La debilidad productiva de Estados Unidos más allá de los aranceles

  • Enrique Palazuelos

    Enrique Palazuelos

    Catedrático de Economía Aplicada de la UCM hasta su jubilación

06.03.2026

Debate principal: Tras el vendaval trumpista

La debilidad de una parte considerable de su tejido productivo es uno de los grandes problemas económicos y sociales de Estados Unidos, cuya influencia se traslada al ámbito de las relaciones políticas internas e internacionales. Es un factor decisivo que, entre otros efectos, influye en el endeble crecimiento de la productividad y en el estancamiento de los salarios medios de los trabajadores.

En el terreno político es un elemento clave para entender el aprovechamiento que la derecha más reaccionaria hace del decantamiento de una buena parte del electorado hacia posiciones nacionalistas. Otra de sus consecuencias importantes es el voluminoso saldo deficitario que registra el comercio exterior y que Donald Trump se ha propuesto afrontar con una serie de medidas administrativo-políticas basadas en la generalización de elevados aranceles con la pretensión de reducir las importaciones, incentivar la vuelta de empresas deslocalizadas en el exterior e incrementar la inversión en territorio estadounidense de compañías extranjeras.

El varapalo judicial del Tribunal Supremo al anular el procedimiento utilizado por Trump para fijar esa peculiar política arancelaria ahonda en el aparatoso caos que reina en las relaciones comerciales internacionales. Sin embargo, los problemas productivos que provocan el desajuste comercial son de tal magnitud que cualquier endurecimiento arancelario solo puede incidir de manera limitada en su corrección. Así lo corroboran los datos provisionales del comercio exterior de bienes en 2025 que se acaban de publicar la semana pasada.

En primer término, los datos anuales informan de que las exportaciones estadounidenses se incrementaron un 5,7% con respecto al año anterior y las importaciones lo hicieron un 4,3%, de modo que el déficit (1.230 miles de millones de dólares) creció un 2,1%, equivalente al 4% del PIB. Por su parte, los datos mensuales permiten constatar cuál ha sido el impacto de los aranceles aprobados desde el mes de abril. Comparando las cifras de 2025 con respecto a los mismos trimestres del año anterior, las ventas al exterior aumentaron un 4% en el primer trimestre y un 6,2% durante los tres siguientes, mientras que las compras lo hicieron un 26% en el primer trimestre y se contrajeron un 2,5% durante los tres trimestres posteriores. En consecuencia, el fuerte incremento del déficit alcanzado en el primer trimestre (67%) se contrajo en los tres trimestres siguientes (-17%), dando como resultado que el saldo negativo anual solo aumentase el 2,1% arriba mencionado. Por tanto, los altos aranceles sí contuvieron la hemorragia inicial, pero no impidieron que el desajuste comercial siguiera alcanzando una magnitud superlativa.  

En segundo lugar, la información sobre la dirección geográfica de los intercambios aporta elementos relevantes para comprender las causas del déficit. El comercio de bienes de EEUU se concentra principalmente en la región de Asia-Pacífico, que es el destino de la cuarta parte de las ventas y el origen de más de la tercera parte de las compras. Es la región con la que la brecha comercial ha seguido aumentando en 2025 (9,4%), hasta suponer el 60% del déficit total, a pesar de que la guerra comercial contra China ha proporcionado ha dado lugar a que el déficit del comercio bilateral disminuya (202 mil millones), generando solo el 16,5% del desajuste total, ocho puntos porcentuales menos que en 2024, si bien el daño recíproco provocado por esa guerra comercial ha afectado tanto a las ventas como a las compras estadounidenses.

Las medidas de la Administración Trump han provocado un daño recíproco similar en el comercio con Japón y Corea del Sur, los dos grandes aliados de Washington en la región, con quienes EEUU registra un déficit que equivale a la décima parte del total.

Sin embargo, al mismo tiempo, se ha producido un fuerte aumento del desajuste comercial con Taiwán, Vietnam, Tailandia, Indonesia, Singapur, Filipinas y otros países de aquella región. Las exportaciones americanas aumentaron un 9% y las compras lo hicieron un 40%, con lo que el déficit (425 mil millones) se elevó casi un 70%, siendo responsable del 35% del desajuste total, lo que supone catorce puntos porcentuales más que en 2024.

Los resultados con las demás zonas del mundo aportan respuestas de menor relevancia para al desenvolvimiento del déficit de EEUU. El comercio con los dos vecinos, Canadá y México, y con Europa, también evidencia el daño recíproco causado por el desaguisado arancelario trumpista, contribuyendo cada una de las zonas en proporciones similares (18%) al déficit total. Los intercambios con India, Oriente Medio y otros países asiáticos aportan el 6% de ese déficit y aún más modesta es la cuota del comercio con África. Mientras que América Central y del Sur se mantiene como la única zona con la que EEUU presenta un saldo positivo que alivia ligeramente, los demás desequilibrios.

En tercer lugar, la composición de los intercambios por categorías de productos termina de revelar dónde residen los grandes agujeros del comercio estadounidense: Bienes de consumo, con un déficit de 530 mil millones), Bienes de capital, con 417 mil millones, y Automóviles y partes con 267 mil millones. Los saldos negativos en Alimentos-bebidas-tabaco y en Otras manufacturas diversas superan, pero con cifras menores, el superávit que aportan los Insumos para la industria.

La categoría de bienes de consumo integra una amplia diversidad de productos deficitarios, desde teléfonos y aparatos eléctricos y electrónicos para el hogar, hasta fármacos, pasando por textiles, juegos, artículos deportivos y un largo etcétera. La formidable brecha comercial responde a tres casuísticas, que con frecuencia interactúan: la ingente propensión consumista de la población estadounidense —convencionalmente asociada al American Way of Life—, la paulatina pérdida de competitividad de las empresas nacionales y la deslocalización productiva en el exterior de una parte de las grandes compañías transnacionales estadounidenses.

El también monumental desajuste en bienes de capital refleja sobre todo las compras de ordenadores y accesorios, equipos de telecomunicaciones, aparatos eléctricos y equipos médicos, además de distintas gamas de maquinaria y otros equipamientos productivos. Por un lado, las empresas americanas han desarrollado importantes líneas de especialización, que las sitúa en posiciones de liderazgo internacional, como muestra el sostenido crecimiento de sus exportaciones. Pero, por otro lado, en muchas otras líneas productivas las empresas nacionales han sido desplazadas por la competencia de los bienes importados, mientras que en otras líneas las empresas americanas se han deslocalizado a otros países para exportar desde allí a EEUU. La situación es semejante en el caso de los automóviles: gran capacidad exportadora en ciertos tipos de vehículos, pero mayor propensión importadora en muchos otros, lo que da lugar a un notable déficit.

Por último, el entrelazamiento de la pérdida de competitividad de buena parte del tejido productivo interno con la deslocalización de empresas en el exterior se aprecia de forma meridiana en los datos sobre el comercio de productos tecnológicamente avanzados:  fuerte aumento de las exportaciones (18%) y aún mayor de las importaciones (26%), por lo que el déficit se dispara (40%) hasta representar una tercera parte del déficit total del comercio de bienes. Partidas tan superavitarias como los productos aeroespaciales y el armamento resultan muy insuficientes para compensar los elevados saldos negativos en productos de información y comunicación, biotecnología, opto-electrónica, ciencias de la vida, materiales avanzados y otros. El déficit se concentra en el comercio con Asia-Pacífico (220 mil millones), quedando a gran distancia la Unión Europea, México y los demás países.

Es así como entran en juego dos elementos indirectos que están asociados a la alargada sombra que China proyecta sobre el comercio con EEUU, más allá de los intercambios bilaterales. El primero es el “fenómeno Taiwán, esto es, el vertiginoso aumento de las compras estadounidenses a ese país hasta acumular un gigantesco déficit, sobre todo en esos productos con mayor contenido tecnológico. En Taiwán apenas hay inversiones productivas directas de China, debido a las drásticas restricciones impuestas por el gobierno taiwanés; pero sí hay inversiones en redes comerciales, de modo que es así como llegan a Taiwán ciertos productos chinos que después se exportan. Pero el hecho más relevante es que las grandes compañías taiwanesas están instaladas en China, generalmente asociadas con empresas chinas, de modo que esa entente abre una vía de fuga para que exportaciones con destino a EEUU que antes se realizaban desde China ahora se realicen desde Taiwán. Un caso evidente es el de Foxconn, el gigantesco fabricante taiwanés de componentes y ensamblador de productos electrónicos (que trabaja para Apple, Amazon, Sony, Microsoft y otros); de hecho, por ejemplo, la principal fábrica de iPhone (Apple), propiedad de Foxconn se encuentra precisamente en China. A raíz de la guerra comercial intensificada por Trump, ese tipo de empresas han seguido exportando sus productos a EEUU, pero ahora desde territorio taiwanés.

El segundo elemento consiste en el ascenso meteórico de las compras estadounidenses a Vietnam, Tailandia, Malasia, Indonesia y otros países que acogen un gran número de grandes empresas chinas. Son éstas las que fabrican gran parte de los productos electrónicos y bienes de consumo, equipos energéticos, equipos de telecomunicación, vehículos y baterías eléctricas, e incluso las que extraen recursos minerales, que si no pueden exportan desde territorio chino lo hacen desde esos otros países.  

En definitiva, los datos de 2025 invitan a entender de manera más matizada la amplitud de los lazos comerciales que vinculan a China con EEUU, pero, sobre todo, permiten comprender que el fuerte desajuste del comercio exterior estadounidense es un grave problema con hondas raíces estructurales. Se incubó entre los años 50 y 70 cuando la competencia extranjera y la transnacionalización de sus grandes empresas fueron rompiendo la coherencia productiva del tejido empresarial interno. Se ahondó en las siguientes décadas, provocando que antiguas regiones industriales devinieran en auténticos páramos productivos. Y se consolidó en el nuevo siglo con el inaudito desarrollo tecnológico de la industria china y de esas otras economías de Asia-Pacífico, merced a las inversiones de empresas transnacionales y a las estrategias aplicadas por los gobernantes de esos países.

En Estados Unidos, al cabo de casi medio siglo, la apuesta unilateral por los negocios financieros y por la deslocalización productiva ha provocado una formidable erosión comercial, que cualquier política arancelaria solo puede paliar en pequeña medida y no sin costes para su producción interna y para sus exportaciones. Al mismo tiempo, como sus gobernantes no se atreven a cuestionar las características socioculturales que incentivan la elevada propensión consumista de la población, la satisfacción de una gran parte de la demanda de bienes no puede ser abastecida por la producción nacional y, a la vez, como el ingreso medio de los asalariados lleva estancado desde hace décadas, es necesario que los bienes importados tengan precios asequibles.

Se trata, pues, de problemas estructurales cuyo impacto en el exagerado déficit comercial escapa a la influencia del empeño trumpista en aplicar altos aranceles. Éstos pueden reducir de forma limitada la magnitud del déficit, pero a costa de provocar importantes estragos en el comercio internacional y de causar no pocos daños a la propia economía estadounidense.

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