado de los EE. UU.), pero me preocupa muchísimo más la temible eficiencia de lo que Soshana Zuboff denominó “capitalismo de la vigilancia”, ese complejo digital capaz de detectar nuestros intereses, emociones y deseos para manipularlos y dirigirlos a su antojo. Ese mecanismo, absolutamente privado y oculto, también podrá detectar los movimientos de oposición, las insurgencias pacíficas o no, los espacios críticos… Y neutralizarlos. Mientras, las izquierdas, desnortadas.
CM: Esta visión supone asumir un determinismo tecnológico herencia del TINA neoliberal –there is no alternative-, como si estuviéramos abocados a un escenario distópico. Esto no sorprende si se tiene en cuenta que dedicamos la mayor parte de nuestra energía a pensar justamente en ellas, en las distopías, pero apenas nada en imaginar siquiera cómo salir de ésta. Gobernar la tecnología, recordar la soberanía de los estados para regularla, es una de las claves para convertirla en aliada y no en enemiga; urge debatir sobre qué queremos hacer con la tecnología y analizar la forma más eficaz de conseguirlo.
El Brasil de Lula le plantó cara a Facebook e Instagram y les impidió operar tras haber retirado los verificadores; desde mediados de 2024 existe una prohibición cautelar sobre el uso de datos de usuarios brasileños para entrenar modelos de inteligencia artificial; en septiembre de 2025 Lula sancionó una ley que regula el uso de internet para menores y prohíbe la exposición de niños con fines de lucro en plataformas como Facebook sin autorización judicial previa, y podríamos encontrar más ejemplos.
El propio Trump prohibió Tik Tok en EEUU… hasta que consiguió que China redujera su participación a menos del 20%, y el otro 80% fuera para empresas estadounidenses. No es cierto que la tecnología todo lo pueda, salte fronteras sin que nadie pueda hacer nada y sea imposible regularla. Desvelar estos falsos mantras es parte del trabajo que queda por delante. Urge poner de manifiesto que los escenarios colapsistas -en todos los sentidos- son sólo una posibilidad, pero no estamos abocados a ello. Los demócratas en general y la izquierda en particular está atravesando una crisis de imaginación política que le impide imaginar futuros deseables y ése es precisamente el camino seguro para la derrota.
JLT: ¡Ojalá! Ojalá tengamos esa capacidad de embridar la revolución tecnológica y el retorno del autoritarismo para que no nos pasen por encima. El problema es que, hasta la fecha, mientras las actuaciones políticas positivas se producen (cuando se producen) a velocidad analógica, el desarrollo del entramado informático va a velocidad digital. Los hechos consumados se convierten en algo irreversible antes de que las instituciones democráticas puedan reaccionar. Por la misma regla de tres, mientras las izquierdas a escala planetaria se enzarzan en absurdas grescas conceptuales y en tristes peleas personalistas, la internacional negra, con Trump a la cabeza, gana terreno y conquista el espíritu de demasiados jóvenes y de muchos que no lo son.
En menos de un año al frente de Estados Unidos, Trump ha puesto el mundo patas arriba. Y aún había quienes, en vísperas de las últimas presidenciales de EEUU decían que qué más daba el ultrarrepublicano o Kamala, su antagonista demócrata. ¿Daba igual? Claro que no, pero los progresistas tendremos que espabilar y decidirnos a establecer alternativas de uso inmediato para afrontar lo que viene. Mientras haya entre nosotros gente aferrada al oportunismo sin ideología, capaz de venderse a los corruptores o afecta al principio de que cuanto peor, mejor… estamos jodidos.
CM: Lo único que hoy creo que hay que descartar de forma inequívoca y urgente es quedarse impávidos, impávidas, viendo cómo el mundo transita hacia la enésima versión de la ley del más fuerte en un ejercicio de antipolítica que nos lleva a la selva, donde quien domina es el depredador alfa. Está bien preguntarse cómo será el mundo después de Trump, pero creo que hoy urge preguntarse cómo queremos que sea.
Estamos comprobando cómo las democracias liberales occidentales no tenían todas las defensas que se les suponían, cómo fueron incapaces de mantenerse o fortalecerse en la globalización neoliberal, cómo no consiguieron salir indemnes de la crisis del 2008 -hito especial en el ascenso del autoritarismo y cuya factura aún no sabemos del todo cuantificar-. Hoy plantar cara a Trump y a todas las versiones del trumpismo pasa por entender bien los malestares y descontentos, diagnosticarlos correctamente volviendo a dar centralidad a las cuestiones materiales, sin que eso suponga dejar de lado las postmateriales, y dar la respuesta adecuada en un ejercicio de imaginación política guiado por la honestidad intelectual de reconocer que andamos por terreno desconocido.
JLT: Vale, vayamos a lo nuestro, imaginar un mundo mejor, y olvidemos el elefante en la habitación. Solo que el elefante está ahí, causando destrozos como no recordábamos. Y no hay un único paquidermo. Putin, Netanyahu, Milei y otros trompetean también muy ufanos. Y sus contrapartes, sean el chino Xi Jinping, gran señor del partido único y del hipercapitalismo de estado, o el iraní Jamenei, también participan en el juego de la geoestrategia sin reglas, de la fuerza como razón definitiva.
En la Europa democrática hay desconcierto, temor y una notable incapacidad para asumir el desafío que supone Trump. ¿Que harán nuestros dirigentes si el presidente norteamericano se lanza, como viene amenazando, a por Groenlandia? ¿Cómo encararán el futuro inmediato, más allá de rezar a sus dioses para que de las elecciones de medio mandato, que se celebrarán en EEUU este mismo año 2026, el trumpismo salga vapuleado, herido y se agudicen sus contradicciones internas?
Mientras, aprestémonos a una pelea sucia y de resultado incierto. Porque estoy de acuerdo en que este partido hay que jugarlo hasta la agonía. No vamos a dejar que esa gente rara, amoral y de instintos criminales nos reduzca a la impotencia. Tal vez tengamos una oportunidad. Merece la pena intentarlo.
CM: No se trata de obviar ningún elefante, sino de hacerlo visible y precisamente por eso, buscar alternativas. Sin olvidar la mayor: ningún análisis de la realidad debe pasar por alto que buena parte de este autoritarismo se erige sobre una economía dependiente de los combustibles fósiles, como bien saben Trump y Maduro. Las respuestas que hay que dar a este cambio de paradigma y a esta crisis de sentido deben enmarcarse dentro del terreno de juego que es el planeta, estableciendo la sostenibilidad ambiental como el marco en el que articular una nueva alianza para que el futuro se parezca lo máximo posible a lo que nos gustaría que fuera. Hay trabajo por delante, pero lo primero es saber dónde queremos llegar. En palabras de Séneca, «No hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige».
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