El nuevo (des)orden mundial y el lenguaje de la dominación trumpista

  • Laura Camargo

    Laura Camargo

    Sociolingüista y analista del discurso. Profesora de la Universitat de les Illes Balears. Autora de Trumpismo discursivo

17.03.2026

Debate principal: Tras el vendaval trumpista

La reconfiguración del imperialismo estadounidense durante el segundo mandato de Trump, en estrecha alianza con Israel, ha venido acompañada de cambios en las estrategias de comunicación política y de un nuevo lenguaje de la dominación contemporánea. Nuevas claves retóricas del trumpismo discursivo acompañan al afán de la Casa Blanca por imponer un orden mundial en mutación autoritaria, basado en las políticas del chantaje, la humillación, el expolio y la guerra. La agresividad neoimperialista de lo que ya se conoce como “régimen de Epstein” (EEUU-Israel) comunica sus amenazas con una simpleza y crudeza discursivas sin precedentes. La retórica de la democracia, la libertad y los derechos humanos con la que EEUU había llevado a cabo sus guerras imperialistas en el pasado ha dado paso a la expresión de las formas de dominación extrema con un estilo bruto, cínico y matonista, en el que la crueldad se presenta como una virtud y la extorsión como una forma legítima de negociación tal como he planteado de forma más extensa en un artículo en el número 200 de la revista Viento Sur.

Uno de los síntomas del avance y la normalización del giro autoritario es, precisamente, el exhibicionismo de la brutalización discursiva. Articular un discurso que no asustara a las masas fue tan importante en el proceso de ascenso y consolidación del autoritarismo reaccionario que una parte de las energías de los lenguajes de las nuevas derechas se invirtieron en quitarse la carga negativa del peso del fascismo histórico. Renegar de palabras que se habían vuelto de uso común para definir la pulsión autoritaria en ascenso, como “nazi”, “extrema derecha”, “fascismo” o “facha”, y construir un lenguaje que les permitiera otra identidad ha sido parte durante estas décadas de las tácticas discursivas de las organizaciones de la (ultra)derecha global. Pero el proceso de agregación popular del giro autoritario se ha profundizado durante el primer cuarto de siglo: ya no hay que evitar dar miedo, sino más bien al contrario: conviene que en la divisoria amigos/enemigos los segundos tomen en serio las amenazas y que todo se presente bien bajo una retórica brutalista, bien bajo la del “sentido común”.

Sin la competición de saludos nazis entre Musk y Bannon hace dos años en la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) –think tank republicano cooptado por el movimiento MAGA- habría sido imposible el código estético performativo de las SS nazi de Greg Bovino, comandante de la patrulla fronteriza que acompañó hasta su destitución las acciones criminales del ICE en Minneapolis. La performance del “poder duro” del autoritarismo trumpiano opera a través de dispositivos comunicacionales diversos para infundir terror. De la archiconocida frase del primer Trump Podría disparar a alguien en la 5ª Avenida y no perder un solo voto a desplegar fuerzas paramilitares que disparan a bocajarro a estadounidenses blancos en plena calle, solo media la normalización de la violencia propia de este nuevo ciclo. Parece que, por tanto, ha triunfado el consejo de Steve Bannon (figura aún influyente en un sector del MAGA a través de su podcast War Room y primer estratega de Trump) en un acto del congreso del Frente Nacional en 2018, junto a Marine Le Pen: Dejad que os llamen racistas. Dejad que os llamen xenófobos. Dejad que os llamen nativistas. Usad estas palabras como insignias.

Tras décadas de desgaste deliberado del lenguaje y de la capacidad de asombro, el gobierno de EEUU ha normalizado y legitimado el supremacismo blanco y el racismo, el marco securitario ligado a la inmigración y el uso de la violencia total amparado en mentiras. El umbral de la intolerancia se ha desplazado y el autoritarismo reaccionario estadounidense, con su capacidad para resignificar conceptos y manipular la verdad, ha logrado que sus acciones violentas se vuelvan espectáculo. No está de más recordar que también el clima internacional ha cambiado drásticamente con la expansión autoritaria. Si en los años 90 existía algo así como una internacional de las democracias liberales, hoy existe una internacional reaccionaria que, con algunas fracturas y contradicciones que seguramente se irán agudizando, ha actuado en su fase expansiva de manera coordinada. Quizá por ello el éxito del boicot al apartheid sudafricano no termina de funcionar hoy, a pesar de los éxitos obtenidos por el movimiento BDS, con relación al estado genocida de Israel.

Después de normalizar el discurso racista, supremacista, clasista, misógino y homófobo por extensión de la cosmovisión del evangelismo blanco, repetición mediática, adopción por parte de portavoces políticos e influencers y banalización autoritaria, la famosa “ventana de Overton”, que establece una gradación sobre los límites de lo decible, está fuera de sus goznes. Los políticos de la extrema derecha que eran vistos hace una década con desconfianza por los poderes económicos, hoy son abrazados por ellos: Trump toma posesión rodeado de tecno-oligarcas multimillonarios y, en general, a pesar de sus desavenencias públicas con Elon Musk por la política de aranceles, funcionan todavía sus consensos con el gran capital.

En este contexto de demolición del derecho internacional, la clase dirigente europea ha mostrado un estado de ánimo depresivo y errático ante la nueva configuración del orden mundial mandatado desde la Casa Blanca, con una China de orientación pragmática en ascenso ocupando ya el lugar de segunda potencia económica mundial. Si bien EEUU sigue teniendo la capacidad de condicionar lo que ocurre en otros países del centro imperialista como primera potencia bélica, no es menos cierto que ha entrado claramente en una crisis irresoluble que cristaliza en prácticas cada vez más autoritarias y violentas, de derivadas fascistizantes y consecuencias imprevisibles. Y debido a su importancia actual, resulta oportuno analizar la resignificación y el reencuadre del concepto “paz” en la neolengua trumpiana, así como algunos de los rasgos discursivos de la sumisión europea a través del análisis de discurso del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte:

Papi a veces tiene que usar un lenguaje fuerte (mensaje de disculpa de Rutte por las agresivas declaraciones de Trump sobre el conflicto entre Israel e Irán).

Tu acción decisiva en Irán fue realmente extraordinaria y algo que nadie más se atrevió a hacer (tras los bombardeos estadounidenses en Irán durante el verano).

No puedo esperar para verte. Tuyo, Mark (mensaje de wasap de Rutte publicado por el propio Trump).

El Secretario General de la OTAN se ha dirigido en distintas interlocuciones como estas al presidente norteamericano con un discurso que galvaniza el momento europeo. Muchas de sus frases podrían compilarse en una antología de la vasallización y la infantilización de las actuales relaciones actuales de Europa con Estados Unidos. No se trata de lapsus puntuales, sino de un nuevo tipo de diplomacia discursiva y performativa, adaptada al momento senil trumpista, basada en la sumisión. Cabe destacar en este sentido, la adecuadamente calculada estrategia, ante el vacío europeo, de la posición del “No a la Guerra” por parte del gobierno de Pedro Sánchez que, para su concreción real más allá de las palabras, debería venir acompaña de una apuesta clara por salir de la OTAN de Trump y Mark Rutte. Es imposible la defensa del orden internacional basado en reglas y en los derechos humanos que preconiza el gobierno dentro de la OTAN.

En cuanto al discurso de Trump, como explicamos en Trumpismo discursivo, su infraestructura comunicativa y retórica básica es la del discurso popu­lista de extrema derecha: uso del lenguaje simple, cínico, ofensivo y chabacano dirigido contra los llamados “enemigos de la nación” y búsqueda de chivos expiatorios, todo ello con mensajes directos y políticamente incorrectos, poco planificados y en el “estilo fluido” que le caracteriza como el presentador de programa para aprendices de emprendedores que fue. A menudo recurre a la esloganización (o tuiterización) del discurso con frases breves e impactantes que puedan ser fácilmente viralizables a través de las redes sociales. En su segundo mandato, Trump ha profundizado y multiplicado el uso de la estrategia “inundar la zona de mierda” (fload the zone with shit) para monopolizar la conversación pública, que ahora combina con inundarla de amenazas (poder duro), de memes (banalización) y de vídeos hechos con inteligencia artificial (borrado de límites entre ficción y realidad).

Además de abandonar 66 instituciones internacionales, eliminar numerosos organismos que actuaban como contrapesos internos del poder presidencial y desatar campañas represivas contra la clase trabajadora migrante, el trumpismo tiene, por el momento y a la espera de las Midterms de noviembre, el control de las tres cámaras. Esto permite a su administración ejecutar un proyecto autoritario sin frenos, moviendo la ventana de Overton discursivamente para consolidar su autoritarismo: inicia sus acciones con amenazas verbales a Venezuela y ataques a lanchas en el Caribe asesinando a sus tripulantes y las concluye bombardeando Caracas y secuestrando a su presidente; publica un vídeo en su propia red social Truth Social, y Musk lo viraliza en X, con una Gaza convertida en la Dubai del Mediterráneo y diez meses después, su yerno presenta en Davos el plan de inversión de la “Nueva Gaza”; emite reiteradas amenazas sobre la necesidad de anexionarse Groenlandia y llega a un acuerdo secreto con el jefe de la OTAN para expoliar sus tierras raras. Bombardea Irán en verano, dice haber firmado la paz con el país persa y corre meses después tras el mandato de Israel a una guerra que incendia todo el Golfo Pérsico. Sus actos de habla de amenaza son ilustrativos de este estilo matonista:

El mayor problema es el enemigo interior (dicho de los llamados wokes e izquierdistas para generar el marco justificativo de su represión interna).

Están envenenando la sangre de nuestro país (dicho de la oposición demócrata con una metáfora de resonancias nazi-fascistas).

Todos los países me llaman para besarme el culo (disfemismo sobre las negociaciones de su política arancelaria internacional).

Si Canadá firma [un acuerdo con China], tendrá que sufrir aranceles del 100% (ante la supuesta firma de un acuerdo comercial entre China y Canadá).

Si Irán no se rinde incondicionalmente, serán los matones de Oriente Medio (amenaza a Irán con claro principio de transposición de la cualidad de “matones”).

El filólogo romanista judío alemán Victor Klemperer ya había explicado en sus apuntes clandestinos sobre la lengua del Tercer Reich escritos en que el fascismo produce una división entre verdad y lenguaje, para convertirse en una gran máquina publicitaria en la que se producen lo que denomina “secuestros semánticos”. El “héroe” bajo el III Reich no era quien exponía su vida para proteger a los demás, sino el asesino que mataba a mayor gloria de Hitler. Un secuestro semántico es, por tanto, un proceso discursivo mediante el cual un actor (político, mediático o institucional) se apropia de una palabra o concepto existente, lo vacía parcial o totalmente de su significado previo y lo reinscribe con un nuevo sentido. Así, los agentes del ICE son “héroes” que defienden “la libertad”, mientras que las personas asesinadas son “criminales peligrosas”, ser un “dictador” puede ser necesario y la “paz” es un gran negocio para los países vasallos o aliados de Trump.

En el pasado Foro de Davos, celebrado en la ciudad suiza en febrero de 2026, Trump hizo unas declaraciones en un acto con empresarios y líderes económicos, inmediatamente después de su discurso oficial, en las que bromeaba con la posibilidad de ser un dictador diciendo que es algo “que algunas veces se necesita” y, por ende, alguien que puede secuestrar la palabra “paz”. La aparentemente absurda obsesión de Trump por ganar el Premio Nobel de la Paz y el vergonzoso acto de entrega de María Corina Machado del cuadro con el premio tenían finalidades que en Davos emergieron a la luz con la constitución del Board of Peace (Junta de Paz). A partir de ahí, se desencadena el proceso orwelliano de transmutación semántica según el cual la PAX trumpiana se resemantiza como la oportunidad de un obsceno y gigantesco negocio turístico-inmobiliario de alcance mundial cuyo fin último es sustituir a las Naciones Unidas. ¿Cómo puede haber intención verdadera de buscar la paz entre quienes han ordenado cambiar el nombre del “Departamento de Defensa” de EEUU por el de “Departamento de Guerra”? Las crueles soflamas belicistas del Secretario de Guerra Pete Hegseth no dejan lugar a dudas sobre el deseo de sembrar el caos.

El yerno de Trump, Jared Kushner, explicaría también en Davos el macabro proyecto con unas siniestras diapositivas lo que serían el Nuevo Rafah y la Nueva Gaza, en algo que parecía una réplica de Dubai a orillas del Mediterráneo. Pero la denominada Junta de Paz de Trump que había nacido, supuestamente, para la reconstrucción de Gaza, no tiene un alcance circunscrito a la Franja palestina, que ni tan siquiera se nombra en el documento, sino que afecta al mundo entero: recientemente, ha vuelto a reunirse con motivo de la agresión imperialista a Irán. Se trata, en efecto, un intento de sustituir a la ONU por un club de diferentes países mediante invitación de su presidente, es decir, él mismo. Dicha invitación caduca a los 3 años, salvo si se pagan a los Estados Unidos 1000 millones de dólares “en efectivo” (sic). De acuerdo con su documento fundacional, habrá empresas encargadas de la reconstrucción de zonas arrasadas por conflictos que habrían alentado o generado los mismos países-empresa que van a participar de la reconstrucción.

La “paz” en Gaza y en el mundo entero se resignifica pasando a ser un “negocio inmobiliario rentable”. El Board of Peace de Trump es, por lo tanto, un macrofondo de inversión para hacer dinero y negocios con la paz, amenazando con el chantaje de la guerra, cuya finalidad última, además del enriquecimiento de sus empresas-miembro y la de su familia, es hacer desaparecer la ONU. En la neolengua del hard power trumpiano la guerra es la paz de los millonarios. En nuestro lenguaje, deberíamos evitar a toda costa llamar “Junta de Paz” a los negocios del genocidio palestino y las guerras imperialistas del régimen de Epstein.

Otras intervenciones en el debate

Intervenciones
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