Meritocracia contra la casta señorial

  • Xavier Martínez-Celorrio

    Xavier Martínez-Celorrio

    Profesor de Sociología en la Universidad de Barcelona y autor de Educación y movilidad social en España (2012) / @xaviermcelorrio

La meritocracia es un concepto polémico y anfibio de largo recorrido histórico variando mucho sus significados y apropiaciones en cada momento. Al margen de los antecedentes de la meritocracia como método de selección de altos funcionarios en las cortes europeas y en el mandarinato chino, su sentido moderno nace en 1792 en plena Revolución Francesa cuando el Marqués de Condorcet se dirigió a la Asamblea con estas palabras: “Hemos creído que el poder público debía decir a los ciudadanos pobres: la fortuna de vuestro padres solo os ha podido ofrecer los conocimientos más indispensables pero se os aseguran medios fáciles para conservarlos y ampliarlos (vía instrucción pública universal). Si la naturaleza os ha dado talento podréis desarrollarlo y ni vosotros ni la patria lo perderá”. En el ideal ilustrado, la igualdad de derechos se acompañaba de igualdad efectiva para conocerlos y, por tanto, de acceso a la educación pública a fin de desarrollarse como ciudadanos libres en un mundo abierto y sin privilegios estamentales ni castas señoriales hereditarias. Era todavía una utopía.

Las burguesías liberales durante todo el siglo XIX defendieron la dignidad de su riqueza obtenida en la industria y el comercio ante la aristocracia terrateniente y rentista que la despreciaba. De ahí el ataque liberal al patronazgo, al nepotismo y la compra de cargos tan propios del Antiguo Régimen. Contra el cierre social estamental, el liberalismo burgués defendía el reclutamiento en base a la valía, la instrucción pública de masas y las ciencias y los oficios como canales de emancipación, de riqueza y de desarrollo económico. Sin embargo, la lucha de clases de las burguesías liberales contra las oligarquías extractivas de la vieja Europa fue muy dispar entre países y variable en función de la religión y de la fe religiosa obsesiva de sus élites.

En España, donde la Iglesia era el primer terrateniente, se aplicaron los estatutos de limpieza de sangre y de oficios durante cuatro siglos, desde 1449 hasta 1870 cuando este criterio de cierre social se derogó en la admisión a cargos de profesor y funcionario. Hablamos de cuatro siglos de un rígido sistema de castas y segregación étnica y clasista que fue más allá de la expulsión de judíos, moriscos, conversos y heterodoxos ante la firme Inquisición. Fue un sistema que impregnó toda la sociedad del ideal nobiliario y la hidalguía como rango superior y ajeno a la “impureza” del trabajo que hacían los comerciantes, banqueros, agremiados y oficios viles, también muy estratificados por rango y sin poder casarse entre sí. La pervivencia del sistema de castas por limpieza de sangre y oficios explica el retraso de la industrialización española, el débil ascenso de burguesías y artesanos emprendedores y el desinterés histórico de las élites españolas por la ciencia, la tecnología, los oficios aplicados y por la educación pública que los debía promover mediante impuestos.

Ese sedimento histórico tan adscriptivo y clasista es toda una path-dependence que hoy sigue condicionando cómo son y piensan buena parte de las élites españolas, su ethos extractivo y sus prejuicios contra la pobreza, la igualdad de oportunidades, la inversión en educación y ciencia y su poca predisposición a la justicia fiscal y redistributiva. Sin duda, son prejuicios que enmascaran hablando mucho de la “cultura del esfuerzo” como hit goebbelsiano, pero nuestra derecha conservadora y su grupo de intereses no siente como propia la educación pública ni tampoco destaca por preocuparse de la pobreza infantil cuando es un lastre de origen que reduce oportunidades y desnivela el campo de juego. Tampoco acostumbra a publicar o inspirar informes objetivos sobre la dinámica de las desigualdades, sobre la igualdad de acceso al alto funcionariado o sobre la segregación escolar y su impacto en el ascensor social. Más bien ridiculizan los datos y dicen que ellos no ven pobres por las calles, aunque parece haberlos cuando se alarman por el exceso de “paguitas” y de subvenciones asistenciales.

Por tanto, para hablar de meritocracia en España hay que partir y tener en cuenta tanto el peso histórico del cierre estamental por limpieza de sangre que es antagónico al ideal liberal meritocrático como el cinismo de las élites al retirar la escalera para que no promocionen los de abajo. A diferencia de otros países con mayor consenso en torno a la igualdad de oportunidades y la inversión en educación pública, en España la derecha defiende un discurso muy moralizador de “meritocracia punitiva” contra las clases sociales más bajas. Algo que es contradictorio y antagónico con la premisa de la equidad y la igualdad abierta de oportunidades. La meritocracia punitiva de la derecha española se expresa cuando defienden la «cultura del esfuerzo» negando las desigualdades de partida y recortando la compensación educativa vía gasto, cuando endurecen la selectividad y los requisitos para titular en educación básica, cuando reducen la oferta pública y degradan su calidad o cuando exigen una nota más alta a los becarios para que se “merezcan” la ayuda pública que también es recortada.

Sin embargo, la derecha española riega de exenciones fiscales a las clases medias por consumir educación privada, liberaliza las universidades privadas y concede becas a los hijos de las rentas más altas. Es decir, altera las condiciones del campo de juego en el que compiten los individuos, refuerzan los privilegios adscriptivos (de cuna) y sobre-estratifican la desigualdad desde una política de clase que es hostil y contraria a la igualdad de oportunidades. Sin estas premisas igualitaristas e igualadoras del campo previo de juego, la meritocracia es un significante vacío, un espectro o una fantasmada solo creíble para ilusos y abducidos por el frame neoliberal.

En líneas generales, la derecha española solo habla de meritocracia para apropiarse de la clase media aspiracional y para disciplinar a las clases bajas en un discurso moralizante de trabajo duro, esfuerzo, aspiraciones y auto-superación. Un equipo de baloncesto valenciano lleva publicidad en sus camisetas de la «cultura del esfuerzo» pagada por su millonario propietario desde 2011 y renunciando a los ingresos publicitarios. Es decir, hace pedagogía popular para inocular el esfuerzo individual como gran receta de salvación ante un mundo competitivo y darwinista. Lucha para ganar, respeta la libre empresa y conviértete en empresario de ti mismo sin ayudas del Estado ni necesitarlo porque aquí nadie ayuda a nadie y no hay clases sociales sino fracasados y ganadores por su propio empeño. En fin, esta cosmovisión y catecismo libertariano de virtudes no deja de ser un relato de poder y de control social moralizante que lanza la derecha y sus medios. Otra cosa es hacerles caso y creérselo como se cree el terraplanismo.

No deja de ser el mismo discurso disciplinario y punitivo del pensamiento reaccionario y clerical, tan característico del Antiguo Régimen hispano con su cruzada depurativa de las “almas” de las clases populares para que acepten el orden sagrado y la conformidad social con su sitio en el mundo. Antes, utilizaban la Iglesia como aparato ideológico de adoctrinamiento y dominación. Ahora, utilizan la meritocracia y su galaxia mediática de aliados para transfigurarla con una paradójica torpeza y pereza intelectual. Porque la derecha española no se detiene a armar un discurso fuerte de meritocracia, le basta con hacer declaraciones televisivas y artículos de prensa de sus tertulianos sin ninguna base intelectual y empírica solvente. Solo discurso oral y mucha pereza intelectual.

Por eso resulta extraño que sean ciertos sectores de la izquierda y del campo de la ciencia política o la filosofía política quienes hayan entrado al trapo o al frame de la meritocracia como tema de debate en España. Los sociólogos, en cambio, hace décadas que esquivamos la trampa de la meritocracia colocándola en su sitio, como una ideología funcionalista nacida para legitimar la modernidad industrial en los años 60 del pasado siglo y diluir la lucha de clases y el conflicto distributivo ante su gran contrincante de entonces, representado por el marxismo y la izquierda sindical y política.

Se ha traído a España un debate sobre la meritocracia que es más americano que europeo y que, además flota como una leyenda urbana que ignora por completo el conocimiento sociológico acumulado sobre estratificación social en los últimos 60 años. Hay cierto adanismo generacional cuando ciertos filósofos y politólogos confunden la meritocracia con la movilidad social o cuando descubren afectados que la movilidad social implica también reproducción y cierres de clase, que la justicia meritocrática es parcial y restringida a ciertos campos profesionales, que las élites meritocráticas instauran nuevos cierres de paso que son hereditarios, que a igualdad de titulaciones prevalece la dominancia de origen, que la sobrecualificación afecta más a los hijos de obreros (mucho más en España) o que el ascenso educativo en relación a tus padres no siempre se traduce en ascenso social según la paradoja de Anderson formulada en 1961. Es lo que pasa cuando has crecido sin leer sociología ni a Parkin y ni a Goldthorpe en el instituto de secundaria donde reina y no falta la Filosofía, aunque aprender sociología ahorraría mucha frustración entre los jóvenes que despiertan del sueño meritocrático en el que se han socializado de forma tan acrítica.

Cuando el exceso sistémico neoliberal privatiza la educación y la hace cara, inaccesible y segregadora, favorece el mayor poder social de mercado de las clases altas y medias profesionales. Es entonces cuando la meritocracia se convierte en los padres y los “nepo-babies” en privilegiados triunfadores por enchufe. Algo que ya formuló Philip Brown en 1990 al teorizar la «parentocracia» y que Ullrich Beck en 1986 ya enmarcaba como refeudalización, un patrón de estratificación social que no ha hecho sino radicalizarse hasta hoy. Véase el explosivo aumento de la desigualdad que demuestra Piketty y el refuerzo de la herencia y el cierre social que llamamos periodísticamente como “avería del ascensor social” para hacer menos daño. En la indolora sociedad de hoy, se mantiene el mito de la meritocracia como un calmante haciendo creer a la gente que su bienestar depende más de su esfuerzo que del capricho del mercado o de las estructuras de desigualdad. En cierto modo es una infantilización disuasiva para no politizar la creciente desigualdad e injusticia social y ecológica de un capitalismo desbocado.

Hay que saber separar el grano de la paja. No creerte la meritocracia es señal de madurez y sano escepticismo, pero abominar de la igualdad de oportunidades desde un izquierdismo dogmático en lugar de exigirla y desarrollarla a través de políticas avanzadas y gasto público es un derrotismo inaceptable y una postura muy elitista y exquisita. De hecho, el adanismo de hoy olvida que los ideólogos de la meritocracia nunca prometieron abolir la herencia de la riqueza. Y esto hay que subrayarlo en negrita. Meritocracia y riqueza heredada son compatibles para la teoría de la modernización funcionalista de los años 50 y también para el pacto keynesiano entre capital y trabajo que construyó el Estado del Bienestar en los 30 gloriosos años de las democracias occidentales (1945-1975). Cabría matizar que el trilema que funcionó durante la modernidad industrial fue “meritocracia, riqueza heredada y reparto de la riqueza”. Todo un marco de estabilización y cohesión social que elevó los niveles de bienestar, extendió la educación pública y equitativa y multiplicó el ascensor social hacia empleos de clase media en los servicios públicos de bienestar y en la industria en expansión. Cuando el exceso neoliberal elimina el reparto de la riqueza del trilema, supone vaciar de sentido el ideal meritocrático y mutarlo en parentocracia hereditaria de la nueva casta señorial a riesgo de que los jóvenes despierten de su Matrix artificial (como está pasando) y entablen una lucha de clases a través de pantallas, memes y twitter.

España llegó 20 años más tarde al boom del ascensor social que los países occidentales vivieron en la década de los 70 del pasado siglo. En 1973, la herencia y el cierre de clase entre la clase obrera (hijos que serían obreros como sus padres) era del 79%, algo mejor que el 88% registrado en 1935, pero todavía muy elevado, siendo grosero hablar de meritocracia española por entonces. Entre 1985-2006, la rigidez clasista del sistema de estratificación (fuerza con que el origen social determina los destinos de los hijos) se redujo un 33% gracias a la expansión educativa y la democratización de títulos. Por ello, la reproducción y herencia de clase obrera bajó en 2006 hasta el 52% pero, aun así, resulta una tasa elevada como para definir como meritocrática la sociedad española.

Persiste un viscoso cierre social tanto por arriba (clases directivas y profesionales) como por abajo (clase manual poco cualificada) más acusado que la media europea. La movilidad social en España se juega en la buffer-zone de las clases medias con trayectos cortos de ascenso y descenso social. Pero lo peor es que la matriz del modelo productivo español evoluciona de forma muy lenta y crea menos empleos profesionales y de buen salario: 19% frente al 30-45% de países como Gran Bretaña, Alemania o Suecia. Por tanto, nuestro mercado de trabajo es incapaz de generar tantas oportunidades de ascenso (more room at the top) como sus países vecinos. Ahí está la clave.

Aunque haya aumentado la igualdad de clase a la hora de lograr títulos superiores (es decir, hay mayor igualdad de resultados) respecto al pasado, también ha aumentado el cierre y la herencia social de las clases directiva y profesional que preservan sus ventajas para sus hijos. En especial, prestando su voto a una derecha que en España nunca defiende ni la educación pública, ni la igualdad de oportunidades ni la meritocracia ni el reparto de la riqueza. Por eso nos conviene eludir su engañoso “frame” y hablar más de cómo avanzar en justicia fiscal, cómo modernizar la cultura empresarial, cómo elevar salarios, cómo meritocratizar de verdad el acceso al alto funcionariado y cómo desarrollar políticas predistributivas y redistributivas eficaces a lo largo del ciclo vital de las personas. Más sociología, menos leyendas infantiles y más justicia social, igualdad de oportunidades y libertad positiva de una ciudadanía con más conciencia crítica a salvo de charlatanes, fakes y castas señoriales.

Otras intervenciones en el debate

Intervenciones
  • Viviane Ogou Corbi

    Investigadora de las relaciones UE-África y el Sahel

    Hemos comprado un discurso invasivo que nos dice que tenemos que ser mejores unos que otros. Un sistema jerarquizado, basado en el capitalismo racial y con mucha violencia estructural a las comunidades del sur global. Es imposible que exista la meritocracia. Y aunque se diera la igualdad de condiciones, ¿para qué competir? Se trata de organizarnos para tener la mejor gestión social posible.  Es por esto que en este artículo compartiré mi opinión sobre dos temas: el racismo estructural, y como es imposible que las personas racializadas podamos desarrollarnos para competir en igualdad de condiciones. Y por qué deberíamos dejar...
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  • Alberto Sotillos Villalobos

    Sociólogo especializado en Comunicación. Trabaja como analista en prensa escrita, radio y televisión.

    Medir los méritos En la época de la invasión de los másteres, de los postgrados, de los cursos, de los viajes y experiencias enriquecedoras por el mundo y de las innumerables prácticas en empresas, startups y horas gastadas como becarios, la meritocracia pasa a ser tan líquida como la sociedad en su conjunto. Los méritos académicos se han igualado como nunca, hay una exagerada acumulación de títulos que rellenan currículos sin una posible aplicación práctica mientras que los conocimientos más demandados se tienen que aprender de manera autodidacta ya sea con ensayo error o teniendo que buscar vídeos y vídeos en...
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  • José A. Noguera

    Profesor Titular de Sociología en la UAB y director del Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional (GSADI)

    La meritocracia es una de las ideas normativas que más pasiones despiertan y que más debate han generado en nuestro país durante el último año, siendo uno de sus principales detonantes el informe del Future Policy Lab publicado bajo el deliberadamente provocador rótulo de Derribando el dique de la meritocracia. La popularidad social y política de la idea, incluso en algunos ámbitos académicos, contrasta con el amplio consenso en la filosofía política rigurosa de las últimas décadas que no se toma nada en serio el “ideal meritocrático” como principio aceptable de justicia distributiva y de diseño institucional, generalizable en...
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  • Sergi Raventós

    Director de la Oficina del Plan Piloto para Implementar la Renta Básica Universal de la Generalitat de Catalunya

    No hay duda de que, a día de hoy, se han aportado muchas razones y argumentos en lo que llevamos de debate en estas páginas desde el primer artículo publicado en febrero. Algunas aportaciones han sido francamente muy interesantes y creo que no hace falta seguir redundando en ellas. Quiero traer aquí a colación un par de ejemplos que tal vez pueden ilustrar esta falsa idea preconcebida de la meritocracia de que las recompensas económicas y la asignación de responsabilidades y cargos en nuestras sociedades capitalistas se asignan en función de los méritos individuales. Un ejemplo reciente, de hace unas pocas...
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  • Daniel Gabaldón Estevan

    Profesor Titular Dep. de Sociología y Antropología Social (Universitat de València)

    La promesa meritocrática hace referencia al discurso según el cual la distribución de las posiciones y responsabilidades sociales, y muy especialmente del empleo, se hace en función del mérito y de la capacidad de los individuos. Siendo el mérito una combinación de inteligencia y esfuerzo tal y como ya indicara Young “Intelligence and effort together make up merit (I+E=M). The lazy genius is not one”. Este discurso racionalista, que surge en occidente conforme avanza la Edad Contemporánea, se asienta en el imaginario colectivo a medida que va consolidándose la organización de tipo burocrático basada en la especialización en responsabilidades,...
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  • Pedro Mellado

    Doctor en Educación, profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y miembro del colectivo DIME

    Al comienzo de la película Puñales por la espalda (2019), un policía interroga a la hija de un multimillonario acerca de la reciente muerte de su padre. En un momento del interrogatorio, la hija espeta al policía «fundé mi empresa desde la nada», a lo que este le responde «igual que su padre». El diálogo condensa en pocos segundos el discurso ideológico neoliberal de la meritocracia, atribuyendo en exclusiva al mérito, la capacidad, el talento y el esfuerzo de los individuos la desigual distribución de la riqueza; olvidando convenientemente las condiciones de partida que han respaldado su éxito. La meritocracia...
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  • José Saturnino Martínez García

    Profesor Titular de Sociología en la Universidad de Laguna, especializado en educación y desigualdad. Desde 2020 es Director de la Agencia Canaria de Calidad Universitaria y Evaluación Educativa

    La idea de meritocracia está firmemente asentada como una condición para una sociedad justa. Las personas con capacidad que se esfuerzan deben ser recompensadas. ¿Vivimos en una sociedad meritocrática? Desde hace tiempo, sabemos que el mejor indicador de éxito educativo de un estudiante es el origen socioeconómico y cultural de la familia. Bien pudiera ser que el talento y la inclinación al esfuerzo se transmitan vía genética, y, por tanto, lejos de preocuparnos por esta reproducción biológica de la desigualdad social, más bien cabría congratularse de lo sabia que es la naturaleza y el buen orden social en el...
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  • ¿Somos desiguales?

    11/05/2023

    José Luis Barba

    Catedrático de Biología y Geología, recién jubilado pero con vinculación oficial al centro educativo como profesor de apoyo

    Me ha parecido muy interesante la reflexión sobre la segregación escolar como motor de desigualdades. Quizá ha faltado un planteamiento inicial: ¿somos desiguales? ¿necesita la sociedad que todos hagamos lo mismo o necesita una gran diversidad para ser eficaz? En el instituto compruebo con frecuencia que gran parte del profesorado tiene en la boca la palabra inclusión, igualdad o términos similares pero luego no le ponen a todos la misma nota, se quejan que algunas familias no son como las otras, que hay alumnado que es muy bueno como delegado o delegada y en cambio otros son eficaces como organizadores...
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  • Juan Carlos Monedero

    Profesor titular en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Cofundador de Podemos.

    Introducción: ¿de qué hablamos cuando hablamos de meritocracia? La discusión sobre el mérito pivota acerca de su poder social real para dos cosas: acabar o reducir las desigualdades y para reconocer la valía individual. En el desarrollo evolutivo la cooperación y, por tanto, la igualdad ha sido condición de supervivencia; del mismo modo, uno de los deseos más fervientes de los seres humanos es el reconocimiento de los demás. El debate sobre la meritocracia es una discusión principalmente normativa ya que nace del liberalismo (y la confronta el socialismo -entendido como amplia familia de la izquierda-) y tiene una condición performativa,...
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  • Angel Puyol

    Catedrático de Ética en la Universitat Autònoma de Barcelona

    “La meritocracia no es un ideal igualitario. Mientras que la igualdad enfatiza que todos somos iguales, la meritocracia consiste en encontrar al mejor. Su finalidad no es reducir las desigualdades sociales, el espacio que separa a los de arriba de los de abajo, sino encontrar un modo diferente de legitimarlas, un modo nuevo y moderno de acceder a la jerarquía social que sustituya el nacimiento por la capacidad. Se atribuye a Napoleón la sentencia de que “todo soldado francés lleva en su mochila los galones de un mariscal de Francia” para referirse a la posibilidad de que cualquier soldado...
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  • Rosa Almansa

    Profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de Córdoba y miembro de la asociación Aletheia (https://www.asociacionaletheia.eu/)

    ¿Quién no recuerda los magníficos bajorrelieves asirios de escenas de caza que alberga el Museo Británico? Muestran con elocuencia las grandes habilidades cinegéticas —tan vinculadas a las guerreras— de su temible nobleza. El arte refleja como pocos espejos los considerados méritos propios de las clases dominantes que por la historia han transitado. Pero, oh paradoja, estas cualidades supuestamente superiores y excepcionales han variado con el tiempo. Es cierto que el prestigio de algunas actividades se ha mantenido durante siglos —las militares son un buen ejemplo de ello—, pero a la postre las mutaciones se han ido imponiendo. El mayor...
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  • Xavier Martínez-Celorrio

    Profesor de Sociología en la Universidad de Barcelona y autor de Educación y movilidad social en España (2012) / @xaviermcelorrio

    La meritocracia es un concepto polémico y anfibio de largo recorrido histórico variando mucho sus significados y apropiaciones en cada momento. Al margen de los antecedentes de la meritocracia como método de selección de altos funcionarios en las cortes europeas y en el mandarinato chino, su sentido moderno nace en 1792 en plena Revolución Francesa cuando el Marqués de Condorcet se dirigió a la Asamblea con estas palabras: “Hemos creído que el poder público debía decir a los ciudadanos pobres: la fortuna de vuestro padres solo os ha podido ofrecer los conocimientos más indispensables pero se os aseguran medios...
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  • Julen Bollain

    Economista e investigador en renta básica

    Antiguamente las desigualdades se fundamentaban en un discurso y en una ideología basada en clases sociales. ¿Consecuencia? Dependiendo de en qué clase social nacieras estabas condenado a ser rico o pobre, a depender de alguien para sobrevivir o poder vivir libremente. Sin embargo, este relato que sustentaba las desigualdades en las diferencias entre clases sociales se rompe a raíz de la Revolución Francesa (1789), cuando cae el Antiguo Régimen y se abre paso la Edad Contemporánea. Este nuevo régimen no permitía hacer “lo de siempre”, por lo que había que buscar nuevos discursos e ideologías que permitieran explicar las...
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  • José Ariza de la Cruz

    Doctorando en Sociología urbana por la UCM

    Es habitual que se ponga en cuestión la meritocracia desde el enfoque familiar. Dado, que, cuanto más ricos sean tus padres, más probabilidades tienes de ser rico, es evidente que el esfuerzo exclusivamente no explica nuestra posición económica. También es habitual que se enfoque desde el punto de vista de las características sociales de la persona. El género o el lugar de nacimiento suponen importantes barreras para lograr una sociedad cuyas recompensas se basen solo en el mérito. No obstante, hay otro elemento sobre el que no se habla tan a menudo: el territorio. Cómo el territorio socava la meritocracia....
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  • Cynthia Martínez Garrido

    Profesora del área de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación de la Universidad Autónoma de Madrid

    El problema de la segregación escolar es un tema de Derechos Humanos y de Justicia Social cuyas causas son de carácter estructural, afecta al desarrollo de personas concretas y tiene profundas implicaciones para el desarrollo de toda la sociedad. La naturaleza multifactorial del fenómeno de la segregación escolar y las causas que lo provocan e incentivan se articulan en forma de red, como un engranaje interrelacionado en el que no basta actuar sobre uno de los ejes, sino que, como parte de un todo, requiere del diseño de medidas completas para frenarla. La segregación escolar no es un fenómeno que...
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  • Francisco Nunes

    Estudiante de economía en la Universidad Complutense de Madrid y de Matemáticas en la UNED

    En España y el resto del mundo tenemos, desde hace un tiempo, un encendido debate sobre el mérito detrás de la situación económica de los ciudadanos. Por una parte, los sectores más liberales y conservadores defienden que la distribución actual de la riqueza y la renta se debe al mérito de los agentes para conseguir sus posesiones y superarse a sí mismos. Otra visión tienen los socialdemócratas y la izquierda en general, que opinan que los resultados actuales dependen de factores como la desigualdad y las herencias, factores que, a priori, no podemos controlar. ¿Quién de los dos tiene razón?...
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  • Antonio Antón

    Sociólogo y politólogo (profesor de la Universidad Autónoma de Madrid 2003/2022, actualmente jubilado)

    Desde Aristóteles hay que valorar la equidad como proporcionalidad entre mérito y reconocimiento o estatus social y, por tanto, valorar el esfuerzo individual. O sea, la desigualdad de recompensas materiales, socioculturales y simbólicas sería legítima si es por el motivo exclusivo de los distintos méritos individuales en condiciones iguales. Esa legitimidad se ha tergiversado, sobre todo, con el individualismo abstracto neoliberal y el sistema de reparto desigual, con la acumulación de ventajas y desventajas institucionales y estructurales; se reparten desigualmente, haciendo abstracción de las diferentes posiciones de poder, condiciones socioculturales y trayectorias de los individuos y grupos sociales que dificultan...
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  • Francisco Muñoz Gutiérrez

    Pensionista: Epistemólogo, periodista y empresario

    Este debate no puede sustraerse al hecho de que el mérito es un reconocimiento, razón por la que la meritocracia no puede ser ningún principio. Y con respecto a la cuestión de si un reconocimiento es conservador o progresista, la duda es admisible dentro de la cosmología neoliberal, pero sólo tras la incorporación de los socialdemócratas pragmáticos de la tercera vía; nunca antes. En todo caso, la idea de la meritocracia no es más que un recurso legitimador de la estructura jerárquica del orden neoliberal; nunca un principio. Por ejemplo; ¿Tiene sentido el concepto de mérito sin esfuerzo? O dicho...
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  • Pedro González de Molina Soler

    Profesor de Geografía e Historia

    La meritocracia (término proveniente del latín merĭtum ‘debida recompensa’, a su vez de mereri ‘ganar, merecer’; y el sufijo -cracia del griego krátos, o κράτος en griego, ‘poder, fuerza’) como principio ha entrado en una fase de desacralización y de crítica. Ha dejado de ser un concepto considerado como de sentido común, y por consiguiente, sagrado. Esto ha permitido que se realicen críticas hacia este principio. Tal y como expresó Alexis de Tocqueville, la sociedad que se estaba construyendo en el siglo XIX, y de la que somos herederos, tendía hacia la igualdad. Por lo que las desigualdades sociales en...
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  • David De la Rosa

    Orientador educativo en IES Cárbula (Almodóvar del Río, Córdoba). Miembro del Colectivo de Docentes por la Inclusión y Mejora Educativa. @da_dedo https://daviddelarosaedu.wixsite.com/inkludita

    El relato de la meritocracia está suficientemente superado entre los lectores y las lectoras de Espacio Público. No hace falta hacer hincapié de nuevo en los mecanismos con los que cuenta nuestro sistema político, económico y social para que sea la herencia la que permita a los mismos apellidos estar en la cúspide del poder. Como hemos analizado en diversos foros y señala el economista Branko Milanovic aproximadamente un 75 % de los ingresos no dependen en absoluto de variables personales como el esfuerzo, sino de otras de tipo contextual como el lugar donde naces o el código postal en...
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  • Antonio Gómez Villar

    Profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona (UB)

    En 2020 el filósofo Michael Sandel publicaba el ensayo La tiranía del mérito: ¿qué ha sido del bien común? En él trataba de dar respuesta al porqué del surgimiento de los llamados «populismos autoritarios» y las tonalidades emotivas de odio y resentimiento que los acompañan. Según el autor, tanto las comunidades locales como las nacionales están atravesadas hoy por la dicotomía ganadores/perdedores de la globalización y por el consiguiente distanciamiento social entre ambos. En esta dicotomía, la posibilidad de tener éxito depende de la formación y la educación adquirida, que otorgan la preparación necesaria para poder competir en el...
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  • Daniel Turienzo

    Adscrito en la red educativa española en el exterior (Tangér). Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Madrid

    Albert Arcarons

    Subdirector de la Oficina del Alto Comisionado contra la Pobreza Infantil. Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por el Instituto Universitario Europeo

    En ocasiones, el debate sobre el sistema educativo plantea este como un ente aislado. Sin embargo, la igualdad de oportunidades y la equidad educativa también está en manos de los aciertos en las medidas contra la pobreza y la desigualdad. Las democracias liberales, y específicamente sus sistemas educativos, se basan en una suerte de contractualismo. Un contrato social, en el que se asume que una vez facilitado el acceso al sistema educativo son las decisiones individuales, el talento y el propio esfuerzo lo que determina el resultado. Bajo esta premisa, la igualdad de oportunidades garantizada a través de políticas públicas equipararía las posibilidades de todos. La creencia de que los derechos formales están asegurados, unido a la idealización de que las personas son capaces de sobreponerse a sus condicionantes de origen a través de respuestas individuales, llevan a que en ocasiones no se perciban o se minimicen las barreas que han de afrontar las personas que se encuentran en una situación desfavorecida. Incluso en ocasiones se deja de percibir la pobreza como una problemática real. Si los resultados educativos dependieran únicamente de las características individuales tales como la capacidad o el esfuerzo, estos no diferirían notablemente entre los diferentes grupos sociales. Sin...
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  • José Eduardo Muñoz Negro

    Profesor de Psiquiatría de la Universidad de Granada y médico de la sanidad pública

    Michael J. Sandel en su espléndido La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?, previamente a desarrollar las contradicciones democráticas del credencialismo, explica las tres maneras de entrar en las prestigiosas universidades de élite en EEUU: por la puerta delantera aprobando el exigente examen SAT; por la puerta de atrás mediante una poderosa donación; y ¡oh, maravillosa innovación!, la no menos interesante puerta lateral del soborno y del fraude en las puntuaciones de acceso. Además, para desesperación de los amantes de la equidad, la puntuación en el examen SAT ha demostrado ajustarse bastante bien a la renta...
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