Las mujeres fueron el muro de contención electoral de la extrema derecha hasta que llegó Donald Trump y luego Giorgia Meloni y Marine Lepen. Por sabido, no deja de sorprender que la llegada de Trump a la Casa Blanca viniera aupada por el apoyo de un número mayor de mujeres que de hombres tanto en 2016 como en 2020. Igualmente, desconcierta que tanto la victoria de Meloni como el manifiesto crecimiento electoral de Le Pen, en 2022, haya arrasado con las brechas de género entre sus electorados.

Pero hay algunos datos interesantes. El primero es que a Trump le votaron algunas mujeres y no otras. Le votaron las mujeres blancas, mientras que las mujeres de otras razas distintas, sobre todo negras y latinas, votaron mayoritariamente por las candidaturas demócratas de Clinton, primero, y Biden, después. El segundo es que si el voto de las mujeres fue clave para el triunfo de Meloni, también lo fue su desmovilización. En Italia, tantas mujeres decidieron quedarse en casa que la participación de las mujeres alcanzó mínimos históricos en unas elecciones presidenciales. El tercer dato novedoso es que si como dice alguna encuesta, casi la mitad de los franceses cree que Marie Le Pen representa un liderazgo feminista, entonces se podría pensar que ha inaugurado la era de un supuesto feminismo de ultraderecha.

La interseccionalidad que atraviesa el voto de las mujeres y conforma sus identidades más allá de su sexo, su desafección política hacia los procedimientos de legitimación de las instituciones comunes y una nueva retórica que confunde la interpretación de lo que es o no el feminismo parecen ser, entonces, algunos de los elementos que permiten empezar a explorar las razones del avance electoral de la extrema derecha entre el electorado femenino.

Con todo, sabemos que la potencia de su regreso a la escena política como actor emergente en la última década forma parte de un movimiento global cuyo elemento común, excepto en los tres casos mencionados, es que su sostén de apoyo proviene de los hombres y no de las mujeres. Lo que sí comparte esta extrema derecha sin excepciones es que las cuestiones de género son centrales en todos sus proyectos políticos. Sin embargo, sus posiciones respecto a los derechos de las mujeres y de las personas LGTBI difieren y adoptan narrativas distintas en cada contexto nacional, en función de sus tradiciones culturales y políticas. Basta con rastrear las diferencias sustanciales entre las extremas derechas del este y del sur de Europa, y también de América Latina y EE.UU, con las del norte europeo.

En cualquier caso, es precisamente en esta diferente consideración de las cuestiones de género, en donde se inscriben algunas de las innovaciones históricas que presentan las nuevas extremas derechas.

Una de las novedades está siendo la de colocar a una élite femenina al mando. Pero lo que a estas alturas de la historia parece claro es que el liderazgo de las mujeres no es una razón suficiente para que el voto de las mujeres se deslice hacia la extrema derecha. En Italia, el 68% de las mujeres que votaron a Meloni no lo hicieron por eso, sino, según nos dijeron, por su modelo de liderazgo. Tampoco el débil respaldo de las mujeres a otras líderes de extrema derecha, como a Pia Kjaersgaard en Dinamarca, a Alice Weidel en Alemania o a Rocío Monasterio en España, parecen indicarnos lo contrario. Y eso que todas ellas se reconocen y se proyectan identitariamente como mujeres diversas: mujeres divorciadas como Le Pen, lesbianas como la dirigente alemana, supermadres como Meloni o reivindicativas oportunistas de figuras feministas como la de la abogada Concepción Arenal, en el caso singular de Monasterio.

Las que parecen tener más éxito entre las mujeres, como Meloni y Le Pen hasta la fecha, son aquellas que articulan un discurso más complejo que incorpora elementos identitarios del feminismo de la diferencia y clasistas del feminismo liberal, como la defensa de la diferencia sexual, el reconocimiento del valor de la familia, el cuidado y la maternidad como elementos definitorios del ser mujer, el apoyo a la participación de las mujeres en el mercado laboral o la aceptación parcial de los derechos LGTBI. También colabora en la mejora de su atractivo para las mujeres que se pongan de perfil para evitar oponerse frontalmente al aborto, como en el caso de Marine Le Pen.

Detrás de esta “modernización ideológica” que apuesta por liderazgos femeninos y giros discursivos de defensa matizada de los derechos de las mujeres hay una estrategia que busca “desdemonizarse” capturando banderas progresistas con el fin de salir de la marginación política y extender su base sumando a las mujeres, tal y como ha señalado Amelia Lobo.

Pero, como también ha apuntado Steven Forti, no sólo se trata de pinkwashing. La defensa de los derechos de las mujeres sirve instrumentalmente para construir la ficción de una cultura occidental fundada en una presunta democracia sexual amenazada por culturas sexistas foráneas que pretenden acabar con ella. El problema de las mujeres no sería el régimen patriarcal y la institucionalización de su subordinación, sino los hombres inmigrantes, especialmente si son musulmanes. Se trataría de una nueva reinterpretación adaptada a la época, de la vieja mirada imperialista occidental fundada en la modernidad. Esa que construyó la identidad occidental proyectando en los otros no occidentales lo monstruoso, lo retrasado, lo bestial.

Esta ficción se alimenta hasta el empacho, además, de distintas paranoias que nacen de la obsesión por las bajas tasas de natalidad en occidente y la supuesta mayor capacidad reproductora de la población migrante. Esta tesis, conocida como el “gran reemplazo”, no deja de ser una mediocre teoría conspirativa sin ningún respaldo estadístico, pero funciona como un mito movilizador que parece resultar rentable a nivel electoral.

Al igual que los derechos de las mujeres, los derechos de las personas LGTBI y la denuncia de la violencia sexual y la homofobia, siempre de los musulmanes, también son usados para reforzar su cruzada antiinmigración. Su éxito no ha sido nada desdeñable dentro del mundo gay,  pero no en el lesbiano y transexual. Así, se pueden presentar como racistas y progay, articulando alianzas con una parte del movimiento LGTBI al tiempo que niegan el matrimonio entre personas del mismo sexo y su posibilidad de adoptar.

En definitiva, esta extrema derecha efectivamente, no sólo adopta un discurso que la hace más aceptable en contextos de hegemonía feminista y de rechazo mayoritario a la LGTBIfobia, sino que, además, le permite evocar una comunidad de pertenencia nacional asediada por un otro extranjero, agresor sexual e invasor demográfico.

Con todo, el análisis de esta retórica “feminista” y de las políticas que impulsan cuando tienen representación institucional, muestra que las propuestas no difieren de aquellas extremas derechas que criminalizan al feminismo y se oponen sin complejos y abiertamente a los derechos de las mujeres y personas LGTBI.

Tal y como evidencian los estudios de caso analizados en el informe “La extrema derecha y el antifeminismo en Europa” (2021) de la Fundación de Estudios Espacio Público, el futuro que proyectan todas ellas tiene en común el retorno al viejo modelo de hombre proveedor y mujer reproductora y cuidadora, introduciendo mecanismos de disciplinamiento de las mujeres y personas LGTBI usados profusamente en el pasado: limitar o eliminar los derechos sexuales y reproductivos, fortalecer la familia nuclear heteronormativa y patologizar otras formas familiares, refijar el rígido binarismo de género –sólo hay hombres y mujeres biológicamente determinados– persiguiendo la educación sexual y asimilándola con la pedofilia, negar la violencia machista, etc.

El futuro que imaginan estas extremas derechas, sin embargo, no es sólo un retorno a un supuesto pasado dorado, sino un proyecto constituyente en construcción, en discusión y sin contornos claros, pero que avanza hacia formas sociales antiigualitarias a través de estados con un fuerte carácter autoritario. Sólo hace falta mirar hacia las democracias iliberales del este de Europa o a la Argentina de Milei.

Desde esa perspectiva, comparto las tesis que argumentan que la relevancia que va adquiriendo la extrema derecha no puede ser interpretada sólo como una reacción al avance de los derechos de las mujeres. Sino que, más bien, podría explicarse por su capacidad para usar moduladamente sus posiciones antifeministas, según el contexto, para debilitar la democracia representativa e instaurar un nuevo régimen político que responda autoritariamente y en clave elitista a los grandes desafíos civilizatorios a los que nos enfrentamos, como la crisis ecológica, la crisis de reproducción social, el reemplazo humano por robots, etc.

He desvelado algunas de las condiciones ambientales, estrategias e intenciones que persigue la extrema derecha para pescar en el gineceo de las mujeres. Ahora necesitamos entender con cierta urgencia la corriente subterránea que podría estar articulando el apoyo de las mujeres, aún minoritario, a una revuelta reaccionaria organizada a nivel mundial para poder frenar su crecimiento. María Eugenia Rodríguez Palop ya indagaba extensamente y con lucidez en muchas de las claves que podrían estar detrás de los malestares de las mujeres y para los que el feminismo liberal no tendría respuestas. Aquí me propongo introducir algunos elementos que, sin ser del todo nuevos, profundizan en algunos aspectos no tan explorados de ese malestar contemporáneo que corroe la vida de las mujeres y que puede estar siendo capturado por algunas extremas derechas.

La crítica de la extrema derecha a las políticas de igualdad liberales intuye lo que muchas mujeres perciben: que su promesa de bienestar sólo ha llegado a algunas pocas afortunadas, mientras que ha abandonado a la inmensa mayoría. Lo cierto es que muchas mujeres sienten que sus vidas lejos de mejorar se enfrentan hoy más que nunca a la incertidumbre y a la amenaza de ver fracasadas sus expectativas vitales, especialmente las mujeres jóvenes, las mujeres que viven en entornos rurales y madres cabeza de familias monomarentales. A la extrema derecha no se le escapa, y Le Pen y Meloni marcan la pauta. Las dos dirigentes así pueden oponerse a unas políticas de igualdad que representan el statu quo de ese “neoliberalismo progresista” que beneficia a una nueva élite femenina, de la que ellas hipócritamente forman parte, al tiempo que se posicionan a favor de la igualdad salarial y apoyan medidas dirigidas a las jóvenes madres y a las familias monoparentales, en particular.

Hay algo más. Pese a la falta de redistribución del poder económico y social entre mujeres y hombres, es verdad que las políticas de igualdad han corroído las tradicionales jerarquías de género y han provocado cambios sustanciales en la articulación de los lazos sociales y de las relaciones íntimas.

El capitalismo, siempre a la conquista de nuevos mercados que satisfagan necesidades vitales, ha logrado introducir una racionalidad mercantil en ámbitos de la vida impensables como la amistad, el sexo o el amor. La mayor libertad de elección de las mujeres en la forma de vincularse , que no debe confundirse con la mayor capacidad de decisión para hacerlo, podría haber quedado atrapada en la gramática relacional de una individualidad narcisista que arrincona la empatía y que, guiada por la racionalidad económica del interés propio, aspira apenas a acumular experiencias en un nuevo mercado sexual amplio y diverso. Una nueva subjetividad ensimismada y con rasgos psicopáticos no sólo estaría impidiendo la articulación de vínculos estables, sino que, además, estaría tensionando hacia la ruptura los ya establecidos.

El sexo casual y el reconocimiento de las mujeres a partir de un capital erótico, que merma en las sociedades patriarcales a medida que avanza su edad, y que pueden leerse como fuentes de agencia y ejercicio efectivo de la libertad, en realidad son agujeros negros para la inmensa mayoría de las mujeres. Entre otras cosas porque minan su autoestima al someter sus cuerpos a una producción obsesiva y también competitiva, al servicio exclusivamente de la mirada y del deseo masculino. Y eso es así porque, aunque el amor romántico de pareja ha dejado de ser para las mujeres el fenómeno iluminador que las coloca en el centro de su propia experiencia y les revela su misión en el mundo, la autoestima de la mayoría de las mujeres se sigue apuntalando en una vincularidad relacional que forma parte de su identidad emocional-cultural, sobre todo por su papel central en el cuidado de otras personas. Las mujeres no somos todavía la extraordinaria Bella Baxter imaginada por Yorgos Lanthimos en Pequeñas criaturas.

La cuestión que aquí nos interesa ver es que esto, en parte, podría estar explicando la existencia de algunos movimientos de mujeres que rechazan su objetivación sexual y un sexo casual desapegado y desresponsabilizado del otro, y que giran su mirada hacia los valores familiares perdidos y los roles tradicionales de género. Como señala la socióloga Eva Illouz, quizá su rechazo a esta libertad sexual capturada por el mercado, que ha cambiado la relación entre los sexos y también ha reforzado el dominio de los hombres sobre las mujeres, podría explicar algunos malestares de las mujeres que, aunque menos visibles y analizados, podrían desempeñar un papel importante en su apoyo potencial a las nuevas extremas derechas.

La incertidumbre material, emocional y vincular que convierte el futuro en una competición solitaria por la supervivencia, por una parte, y el deterioro de la autoestima de las mujeres, por otra, pueden darnos sorpresas y provocar que lo que hace una década eran fenómenos aparentemente marginales, ya no lo sean tanto. Al feminismo de la cuarta ola le ha salido un competidor astuto y reaccionario que pugna por reorientar los malestares de unas mujeres a las que la promesa de la liberación de una identidad ligada exclusivamente al hecho biológico y al amor romántico, no sólo no les ofrece seguridad material, sino que parece exigirles renunciar a una vincularidad que, ellas saben, es la condición de posibilidad irrenunciable para ir al encuentro de su destino volando en libertad.

Nota:

Este artículo es una actualización del que fue publicado en 26 junio 2021 en el debate de la Fundación Espacio Público sobre antifeminismo y extrema derecha.

Las tecnologías de inteligencia artificial (IA) han emergido con fuerza durante los últimos años llegando a convertirse en el foco de acaloradas discusiones no solo en el ámbito tecnológico, sino también político, académico, filosófico y la esfera pública en su conjunto. Las promesas de mejora y progreso que se atribuyen a la IA se entremezclan con las preocupaciones que generan los posibles riesgos que estas tecnologías pueden producir tanto a escala individual como en el conjunto de la ciudadanía y los sistemas democráticos.[1]

Aunque estos debates son útiles y sin duda necesarios, casi todos ellos asumen 1) que la adopción de la IA es inevitable y 2) que estas tecnologías son neutrales y sus efectos nocivos o beneficiosos dependen del uso que se haga de ellas. En este artículo abordamos brevemente tres grupos de problemas éticos –privacidad, autonomía humana y libertad; sesgos, discriminación e igualdad; y crisis ecosocial– que surgen en torno a la IA y que, de distinto modo, ponen de relieve como estas tecnologías, lejos de ser neutrales, son inherentemente políticas y, por tanto, su adopción responde a un compromiso con ciertos proyectos ideológicos[2]. Desde esta perspectiva la IA no es un conjunto de tecnologías neutrales, sino una industria que se vale de la extracción y explotación no solo de los recursos naturales, sino también de nuestros datos y nuestros cuerpos.

 Algunos problemas éticos de la IA

Privacidad, autonomía humana y libertad. Una de las componentes esenciales que necesita cualquier sistema de IA para poder funcionar son los datos. Los datos son la información, la experiencia si usamos una metáfora humana, de la que se nutren los algoritmos (los sistemas de reglas) que permiten que la IA funcione. Grosso modo, podríamos decir que los algoritmos aprenden de los datos a extraer las relaciones y los resultados más probables. Identifica patrones que se encuentran presentes en los datos y así puede hacer estimaciones precisas. Por este y otros motivos la recopilación de datos es una práctica que tiene lugar diariamente de forma masiva y que nos afecta a todos.

En este contexto, muchos planteamientos éticos vinculados a la recopilación explotación y uso de los datos se plantean en relación con los problemas que estas prácticas pueden suponer, primero, para la privacidad. Los datos que se recopilan a través de nuestros relojes inteligentes, el consumo de películas y plataformas en streaming, etc, pueden contener y eventualmente revelar información extremadamente privada sobre nuestras vida como nuestra orientación sexual[3], nuestras prácticas sexuales, nuestra vida sentimental, familiar, y muchas otras cuestiones que con casi toda seguridad no compartiríamos con una persona de poca confianza y, aún menos con un extraño[4].

Pero los problemas relacionados con los datos también pueden producir problemas en relación con la autonomía humana y la libertad individual. En relación con la autonomía humana el problema se encuentra relacionado con la pérdida de la capacidad para pensar y tomar decisiones por nosotros mismos en una sociedad donde el uso de algoritmos de IA es cada vez mayor. Pensemos que cuando Netflix o cualquier plataforma de streaming nos hace una recomendación sobre qué película o serie podríamos ver, casi automáticamente desaparece un abanico entero de posibles contenidos que podríamos haber elegido si hubiéramos sido nosotros los que hubiéramos hecho la selección. El problema aquí no es tanto que la recomendación en base a nuestras elecciones previas, sino nuestra predisposición a mantenernos dentro de las películas seleccionadas por el algoritmo.

En el caso de las plataformas de streaming esto puede ser algo anecdótico, pero ¿qué sucedería si este tipo de sistemas se usaran para recomendarnos que nuevos productos disponibles en el supermercado nos gustarán más en base a nuestras preferencias alimenticias? ¿Y si las recomendaciones fueran sobre qué carrera estudiar, qué universidad elegir, dónde veranear o con quién tenemos más posibilidades de construir una relación sentimental duradera? Nuestra tendencia no solo a considerar, sino en muchos casos a adoptar las recomendaciones de la tecnología puede resultar muy problemática si el número de ámbitos en los que estas actúan aumenta. Aunque seamos nosotros los que creemos tener la última palabra, lo cierto es que este tipo de recomendaciones acotan nuestro rango de actuación y en muchos casos eliminan siquiera la posibilidad de plantearnos otras preferencias, caminos y/o alternativas que rompan con ese sendero que los algoritmos marcan a partir de nuestros gustos previos.

Además de la pérdida de autonomía humana, la recopilación y uso masivo de datos también puede afectar a la libertad individual. En la tradición liberal que predomina en los países occidentales la libertad se entiende como la ausencia de interferencia para actuar de la forma que nosotros consideramos más adecuada siempre y cuando esta se mantenga dentro de los límites que permiten la convivencia dentro de una comunidad política[5][6]. Para ejemplificar como la IA afecta a esta idea de libertad normalmente se recurre al uso que hace China de estas tecnologías. El sistema de crédito social chino funciona a través de la recopilación de ingentes cantidades de datos sobre sus ciudadanos para sancionarlos o premiarlos en función de cómo de “cívica” haya sido su conducta. Así, por ejemplo, a los ciudadanos que hayan acumulado una serie de faltas, como ausencias a citas médicas o cruzar la calle con un semáforo en rojo, puede llegar a prohibirles realizar vuelos internacionales[7]. En este sentido, resulta evidente como ciertas formas de uso de nuestros datos puede entrar en conflicto con la libertad individual de las personas.

Aunque en Europa este tipo de sistemas estarán prohibidos según la regulación de IA[8], cabría preguntarse hasta qué punto, por ejemplo, el uso de sistemas de IA para determinar a qué personas se les otorga un crédito bancario y a quiénes se les deniega, controlar las fronteras, otorgar visados, etc., constituyen o no actos contrarios a la libertad. Si atendemos a otras formas de entender la libertad que se salgan del marco del liberalismo como, por ejemplo, la que se maneja dentro del marco del republicanismo donde la libertad no se entiende con relación al individuo, sino a la comunidad en su conjunto[9], entonces encontramos que es posible que los sistemas de IA preserven la libertad individual, es decir, no interfieran en nuestra vida, y, sin embargo, no nos permitan ser ciudadanos libres[10].

El concepto de libertad como no dominación que opera en el seno del republicanismo muestra cómo, a ojos del liberalismo, un esclavo podría ser considerado libre si tuviera un amo muy bueno que le permitiese hacer lo que quisiera. El hecho de que el esclavo elija sus actos no le hace menos esclavo, pues siempre se encuentra bajo el control de su amo. En este sentido, el republicanismo y sus versiones contemporáneas ofrecen unas nuevas lentes con las que problematizar la IA y ser más críticos con estas tecnologías. Estas reflexiones apuntan a que aún en aquellas circunstancias en las que la IA no llegase a interferir directamente en nuestra vida, el hecho de que estas tecnologías se materialicen en todos los ámbitos de nuestra vida convierte a las empresas que recopilan nuestros datos en dueños de nuestras vidas. En el capitalismo de la vigilancia en el que son otros los que disponen de nuestros datos y los que eligen cómo y cuándo usarlos, nosotros, la ciudadanía, dejamos de ser libres[11].

Sesgos, discriminación e igualdad. En relación con los datos no solo importa cuántos datos se recopilen. También hay problemas éticos que surgen en función del tipo de datos que se usen para nutrir los sistemas IA. Como mencionábamos en el apartado anterior la IA aprende de los datos con los que se le entrena, principalmente, buscando patrones de repetición que le permitan identificar las relaciones más probables en función de la frecuencia. El entrenamiento y uso de datos de mala calidad y poco representativos en el caso de la IA puede producir problemas de discriminación y, por tanto, resultados que generan situaciones incompatibles con la justicia entendida en términos de igualdad[12].

Los problemas de discriminación en la IA pueden tomar distinta forma y se pueden deber a cuestiones de raza, etnia, género, clase social, religión, lenguaje, etc[13]. Estos problemas se producen cuando los datos de los que se nutren los sistemas de IA no son representativos y, al contrario, tiende a sobrerrepresentar a unos colectivos frente a otros. En la medida que la IA, como sucede de manera generalizada en el ámbito científico-tecnológico, es marcadamente androcéntrica los datos suelen representar con mayor frecuencia a los hombres blancos antes que a cualquier otro grupo de personas. Así, desde que estas tecnologías han empezado a operar entre nosotros se han ido descubriendo este tipo de sesgos que generan discriminación.

Para ilustrar esta problemática podemos usar el ejemplo del sistema IA que hace unos años puso en marcha Amazon para optimizar su proceso de selección de personal y elegir a los mejores candidatos para un puesto[14]. Sin embargo, al poco tiempo de tener en funcionamiento este sistema, la compañía se dio cuenta de que a los currículums de mujeres se les asignaba, de manera sistemática, una puntuación más baja que a la de los hombres. Tras analizar qué estaba sucediendo descubrieron que en los datos con los que se había entrenado al algoritmo, que procedían de los procesos de selección de personal de la empresa durante los 10 años anteriores, había una desproporcionada presencia de hombres. Esto provocó que el algoritmo encontrase un patrón de repetición claro: si en el pasado más hombres se habían presentado para ocupar un puesto y habían sido seleccionados, entonces debe ser que ellos son más aptos para ese cargo. De este modo que cuando esta IA se puso en funcionamiento empezó a tomar la variable “hombre” como algo positivo, tal y como podría haber sido el tener más años de experiencia en un puesto similar o una formación especializada en el área de contratación.

Como hemos señalado antes, los sesgos también pueden producirse por cuestiones de raza. El proyecto Gender Shades analizó tres sistemas de reconocimiento facial y demostró como los rostros de personas negras eran identificados con menos precisión que los de personas blancas de manera sistemática. Uno de los sistemas, desarrollado por Microsoft, identificaba correctamente el 100% de las caras de hombres blancos, en el caso de los hombres negros el porcentaje de aciertos era del 94%. Las cifras de IBM eran incluso peores, frente al 99,7% de hombres blancos correctamente identificados el de hombres negros era del 88%. Si al color de la piel le sumamos la variable del género, entonces la diferencia es aún mayor. Frente al 100% de hombres blanco bien identificados por el sistema de Microsoft, este solo acertaba con el 79,2% de las mujeres negras. En el caso de IBM la diferencia era del 99,7% para los hombres blancos al 65,3% para las mujeres negras.

Estos y otros ejemplos muestran como la IA está sesgada en distintos sentidos, produce situaciones discriminatorias y evidencia de falta de neutralidad. Estos problemas no son fallos o errores puntuales que se den en la tecnología, sino que son el resultado de una forma de pensar, entender y hacer ciencia y tecnología desde presupuestos marcadamente androcéntricos y blancos. La IA, como el resto de las tecnologías, ha sido (y continúa siendo) imaginada, diseñada y usada no solo en el marco de un sistema patriarcal, sino también capitalista en el que la norma, el dato estándar, es el del hombre blanco occidental. Esta realidad que permea las estructuras de la IA, y todas las disciplinas científico-técnicas, son el verdadero motivo de las sistemáticas discriminaciones y situaciones de desigualdad producidas por la tecnología y evidencia que estas son indisociables de proyectos ideológicos, así como ciertos contextos políticos y sociales. Si buscamos construir sociedades justas en la que todos los ciudadanos y ciudadanas sean libres e iguales, entonces debería ser una prioridad no solo acabar con los sesgos, sino cuestionar el proyecto actual de IA. La tarea por delante no es sencilla, la igualdad en la IA no solo depende del uso de bases de datos que representen en igualdad de condiciones a los colectivos que se verán afectados por sus decisiones y/o recomendaciones, también implica revisar los propios fundamentos tecnológicos, científicos, políticos, económicos y sociales que han permitido que la IA surja con tanta fuerza y amenace con convertirse en un ser omnipresente en nuestra sociedad.

Crisis ecosocial. Desde finales del s. XX las tecnologías digitales han sido presentadas como radicalmente contrarias a las tecnologías industriales de la primera y la segunda revolución industrial y, por tanto, como limpias, respetuosas con el medioambiente, casi independientes de infraestructura y normalmente asociadas a trabajos de gran valor social que necesitan de alta cualificación. Así lo reflejan los distintos discursos sobre tecnologías como la IA que se encuentran plagados de metáforas ecológicas como “la nube”, “redes neuronales”, “montañas de datos”, “granjas de datos”, etc., que nos hacen relacionar estas tecnologías con el respeto a la naturaleza y un futuro verde[15]. Metáforas que tratan de ocultar una realidad muy distinta: que la IA, lejos de ser un ente casi etéreo similar a una nube, es tan material y contaminante como una mina.

De la mina proceden los materiales que se necesitan para fabricar las tecnologías de IA. Materiales como el cobre, el níquel, el litio, las tierras raras, etc., se han convertido en elementos esenciales cuya extracción genera un impacto ecológico tremendo y su apropiación, conflictos geopolíticos serios. Y es que, por un lado, buena parte de estos materiales críticos, también conocidos como CRM[16], se encuentran en suelo chino y ruso, así como en otros países como Brasil, India, Chile, Bolivia, etc. Solo una pequeña parte de ellos se encuentra en territorio europeo. Por otro lado, las prácticas de extracción asociadas a la minería producen erosión, pérdida de biodiversidad, devastación de la vegetación cercana, contaminación de las aguas, deforestación, etc. Además, la minería, el refinamiento de materiales, la manufactura fuera de Europa, etc., suele estar vinculada a unas condiciones laborales pésimas para los trabajadores implicados[17].

Una vez se dispone de los materiales adecuados y estos son manufacturados su transporte a Europa también produce un impacto ecológico importante. En 2017, el transporte a través de barcos mercantes, utilizados, entre otros fines, para transportar los productos y las tecnologías de IA, fue responsable del 3,1% de las emisiones globales de CO2, lo que supera, por ejemplo, las emisiones producidas por un país como Alemania[18]. Asimismo, los cables submarinos a través de los cuales se transmite gran parte de la información que necesita la IA para funcionar producen un impacto medioambiental muy alto y son una realidad normalmente opacada al hablar de IA.

La minería, el refinamiento, la manufacturación y el transporte ponen de relieve que lejos de ser realidades no contaminantes, la IA es un grupo de tecnologías que necesita de una amplísima infraestructura (mucho mayor que la de las tecnologías industriales) para funcionar. Una infraestructura que se extiende también dentro de las fronteras europeas. Los centros de datos donde se almacena la información –nuestros datos– que usa la IA también son realidades materiales que permanecen con frecuencia ocultas y que, sin embargo, consumen una gran cantidad de energía. En el año 2018, los centros de datos europeos consumieron el 2,7% de la energía eléctrica producida en la UE y las predicciones más optimistas, en el caso de que las ganancias en eficiencia energética crezcan al mismo ritmo que el consumo, estiman que este alcance el 3,21% en 2030. En el caso de que eficiencia y consumo no vayan de la mano este último podría alcanzar el 6%[19].

Y es que, ya en 2011, si la computación en la nube fuera considerado un país, esta sería el sexto país del mundo que más energía eléctrica demanda[20]. Entre 2012 y 2014 la industria de las tecnologías de la comunicación y la información (TIC) consumió tanta energía eléctrica como el tercer país más contaminante del mundo, solo detrás de EEUU y China[21]. También el entrenamiento de algoritmos como ChatGPT y otros grandes modelos de lenguaje consume grandes cantidades de energía que suelen ser pasadas por alto. Se estima que entrenar a ChatGPT-3 ha «generado 500 toneladas de CO2, el equivalente a ir y volver a la Luna en coche»[22]. Además, «el uso que se habría hecho de electricidad en enero de 2023 en OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, podría equivaler al uso anual de unas 175.000 familias danesas»[23], aunque se apunta que estas familias no son las que más consumen en Europa.

Finalmente, el reciclaje de los desechos electrónicos que se derivan del uso masivo de tecnología, entre ellas las de IA, no es todavía una práctica totalmente extendida en la UE. Gran parte de estos desechos se trasladan a países como Ghana o Pakistán donde son acumulados produciendo un deterioro del entorno y las especies que lo habitan a través de la acidificación de las aguas, la expulsión de gases tóxicos, la pérdida de biodiversidad, etc. Esta realidad pone de relieve una forma de funcionamiento de la IA muy distinta a la narrativa de los datos y los algoritmos que solemos escuchar. Al contrario, plantea serias dudas sobre si los discursos políticos, económicos y académicos qué presentan a la IA como una aliada fundamental para luchar contra el cambio climático están o no en lo cierto y si esta no sirve más bien para hacer greenwashing y seguir justificando y legitimando el consumo ilimitado en Occidente sin importar el impacto socioecológico que ello implique.

Conclusiones

Los problemas éticos que hemos expuesto en este texto son solo algunos de los que surgen en torno al diseño, adopción y uso de estas tecnologías[24]. La elección de estos y no otros se debe a que apuntan a problemas de fondo asociados el proyecto de IA en su conjunto, no a una simple enumeración de debates éticos que parten de la asunción de que dicho proyecto es bueno y/o deseable en sí mismo. El impacto socioecológico de la IA, junto a sus implicaciones para la libertad, las mujeres y otros colectivos vulnerables, pone de relieve que estas tecnologías son mucho más que sistemas enfocados a tomar decisiones iguales o mejores que las humanas, sino que más bien constituyen una idea, una forma de entender y ejercer el poder, una infraestructura y una industria extractivista de nuestros de recursos naturales, nuestros datos y nuestros cuerpos. En este sentido, la reflexión ética y política sobre la IA nunca debería limitarse a asumir los marcos tecnooptimistas que se nos imponen dentro del capitalismo y, más bien, debería a apuntar hacia como construir futuros ecológicos y socialmente justos en los que la tecnología no sea la única solución a nuestros problemas y la vía preferencial hacia el progreso.

Referencias:

Este texto forma parte de la colaboración entre ESPACIO PUBLICO y FUHEM ECOSOCIAL. Fue publicado en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 164, invierno 2023/2024, pp. 33-43.

[1]Mariarosaria Taddeo y Luciano Floridi, «How AI can be a force for good», Science361(6404), 2018, pp. 751-752.

[2] Langdon Winner, El reactor y la ballena, Gedisa, 2013.

[3] Ryan Singel, «Netflix Spilled Your Brokeback Mountain Secret, Lawsuit Claims», Wired, 17 de diciembre de 2009.

[4]Carissa Veliz, Privacidad es poder, Debate, 2021.

[5] John Stuart Mill, Sobre la libertad, Alianza, 2013.

[6] Isaiah Berlin, Sobre la libertad, Alianza, 2017.

[7] Charlotte Jee, «China’s social credit system stopped millions of people from buying travel tickets», MIT Technology Review, 4 de marzo de 2019.

[8] Lucía Ortiz de Zárate Alcarazo, «La regulación europea de la IA», ABC, 21 de marzo de 2023.

[9] Quentin Skinner, Liberty before Liberalism, Cambridge University Press, 2012.

[10] Filip Biały, «Freedom, silent power and the role of an historian in the digital age–Interview with Quentin Skinner», History of European Ideas, 48(7), 2022, pp. 871-878.

[11] Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, Paidós, 2020.

[12] Lucía Ortiz de Zárate Alcarazo, «Sesgos de género en la inteligencia artificial», Revista de Occidente, 502, 2023.

[13] Naroa Martinez y Helena Matute, «Discriminación racial en la Inteligencia Artificial», The Conversation, 10 de agosto de 2020.

[14] Jeffrey Dastin, «Amazon scraps secret AI recruiting tool that showed bias against women», Reuters, 10 de octubre de 2018.

[15] Allison Carruth, «The digital cloud and the micropolitics of energy», Public Culture26(2), 2014, pp. 339-364.

[16] De sus siglas en inglés Critical Raw Materials.

[17] Kate Crawford, Atlas of AI: Power, Politics, and the Planetary Costs of Artificial Intelligence, Yale University Press, 2021.

[18] Zoe Schlanger. «If Shipping Were a Country, It Would Be the Sixth-Biggest Greenhouse Gas Emitter», Quartz, 17 de abril de 2018.

[19] Francesca Montevecchi, Therese Stickle, Ralph Hintemann, Simon Hinterholzer, Energy-efficient Cloud Computing Technologies and Policies for an Eco-friendly Cloud Market, Comisión Europea, 2020.

[20] Tom Dowdall, David Pomerantz y Yifei Wang, Clicking Green. How companies are creating the green internet, Greenpeace, 2014.

[21] Adrián Almazán, «¿Verde y digital?», Viento Sur: por una izquierda alternativa, 173, 2020, pp.61-73.

[22] Manuel Pascual, «El sucio secreto de la Inteligencia Artificial», El País, 23 de marzo de 2023.

[23]Ibidem

[24] Mark Coeckelbergh, Ética de la inteligencia artificial, Catedra, 2021.

Una reciente información, difundida por el Instituto Nacional de Estadística de Francia (INSEE) ha provocado inquietud entre muchos franceses y ha tenido una amplia repercusión mediática: en 2023, la fecundidad en Francia cayó a 1,63 hijos por mujer. Si el dato hubiese emanado de nuestro INE, la satisfacción, ente nosotros, sería mayúscula.

En efecto, aunque en todos los países de la Unión Europea, la fecundidad se sitúa, de forma persistente, por debajo del nivel de remplazo de las generaciones, equivalente a dos hijos por mujer, estos dos países similares y vecinos se encuentran en las antípodas. Mientras Francia lleva años como la excepción europea, rozando el nivel de remplazo[1], España ocupa el otro extremo, en pugna con Italia, con décadas en los niveles más bajos. El último dato para España estimado por la Human Fertility Database (HFDB) es de 1,21 hijos por mujer en junio de 2023.

La conexión entre neoliberalismo y descenso de la fecundidad

Francia ostenta la particularidad de ser uno de los países de la UE que más ha resistido la penetración del neoliberalismo, especialmente en lo que se refiere al debilitamiento de las políticas sociales. Por ejemplo, desde los años noventa, los intentos de reformar (recortar) las pensiones se han enfrentado a una fuerte resistencia popular, que ha conseguido frenarlos o atenuarlos.

La presidencia de Macron, el intento más intenso de imponer las políticas neoliberales, ha conseguido introducir una serie de reformas (en materia de relaciones laborales, pensiones, inmigración, por ejemplo) gracias a la mayoría absoluta, primero, y después al uso extensivo del decreto (el llamado “49.3”, por el artículo de la Constitución que lo regula), enfrentándose a una fuerte oposición en la calle (la de los “chalecos amarillos”, entre otras movilizaciones) que ha terminado por beneficiar a la extrema derecha, hoy favorita para ganar las próximas elecciones presidenciales y generales.

Uno de los efectos de esta extensión del neoliberalismo ha sido, como lo es en otros países, la disminución de la fecundidad. España, país de la UE con mayores índices de desigualdad y pobreza, en el que los jóvenes tardan más en poder emanciparse y en el que las características del empleo y de los salarios les son menos favorables, es también el país con la fecundidad más baja. Muchos jóvenes viven aún con sus padres (hasta los 30 años en promedio) porque no les alcanza, no ya para comprar una vivienda, ni siquiera para alquilar, ni siquiera compartiendo. Muchos jóvenes tardan en encontrar empleo y, cuando lo encuentran, suele ser precario y mal pagado. Estas personas se comportan con impecable racionalidad: no tienen hijos.

La extrema derecha y la vocación reproductora de la familia

Hoy, la cuestión demográfica, la baja fecundidad y la inmigración, se ha erigido en un problema político importante y en uno de los principales campos de batalla para la extrema derecha.

En materia de discurso ideológico, destaca, en particular, la pervivencia del natalismo. Este viejo conocido impregna proclamas y políticas que cuestionan y condenan toda evolución de las familias que las aparte de su vocación reproductora. Se culpabiliza al feminismo, tratándolo de “ideología de género”, y siempre considerado radical, también a la diversidad sexual, por ser antinatural. Y en el horizonte, la catástrofe, la extinción de la nación.

Este alarmismo, histriónico y agresivo (por ejemplo, cuando intentan impedir por la intimidación el reconocido derecho a la interrupción voluntaria del embarazo), se contrapone a una realidad demográfica en la que no se cumplen sus siniestros vaticinios.

Proclamas que chocan con la realidad

La población española sigue creciendo y el incremento de personas mayores no ha hecho quebrar el sistema de pensiones. Más bien ha llenado los lugares de vacaciones de nuevos turistas de temporada baja, en viajes organizados por el IMSERSO, para contento de la industria hotelera y de los propios interesados. Los mayores también ayudan a que las madres que trabajen puedan respirar un poco y no sientan a todas horas la espada de Damócles de lo imprevisto.

El discurso regresivo se expresa preferentemente mediante metáforas sin ninguna base científica, que no buscan aclarar incertidumbres, sino fomentar la inquietud en los espiritus. “Suicidio demográfico”, “Invierno o Infierno demográfico” son expresiones que apuntan a un porvenir de expiación por pecados actuales.

Sobre estas bases se construyen los discursos antigénero y antiinmigratorios de los partidos de ultraderecha que van progresivamente destiñendo en el ideario de las derechas tradicionales.

Los voceros alertan del peligro de extinción de la nación, desangrada por la baja natalidad, consecuencia de la crisis de valores que afecta a la familia, de la que acusan a la ideología de género y a las élites supranacionales. La solución, para ellos, reside en el fomento directo de la natalidad, prefiriendo las prestaciones monetarias a la extensión de los servicios, y la protección de las mujeres que acepten y ejerzan su papel de madre.

Resurgen juntos, en estos discursos, el control de la sexualidad y la prohibición del aborto, inscritos en el regimen demográfico antiguo, como medios de encauzar y mantener a la familia en la senda de la reproducción. La misma preocupación por las esencias nacionales lleva a Vox a condenar y hasta a criminalizar la inmigración, consciente de que los vacíos tienden a llenarse.

No hay que minusvalorar el peligro de involución democrática que entrañan estas críticas y propuestas. Pero hay que ver también en ellas la manifestación del desconcierto de una parte de la sociedad frente a la extensión de las libertades que contradicen los valores en que fue educada por el nacional catolicismo español.

Pudo haberse quedado en un efecto generacional si el reducto de nostálgicos no se renovara gracias a la todavía aplastante presencia de la iglesia católica, a los nocivos efectos económicos de la mundialización y a la utilización política de esos miedos por partidos como Vox y el PP, al que suponíamos mayor sensatez.

Bien es verdad que, en Europa, toda la derecha tiende a hacer suyo ese discurso, a la vez que el realismo económico favorece la llegada de inmigrantes. Un barril de pólvora.

Las teorías del Gran Reemplazo

Todo este entramado de bulos, falacias, mitos y alarmismo, al servicio de intereses políticos y financieros, ha encontrado su expresión en el lenguaje demográfico, que no en la ciencia demográfica. Los medios de comunicación manipulan con frecuencia la información relativa a los hechos de población, mediante el abuso de un lenguaje alarmista y el recurso a “expertos” que, en su gran mayoría, no son demógrafos y a menudo solo representan a grupos de presión.

El foco se dirige ahora sobre todo a la inmigración, reforzado por la visión catastrofista de la baja fecundidad. Las teorías del “Gran Remplazo” se basan en ligar la baja fecundidad, que fácilmente atribuyen a los excesos del feminismo y a la pérdida de valores, y la inmigración, que consideran una invasión que acabará sustituyendo a la población autóctona.

En este caso, la ultraderecha se limita a explotar a su favor una insuficiencia, o contradicción, importante del capitalismo actualmente imperante. La mundialización ha facilitado enormemente la circulación de las mercancías y del capital, pero impone barreras al movimiento de personas.

La propia lógica del capitalismo exacerbado conduce a restringir sin límite el coste de la reproducción tanto de la fuerza de trabajo como de los recursos naturales. Lo primero conduce a que, en los países de mayor dominio del capitalismo financiero, la fecundidad no permita ni el simple mantenimiento de la población en el ámbito cerrado del Estado-Nación. Lo segundo a que crezca la alarma ante el problema de los recursos no renovables y de que alcance el nivel de crisis aguda el deterioro de nuestro planeta, sometido a una explotación excesiva y a su uso como cloaca, sin que se asuman los costes de mantenimiento del clima, del medio ambiente y de recursos básicos como el agua.

Los negacionismos se retroalimentan

Frente a la crisis climática y medio ambiental, la estrategia de la extrema derecha, seguida por buena parte de la derecha tradicional, es un claro negacionismo. Algo de negacionismo tiene también su actitud sobre la cuestión demográfica. No reconoce que la reproducción en el ámbito cerrado de un país es hoy incompatible con la lógica del capitalismo global, a pesar de que cada vez sea más evidente que la economía y la demografía de los países más desarrollados[2] depende crecientemente de la inmigración[3].

El gran problema es que la política actual de los Estados y de la Unión Europea en materia de inmigración acredita la influencia creciente de las tesis de la extrema derecha. Todas estas políticas se orientan a dificultar la entrada de inmigrantes y sus condiciones de vida en el país de “acogida”.

Debe reconocerse una cierta coherencia a la posición de las derechas, orientada por la nostalgia de un sentimiento nacional y de unos valores, cada vez menos presentes en la realidad económica y en la vida de los ciudadanos.

Las dificultades de implantar un discurso de izquierdas

Frente a ese sinsentido que, a pesar de todo, consiguen rentabilizar, la izquierda, una vez más, se muestra incapaz de esgrimir un discurso propio. Dominada por la prudencia, que acaba convirtiéndose en aversión al riesgo, no se atreve a hablar claro a los ciudadanos, a explicarles que la inmigración, que se deriva de nuestra situación en un mundo global, no solo es necesaria, en las circunstancias actuales, para que la economía funcione, sino que permite que España (o cualquier otro país de sus características) se mantenga como entidad autónoma, en vez de marchitarse y perecer.

La izquierda no consigue exponer con autoridad los datos y los argumentos que muestran que la clase trabajadora no se ve perjudicada, que los inmigrantes no vienen para robar puestos de trabajo ni para acaparar las prestaciones sociales. Sin hablar de la necesidad de resaltar las ventajas de la fusión cultural, a la que un mundo globalizado está necesariamente destinado. Una vez más, la izquierda acepta un marco para el debate orientado por las ideas nostálgicas y retrógradas de la derecha, en vez de intentar imponer el suyo, basado en un análisis realista del momento actual y de las tendencias futuras.

La política migratoria es un tema particularmente difícil para la izquierda, que debe descartar la tentación de apelar a razones humanitarias.

En primer lugar, porque es una batalla perdida ante un mundo laboral atenazado por el miedo a la precariedad y los bajos salarios, que ha sido convencido de que los inmigrantes contribuyen a deteriorar aún más el mercado de trabajo. En segundo lugar, porque acoger inmigrantes sería un gesto humanitario si no se pretendiera admitir solo a los más cualificados, lo que lleva a perjudicar duramente a los países que los han formado, a pesar de contar con recursos escasos, y que más lo necesitan. También llevaría a una competencia entre países de acogida, perjudicial para todos. Una buena política inmigratoria debería conseguir integrar a personas de escasa cualificación y, para ello, promover el funcionamiento del ascensor social, de manera que la pirámide de cualificaciones y empleos se renueve por la base[4].

Las crisis migratorias evidencian el espíritu de rapiña del último capitalismo

Nos encontramos en el paroxismo de la parte más negativa del capitalismo. Por un lado, su necesidad inacabable de acumulación le lleva a la extracción de valor del consumo inevitable (vivienda, energía, comunicaciones…) además de acentuar la reducción de los costes laborales, lo que provoca un empobrecimiento creciente y un aumento de la desigualdad. Por otro lado, la resistencia a asumir los costes de la reproducción, de la fuerza de trabajo y de la naturaleza, conducen a la baja fecundidad y a la crisis climática y medioambiental.

La extrema derecha no ofrece, evidentemente, ninguna respuesta eficaz ante este tipo de problemas, pero sus propuestas, que llevan todas implícito volver a tiempos pasados, tienen el atractivo de lo conocido y de lo falsamente sencillo. Sobre todo, para una población castigada en su presente y amenazada en su futuro. Sobre todo, para muchos hombres, que encuentran en ellas un alivio para su frustración frente a lo que perciben como un desclasamiento provocado, según ellos, por la “ideología de género”.

Las propuestas eficaces pasan todas por un cuestionamiento del funcionamiento actual del capitalismo y un reequilibrio de lo económico y lo social. El rendimiento a corto plazo del capital financiero no puede ser el único objetivo de toda la sociedad. La extinta socialdemocracia había encontrado una modalidad aceptable de convivencia entre el objetivo instrumental de maximización del beneficio y la necesaria cohesión social, condición de continuidad del conjunto de la sociedad, incluida la actividad económica. Sin pretender volver a lo que destruyó la contrarreforma neoliberal, es necesario, para abordar cualquiera de los grandes problemas actuales, potenciar el Estado y promover como prioridades la cohesión social y la protección del planeta. Un programa difícil de llevar a cabo en las circunstancias actuales.

NOTA DEL AUTOR. Algunas de las ideas contenidas en este artículo provienen de una reseña, redactada por el autor, del libro: Domingo, Andreu (ed.) (2023)  La coartada demográfica, Icaria, Barcelona, y pueden estar influenciadas por su contenido.

[1] En el que también se encuentra Irlanda ahora, en su trayectoria de caída de la fecundidad. Un caso muy distinto al de Francia.

[2] Llamar “desarrollados” a países que, a pesar de un elevado PIB medio por habitante, mantienen una población creciente con bajos ingresos y precariedad, es ya una burla insostenible. Entendemos aquí por “desarrollados”, a falta de otro término, aquellos países con mayor penetración del capitalismo financiero actual.

[3] Fernández Cordón, J.A. (2023) “La inmigración, clave del nuevo equilibrio demográfico” en Economistas Frente a la Crisis.

[4] Este fue el modelo catalán de integración de los inmigrantes del resto de España, analizado por Anna Cabré en su tesis doctoral: “La reproducció de les generacions catalanes 1856-1960”, en 1989.

Miles de personas han pasado ya por el Museo Thyssen-Bornemisza para ver la exposición MAESTRAS, inaugurada el pasado 31 de octubre y que se podrá visitar hasta el 4 de febrero de 2024.

Si el discurso patriarcal dominante ha ocultado históricamente el trabajo artístico realizado por mujeres, esta exposición nos permite conocer y disfrutar de casi cien obras de gran calidad cuyas autoras son mujeres, obras que fueron realizadas entre los siglos XVI al XX.

Feminismo, arte, historia concurren en esta muestra, que también tiene un indudable valor didáctico. Y nada mejor para recorrer la exposición que hacerlo de la mano de la Guía Didáctica realizada por la catedrática universitaria Marián López Fdez. Cao, que también ha dirigido el seminario Maestras españolas. Construyendo genealogía del arte español, como complemento a la exposición. Una Guía que plantea especialmente preguntas, empujando a que encuentren las respuestas quienes la leen. Le agradecemos a la autora que nos dedique una parte de su tiempo a Espacio Público para visitar con ella la muestra.

Marián López F. de Cao. Fotografía cedida por la autora.

¿Por qué esta Guía, a quién va dirigida y qué se propone?

Las exposiciones en el museo Thyssen siempre van acompañadas de un imprescindible componente educativo, especialmente a través del equipo Educathyssen, uno de los mejores equipos didácticos de España, y desde un compromiso del museo que no externaliza estos servicios sino que forma parte de su filosofía central.

Para esta exposición la comisaria, Rocío de la Villa, y el director del museo, Guillermo Solana, me propusieron ocuparme específicamente de la guía didáctica, dada mi trayectoria en el trabajo educativo en museos en clave feminista, mi conocimiento de las artistas de la exposición, el análisis de las exclusiones y tergiversación histórica de sus trayectorias y obras. Ello me daba la oportunidad de abrir temas de reflexión y cuestionamiento que me parecen importantes.

La guía invita a poner en cuestión algunos de los pilares del conocimiento al uso. La exposición Maestras puede ser considerada un hito que abre un profundo cuestionamiento a los fundamentos de la historia del arte presente en textos escolares y manuales, que se presentan como movimientos cerrados con características específicas y nombres determinados. Las y los visitantes de la exposición se quedan desconcertados ante la calidad de las obras y las autorías para ellos desconocidas, ¿De dónde salen tantas obras y de tanta calidad? ¿Dónde estaban? ¿Por qué sus autoras no están en las genealogías y vanguardias del arte? Los y las espectadoras se quedan impactados por tanta obra que desconocían y no aciertan a comprender el porqué. Si la base de la excelencia debiera ser la calidad de las obras, ¿por qué no las conocen? Y este cuestionamiento es lo que subraya esta magnífica exposición. El ocultamiento de estas magníficas obras no se debe a la calidad, sino a factores propios de la ideología subyacente a la construcción del pensamiento occidental.

Como señalo en la introducción, gracias a esta exposición, el canon comienza a ser puesto en entredicho, y desvela varios constructos que articulan no sólo la historia del arte, sino la construcción del conocimiento occidental, además del canon: el genio, la hegemonía cultural, la genealogía y el presentismo. El movimiento feminista académico lleva años alertando del presentismo –juzgar el pasado con los valores dominantes del presente– contra esta errada historiografía tradicional, que ha excluido voluntariamente a las mujeres de la historia universal (aparentemente representativa de toda la sociedad). En un discurso histórico androcéntrico, las mujeres no existen y cuando aparecen, lo hacen como la excepción, legitimando el pensa­miento patriarcal existente.

Las y los visitantes de la exposición se quedan desconcertados
ante la calidad de las obras y las autorías para ellos desconocidas. 
¿De dónde salen tantas obras y de tanta calidad? 
¿Dónde estaban? 
¿Por qué sus autoras no están en las genealogías y vanguardias del arte?

La hegemonía cultural, por otro lado, es un concepto que de­signa la dominación de la sociedad, cultural­mente diversa, por la clase dominante, imponiendo su propia cosmovisión —creencias, moral, explicaciones, percepciones, instituciones, valores o costum­bres— como norma cultural, válida y uni­versal.  La selección de obras que componen la historia del arte que nos ha sido transmitida responde a la selección de esta hegemonía cultural –a través de la genealogía que pone nombres y señala vínculos cuasi naturales de unos nombres con otros– realizada por críticos e historiadores que se han instituido como el discurso autorizado, deslegitimando cualquier otra visión.

A partir de esta reflexión que deconstruye este campo de conocimiento, abordamos las distintas secciones proponiendo textos que amplían el contexto de las secciones, ofreciendo datos relativos a las circunstancias sociales, educativas, culturales o económicas, entre otras cuestiones que pueden ayudar a comprender no sólo las obras sino las trayectorias vitales de estas artistas y su vinculación con su desarrollo profesional.

Esta guía educativa está principalmente diseñada para profesorado de educación secundaria y bachillerato, una etapa cuando adolescentes y jóvenes tienen capacidad de desarrollar su mirada crítica y poner en cuestión cánones heredados. Es una guía que tiene como intención abrir el pensamiento visual, hacer preguntas, mirar por las grietas de una narración que debe ser revisada.

La Guía está estructurada en torno a cuatro secciones que resumen las ocho que trata la muestra:

  • Mujeres, ciudadanas: La causa delle donne e Ilustradas y Académicas.
  • La mirada a la naturaleza y al otro: Botánicas, conocedoras de maravillas y Orientalismo/Costumbrismo.
  • Trabajos, cuidados y Otras visiones de la maternidad.
  • Amistad y vanguardia: Complicidades y Emancipadas.

¿Por qué estas cuatro secciones?

La exposición gira en torno a ocho secciones que se pueden ver claramente a lo largo del recorrido de la exposición que yo agrupo de dos en dos con fines educativos como señalas. Son secciones temáticas que ayudan a comprender aspectos vitales del ser humano como la lucha por la ciudadanía, el cuidado, la mirada a la naturaleza y lo otro, la amistad o la emancipación. Creo que La causa delle donne informa de la lucha por la igualdad que llevaron a cabo las mujeres desde el S. XV hasta el XVIII y que culmina con la lucha, junto a los hombres, por los derechos en la Revolución francesa. Saber que las mujeres han reclamado el acceso a la educación y estatus intelectual desde el S. XV, es para muchos y muchas jóvenes –y no tan jóvenes– algo que les sorprende, porque inexplicablemente, no aparece en los libros de historia o literatura que estudian. Yo añado algún dato relevante y textos de mujeres como María de Zayas, del S. XVI, donde, como hoy, se apoya en grandes mujeres de la historia para tratar de construir una legitimidad o Juana Inés de la Cruz que aborda temas tan actuales como el juicio masculino a la sexualidad femenina, además de parte de la vindicación de los derechos de la mujer y ciudadana, de Gouges.

Cada sección parte de una introducción amplia al concepto central y aporta datos específicos sobre algunas artistas. Aunque los modos de trabajo y de hacer arte de hombres y mujeres son similares, las miradas y los posicionamientos ante la realidad son en algunos casos, diferentes, y eso es algo que es necesario reseñar. La mirada hacia el acoso de una mujer –como es el caso de las interpretaciones de “Susana y los viejos”, o “Judith y Holofernes”, presentes en la exposición donde el artista puede conseguir que nos identifiquemos con la acosada o el acosador– difiere en muchos casos, del mismo modo que, por ejemplo, muchas de las perspectivas de las artistas a la naturaleza y al otro, precisamente por ser conscientes ellas mismas de la subalteridad a la que las somete la sociedad, son menos jerárquicas, más cercanas y respetuosas.

El “otro exótico” –la “otra exótica”– se diluye y la lucha por el sufragio coincide en muchas de ellas con la lucha por la abolición de la esclavitud. O la diferencia en la que las mujeres retratan a otras mujeres resaltando su capacidad intelectual y su verticalidad, otorgándoles dignidad, frente a innumerables representaciones a que estamos acostumbrados donde las representaciones femeninas tienden más a que se incida en su cuerpo y su horizontalidad visual que remite a la pasividad. En fin, cada sección interroga a nuestra mirada educada en la inferioridad femenina en el arte y abre ante nosotros otros modos de ver.

Aunque los modos de trabajo y de hacer arte de hombres
y mujeres son similares, las miradas y los posicionamientos ante la realidad 
son en algunos casos, diferentes, y eso es algo que es necesario reseñar.

La educación artística es un campo de batalla que nunca has abandonado. La metodología creativa y la educación de la mirada –la competencia visual y artística– debe ser fundamental en la educación”, dices. ¿Crees que se la da la suficiente importancia en los planes de enseñanza actuales?

En absoluto. Desde la Sociedad para la Educación Artística (SEA), de la que soy presidenta, llevamos casi cinco años tratando de que tanto el Ministerio de Educación, el Ministerio de Universidades y el Ministerio de Cultura comprendan la importancia de lo que hablábamos anteriormente y mucho más: de que una mirada crítica construye ciudadanos y ciudadanas libres y cultas e impide el estereotipo; que saber ver las construcciones visuales de jerarquía, de subalteridad o ejercicio de poder, nos permite no sólo desasirnos de ellas, sino modificarlas y crear nuevas.

La educación artística llevada por maestros y maestras con una formación sólida en procesos creadores y educación visual abre la mirada atenta, que es la misma que la mirada científica, que permite analizar, comparar, comprender estructuras internas y relaciones externas. Que la creación es un acto de conocimiento, vínculo y resistencia ante un mundo injusto que abre otras posibilidades más allá del aquí y ahora, el que estas mujeres de esta exposición llevaron a cabo a pesar de sus circunstancias. Ellas, las creadoras, son el ejemplo de la resiliencia a través del arte.

Queremos una red escuela-museo en igualdad donde 
los y las maestras sean profesionales formados en arte y cultura 
y también agentes activos con los museos en una red estable 
y estructurada que fomente espacios de educación 
en la inclusión, la igualdad y la diversidad.

Hoy en día, Francia y Portugal tienen un plan nacional de educación artística y cultural, que va desde lo macro a lo micro, algo que España no tiene y que desde la SEA le pedimos a los ministerios de Educación y Cultura. Sólo un plan similar será capaz de garantizar los derechos culturales, promover la creación, renovar la cultura y combatir la brecha cultural que hay en este país. Nosotros queremos que las escuelas sean espacios de cultura, no sólo los museos. Queremos una red escuela-museo en igualdad donde los y las maestras sean profesionales formados en arte y cultura y también agentes activos con los museos en una red estable y estructurada que fomente espacios de educación en la inclusión, la igualdad y la diversidad.

Actualmente, no hay red, no hay estructura, no hay formación.

Por último, después de tantos siglos silenciadas e invisibilizadas, ¿cuál crees que debe ser el papel de las mujeres en la historia del arte, en la creación y la educación artísticas?

Creo que lo que ha invisibilizado a las mujeres ha sido el relato de la historia, este relato de la historia. En esta exposición contemplamos a mujeres, como Natalia Gontcharova –que fue la primera artista, hombre o mujer, en realizar, como representante del arte ruso de vanguardia, en 1913, una gran exposición con más de 800 obras y un éxito sin precedentes–  o Sonia Delaunay –que llegó a tener un taller con más de 30 empleados– , o Helene Funke y muchas más, que fueron tremendamente famosas y con mucho éxito en su tiempo. Sin embargo, tan pronto se murieron, los libros las borraron y su obra bajó a los almacenes de los museos. Eso es el canon, la hegemonía, la genealogía.

Creo que estamos ante un momento de crisis de legitimidad de los museos, precisamente porque la historiografía feminista, al igual que la decolonial y demás movimientos críticos, está poniendo en entredicho los relatos de la hegemonía cultural, por volver al inicio. No podemos seguir mostrando a nuestras hijas e hijos que lo valioso –lo que está en los museos– es sólo lo que han hecho los hombres blancos propietaristas –en términos de Piketti– de la clase urbana. La cultura, como la creación, es mucho más que todo eso.

La exposición Maestras es una bocanada de aire puro en el museo, no sólo porque muestra y restituye la magnífica obra de mujeres tenaces, creativas y valientes, sino porque mira la realidad desde un poco más abajo, o un poco más arriba: desde las miradas de unas adolescentes planchadoras, desde las miradas de las enfermeras, de las vendedoras de zapatos, de las resistentes a la guerra que animan a los jóvenes a la deserción de las guerras y se enfrentan a la muerte. Esta nueva mirada la ha abierto el feminismo, que ha abierto a su vez, otras miradas –de clase, de origen, de diversidad–, en su continua autorreflexión crítica. Y en lo que a mi mirada atañe, al feminismo pacifista.

El arte, la creación, el proceso creador es todo lo anterior que debe acoger el museo y la educación: resignificar el mundo, mirarlo de otro modo, con cuidado y respeto, buscar una solución simbólica que nos sitúe –a través de nuestra mente, nuestra mirada y nuestras manos– en un conocimiento tácito más allá de la mera instrucción. La poesía, la danza, el teatro, el dibujo, el cine, la pintura, la música deben formar parte integral de nuestro desarrollo como humanos y es deber nuestro facilitárselo a los más pequeños. Una creación que nos haga mirar, aun en los momentos más duros, más allá. Como decía Brecht: “En los tiempos sombríos, / ¿se cantará también? También se cantará/ sobre los tiempos sombríos”.

Notas:

Marián Marián López Fdez. Cao es catedrática de Universidad (UCM). Ha colaborado con sus trabajos en Alemania (Akademie der Künste, Munich y Hochschüle der Künste, Berlín), Reino Unido (Courtald Institute of Art, Londres), EE.UU (MOMA, Nueva York) y México (Universidad de Veracruz).

Ha sido directora del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid (2007-2011), presidenta de la Asociación Mujeres en las Artes Visuales (2012-2017), asesora del vicerrectorado de Relaciones Internacionales y directora de la Escuela Complutense Latinoamericana (2012-2019).

En la actualidad dirige el grupo de investigación consolidado EARTDI 941035 “aplicaciones del Arte en la inclusión social”.

Desde 2017 es vicepresidenta del European Consortium of Arts Therapies Education un consorcio que agrupa a 34 universidades europeas que ofrece estudios de terapias creativas (danza, música, drama, juego y artes visuales). Y forma parte del comité de expertos en cultura de la Organización de Estados Iberoamericanos.

Fotografías: Espacio Público

Una pregunta que también se ha hecho la escritora (guionista, novelista, ensayista) Julia Montejo y que nos expone en su libro TODAS ESAS CHICAS DE ZAPATOS ROJOS. Sexo género y creatividad (editorial Huso), un estupendo y original ensayo en el que la autora muestra valentía y conocimiento al aventurarse por terrenos inéditos que le han exigido interconectar varias ramas del saber.

Le agradecemos a Julia Montejo que, con este motivo, haya aceptado conversar con Espacio Público.

En este ensayo hablas de la influencia de las hormonas en la actividad creativa de mujeres y hombres y dices que creamos a partir de nuestro cuerpo. ¿Cómo llegaste a esta idea y qué te impulsó a emprender esta investigación?

Como todas las investigaciones en las que invertimos mucho tiempo y ganas, también ésta partió de un interés muy personal. Llevo escribiendo desde que recuerdo. Leí muy pronto y también empecé a contar historias siendo muy pequeña. Al principio, en esos primeros años, más o menos hasta entrada la adolescencia, reinaba en mi cabeza lógicamente la fantasía y la aventura. Más adelante, empecé a encontrar una manera de hablar de mí a través de la ficción.

Además, empecé a ser consciente de que había días en los que me apetecía especialmente sentarme a escribir. Que el cuerpo me lo pedía. Eran ratos en los que me inundaba una paz sorprendente, o una sensibilidad a flor de piel que necesitaba canalizar. Y, por supuesto, estaban los relámpagos de rabia, impotencia, infelicidad ante los que el cuerpo reacciona y en los que sentarme a escribir era una manera de tranquilizarme, de ordenarme, de encontrar sentido. Todos eran momentos fructíferos e interesantes que empecé a observar primero como voyeur, y luego con curiosidad científica.

También aprendí que, en épocas felices, prefería disfrutar de la vida. Salir a la calle, compartir con otros. Y recordé la anécdota de Cristina Peri Rossi, de aquello que le dijo su tío cuando le manifestó su deseo de ser escritora… “Las mujeres no escriben, y cuando lo hacen, se suicidan”. Javier Peña dice que los escritores somos grandes infelices. Y, aunque tendamos a pensar que la infelicidad es algo abstracto e intangible, en realidad, si te acercas con la lupa del entomólogo, parte siempre de algo material.

En la pulsión creativa intervienen muchos factores, ¿cómo se puede separar la variable fisiológica del resto de variables?

No creo que se pueda. Yo diría incluso que es imposible. La fisiología se apoya sobre una realidad genética y epigenética, y está cruzada por variables diversas que nos demuestran una y otra vez la maleabilidad del ser humano. Más allá de la realidad biológica, de haber nacido con un cuerpo femenino o masculino, he intentado mostrar las cuestiones más relevantes que intervienen en los procesos fisiológicos. Sin embargo, lo central de mi ensayo es lo subjetivo que se superpone sobre los procesos fisiológicos, es decir, cómo interpretamos las mujeres nuestra menstruación, los embarazos y abortos o la menopausia y qué hacemos las escritoras con esa interpretación, generalmente inconsciente. Porque la creación está atravesada por quiénes somos, por el sexo y por el género, pero también por las herencias que hemos recibido.

En la primera parte del libro, “Una herencia tatuada en el cuerpo” nos hablas de las escritoras a lo largo de la historia. Se ha escrito y en la actualidad conocemos lo difícil que era para una mujer escribir, publicar; algunas lo tenían que hacer con seudónimo masculino. Lo original y novedoso de tu enfoque es que además de estos factores sociales, económicos, culturales… en el resto del libro te centras en otros que influyen también en la creación artística: menstruación, embarazo, maternidad, crianza, climaterio, menopausia… ¿de qué manera y hasta qué punto crees que intervienen estas variables fisiológicas a la hora de que una mujer se ponga a escribir?

Creo que en la escritura se conjuran demonios, se ordena el mundo y se buscan reparaciones. Y esto lo hacemos hombres y mujeres de manera más o menos consciente. Las mujeres partimos de una situación de profunda injusticia jurídica, social y familiar. Y esto es precisamente por el hecho de haber nacido mujeres. Es una cuestión de género, sí, pero sustentada por la biología. Nuestras hormonas modelan un cuerpo sobre el que se establecen unas expectativas. Las creadoras se rebelan contra ese destino subordinado tan alejado de la posibilidad de realización, de la autoridad y el reconocimiento. Así que cuando experimentamos síndromes premenstruales, embarazos más o menos deseados, abortos, el climaterio, etc… ¿cómo lo llevamos? ¿Lo ignoramos si podemos? ¿Lo contamos? El antropólogo danés Henrik Vigh ha desarrollado el concepto de navegación social, para explicar cómo se las apañan las mujeres para navegar por la realidad que nos rodea con un cuerpo en el que suceden acontecimientos que escapan a su control.  Porque tú puedes elegir tomarte una copa de vino o salir a montar en bicicleta, pero no puedes elegir tener o no un síndrome premenstrual.

Las montañas rusas hormonales son momentos de inestabilidad y la escritura para las personas que sienten la pulsión creativa siempre ha sido un buen asidero. La tristeza, la ansiedad, la sensación de vulnerabilidad… son sentimientos que buscan vías de escape para recuperar el equilibrio. Todos ello se vive en soledad. Y es en esa habitación silenciosa donde la pulsión creativa se ve estimulada, propulsada por la necesidad de comunicar con el otro. Escritoras como Ursula K. Le Guin, Alice Munro, Doris Lessing, o Toni Morrison explicaron su tremenda pulsión durante los embarazos y partos y su frustración por no poder escribir. A Virginia Woolf su marido le llevaba el calendario de su menstruación porque sabía que esos días eran difíciles y su trabajo se veía afectado. En ocasiones, los picos hormonales nos pueden llevar también a la no escritura.

Por otra parte, son precisamente estos momentos de grandes cambios fisiológicos los que hacen que las mujeres sean especialmente conscientes del paso del tiempo. “Ya soy madre y aún no he escrito la novela que quería. Tengo que ponerme a ello”. O, “estoy menopaúsica, sí, pero mis hijos ya no están en casa y por fin tengo estabilidad económica y tiempo. Es mi momento para escribir”. Una de las motivaciones más importantes para sentarse a escribir es sin duda la intención de crear algo que perdure y los hitos hormonales se convierten a menudo en piedras de toque en el camino.

Tu trabajo ha consistido en gran parte en escuchar, en saber escuchar (cosa poco habitual), ya que para escribir este libro has realizado un impresionante trabajo de investigación –que fue el objeto de tu tesis doctoral– y has entrevistado a una gran cantidad de escritoras que han expuesto con sinceridad y mucha claridad sus experiencias. ¿Nos puedes hablar de ellas?

Bueno, algunas no han querido que su nombre sea público. Otras ni siquiera quisieron participar porque consideraban que sus temas hormonales no interesaban a nadie. No es de extrañar porque durante siglos se ha ninguneado la capacidad intelectual de la mujer por considerarse inferiores a los hombres, ellas cuerpo, ellos intelecto.

Por suerte para mi estudio, muchas otras como Elvira Lindo, Rosa Montero, Marta Sanz, Lola López Mondéjar, Noni Benegas, María Tena, Laura Freixas, Paloma Díaz-Mas o Edurne Portela por citar solo algunas, aceptaron. La lista es larga y su testimonio ha enriquecido tremendamente el ensayo.

Creo que estamos en un momento de transición, y, como todas las transiciones, el debate se ha vuelto sensible. El cuerpo femenino está más que nunca en el centro del debate y de la creación. Y, por ello, una investigación que relacionaba, de la manera que fuera, algo tan corporal como son los procesos fisiológicos con el genio o el talento despertaba suspicacias, pero también interés. Agradecí la sinceridad para atreverse a reflexionar desde un lugar nuevo y, para algunas, incluso incómodo.

Es particularmente interesante el capítulo en el que hablas de la mente y el cuerpo, que muchas veces se ha interpretado como algo separado, y mencionas a las escritoras más jóvenes, que interpretan cerebro-mente como un todo integrado con el cuerpo. Para ellas “la palabra cuerpo tiene un contenido amplio que lo abarca todo”. ¿Se está produciendo o se ha producido ya este fenómeno?

Estamos en un momento de transición. No hay una línea clara que marque las distintas interpretaciones, aunque sí han aflorado dos posturas diferenciadas. En general, las escritoras más jóvenes abrazan su cuerpo con curiosidad e interés. No lo niegan, sino que lo incluyen.

Las escritoras más mayores han tendido a ignorar sus hitos hormonales. Sus referentes feministas han sido mujeres como Simone de Beauvoir quien, recordemos, creía que la mujer es más mujer cuando había entrado en la menopausia, es decir, cuando su ciclo fértil había quedado atrás para siempre. Por eso, mientras que estas mujeres nacidas en los 40, 50 o 60 se sintieron liberadas con la píldora, porque con ella conquistaban su propia sexualidad, las más jóvenes se cuestionan cómo les sienta, cómo les cambia. Se escuchan más. Se plantean otros dilemas. La construcción de la conciencia feminista corre en paralelo a la interpretación subjetiva que la mujer hace de su fisiología y de su cuerpo en relación con el mundo que le rodea, y este puede ser un asunto relevante en alguien que siente la pulsión por escribir.

Aunque es por donde se empieza, lo hemos dejado para el final, ¿por qué este título “Todas esas chicas de zapatos rojos”?

“Todas esas chicas de zapatos rojos, cogieron un tren que no pararía” rezan los versos de Anne Sexton, la poeta norteamericana quien, por cierto, también se suicidó. Sexton escribía sobre temas novedosísimos en su época: la menstruación, los abortos, el consumo de drogas. A mí me apenan y me llenan de rabia los suicidios de estas genias porque suelen estar muy relacionados con la presión de género, con los abusos sufridos a lo largo de sus vidas y con la incomprensión médica.

Estos versos surgen a partir del cuento de hadas de los hermanos Grimm. Los zapatos rojos son una metáfora de la creatividad femenina y del peligro que ésta supone para el patriarcado. Mi amiga y escritora Mariana Sández lo encontró en mi texto y me encantó. Porque esas chicas de zapatos rojos somos las creadoras, y como las de Sexton, también nosotras nos hemos montado en un tren que ya no va a parar.

Muchas gracias y enhorabuena por este ensayo.

Notas:

Julia Montejo (Pamplona, 1972) estudió Piano, Ballet y Canto en el Conservatorio Superior Pablo Sarasate y Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra. Es doctora por la Universidad Complutense de Madrid. Ha cursado estudios de Guion, Producción y Dirección Cinematográfica en la Universidad de California-Los Angeles (UCLA). Ha trabajado en Estados Unidos, España e Italia, como guionista y directora, cosechando importantes galardones por su película No Turning Back, entre ellos el premio Alma (la versión latina de los Oscar). Es también autora de varias novelas publicadas en Martínez Roca-Planeta y Lumen-Random House, que se han traducido al francés y al italiano. Actualmente dirige el programa Pipper en ruta para TVE.

www.juliamontejo.com
Twitter: @julia_montejo
IG: @juliamontejo__

Durante los primeros cursos en la enseñanza pública, yo era una de tantas feministas sumidas en un cierto espejismo de la igualdad en la escuela: casi nunca me planteaba si en la enseñanza se seguían perpetuando los mandatos de género, ni que el mero hecho de no contrarrestarlos fuera una manera de fortalecerlos. Y ello debido a la sensación de que, poco a poco, la historia nos iba llevando “por el buen camino” y el machismo tenía los días contados.

Un día empiezas a fijarte en que los libros muestran un sesgo claramente sexista (por ejemplo: una página dedicada a profesiones no muestra ni una sola mujer; las voces de chica en un libro suenan cursis, casi tontas, y hacen preguntas a una voz segura de chico que es quien explica y sabe todo; un vídeo muestra -ya en el 2023- cómo la madre y la hija preparan la comida mientras el hijo y el padre leen el periódico) y escribes a una editorial, a otra…sin recibir respuesta. Vas haciendo actividades a favor de la igualdad por tu cuenta, en tutorías, en tu propia asignatura, confiando en que, si cada cuál pone de su parte, la enseñanza va a contribuir a crear una sociedad más justa.

Una mañana de 2016, niñas de primero de la ESO se quejan, hartas de ver penes por todas partes: en los pupitres, en sus cuadernos… Me quedo estupefacta. Las pintadas y dibujos esquemáticos de penes erectos y testículos me parecían una antigualla de cuando yo tenía su edad (unos treinta años atrás). Tras una  intervención de impacto con una vulva gigante en la pantalla grande en una tutoría (para que los autores se hagan una pequeña idea de cuán absurdo es hacer gala de los genitales y “restregárselos” a otras personas por la cara) queda patente que la inconsciencia y el seguir la corriente  del “regreso del pene” a la iconografía son el origen de esta invasión. No vuelven a hacerlo -y creo que no lo harán nunca más.

El curso siguiente, durante el 8 de marzo, unas chicas se escapan de clase al patio para ejercer el paro estudiantil convocado oficialmente. La jefa de estudios sale a buscarlas y, hecha un basilisco, las conmina a volver a las aulas. No está informada de nada. Ellas desobedecen. Son sancionadas, pero el hecho se difunde en redes y el equipo directivo tiene que reconocer su error.

Dos años después, una orientadora de otro instituto pronuncia estas palabras: “mejor no hablemos de feminismo ni de machismo, que no queremos polemizar”. Alguien le responde: “si no sabemos lo que es el feminismo, difícilmente vamos a formar sobre ello”. Y es que esa es la clave: no estamos formando sobre ello y, lo que es más, tampoco estamos formadas ni formados. Ese curso, además, fue el último en que presencié la existencia de talleres para la prevención de embarazos y de infecciones de transmisión sexual, y el segundo, y no el último (ya se ve que vuelve a ser tendencia) en que se da el fenómeno de los penes dibujados y mostrados a trabajadoras jóvenes, a modo de agresión “divertida”, entre risas e inconsciencia. Qué se puede esperar si, incluso cuando los citados talleres se han impartido, en ellos se refleja, casi siempre, una visión falocéntrica y coito-céntrica de la sexualidad.

Empiezo a plantearme si el público en general sabe que no hay formación alguna en igualdad en las aulas, salvo la que cada cuál por su buena voluntad y buenamente quiera ofrecer, sobre todo a raíz del curso de Experta en Coeducación Afectivo Sexual, en el que descubro la montaña de legislación, pactos y tratados que supuestamente obligan a las  instituciones a asegurarse de que en todos los niveles se imparte una educación feminista y educación afectivo sexual.

Poco a poco vamos tomando conciencia de que, ante ese vacío y esa dejación de funciones por parte de las instituciones educativas, son las redes sociales las que “se encargan” de construir masculinidades y feminidades, de normalizar y fomentar una misoginia y un machismo que se consideraban ya superados, mediante vídeos, canciones, frases rescatadas del olvido…Un día veo que un chico al que considero un “cielo” está escribiendo esto entre admiraciones en el “bocadillo” de un personaje que se dirige a una mujer al volante:

”A fregaaar”.

No doy crédito. Hablo muy seriamente con él: le digo que espero que, en el futuro, sea él, muchísimo más joven, el que me de a mí lecciones sobre igualdad y modernidad, y no a la inversa. Se le caen las lágrimas. El producto no ha salido de su mente: sale de esa masa ahora incontrolable que se expande por internet y que, disfrazada de moda “graciosilla”,  inocua y “revival”, oculta una voluntad siniestra de hacernos retroceder en nuestros derechos y de anclar a los hombres en su papel tradicional, también limitado aunque dominante, como en otros países ya está sucediendo desde hace tiempo.

Mientras tanto, me temo que pocas familias acompañan a sus hijas e hijos para saber cómo se están “educando” en cuestiones de género y de relaciones, en internet, aunque es cierto que existe una corriente opuesta, en paralelo, de adolescentes y jóvenes con una formación y una ética admirables.

En los medios de comunicación, cada vez se habla más de violencia hacia la mujer: horror ante los asesinatos machistas, la violencia sexual ha aumentado en los últimos años, aumentan las violaciones en grupo. Por ello, se multiplican las movilizaciones y aumenta la indignación ante el machismo judicial…Sin embargo, se sigue sexualizando a mujeres y niñas y se sigue erotizando la violencia y pocas voces ofrecen propuestas o posibles soluciones más allá de leyes y otras medidas solo aplicables a posteriori.

Casi nadie parece acordarse de que existe una herramienta que llega a todo el mundo y que -está escrito- debe enseñar a tratarnos como iguales y a valorar por igual a mujeres y hombres; casi nadie habla de si se cumple o no la ley a este respecto. Cabe pensar que, si casi nadie se acuerda de la pedagogía en todos los niveles educativos como posible salida a este retroceso social, es porque, o bien creen que desde la educación ya está haciendo todo lo posible -algo que, después de veinte años en esta profesión y de contrastar con decenas de colegas, puedo decir que no sucede de manera sistemática en absoluto- o bien no confían en que educar sea la clave. Pero, si la educación no es la clave, entonces…¿qué acabará con el patriarcado y sus violencias?

Fruto de esta profunda convicción de que es imprescindible que la base legislativa para acabar con la desigualdad desde sus raíces se ponga en práctica de manera efectiva, es el artículo Escuela Feminista, una Necesidad Urgente. El artículo termina con un llamamiento a movimientos sociales a crear un manifiesto por una escuela igualitaria.

Mientras escribía el artículo tomé conciencia también del impacto de la ausencia de mujeres en los libros de texto, algo que Esther Arconadas nos explicó en su ponencia “¿Por qué no hay mujeres en los libros de Texto?”, en la que reconoció haber tardado alrededor de diez años en darse cuenta de que, incluso en la facultad, se le habían ocultado figuras clave de mujer que, no ya es que en su momento se mantuvieran en la sombra, sino que, contra viento y marea, habían tenido éxito.

Por aquellos tiempos salió a la luz pública el  proyecto El legado de las mujeres que, en parte a raíz de un estudio de Ana López-Navajas quien, tras analizar 115 manuales de tres editoriales, llegó a la conclusión de que solo alrededor de un 7,5% de las personas de las que se escribe en los libros de texto de la ESO son mujeres -y, al parecer, según sube el nivel, el porcentaje va bajando- decidió generar material que diera visibilidad a las mujeres en todas las asignaturas. Tras ponerme en contacto con el proyecto, descubrí que se basaba en trabajo voluntario arduo para crear una base de datos que “se pudiera usar”, una especie de “fuente alternativa” a la corriente oficial invisibilizadora de mujeres. Interesante, pero, al final, se trata de-principalmente- profesoras trabajando gratis para cubrir las lagunas  en el material de editoriales que no están cumpliendo con la ley y siguen dando alas a la desigualdad.

Poco después, escuché algunas ponencias de un curso -por desgracia, poco publicitado, aunque debería haber sido obligatorio- sobre coeducación y violencia sexual, impartido por el gobierno canario. La información que se ofreció en este curso, basada en investigaciones de personas expertas en la materia, me resultó tan impactante que casi no pude dormir esa noche. Entre otros, se detallaron video juegos de una brutalidad extrema hacia la mujer cuyo contenido no voy a describir aquí para no herir por sorpresa sensibilidades. Lluis Ballester aseguraba que la llamada “nueva pornografía” era la hepítome del patriarcado, más aún que la actual situación social en Afganistán. En ella, es habitual que el protagonista sea un chico en forma de enorme pene y que la chica solo aparezca como un objeto cuya voluntad se ignora mientras grita “no, no”. Es decir, y para hablar claro: que -otro dato escalofriante- el 5% de los preadolescentes de 12 años ha visualizado durante miles de horas escenas con las que se ha habituado a excitarse y tener orgasmos con la violencia hacia mujeres o niñas.

Tras conocer algo así, decidí pedir ayuda a la comunidad feminista para intentar poner en marcha un proyecto conjunto lo antes posible. Ya había participado en varios actos del distrito y acudí a una asamblea con el fin de presentar una propuesta de acción en la que, por supuesto, tenía intención de involucrarme y dar el callo como la que más. Para mi total decepción y estupefacción, el asunto de la educación feminista y la prevención de violencias a través de la escuela no parecía una prioridad a la mayoría de las allí presentes. Defendían, en cierta manera,  la inocuidad del porno (argumentando que existe el “porno feminista”) y, más adelante, alguien llegó a argumentar que la familia era la que debía encargarse de la educación sexual. Es decir, el discurso de la ultraderecha había calado…¡incluso a parte del activismo feminista!

Entre tanto, también me había encontrado con la indiferencia de mis compañeras y compañeros supuestamente feministas al proponer que se fomentara activamente la educación afectivo sexual de la comunidad educativa de nuestro centro. Solo el departamento de orientación, esta vez, me apoyó en mi propuesta a dirección, especialmente después de que se produjera una violación de una niña de doce años del centro por un niño de aproximadamente la misma edad, también alumno de nuestro instituto.

Al borde de la depresión -y no exagero- le propuse a mi amiga (y ex alumna) Yara elaborar nosotras mismas un manifiesto por una escuela igualitaria y difundirlo a los cuatro vientos para hacerlo llegar a instituciones y presionar para que se cumpliera la ley.

De esta forma se gestó el Manifiesto por una Escuela Igualitaria. Después de muchos meses en que unas cuantas personas hicimos todo lo posible para difundir y animar a sumarse al texto, llegamos a la conclusión de que la educación ya no está de moda y que su potencial para acabar con el patriarcado no se aprecia, salvo por una minoría. Eso sí, conseguimos las firmas de personas especializadas en disciplinas que tienen mucho que decir: antropólogas, sexólogas, sociólogas, docentes… y de otras, activistas y/o con profesiones variadas que tienen clara la importancia de una educación feminista y que debe cumplirse la legislación al respecto, por justicia. También se sumaron firmas como la de las cantautoras Alicia Ramos y Aurora Beltrán Gila, algo que nos llena de orgullo y que agradecemos enormemente. Además, el apoyo de un pequeño grupo local feminista nos permitió recoger decenas de adhesiones en menos de una hora y media. Todo el mundo que pasaba por allí y se acercaba parecía verlo esencial.

La mayor decepción fue, de nuevo, el total desinterés por parte de personas feministas que, además, nunca dieron ninguna razón para no adherirse al manifiesto. Y mi pregunta es, si esto no es una prioridad para el feminismo, ¿qué será una prioridad? ¿Tal vez -para una parte- seguir hablando hasta el infinito del supuesto “borrado” de las mujeres con la “ley trans”? ¿Tal vez seguir hablando de una ley que, se modifique o no, no va a acabar con la violencia ni con la desigualdad y que, como siempre, se aplicará cuando el daño ya esté hecho? ¿Vamos a seguir ofreciendo un “frente al patriarcado y sus violencias, ahora y siempre autodefensa” y  “aquí estamos las feministas”, etc, como propuesta al poder para lograr nuestro propósito de acabar con el patriarcado? Si no es con la educación, que llega -supuestamente- al 100% de la ciudadanía…,¿qué otro plan tenemos para transformar la sociedad?

Todavía estás a tiempo de sumarte al Manifiesto por una escuela igualitaria enviando un correo a lyricstraduccion@gmail.com.

La arqueóloga y prehistoriadora Almudena Hernando es catedrática de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de su Instituto de Investigaciones Feministas.

Su impresionante carrera como investigadora ha estado dedicada al estudio de cómo se ha ido construyendo la identidad de los seres humanos a lo largo de la Prehistoria y de la Historia. Estos trabajos le han llevado a dirigir varios proyectos de estudio con grupos indígenas, como los q’egchí’  de  Guatemala, los awá del Amazonas brasileño y los gumuz y dats’in  de Etiopía.

Sus tres obras más destacadas, Arqueología de la identidad (2002), La fantasía de la individualidad. Sobre  la construcción sociohistórica del sujeto moderno (2012), y la muy reciente La corriente de la Historia (Y la contradicción de lo que somos) (2022), han sido escritas y publicadas con 10 años de diferencia entre sí. En cada una de ellas elabora, complejiza y profundiza el argumento desarrollado en las anteriores, como si fuera un juego de muñecas rusas (metáfora que utiliza en el último libro) que permite descubrir siempre un nuevo nivel de complejidad dentro del anterior. En las tres queda patente la búsqueda de la autora de los mecanismos a través de los que se construye la identidad humana (y el género) en las diferentes condiciones socioeconómicas que han caracterizado a las sociedades humanas, pero es en  el último donde reflexiona sobre las transformaciones que están operando en la identidad a raíz de la explosión de internet.

Hoy tenemos la oportunidad de conversar con ella.

En primer lugar queremos darte las gracias por dedicarnos este tiempo. Sabemos que estás celebrando conferencias, debates y presentaciones de tu último libro y que has hecho un esfuerzo para que tengamos esta conversación. Mi primera pregunta tiene que ver con algo que está presente en la evolución de todos tus libros y que se refiere a la situación que tenemos los seres humanos con respecto al mundo y a la comunidad a la que pertenecemos: ¿qué es la identidad relacional?

Soy yo la que agradece a Espacio Público y a ti el interés, Lourdes. Y en efecto, no hay mejor manera de comenzar a desarrollar mis argumentos que preguntando por la identidad relacional. Se trata de la identidad colectiva, de adscripción a un grupo, que tenemos todos los seres humanos, a pesar de que la Ilustración nos dijera que se fue abandonando cuando apareció la individualidad y de que la mayor parte de la gente especializada en el análisis de procesos sociales la identifique con expresiones muy particulares y generalmente conservadoras de la misma, como son las identidades religiosas o nacionalistas. La identidad relacional es una identidad de pertenencia que, a diferencia de la individualidad, construimos todos los seres humanos a través de mecanismos que no pasan por la reflexión. Se construye a través del cuerpo (el modo en que nos saludamos, movemos, sentamos, ponemos los labios y la lengua para generar un acento determinado al hablar, etc.), a través de los objetos que utilizamos (por ejemplo, la vestimenta), las acciones que compartimos, el espacio al que nos vinculamos y los vínculos que construimos (somos las hijas/hijos, hermanas/hermanos, madres, padres, amigas… de).

La adscripción a un grupo humano, es decir, la construcción de identidad relacional, es imprescindible para neutralizar la angustia que nos generaría darnos cuenta de la impotencia esencial del ser humano frente a la inacabable complejidad del universo. A través de ella nos sentimos (aunque no lo reconozcamos conscientemente) parte de una unidad mayor, de una comunidad que nos sostiene y nos permitirá construirnos la fantasía de la individualidad cuando la sociedad empiece a caracterizarse por la división de funciones y la especialización del trabajo. Al principio de las trayectorias históricas, como en las sociedades cazadoras-recolectoras actuales, no había nadie que hiciera tareas diferentes a los demás, salvo que los hombres hacían unas cosas y las mujeres otras. Pensemos en sociedades, como la de los awá del Amazonas brasileño con la que trabajé, en donde no hay ningún jefe, ni siquiera un chamán. Así serían también las sociedades del comienzo de las trayectorias históricas de acuerdo con el registro arqueológico. En ese tipo de sociedades, como no hay nadie que haga cosas distintas a los demás, no hay sensación de diferencia interpersonal, así que la única identidad que existe es la relacional, que se visibiliza a través de una apariencia similar (una decoración en los labios, o en las orejas…), acciones y objetos similares, etc. Pero, como digo, a medida que apareció la complejidad socioeconómica, definida por la división de funciones y la especialización del trabajo, comenzaron a percibirse diferencias interpersonales.

Al principio, esas distintas posiciones fueron ocupadas solo por hombres (por razones que no podemos explicar aquí) que, de este modo, fueron dando cada vez más importancia a su “diferencia” y a la capacidad de decisión y de agencia que les iba caracterizando, de forma que simultáneamente fueron dejando de poner energía y de dar valor a la identidad relacional que, sin embargo, resulta imprescindible. Así que lo que hicieron fue impedir que las mujeres se individualizaran, de forma que ellas mantuvieran solo ese modo de identidad que antes también les caracterizaba a ellos, para que, a través de relaciones heterosexuales normativas, les garantizasen a ellos los vínculos, la pertenencia y los cuidados.

Lo que llamamos identidad de género femenina es solo la identidad relacional que al principio caracterizaba tanto a hombres como a mujeres y que, a medida que ellos se individualizaron, quedó asociada solo a las mujeres. Como ellos eran los que ocupaban posiciones de poder, fueron construyendo un discurso social y un orden político en el que se atribuía exclusivamente a las dinámicas asociadas a la individualidad (la razón, la tecnología, los cambios) la seguridad de nuestro grupo, ocultando progresivamente que sin los cuidados y los vínculos, sin la pertenencia a una comunidad (que había pasado a ser considerado tarea de mujeres), la sociedad no habría podido construir la fantasía de “progreso”, de poder y de control en la que nos socializábamos todos. Esto es el patriarcado. Yo creo que no se entiende el presente sin comprender que el orden lógico que ha regido occidente ha consistido en idealizar y premiar los valores asociados a la individualidad y en ocultar los asociados a la identidad relacional, que sin embargo, como la propia pandemia vino a demostrar, son los únicos imprescindibles para la supervivencia humana.

Almudena Hernando con Americhá, mujer awá (Maranhão, Brasil) en 2009. Foto de Alfredo González Ruibal.

Comparas el cambio que se produjo con el paso de la oralidad a la escritura, con el momento actual de aparición de internet y las plataformas virtuales. Y dices que entramos en una nueva fase, dejamos atrás la Prehistoria y la Historia y comienza la Poshistoria. ¿Qué cambios crees que pueden producirse? ¿Hemos empezado ya a vivirlos?

Sí, lo comparo, porque a cada modo de representación del mundo corresponde un nuevo modo de entenderlo y de entender lo que es la persona dentro de él. La Prehistoria se caracterizó por la oralidad, no había escritura. En condiciones de oralidad, el mundo solo tiene las dimensiones que se pueden recorrer, porque no hay mapas. Y la persona no se considera integrada por un cuerpo y una mente, como sucederá con la escritura, sino solo por un cuerpo, al que se atribuyen las funciones que, a partir de la aparición de la escritura serán depositadas en la mente (de hecho, seguimos diciendo “el corazón me dice”, “siento con las tripas”… que es lo que hacen las sociedades orales), o atribuyen sus pensamientos y emociones a espíritus que se les aparecen o les hablan en sueños.

Llamamos Historia a esa parte del proceso de transformación del sapiens que comenzó con la aparición de la escritura alfabética. Esta “herramienta intelectual” cambió completamente tanto la construcción del mundo como de la persona. Aparecieron los mapas y la posibilidad de la ciencia, con lo que el mundo se amplió y el control tecnológico adquirió potencias desconocidas en la oralidad. Y a su vez, cambió la construcción de la persona, porque la escritura alfabética permite representar lo que pensamos, y con ello nos permite “ver” el pensamiento como algo que existe, una nueva instancia de realidad. ¿Y de dónde viene el pensamiento? De la mente. La persona, a partir de la escritura, comenzó a considerarse integrada por un cuerpo y una mente, fijo el primero y transformable la segunda.

Pues bien, en mi opinión, internet y el uso de la Red están provocando un cambio en la relación con el mundo y en el modo de construcción de la persona tan trascendente como el que marcó la escritura respecto a la oralidad. Por eso, pienso que está dando comienzo una nueva etapa histórica, a la que llamo Poshistoria. Nos comenzamos a relacionar con el mundo a través de representaciones virtuales (piénsese en el GPS si volvemos al ejemplo del espacio), lo que aumenta la capacidad de control del mundo y modifica el modo de construcción de la persona, que va sustituyendo la intimidad, en la que comunicaba el contenido de su mente, sus pensamientos y emociones mediante relaciones personales directas, por lo que Paula Sibila llamó ya en 2010 “extimidad”, en donde lo más privado se hace absolutamente público. La persona se relaciona de forma menos “presencial” cada vez, de forma que va dejando de cultivar la conversación cara a cara, y se construye cada vez más a través de las imágenes que publica de sí misma. Creo que esto está llevando a que mucha gente joven deje de localizar su malestar en la mente y comience a depositarlo en la imagen del cuerpo.

En mi opinión esto puede tener que ver con la explosión de identidades LGTBIQ+, aunque no con su origen. La sociedad es cada vez más compleja, lo que significa que sus miembros están/estamos cada vez más individualizados. Y esto hace que la persona se sienta cada vez más exigida a diferenciarse de los demás, a tener su propia “marca personal”, es decir, a individualizarse. A mí me parece que la sociedad reconoce cada vez menos la imprescindibilidad de la identidad relacional y que gran parte del sufrimiento emocional y de los problemas de salud mental de la gente joven tienen que ver con la atomización creciente de la sociedad, resultado de la relación creciente del mundo a través de internet y del extremo capitalismo (de las plataformas) que ahora nos rige.

La búsqueda de recompensa: El motivo de nuestra adicción al móvil
Varios jóvenes consultan sus teléfonos móviles.

Afirmas que los derechos que se han ido conquistando a lo largo de la historia nos han ido individualizando y que con ello en lugar de acabar con las estructuras de dominación –el patriarcado entre otras–, lo que estamos haciendo es reforzarlo. ¿No es esto una contradicción?

Bueno, es que esto no se puede entender si no se entiende en qué consiste el patriarcado y las identidades de género. Como dije antes, lo que sucedió en la historia (entendida, así con minúscula, como el proceso total de transformaciones desde sapiens) es que solo los hombres se fueron individualizando, es decir, ocupando posiciones especializadas, de poder y de riqueza, hasta llegar a la modernidad. Como ya he señalado, para sostener su propia fantasía de potencia, impidieron que las mujeres también se individualizaran, de forma que ellas siguieran encarnando la identidad relacional y les garantizaran a ellos los vínculos y la pertenencia que es imprescindible para la supervivencia. Pero al llegar a la modernidad, las mujeres comenzamos a individualizarnos también y a luchar por nuestros derechos. Sin embargo, nos integramos en un orden sociocultural que había sido construido por los hombres y que, por tanto, solo daba valor político y social a las dinámicas relacionadas con la individualidad que les caracterizaba a ellos. Es decir, las mujeres nos incorporamos a un orden social en el que el reconocimiento pasa por desarrollar la razón, tener éxito, dinero, poder, y que, desvaloriza, en el orden económico, social y político, todo lo que tiene que ver con la identidad relacional, esto es, con los cuidados, los vínculos, lo comunitario, lo común, la pertenencia.

Las mujeres tuvimos que hacernos cargo de ambos modos de identidad, porque no teníamos a nadie que nos garantizara a nosotras los vínculos y la pertenencia, así que, a diferencia de los hombres, nos individualizamos sin dejar de poner energía en la construcción de lo relacional. Pero como el orden social solo da importancia a lo primero, la inmensa mayoría de las mujeres sigue también desvalorizando políticamente lo segundo, aunque lo encarne, puesto que el orden social solo les va a dar reconocimiento por los logros asociados a su individualidad. Y además, en general, como si tienen trabajos especializados no se pueden ocupar de las tareas relacionales que hasta entonces asumían, y los hombres no se hacen cargo de ellas porque siguen dando prioridad a sus trabajos especializados, las mujeres individualizadas de la modernidad están delegando las tareas asistenciales y de cuidado a mujeres más precarias (por raza, etnia, condición de inmigrante, clase social).

De esta manera, el avance de los derechos asociados a la individualidad de las mujeres no ha puesto en cuestión la lógica y los valores que caracterizan al orden patriarcal y capitalista. De hecho, cada vez están más reforzados.

Dices que “el bienestar del mundo occidental crece a costa del aumento de la pobreza en múltiples ámbitos dentro y fuera de sus fronteras y del agotamiento de los recursos naturales del planeta», que la lógica de la historia es extractivista y creas una metáfora muy visual para explicar lo que es el proceso histórico y la estructura social: un edificio con muchos pisos, los más altos son los de la gente rica y los más bajos los de la gente pobre. Y cuanto más crece en altura, más crecen los sótanos que albergan a quienes no poseen nada. Y ahí, en los sótanos, estaríamos también las mujeres. ¿Qué habría que hacer para que estos edificios dejen de crecer, se desmoronen?

Habría que cambiar la lógica que dirige el sistema, que es patriarcal y capitalista. Se trata de pasar al orden de lo político, al orden de la “verdad” que nos rige, todo eso que sabemos que es verdad, como ha demostrado la propia pandemia: que los cuidados, la construcción de vínculos y de comunidad son imprescindibles para la supervivencia. Es lo que siempre ha dicho el “ecofeminismo”, la filosofía de “la vida en el centro” de Yayo Herrero, las epistemologías del Sur. Se trata de que, desde los órganos de poder, se deje de estimular la hiperproductividad (lo que está pasando en el mundo académico, por ejemplo, es un ejemplo claro de la exigencia hiperproductiva, antisocial y deshumanizadora que nos rige. Las comisiones del Ministerio que regulan las normas para valorar los CVs en las selecciones de nuevo personal docente obligan a que se premie a la gente que más datos produce o que más “papers” tiene, lo que obstaculiza (hasta impedir) la entrada a la gente que hace crítica social, porque esto requiere unos tiempos y una elaboración mucho más lenta. ¡¡Y no hablo de la carrera de informática, sino de la mía, la historia¡¡¡).

Se trata de cambiar los criterios de “excelencia”, de bajar los horarios de trabajo, de permitir que la gente tenga tiempo de ocio para que pueda relacionarse y construir vínculos y comunidad, de poner en valor social los cuidados, de forma que los hombres los asuman en la misma medida que las mujeres, de fortalecer las políticas públicas que se hagan cargo del sostenimiento de la sociedad (cuidados, salud, educación, lo contrario de lo que está sucediendo en nuestra Comunidad de Madrid, en donde resulta evidente una estrategia de destrucción de lo público). De estimular la lectura y la conversación en la gente joven, para que puedan construir una intimidad que van dejando de saber construir, y con ello no sigan disminuyendo los índices de empatía y solidaridad.

Una parte muy importante de este libro, y de toda tu obra, lo ocupan las mujeres y su capacidad para establecer vínculos relacionales: los cuidados, por ejemplo, algo que se ha visto claramente durante la reciente pandemia. ¿Crees que si los hombres asumen estos estos vínculos podríamos caminar hacia sociedades donde haya más igualdad?

Almudena Hernando. Foto de Pilar Aguilar.

Por supuesto que sí. Para mí la identidad no deriva del cuerpo o sexo que se tenga, sino del grado de abstracción que es inherente a la formación que recibimos y del grado de especialización o poder que ocupamos. Por supuesto que hay hombres no patriarcales que quieren encarnar un nuevo modo de estar en el mundo, alejado de la llamada “masculinidad hegemónica”, y están asumiendo o compartiendo cuidados. Pero me parece que son muy escasos los que entienden profundamente en qué consiste renunciar a los privilegios de género. Ojalá hubieran muchos más.

Otra de las cuestiones muy interesantes es cuando diferencias entre identidad de género e identidad de sexo. Y hablas de las personas LGTBI+Q. De personas trans, binarias, no binarias… ¿Piensas que de alguna manera estamos asistiendo a una cierta revolución ontológica?

Sí, así lo pienso. En mi opinión, la Poshistoria implica una transformación ontológica respecto de la Historia tan importante como la Historia la implicó respecto de la Prehistoria. Como decía antes, en la Prehistoria la persona se considera formada solo por un cuerpo, y en la Historia por un cuerpo y una mente (es decir, por una exterioridad no transformable, y una interioridad transformable). Si hay malestar, en la Prehistoria se atribuía (y se atribuye en las sociedades orales) a espíritus malignos (mal de ojo, por ejemplo), mientras en la Historia se atribuye a problemas en el contenido de la mente, que se pueden resolver con terapias psi.

Creo que, en la Poshistoria, al comenzar a construirse la persona a través de las imágenes en el mundo virtual, el malestar se está depositando crecientemente en la apariencia, en el cuerpo, lo que hace que se invierta la relación: cuando hay malestar lo que debe transformarse es el cuerpo o su apariencia porque se va perdiendo la noción de interioridad transformable. Esto no es nuevo de internet. Ya existía en toda la historia trans, que es una historia de marginalidad y lucha, pero creo que esa ontología es coherente con internet y por eso está expandiéndose en la Poshistoria. Al mismo tiempo, creo que se están manejando categorías distintas para hacer referencia a sexo y a género.

En la Historia, el sexo hace referencia a la exterioridad material inmutable y el género a la interioridad psicológica transformable. Pero en la Poshistoria, se está recuperando la triple categoría que arranca de los estudios de John Money en los años ’50 del siglo XX. En ella se distingue entre sexo (macho/hembra), identidad de género (hombre/mujer) y expresión de género (masculino/femenino). Aquí, el concepto de “identidad de género” hace alusión a una interioridad psicológica no transformable, el llamado ”sexo sentido”: me siento hombre o me siento mujer y esto es así, fijo, estable. Si lo que siento no es coherente con lo que mi cuerpo es, cambio el cuerpo, o tengo expresiones de género fluidas, cambiantes, no binarias. Yo creo que el debate entre el feminismo radical y lo LGTBIQ+ tiene que ver con que sus representantes hablan desde ontologías diferentes, y eso hace imposible el entendimiento. Cada cual piensa que su forma de entender a la persona es la única acertada, y que la otra está equivocada. Pero esto es un error, en mi opinión.

Como investigadora interesada en comprender cómo se percibe a sí misma una persona sin escritura, sé que yo no me puedo poner en la piel de lo que siente una persona de un grupo cazador-recolector porque yo he sido socializada en las categorías de la Historia y creo en la existencia de la mente. Pero sí puedo intentar acercarme analíticamente en la medida que me lo permitan esas categorías y, sobre todo, se me hace evidente que mi manera de entender el mundo y de entender qué es una persona no es universal, que existe otro modo igualmente complejo y operativo para la supervivencia que es el que las personas con oralidad representan. Y esto no solo me suscita el máximo respeto, sino incluso la asombrosa admiración que siempre me ha generado comprender la maravillosa versatilidad del ser humano y de la cultura. Creo que exactamente lo mismo sucede cuando se contemplan las nuevas identidades de la Poshistoria desde las categorías de la Historia: no es posible ponerse en la piel de quien ha sido construido de otra manera, pero debe aceptarse que su nueva manera de entender a la persona y la realidad es tan legítima y está tan condicionada históricamente como la de la Historia. Hay que aceptar que la manera de ser persona en la Historia, integrada por cuerpo y mente no es universal, que solo es una manera posible de entender a la persona. A cada modo de representación de la realidad, corresponde una ontología distinta, y creo que ahora se están mezclando en el planeta tres diferentes: la mediada por la oralidad, la mediada por la escritura y la mediada por internet y el uso de la Red.

Estaría conversando horas y horas porque el libro suscita preguntas y reflexiones, que es lo que yo creo que debe tener un buen ensayo, pero tenemos que ir terminando. Por último, si la conquista de derechos nos ha ido haciendo más individuales y cuando creemos estar luchando contra el patriarcado, contras las injusticias, podríamos en realidad estar reproduciéndolos. ¿Qué salida nos queda?

Nos queda la salida de analizar de qué modo podemos estar contribuyendo todos/as/es a la reproducción de ese orden a través de mecanismos de los que no somos conscientes. Y si resulta que los podemos estar reproduciendo, luchar por transformarlos. Si la sociedad avanza en una determinada dirección es porque todas las personas nos vamos transformando subjetivamente y contribuimos a esa corriente. A través de la socialización, la cultura nos modela de una cierta manera, pero precisamente porque estamos socializadas así, vamos transformando a nuestra vez la cultura. A medida que tenemos tecnología y ciencia se nos va transmitiendo que el cambio es un valor positivo, así que cada vez cambiamos más aceleradamente, generando más tecnología y más cambio. Nos vamos llenando de ansiedad y de hiperexigencia, que cada vez deja menos espacio a cultivar lo relacional. Se trata de un feedback inacabable entre subjetividad y cultura. No puede olvidarse que hay una parte de la identidad que es consciente de sí y otra que no lo es, que es actuada, y lo que más pesa en lo que transmitimos es lo que hacemos, no lo que teorizamos que debe hacerse.

Si las mujeres luchamos con la razón por los derechos de las mujeres, pero no intentamos pasar al orden político la importancia de los cuidados y los vínculos, sino que solo luchamos por los derechos asociados a la individualidad, seguiremos reproduciendo orden patriarcal. Si para luchar por esos derechos se intensifica la presencia y la actividad en redes virtuales, estaremos contribuyendo a potenciar el deshumanizado y patriarcal capitalismo de las plataformas, que cada vez dirige más nuestros deseos y comportamientos, orientándolos al consumo. Por su parte, si la gente LGTBIQ+ no toma conciencia de que no pueden disociarse las categorías de feminidad y masculinidad de los modos de identidad relacional e individualizado que los han caracterizado a lo largo de la historia, y que solo tienen sentido dentro de la lógica patriarcal, seguirán contribuyendo, sin ser conscientes de ello, a ocultar los fundamentos de ese orden, que está más fuerte que nunca.

Yo veo el edificio que hemos venido construyendo en el llamado Norte Global como una pirámide en cuya cúspide se sitúan los hombres más individualizados y desconectados que existen (piénsese en quienes dirigen el orden mundial, los CEOs de las plataformas, de las GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple), que ayudan a construir a través de la atomización social que genera internet una sociedad cada vez menos empática, más agresiva y con más sufrimiento, al tiempo que ellos acumulan una riqueza y un poder cualitativamente superior a todo lo conocido en la Historia. La existencia de ese tipo de masculinidad no hará sino incrementar cada vez más la dominación sobre las mujeres y su cosificación, como es evidente que está sucediendo con el aumento de la prostitución, la trata, la erotización de la violencia sexual en la pornografía, los vientres de alquiler, el maltrato, los asesinatos…

La cúspide de la pirámide por arriba, y su base de sustentación, por abajo, permanecen inalterables, con rasgos cada vez más intensificados, mientras que en los niveles intermedios nos movemos las mujeres y la gente LGTBIQ+ con crecientes niveles de contradicción, dependientes en general de una lógica de reconocimiento que nos obliga a negar la importancia social y política (aunque podamos reconocerla en el ámbito privado) de una parte esencial de lo que somos, la parte relacional que es imprescindible para sostenernos.

Yo creo que para encontrar la salida, 1) no se puede dejar de hablar de patriarcado (ni por tanto despolitizar los conceptos de feminidad y masculinidad); 2) es esencial entender que la clave de ese régimen de poder, que está en las entrañas del capitalismo, es la ocultación que ha hecho de la imprescindibilidad de las dinámicas relacionales, vinculares y comunitarias para la supervivencia humana, y que hay que arbitrar medidas políticas para ponerlas en valor social; 3) no se puede dejar de hablar del sujeto político “mujeres” (cis o trans, esto no es trascendente para mí), porque a medida que los hombres con poder estén más individualizados y desconectados emocionalmente, la cosificación y la dominación sobre las mujeres será más necesaria para mantener su fantasía de potencia, y 4) debe respetarse la nueva ontología de la Poshistoria, las identidades trans y fluidas o no binarias con el mismo grado de respeto con el tratamos la de la Historia.

No es incompatible considerarse feminista con reproducir orden patriarcal, y no es incompatible ser LGTBIQ+ y ser feminista. Todo depende de hasta qué grado estemos dispuestas a reconocer nuestras contradicciones y a entender bien qué es necesario cambiar para transformar el diseño del edificio de lo que hasta ahora hemos llamado “progreso”.

Muchas gracias, Almudena. 

La corriente de la Historia (y la contradicción de lo que somos) 
Almudena Hernando
Traficantes de Sueños (2022)

ECTOGÉNESIS (del griego ecto, exterior y de génesis, origen, creación). Procreación a través de un útero artificial.
Si bien Aldous Huxley utilizó este concepto para su obra más famosa, no fue el único. También utilizó dos conceptos más: hipnopedia y senescencia. ¿Suenan raro?, ¿no los conoces?

HIPNOPEDIA (del griego hipno, sueño, y pedia, educación). Huxley inventó el término y, en esencia, consistía en la educación por medio del sueño. Aunque no lo creas, ya se está usando. Pregúntale a los “coach” que proponen inducir ideas a los niños a través de frases que se les repiten mientras duermen.

El otro término, inventado por Huxley también, es:
SENESCENCIA (del latín, senescens, envejecer). Proceso de envejecimiento celular. Actualmente se define como el momento en que las células humanas dejan de dividirse y/o reproducirse, pero no mueren.

¿Madurez? ¿Vejez?

Hoy, para este artículo, voy a utilizar el primero de los términos: ECTOGÉNESIS.

Pues bien, hasta que este proceso sea viable, somos las mujeres (sexo mujer, no género mujer), las que gestamos y parimos.

¿Hay alguna duda de ello?

Si piensas que me equivoco puedes ahorrarte tiempo, no sigas leyendo porque no me vas a entender. Es más, ya has opinado antes de llegar al final.

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Sigo definiendo términos:
Trabajo es todo aquello que requiere un esfuerzo (otra cosa es el empleo, no confundamos).

Aunque la RAE recoge, al menos, 12 acepciones para dicho término, voy a quedarme, ahora, con este: Esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza, en contraposición a capital.

Y lo voy a utilizar para hablar del que es, no ya el más importante, sino el trabajo IMPRESCINDIBLE para los humanos. Hablo de la reproducción. No hay vida, no hay riqueza, no hay continuidad de la especie sin que un ser humano, mujer (sexo, no género), geste y para. Por mucho que queramos reivindicar lo contrario, la naturaleza es como es. Los mamíferos nos reproducimos así. Mientras los niños no nazcan de una semilla en una mata, o de un huevo puesto por una gallina, será la mujer la que tenga en su útero un óvulo, fecundado por un espermatozoide, durante los nueve meses de rigor y luego pase por el parto para que ese bebé sea, en un futuro, productor de riqueza y consumidor de la misma (es decir, le interesa al gran capital, no solamente a la naturaleza).

Quiero dejar claro que la decisión de no ser madre es muy respetable. La decisión de cambiar de sexo, porque no te identificas con el que has nacido, también lo es, pero es incuestionable que la reproducción es como es. Otra cosa es que algún día se consiga en probetas, tipo Huxley, es decir, se logre la ECTOGÉNESIS.

Toda esta introducción es necesaria para abordar el tema que realmente quiero abordar, ya que tengo la costumbre de intentar ir a la raíz, al origen de la cuestión y/o problema, para encontrar una solución. Atacar el efecto sin solucionar la causa es batalla perdida. De ahí toda esta explicación previa. Si tomas un analgésico para calmar el dolor que te produce el dedo que has metido en el ojo, es, cuanto menos, inútil si no sacas antes el dedo del ojo.

Dejando esto como arranque quiero que intentemos no pensar con la mente capitalista que nos hace creer que todo aquello que no genera una nómina no es trabajo y que todo aquello que no genera beneficio económico tampoco lo es, aunque, en el caso de lo que quiero explicar, sí produce beneficio económico, aunque no lo percibas tú directamente.

La economía feminista, en contra de lo que muchos piensan (incluso las que hablan de ella en púlpitos y artículos) se basa en ver la economía desde un ángulo muy diferente al habitual. Astrid Agenjo, (Doctora en Economía por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y Máster en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid), la define así: Esta corriente económica pone la vida, sostenible y digna, en el centro.

Nuestra conocida y querida antropóloga, ingeniera, profesora y activista Yayo Herrero, dice: “No hay economía ni tecnología ni política ni sociedad sin naturaleza y sin cuidados”. La ecología y la economía feminista van de la mano. Ambas toman como centro la naturaleza. ¿Y que han más cercano a la naturaleza que la reproducción y los cuidados?

Estamos acostumbrados a que todo gire en torno a la producción. A la producción, no a la reproducción. Pues bien, la economía feminista gira en torno a la reproducción y a los cuidados. En torno a la VIDA. En síntesis, intenta poner en el centro lo que es necesario para sostener la vida. Trabajos que, como expliqué antes, son IMPRESCINDIBLES. La reproducción es el único imprescindible para la vida humana. Sin él no habría trabajadores, ni consumidores de lo producido por los trabajadores, si solo queremos verlo desde el punto de vista capitalista. Y no habría continuidad de la especie, es decir, el hombre desaparecería de la faz de la tierra, si utilizamos el punto de vista biológico. Es decir, lo mires desde donde lo mires, sin REPRODUCCIÓN, los humanos no existiríamos.

El doctor en biología, considerado uno de los más eminentes primatólogos y etólogos contemporáneos, Frans de Waal, dice, en El bonobo y los diez mandamientos: “El cuidado maternal mamífero es la inversión más costosa y prolongada en otros seres que se conoce en la naturaleza, que empieza con la nutrición del feto y acaba muchos años después.”. O no acaba nunca, como diríamos cualquier madre a la que nos preguntasen cuándo dejamos de cuidar a los nuestros.

¿Verdades de Perogrullo? Tan de Perogrullo deben de ser que no lo vemos, o no somos capaces de tenerlo en cuenta.

Si las generaciones de nuestras madres y abuelas, las que se dedicaron, porque así lo determinaba la educación y la cultura transmitida, a casarse, ser madres, cuidar de su familia, no han cotizado (nada o poco) como para generar un derecho a una pensión contributiva de jubilación, según las normas que rigen actualmente, no es porque no hayan trabajado, es porque ese trabajo, repito, el más importante de todos los trabajos, no se consideraba obligado a cotizar. Es más, ni se consideraba trabajo… ¿o sí?
¿Recordáis qué ponía, en el apartado “PROFESIÓN” en los DNIs de nuestras madres y abuelas? Os lo digo yo: SUS LABORES, por lo tanto, en el fondo, se reconocía como tal.

Es curioso que los movimientos feministas que conocemos nos intenten hacer creer que esa labor es denigrante para la mujer. Nunca lo vi así. Quizá porque me acostumbré a pensar sin ser condicionada por intentos de manipulaciones exteriores.

Una conocida feminista (no de las de camiseta y consigna), allá por 1870, dijo: “Para que la mujer llegue a su verdadera emancipación debe dejar de lado las ridículas nociones de que ser amada, estar comprometida y ser madre, es sinónimo de estar esclavizada o subordinada”. Ella era Emma Goldman (anarquista, crítica, pensadora, activista radical, feminista y defensora de la libertad de expresión, el amor libre y el control de la natalidad). No lo dudéis. Era una acérrima feminista. Otra de sus frases: “… nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora”. Para ella no está reñida la maternidad con el feminismo, pero ese, también, es un tema que trataré en otra ocasión.
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Teniendo en cuenta que intento sacar el dedo del ojo antes de recetar paracetamol para aliviar el dolor generado por mantenerlo dentro, doy el siguiente paso hacia la cuestión que me ha movido a escribir este artículo.

Cuando utilizamos cantinelas tan repetidas que ya no sabemos ni qué significan, deberíamos, al menos, analizarlas a fondo. En este caso, y porque formo parte del movimiento pensionista y me duelen los errores de mis compañeras, quiero explicar por qué estoy segura de que se equivocan cuando sueltan el slogan: queremos acabar con la brecha de género en las pensiones. Es un error, un gran error, querer acabar con algo que ni es brecha ni es de género. Y paso de analizar si es reivindicación feminista, pseudo feminista o… lo que el capitalismo encubierto quiera que sea. Si la reivindicación es incongruente, se cae por su propio peso. Y no solamente eso sino que deja en evidencia a las reivindicadoras.

Es cierto que existe un porcentaje elevado de diferencia entre la media de las pensiones de las mujeres y las de los hombres. Ronda el 33% (lo sé porque yo misma hice el cálculo con datos del INE y de la Seguridad Social).

Dejando aparte que las diferencias también podríamos calcularlas en base a las edades (sin tener en cuenta el sexo -que no el género-) o a las comunidades autónomas, por poner solo un par de ejemplos, y también encontraríamos otros tipos de brechas, estas diferencias a las que me refiero en esta ocasión, se deben a que todas las personas recibimos el mismo trato, independientemente del sexo (repito, que no el género), edad, provincia, etc.

El SISTEMA PÚBLICO DE PENSIONES (SPP de aquí en adelante) es igualitario. Trata a todo cotizante por igual. No hace distinciones por sexo (otro tema aparte es la “justicia” de las normas). Por lo tanto, si pides igualdad, no pidas trato diferente. ¿Se ve la incongruencia?

Si pedimos igualdad y defendemos un SPP, no podemos hablar de brecha de género pretendiendo que el SPP nos lo solucione. Estaríamos pidiendo una manera diferente de cálculo. Dejaríamos sin efectividad la igualdad y la base del sistema que defendemos.

Vamos a ver si podemos sacar el dedo del ojo antes de tomar el paracetamol.

Es cierto que las mujeres, de media, cobramos menos que los hombres por las pensiones contributivas de jubilación.

Ah, pero las que denuncian esa brecha se les ha olvidado otro detalle. Esa media, ese 33%, es falso. La diferencia de poder adquisitivo es mucho mayor. Si es que hacen bien las cuentas, claro, y lo que quieren saber es realmente lo que cobran, unos y otras, a su jubilación.

¿Por qué es mayor? Porque se les ha olvidado tener en cuenta que hay muchas mujeres que, por no tener el tiempo cotizado suficiente para tener derecho a una pensión contributiva (15 años) no entran en el cálculo, ya que no cobran ninguna pensión contributiva. No quiero meter cifras para demostrarlo porque no es la intención de este artículo. Es suficiente con que se me haya entendido para ver que también se equivocan en esos porcentajes de los que hablan.

Esta es una evidencia más de que la lucha por la “brecha de género” está enfocada desde el ángulo capitalista. No han tenido en cuenta más que a las mujeres que han cotizado 15 años o más. El resto, ¿qué pasa?, ¿no existen para calcular la dichosa brecha?

Esas mujeres, las que dedicaron toda su vida, exclusivamente o a tiempo parcial, a la reproducción y a los cuidados, se encuentran sin derecho a una vejez digna. Cómo si su trabajo no las hiciera merecedoras de tal. Y no olvidemos que, por cultura y por costumbre, muchas de estas mujeres han trabajado, también, en negocios familiares y/o en trabajos para otros desde casa (coser, bordar…), y ni se planteaba siquiera la posibilidad de cotizar por ellas.

Tampoco me vengan con que sus maridos ya tienen una pensión, porque no es la pensión de ellas, y son ellas las merecedoras de un reconocimiento y una vejez digna. Ni tampoco me cuenten eso de que se les da una no contributiva porque tampoco. Las no contributivas no son pensiones, son caridad. Y, hay más, esas ayudas (repito, no pensiones) se conceden si reúnen, ellas y su unidad familiar, las características necesarias para ser consideradas pobres de necesidad. Es caridad y condicionada a la precariedad, no solamente suya, sino de su marido.

Queda claro que ese planteamiento no reconoce el trabajo hecho ni las hace merecedoras de una pensión per se.

Peor todavía, perpetúan la dependencia del varón. ¿Es esta una reivindicación feminista?
Las mujeres, y nombro el sexo porque somos las dotadas por la naturaleza, para la reproducción, deberíamos exigir que se nos considere el trabajo que hacemos PARA LA SOCIEDAD como trabajo imprescindible. Y, por tanto, como generador a derechos acordes.

Los cuidados, hoy por hoy, sobre todo los de los primeros meses de los hijos, recaen, sino exclusivamente al menos en su mayor parte, en nosotras. Y sin cuidados un niño no crece, no se desarrolla. No será un futuro trabajador ni un futuro consumidor. Ni tampoco origen de una nueva generación. Por tanto, seguimos trabajando para la sociedad.

Los cambios culturales están convirtiendo a los padres en cuidadores también. Estupendo. Así será, pero no mañana, ni pasado mañana. Y sea cuando sea, aun así la gestación y el parto sigue siendo labor de la madre. En su totalidad (miedo me da pensar en que algún día Huxley tenga razón y los hijos no tengan padres).

Las 2 generaciones vivas que, hoy por hoy, han dedicado su vida a este trabajo, repito, se merecen, por ellas, por nosotras y por nuestras hijas, pero también por la sociedad venidera, que se les proporcione una vejez digna, independientemente de su situación económica y familiar. ¿O se tienen en cuenta estos datos para calcular las pensiones contributivas de jubilación? ¿Verdad que no?

Deberíamos empezar a cambiar el chip. A pensar que la vida no ha de girar en torno al dinero, sino a la vida, como ha de ser si el ser humano quiere seguir en el planeta. Respetar la vida y que esta la considere como el eje de todo, nos hará, también, más respetuosos con el medio en el que se desarrolla: EL PLANETA.

Yayo tiene razón. Reproducción y ecología van de la mano. Y yo me atrevo a añadir: eso también es FEMINISMO.

EPÍLOGO:

Respecto a la demanda sobre la pensión, soy consciente de que esto es una batalla que, si algún día se gana, probablemente ya no quedarán vivas las mujeres por las que lucho. No importa, me conformo con que se les reconozca su trabajo y, desde dentro de cada uno de nosotros, les pidamos perdón por no haber sabido valorarlas y les demos las gracias por todo lo que han aportado a la sociedad humana. Y, sobre todo, me conformo con que el chip para ser capaces de ver el error en centrar la existencia en algo que no sea la propia existencia, empiece a funcionar.

La filósofa argentina Diana Maffía (Buenos Aires, 1953) hace tantas cosas y tiene tantos títulos y reconocimientos que resultaría imposible enumerarlos en esta entrevista. Quedémonos, de momento, con que es la Directora del Observatorio de Género de la Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y tiene en su haber ser Doctora honoris causa por la Universidad de Córdoba (Argentina). Una distinción académica que, aclara, es un reconocimiento a una historia feminista, en la que la vida íntima y la política se relacionan estrechamente y donde el trabajo académico y el activismo feminista son siempre colectivos. El último homenaje lo ha recibido a finales de noviembre, también en forma de Doctora honoris causa, esta vez, por la Universidad Jaume I. Visitó España para recibirlo, participar en una Conferencia en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CESIC) y en una Maestría de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Unió el pensamiento filosófico con el activismo feminista, en tiempos de estudio y dictadura, inspirada por algunas las filósofas feministas, Clara Kushnir, Celia Amorós y María Lugones, y desde entonces, la irrupción de los estudios de género en las universidades argentinas y la apertura de espacios de reconocimiento para las mujeres y las feministas en otras muchas instituciones, no podrían explicarse sin su trabajo. Ha sido, también, diputada y adjunta a la defensoría del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. Reconoce que no ha sido fácil ser feminista, pero ahora dice con humor que “cuando persistís mucho en el error, a eso se le llama trayectoria”.

Diana Maffía (wikipedia).

Hija de una pareja que vivió 70 años en común y casada desde hace 40 años con otro filósofo, dice que es convencional en la foto, pero no en la película. Crítica con las derivas identitarias que cancelan los discursos que no nacen de cuerpos que encarnan las interseccionalidades, repite en bucle las palabras puente, alianzas y diálogo. Preocupada afirma que “el empobrecimiento del lenguaje, dificulta que podamos establecer diálogos”.

Llega a la cita de zoom sin almorzar. Lleva todo el día acelerada y apagando incendios. Tiene prisa o hambre, o las dos cosas, y lo noto. Es directa y tajante. De mirada amable y generosa en sus disertaciones. Ahí pierde la noción del tiempo. Consigue reventar el guion que tenía preparado y lo agradezco.

¿Qué moviliza hoy a las feministas a diferencia de lo que movilizaba a las de las décadas anteriores?

En los 80 nuestras identidades personales eran identidades políticas. No se concebía una manera de estar en la academia o estar en la vida, en tu pareja, en tus elecciones personales, en tus amistades, que no estuviera atravesada por tus posiciones políticas. Tenía que ver con maneras de ver la sociedad, maneras de ver el mundo y una manera de establecer alianzas de acción en común. Eso se fue perdiendo en los 90. Los gobiernos neoliberales fueron produciendo un efecto de silenciamiento ideológico, reorientando la atención y el deseo hacia la competencia y el consumo, que es un movimiento continuo porque es insaciable. Durante ese periodo, casi una generación entera no participó en el feminismo. Se veía como una cosa de gente vieja, algo pasado de moda. La crisis del 2001 en Argentina y la violencia extrema de los femicidios y las mujeres secuestradas por las redes de trata y de explotación sexual, que interpela a chicas muy jóvenes, produjeron un hartazgo social que dio lugar primero a la marcha Ni una menos y después a los pañuelos verdes. Las calles se llenaron de chicas que venían de colegios secundarios, con su mochila y su pañuelo verde. Se sintieron interpeladas porque el riesgo lo corrían mujeres de su edad. La lucha contra la violencia hacia las mujeres se unió a la lucha por el aborto seguro y gratuito y, entonces, las feministas empezamos a ser vistas políticamente.

Te he escuchado decir que el feminismo de hoy se caracteriza por estar muy politizado, por estar muy vinculado con la demanda social y de clase, pero que, también, es un feminismo menos reflexivo…

La marcha Ni una menos fue muy importante. Antes de esta marcha, los tres de cada mes, nos encontrábamos apenas 30 o 40 mujeres para denunciar los femicidios. Cuando ocurrieron los femicidios de chicas muy jóvenes, las comunicadoras más jóvenes comenzaron a activarse en la red y en tres semanas armaron una marcha que movilizó a ¡500.000 mujeres! Es cierto que las chicas jóvenes que llegan a esta primera marcha masiva dicen “aquí empezó todo”. Nosotras llegamos al feminismo a través de una reflexión intelectual, ellas llegan, sin embargo, de un modo más performativo. Un modo que pone el cuerpo en escena. Las formas de comunicar son maneras que establecen alianzas, pero no se sabe argumentar en qué consiste esa alianza. Ahí siento que hay casi una supresión del lenguaje. Creo que esto, generacionalmente, no sólo sucede en el feminismo, también pasa en otras manifestaciones. Ese empobrecimiento del lenguaje dificulta que podamos establecer diálogos y, entonces, lo que queda son posiciones a favor o en contra viscerales, muy emocionales. Impide la posibilidad de aproximar posiciones, desde la comprensión de la otra y tejer algún consenso que nos permita actuar en común. Precisamente ese diálogo entre diferentes es lo que nos ha dado el feminismo y deberíamos preservarlo. Evitar lo que nos está pasando recientemente. Las cancelaciones y el repliegue identitario. Llevo más de tres décadas trabajando a favor del reconocimiento, a favor de leyes y políticas feministas y recientemente muchas veces me han dicho “tú no puedes hablar porque esto a tí no te pasó porque eres una mujer cis, o blanca, o heterosexual”. Claro que serlo me da privilegios y me ha costado mucho reconocerlos frente a otras mujeres, pero fueron otras mujeres las que me enseñaron a hacerlo. Reconocer estos privilegios es lo que da la posibilidad de establecer alianzas. Permite no actuar a favor de tus privilegios, sino en favor de un movimiento más plural. Siento que esto es cada vez más difícil sin lenguaje, sin argumentar. No se trata de haberte leído los diez libros fundamentales del feminismo como les dicen a las jóvenes algunas de mis compañeras. Se trata de movilizar la voluntad de comprender, la voluntad de entender lo que la otra persona está tratando de decir. No movilizar la voluntad de derrotar, desplazar y cancelar a la otra.

La práctica sin teoría es ciega y la teoría sin práctica es estéril

Sí, pero lejos de esa idea iluminista de que son sujetos diferentes los que ponen pensamiento y los que ponen acción, yo aprendí a respetar la teoría producida desde fuera de las universidades, en las organizaciones populares y en las culturas diversas. No se puede dialogar con una mujer kurda y comprender muchas de sus acciones revolucionarias desde una posición de feminista socialdemócrata europea que piensa que su pensamiento es esencialista y binario. Durante mucho tiempo el feminismo estuvo dividido por eso. No es que las que estamos en la academia bajamos las ideas a la población, como si esta estuviera abajo y nosotras fuéramos señoras feudales. Hay una metafísica de la espacialidad que tiene que ver con el poder.

¿Las luchas partidistas por la representación institucional del feminismo entorpece la construcción de alianzas feministas transversales para forzar cambios desde las instituciones?

En Argentina, cuando empezamos a ser vistas políticamente, los varones de los partidos empezaron a preguntarse quién estaba convocando a las mujeres. No podían creerse que la marcha surgiera de una convocatoria espontánea y que nadie respondiera a ningún patronazgo o matronazgo particular. Por supuesto había mujeres de partidos políticos, pero no estaban allí convocadas por sus partidos. Esa visibilidad fue lo que hizo que los partidos empezaran a querer manejar los feminismos de diversas maneras. Al año siguiente de la primera marcha de Ni una menos, la comisión organizadora ya se había dividido. Era un año electoral. Ese movimiento que era transversal, fuertemente político, pero no partidario, se rompió y empezaron las fisuras. De hecho, los 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, solemos tener dos marchas diferentes.

Has alertado también sobre el peligro de que las mujeres prioricen la pertenencia partidaria, frente a las alianzas interseccionales

Lo peor que veo de esas pertenencias partidarias es el silenciamiento de la crítica feminista, cuando se producen situaciones abusivas en relación a prácticas patriarcales. Cuando hay situaciones de acoso sexual por compañeros del propio partido, cuando se dice que va a haber paridad y después se va echando a las mujeres para quedarse con dos o tres. No se trata de que haya sólo paridad, se trata de cambiar la lógica de los lugares a los que accedemos. Esa perspectiva paritaria ha provocado una enorme frustración porque ha generado muchas figuras individuales que no representan a los colectivos de mujeres y feministas, sino que construyen alianzas con los varones con los que comparten intereses. Por otro lado, es difícil para el feminismo decir voy a hacer transversalidad pasando por los partidos, cuando los propios partidos rompen su compromiso con la representación porque sus liderazgos no practican aquello que enuncian. Otra dificultad es que el movimiento feminista trabaja en red. Tiene una manera de hacer política, de colaborar y construir alianzas muy distinta a los partidos políticos, generalmente piramidales. Las feministas tenemos que hacer alianzas transversales, incluso pasando de nuestras pertenencias partidarias. Cosa que en Argentina se está poniendo muy difícil y creo que en España, también.

El feminismo ha formulado muchas veces que hay que estar en todas partes ¿qué riesgo tiene para las feministas fiarlo todo al Estado como herramienta central en la transformación del mundo?

No creo en absoluto que el Estado sea el único que tiene que transformar la sociedad. Muchos de los cambios que nos han permitido sobrevivir a crisis tremendas los hemos hecho las mujeres desde los movimientos sociales. Hay que pensar en una institucionalidad de lo común que permita formas de organización comunitarias, quizá más pequeñas, que hagan de puente con el Estado. Que facilite la interrelación entre articulaciones académicas, partidarias, sindicales, de movimientos sociales. Esto es lo que veo que no funciona porque el Estado funciona por delegación y las delegaciones tienen sus propios intereses.

Has dicho que los hombres se sacaron la carga de proveedores sin sacarse los privilegios y que andan perdidos en su rol…

Los hombres tienen que pensar en cómo cambiar el modo de organización social para que no sea un sistema de explotación y dominio sobre las mujeres. Pensar en ese mundo es difícil para las mujeres, pero aún es muchísimo más difícil para los hombres, porque todo el tiempo están ejerciendo sus privilegios. Los hombres tienen que pensar en una masculinidad como praxis que no reproduzca esas relaciones de opresión. También es verdad que se han apropiado de un lenguaje de aliados, como una especie de escudo protector y que se victimizan cuando no ven reconocido el enorme esfuerzo que creen estar haciendo. Las feministas no odiamos a los hombres, odiamos las expresiones violentas de machismo y tratamos de que no nos dañen a ninguna de nosotras. Mujeres y hombres tenemos que dialogar para repensar este sistema porque las mujeres no podemos hacerlo solas. Lo que ocurre es que los varones, en general, están muy lejos de tener conciencia de la subjetividad violenta y privilegiada que los construye como individuos.

La reacción antifeminista aumenta y podría estar teniendo capacidad para conectarse con los malestares de las mujeres, dándoles una respuesta que refuerce su papel reproductor y cuidador…

Aquí veo dos cosas. Por una parte, que hay un montón de diputadas con discursos conservadores que han podido acceder a las instituciones por los esfuerzos del feminismo. Sin embargo, obedecen al patriarcado porque este no sólo se impone a través de castigos, sino que también lo hace a través de premios. A los partidos conservadores les encanta que sean mujeres las que anuncian su desprecio por las cuestiones feministas. Y, por otra parte, el nuevo activismo feminista, que es más performativo, que usa consignas, eslóganes, que hacen del movimiento feminista un movimiento colorido, que tiene múltiples expresiones y yo adoro, sin embargo, hay muchas mujeres, más conservadoras, que sienten que ese nuevo feminismo no las representa. Quizá sienten que su deseo de un modelo de vida más doméstico, menos riesgoso es despreciado desde algunos sectores feministas y eso hace que se sientan más cercanas a discursos de la derecha religiosa que, obviamente, caricaturizan al feminismo como exhibicionista, contrario a los valores de la familia, etc. Quizá esos discursos reaccionarios están teniendo mucho éxito por desinteligencia de nosotras mismas. Como movimiento tenemos que buscar esos puentes de comprensión. Esos diálogos se dan con el lenguaje y, como decía antes, creo que en ese terreno del lenguaje estamos teniendo dificultades.

¿Crees que esa dificultad del lenguaje también explica algunas de las dificultades del diálogo entre una parte del movimiento feminista y del movimiento LGTBI?

Falta diálogo. En Argentina hemos trabajado mucho en común entre el movimiento feminista y el movimiento de la diversidad. Fruto de ese esfuerzo creativo, se entendió que los mandatos patriarcales sobre la sexualidad y sobre todo, sobre los derechos no reproductivos, alcanzaban a todas las mujeres, pero también a las diversidades. Que había leyes en común que lograr y se trabajó mucho. Es cierto que estamos impugnando el binarismo y que aún no hemos logrado tener datos de mujeres y hombres que nos permitan intervenir sobre la realidad para cambiarla. Al tiempo, nos manejamos con conceptos limitadísimos como personas gestantes o que una x defina el género no binario. Nadie está satisfecho con estos conceptos. Muchas mujeres y varones trans no quieren ser nombrados como “personas gestantes” y las personas binarias dicen “no somos una x”. La única forma de enfrentar este desafío es activar espacios amorosos y amables de diálogo que nos permitan ir resolviendo, en el estado y fuera del estado, especialmente fuera, porque es donde podemos manejar las tensiones de una forma productiva.

Nota: Se agradece el apoyo inestimable de Irene Bassanezi Tosi para la realización de la entrevista.

Más de 150.000 personas viven con VIH en España, según datos recientes proporcionados por el Plan Nacional del Sida. Y hay un 13% de las personas que lo tienen y no lo saben. Según información de Onusida (El Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida), durante los dos últimos años de la COVID-19 y otras crisis mundiales, el progreso contra la pandemia del VIH ha decaído, los recursos se han reducido y, como resultado, hay millones de vidas en riesgo. Desde 1988 cada año, el 1 de diciembre, el mundo conmemora el Día Mundial del Sida. Desde entonces las agencias de las Naciones Unidas, los Gobiernos y la sociedad civil se reúnen cada año para luchar en determinadas áreas relacionadas con el VIH. El lema de este año será Igualdad Ya.

Dentro de las iniciativas que se ponen en marcha para concienciar a la población sobre el VIH, hay que destacar el original encuentro Mujeres con V: Positivas y diversas, en el que seis mujeres que tienen el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) contarán sus experiencias como seropositivas. Se trata de una “conferencia performativa”, organizada por la Compañía Teatreras y Pride+, apoyada por Cesida, la coordinadora estatal de VIH y sida, que está formada por 75 entidades que representan a más 120 organizaciones de todo el territorio español.

“Esta idea surge de los proyectos de intervención psicosocial con mujeres con VIH que han sido desarrollados desde Cesida en colaboración con la doctora Álvarez y que se basan en el uso de herramientas audiovisuales. Estas intervenciones son «Podcast Positivos», en los que hemos enseñado a las mujeres a hacer podcast para hablar de diversos temas relacionados con el VIH y en el proyecto «Itinerantas», que es una exposición de fotografías y micropodcast realizados por las mujetes. A partir de ahí empezamos a darle vueltas sobre cómo dar un paso más allá y se pusieron en contacto conmigo”, nos dice Nicoletta Cappello, directora del proyecto El Público y responsable de dirigir esta conferencia performativa, que aplica el teatro cómo herramienta de Educación y Transformación social.

“Se trata de una obra de teatro creada y representada por mujeres con VIH en la que intervienen expertos/as que abordan diversos temas relacionados con el VIH. Carmela La Vela, Lola Power, La Faraona, Mariquilla, Arancha, Flor,  las participantes en esta obra, son mujeres con superpoderes, y la obra tiene el objetivo de mostrar esas fortalezas. Ellas se han enfrentado el estigma asociado al VIH y a situaciones vitales muy complejas y, sin embargo, son mujeres tremendamente optimistas y vitales. Son mujeres muy distintas y, a la vez, tienen tantas cosas en común que se han hecho amigas entre ella”, continúa explicando Nicoletta.

Desde la aparición del VIH, hace 40 años, sigue presente el estigma y la discriminación hacia las personas con este virus. Y todavía hay normativas y legislaciones discriminatorias y anacrónicas que limitan los derechos, así como el acceso a bienes y servicios, a las personas afectadas.

Visibilidad = Dignidad es el lema elegido para reivindicar los derechos de las personas con el VIH y reconocerlas como parte importante de la sociedad.

Además de Cesida, la obra cuenta con una subvención del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 y con la colaboración de otras entidades públicas y privadas. Se celebrará el 24 de noviembre en el auditorio del Ministerio de Cultura, calle de San Marcos, 40, Madrid, a las 19:00 h.

Desde Cesida informan de que la entrada es libre hasta completar aforo y que es obligatorio inscribirse en el formulario para poder asistir al evento.

La socióloga e investigadora argentina Laura Fernández Cordero ha realizado un viaje por los siglo XIX y XX para reunir, en este original y estupendo trabajo de investigación, catorce voces que rescatan las luchas y reivindicaciones pasadas de mujeres (también de dos hombres y hasta la voz colectiva de un periódico) que posiblemente no conocíamos y que explican y enlazan con las luchas feministas de nuestro tiempo.

Así, podemos escuchar a Claire Démar o Jenny D’Héricourt (traducidas aquí por primera vez al español), que a comienzos del siglo XIX reclamaban las promesas incumplidas de la Revolución Francesa y exigían el derecho al sufragio y al placer, o nos encontramos con hombres como Charles Fourier o Joseph Déjacque; también con “La Voz de la Mujer”, que da la palabra a un grupo de mujeres que reivindican la emancipación de las mujeres y el amor libre. O a luchadoras más conocidas y comprometidas con las luchas sociales y políticas de su tiempo, como Flora Tristán, Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, o Alexandra Kollontay. Y también descubrimos a una nueva Bella Otero, no la famosa, sino otra mujer que desafiaba la dicotomía de los sexos y subvertía todas las clasificaciones. O con luchadoras anarquistas como Ana Piacenza y Maria Lacerda de Moura, por no olvidar a Emma Goldman, que reclama una revolución que no deje fuera el baile y el  goce, o a librepensadoras como Maria Abella, que desafía la moral católica.

Este trabajo ha sido publicado recientemente en España por Siglo Veintiuno/Clave Intelectual y su autora ha viajado a España para presentar el libro.

Laura Fernández Cordero es socióloga y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, investigadora del Conicet, dirige proyectos de investigación dedicados a las publicaciones periódicas de las izquierdas durante el siglo XX y es autora de “Amor y anarquismo. Experiencias pioneras que pensaron y ejercieron la libertad sexual” y coautora (con Judith Butler y Virginia Cano) de “Vidas en lucha. Conversaciones”. Con ella hemos podido conversar en Espacio Público.

El título del libro “Feminismos para la Revolución” y el subtítulo “Antología de 14 mujeres que desafiaron los límites de las izquierdas” refleja muy bien el contenido de esta obra. ¿Por qué feminismos en plural y a qué límites de las izquierdas te refieres?

Hace tiempo que el feminismo recurre al plural para dar cuenta de su diversidad y de la imposibilidad de contener en un solo término los debates, las corrientes y la velocidad con que da lugar a nuevas ideas y prácticas políticas. El libro intenta proponer que esa multiplicidad de maneras de vivir y de hacer política feminista existe desde que el término comienza a acuñarse y a dispersarse por el mundo en la segunda parte del siglo XIX.  No escapa a una paradoja, casi ninguna de las voces que compila la antología se reconoce a sí misma como “feminista”.

Es otro modo de decir que los límites del movimiento y la propia denominación son parte de una agitada construcción política y su acuñación, un hecho colectivo. Las anarquistas del periódico La Voz de la Mujer adelantaban décadas respecto de las discusiones sobre el amor y la violencia, sin embargo, identificaban el feminismo con el sufragismo y rechazaban su conformación burguesa. Las socialistas y las comunistas miraban su desarrollo con atención, pero buscaban la organización de las obreras y las mujeres en general en clave revolucionaria, algo que las distanciaba de la propuesta liberal.

En relación con los límites, la antología pretende dar cuenta de la importancia de la “cuestión de la mujer” y la “emancipación femenina” en el ideario de las izquierdas, en sentido amplio, pero a la vez señalar las zonas más problemáticas. Cada texto llama la atención sobre alguna de ellas, para citar solo algunos: Jenny D´Hericourt debe defender el derecho a la escritura e incluso a la voz pública de las mujeres contra Pierre Joseph Proudhon, uno de los referentes de pensamiento libertario. La carta de Joseph Déjacque visibiliza la dificultad de definir el contorno de la Humanidad a liberar si en ese universal se incluye a las mujeres. La entrevista de Clara Zetkin a Lenin ofrece una síntesis de la posición clásica en relación con la “cuestión femenina” y la sexualidad, así como de la intención permanente de los líderes por encuadrarlas en sus propias tesis y directivas políticas. La Bella Otero pone en jaque la heteronormatividad y la homofobia que campean en gran parte de las izquierdas, pese a su discursividad en torno a la libertad sexual.

Emma Goldman denuncia las moralinas que acechan a los compañeros, y Ana Piacenza critica los límites del hombre anarquista que odia la opresión y oprime a la mujer. Más allá de mis propuestas de interpretación, creo que los textos, en su complejidad, puedan despertar otras lecturas.

Una de las principales características de los cánones, antologías y selección de personajes o textos, es que siempre hay exclusiones: una parte entra dentro de “lo elegido” pero la mayoría queda fuera. En la Introducción el libro dices que “El primer listado fue imposible. El segundo, delirante”.  ¿Qué criterios has seguido para esta selección de personajes?

Una vez decidido que valía la pena aportar otra antología a las innumerables que ya han sido editadas, los criterios fueron múltiples. Primero, textos que reflejaran la discusión entre dos espacios que estaban en conformación y en diálogo permanente: los feminismos y las izquierdas en sentido amplio. Pero no solo de las referencias más obvias, sino también personalidades menos conocidas como la uruguaya y argentina María Abella o la librepensadora brasileña Maria Lacerda de Moura.

El segundo y más importante: que fueran escrituras significativas por su contenido político, su variación (hay cartas, ensayos, memorias, notas, libros, etc.), o su propia belleza. Textos que crean o surgen de problemas y no que van en el sentido de los cánones establecidos. Incluso dramáticos como el de Claire Démar, porque antecede su suicidio, o de fuerte actualidad como la carta en la que Rosa Luxemburgo se queja ante su amante por lo que hoy llamaríamos un permanente “mansplaining”. En ese sentido, los textos quieren contrarrestar el efecto de novedad causado por la celebrable masificación de los debates feministas y su crecimiento como movimiento político en las últimas décadas.

Por último, se impone un criterio de espacio y maleabilidad, FPR se pensó como un “libro herramienta”, uno que se puede leer en cualquier orden, que está allí para una consulta rápida y (ojalá!) que vaya en las mochilas camino a las asambleas y las aulas. Un buen indicio es que una productora sonora, Ya el Blanca (Miel de arcilla contenidos), me propuso convertir el libro en un podcast, un formato que permite otra circulación y puede invitar a seguir con otras lecturas.

Un momento de la presentación de “Feminismos para la Revolución” en la librería La Mistral de Madrid.

Las voces que se oyen en el libro son muy variadas. Dices que: “De un tiempo a esta parte, pasamos de los deslumbramientos a disfrutar la relectura; fue y es un regreso atento a las voces quebradas, dubitativas, inconsistentes, polémicas y hasta suicidas”. ¿Has buscado sobre todo a personajes que vivieron momentos históricos agitados?

¡No sé si en los últimos dos siglos ha habido un momento que no haya sido agitado desde estas perspectivas! El libro tiene un evidente foco europeo, ruso y latinoamericano, abre con las décadas que siguen a la Revolución Francesa cuando las promesas de Libertad, Fraternidad e Igualdad atraviesan las tensiones de su propia ambición. La segunda parte del siglo XIX con su imparable revolución industrial deriva en la primera gran guerra y en los intentos revolucionarios que tienen a Rusia como exponente máximo.

La clausura de la expansión de la revolución a otros países, la proliferación de los movimientos emancipatorios fuera de Europa y los fascismos en crecimiento también exigieron escrituras y políticas urgentes y activas. Quizás la elección tuvo que ver con textos que, asumiendo la agitación, no intentaron simplemente explicarla o bajar su intensidad, sino echar más leña al fuego.

En esta antología hay también dos hombres, Charles Fourier y Joseph Déjacque, ¿consideras que los hombres forman parte o son aliados de las luchas feministas?

Es una pregunta difícil. En la historia de las luchas feministas siempre ha habido compañeros o aliados, pero sin la iniciativa de las mujeres y de quienes no se sintieron representados por la masculinidad tradicional y heterosexual, los feminismos no hubieran existido o habrían estado siempre subsumido bajo lo que se consideraban verdaderas grandes luchas económicas y políticas.

Ahora, si los feminismos quieren animar una transformación radical deben actuar sobre la producción misma del orden de los géneros y para eso se impone una política de alianzas que no restrinja el movimiento a “la Mujer”. En este sentido, sí, hay hombres dispuestos a formar parte de la lucha. Sin embargo, son menos los que se avienen a revisar los términos de esa participación, es decir, sumarse sin repetir lo que han aprendido como mandato: ordenar, dirigir, imponer su voluntad y opinión, brindar seguridad, escalar jerarquías, subir la voz sobre otras voces, explicarlo todo, acaparar el micrófono, desconocer la producción teórica feminista, etc. etc.  Ya no pueden convencernos de que nuestra utopía se hará realidad a partir del primer día después de la revolución, ni compartimos completamente esa nostalgia de otros tiempos mejores de los movimientos emancipatorios. Si vamos a pensar el futuro, tendrá que ser de otros modos. Construir esas otras formas de hacer política es uno de los enormes desafíos del feminismo.

Otra de las personas que hablan en el libro es La Bella Otero. “Hubo, al menos, dos Bella Otero. Una, bailarina y actriz gallega con mucha fama en el 1900 parisién. La otra, capturada por el Servicio de Observación de Alienados de la Policía, desde el cual médicos, juristas, psiquiatras y criminólogos patrullaban los márgenes del orden nacional.” Dices en la presentación del personaje.

He nacido en Madrid en el año de 1880. Siempre me he creído mujer, y por eso uso vestido de mujer”. Dice ella.

“Esta antología quiere ser parte de los feminismos que no son refugio de identidad ni barrera de control sobre los cuerpos […] los feminismos que todavía tienen mucho para decir viven en las alianzas con los movimientos de mujeres y los activismos LGTB+”, afirmas también en el libro. Háblanos de esta Bella Otero.

Se sabe muy poco de esta persona que hoy llamaríamos travesti o trans, y que por entonces había asumido, en Buenos Aires, el nombre de una artista europea. Lo que conocemos es el momento en el que el médico Francisco de Veyga la mantiene detenida en el Servicio de Observación de Alienados de la Policía.

En ese trance, bajo la etiqueta “científica” de “Inversión sexual adquirida – tipo profesional”, La Bella Otero cuela su breve autobiografía que es publicada con sus fotos en la revista Archivos de psiquiatría, criminología y ciencias afines en el año 1902. Es el texto más maternal y más erótico. Y más pícaro. No tiene una clara intención política en el sentido clásico, pero su historia, el interés que despierta y el modo en que aprovecha su momento (siempre que creamos que el texto es de su autoría… ya si hubiera sido escrito por uno de los médicos, tengo que escribir otro libro!), decía, su gesto de ironía, parodia y burla recuerda el desparpajo y el humor travesti local.

La «otra» Bella Otero

Al mismo tiempo, señala el fuerte artificio de la naturalización de la dicotomía sexual y la existencia de otras vidas que la exceden y la discuten. No se olvida de marcar cómo, aunque la mantienen en los márgenes, es parte de la vida de la ciudad e interactúa eróticamente con sus hombres. Creo que en la antología viene a apoyar la idea propuesta en la introducción sobre el error de estar patrullando los límites identitarios del movimiento feminista o, como hacen las llamadas Terfs (feminista radical transexcluyente), aferrarse a esa figurona “LA MUJER” que es también un artificio.

Al contrario, la historia y la fortaleza de los feminismos es la de mantener abierto el debate por el sujeto de sus políticas y los alcances de sus transformaciones en términos de identidad de género y deseo sexual. Y desde allí pensar las alianzas necesarias, sobre todo ante el avance de los movimientos conservadores (y de las derechas que capturan parte de las luchas feministas y LGTB+) que no andarán con tanta disquisición en las etiquetas y reprimirán por igual si tienen oportunidad.

Otro de los personajes es un periódico “La Voz de la Mujer”. ¿Por qué lo has seleccionado?

La Voz de la Mujer es una vieja conocida para mí. La encontré gracias al trabajo de historiadoras feministas que me precedieron (Maxine Molyneux, Dora Barrancos, María del Carmen Feijoó y Mabel Bellucci) y fueron protagonistas de mi primer libro: “Amor y anarquismo”, Siglo XXI, 2017. Es una voz colectiva que se expresa en uno de los primeros periódicos escritos y dirigidos por mujeres anarquistas. Hay muy pocos en el mundo, este salió en Buenos Aires entre 1896 y 1897. Si bien la consigna de la emancipación de la mujer era agitada por el anarquismo que había llegado al país, el texto elegido demuestra las tensiones entre la declamación de la doctrina y una de sus consecuencias, por caso, que las mujeres tomaran la palabra en primera persona. De ese modo, muchos se sintieron opresores o tiranos de su hogar, o consideraron que ellas excedían ciertos límites.

De hecho, los debates que recorrí en los periódicos libertarios (en el sentido digno de la palabra y no en el de las nuevas derechas) entre 1890 y 1930 dejan ver que la discusión no pasaba tanto por el contenido de la palabra femenina, sino por el tono o la modalidad en que asumían la escritura o la palestra. No en vano las redactoras recibieron el mote de “furiosas de lengua y pluma”. ¿Quién no recibió alguna vez esa crítica? Tu voz es demasiado fuerte, altisonante, poco razonable, nerviosa…

Desde las palabras de la primera mujer que aparece en la antología Claire Démar a la última, queda claro que ha costado muchos esfuerzos, luchas, sacrificios, conquistar los derechos de las mujeres. Pero también que se pueden perder en un muy poco tiempo. Lo estamos viendo ahora en Estados Unidos, por ejemplo. ¿Crees que este libro puede ayudar a tomar conciencia de lo importante que es para los feminismos no bajar la guardia?

Ojalá lo sea! Sin ánimo de aconsejar ir hacia el pasado para buscar lecciones para el presente, la antología propone un ejercicio de memoria histórica que parte de preguntas actuales. Quiere demostrar que, pese al recorte temporal, siempre hubo una enunciación feminista que, a lo largo de los siglos, discutió el orden de los géneros y la subordinación de una gran parte de la humanidad. Busca, al mismo tiempo, contrarrestar la idea de que es una novedad de las últimas décadas o que las disputas actuales entre feministas, a veces muy duras, son signo necesario de debilidad. Todo lo contrario.

También quiere iluminar las relaciones de las autoras con otros movimientos políticos y autores, así como los hilos que las van uniendo: Tristán y Goldman leyendo a Wollstonecraft, Maria Lacerda traduciendo a Aleksandra Kollontay, María Abella editando a Virginia Bolten… Es lo que todavía hacemos para mantener vivo este movimiento de vocación internacionalista.

Pero no todo es celebración, tal como anuncia tu pregunta, es necesario llamar la atención sobre las reacciones conservadoras y no solo externas, sino también en los compañeros de luchas y en el propio movimiento. El retroceso de los derechos en la decisión sobre el aborto en Estados Unidos es una prueba clara, pero no la única. El discurso de las derechas que avanzan en los distintos países y el de los cada vez más extendidos movimientos religiosos conservadores, junto a la actualización de la iglesia católica con un papa supuestamente “progresista”, no nos ofrecen un panorama en el cual podamos descansar.

Al mismo tiempo, las izquierdas han ido incorporando parte de las luchas feministas o dando más atención a quienes las agitaron siempre en esos mismos espacios; será importante que ese diálogo avance y no se quede en una incorporación oportunista u obligada por el clima de época. Hay mucha producción teórica y política de los feminismos en distintos terrenos (la subjetividad, las economías, los cuerpos, las emociones, la sexualidad, la ecología) que pueden revitalizar a las izquierdas en un momento crítico.

Saber que nuestras luchas tienen una larga historia, que aunque la pensemos en etapas no necesariamente van hacia un progreso seguro, y que ya se han enfrentado fascismos similares pueden ser una buena inspiración para las luchas presentes.

Nota:

Todas las imágenes publicadas en esta conversación han sido cedidas por la editorial Siglo Veintiuno/Clave Intelectual.

La ciudad de Vigo será la anfitriona del primer Encuentro Internacional de las Mujeres de la Escena en Igualdad (MEI) que se celebrará en la Casa de las Artes desde el 25 al 27 de octubre.

En este Encuentro, que ha sido organizado por la asociación Clásicas y Modernas con la colaboración de la Diputación de Pontevedra, INAEM, Ayuntamiento de Vigo y AISGE, participarán, entre otras, dramaturgas de la talla de la directora de teatro Marta Pazos, con la que Espacio Público conversó con motivo del estreno de su obra A Amnesia de Clío; las griegas Katerina Evangelatos (directora de teatro y ópera)y Lydia Koniordou, directora artística de teatros públicos y pedagoga, exministra de Cultura y Deportes de la República Helénica; la británica Jill Greenhalh, fundadora de The Magdalena Project; la sueca Maria Aberg, directora artística y artista asociada a la Royal Shakespeare Company; y las españolas Carmen Portaceli, directora artística del teatro Nacional de Cataluña; Fefa Noia, directora adjunta del Centro Dramático Nacional; Mariana Araoz, directora del proyecto francosueco Trans Mission Research Festival y Anxeles Cuña, dramaturga y directora de Sarabela Teatro.

Durante esos días habrá también mesas redondas, talleres y espectáculos artísticos con la intervención de mujeres de las artes escénicas en los que se podrá participar presencialmente y también online.

Conversamos con la gallega Mariana Carballal, actriz y directora teatral, una de las impulsoras, alma y coordinadora de este gran Encuentro, que nos explica:

Soy coordinadora en Galicia de Clásicas y Modernas desde 2015, cuando iniciamos Temporadas de Igualdad. Posteriormente fui-soy de Bibliotecas en Igualdad y en este momento Coordinadora en Galicia del MEI2022. Este I Encuentro Internacional de mujeres de la escena en Igualdad, recoge todo el trabajo hecho en las Jornadas del Festival de Mérida, abanderadas por Marga Borja. Sin ellas no podríamos estar celebrándolo.

Es voluntad de CYM ganar autonomía en la organización de este evento, que florezca al amparo de la asociación con entidad propia y no como una actividad paralela de un Festival. Pero justo es reconocer que sin la experiencia previa no podríamos estar hoy aquí.

Por otro lado, tenemos que tener en cuenta los cambios producidos por la lucha por la igualdad en las Artes Escénicas. Aunque las estadísticas apenas se mueven, mostrando una alarmante y persistente desigualdad, constatamos que todas las instituciones, teatros, organismos que firmaron las Temporadas de Igualdad, cumplen o lo intentan, la Ley de igualdad en sus programaciones. Por lo tanto obramos conciencia, y eso es un paso enorme en este camino.

Mariana Carballal

A la pregunta de por qué han elegido la ciudad de Vigo para celebrarlo, responde:

El hecho de celebrarlo en Vigo es el comienzo de una nueva etapa, itinerante, que posibilite que cada año se celebre en una ciudad o comunidad autónoma diferente. Que Vigo sea la primera responde al interés de la Diputación de Pontevedra, con una presidenta feminista, comprometida, imparable. Carmela Silva no solo dice, hace. Como lo demuestran todos los programas de lucha por la igualdad que desarrolla durante todo el año. Y como lo ha demostrado desde el primer momento que le presentamos este proyecto. Después, la colaboración de Ayuntamiento de Vigo, nos permitió sentir a Vigo como la ciudad ideal para Encontrarnos. También nos ha apoyado INAEM y AISGE.

Sobre el programa de actividades, detalla:

Es un programa ambicioso y creemos que muy completo. Quisimos que las intervenciones artísticas estuvieran presentes todo el tiempo, empujando, alimentando toda la actividad en las mesas redondas en donde se analizarán realidades que afectan a la imposibilidad de mover estadísticas, dificultades en el acceso a puestos de dirección, de programación, de distribución, los caminos complejos hasta la profesionalización, etc. Todo aquello que impide que no se cumpla una Ley de Igualdad que ya tiene 15 años.

También se impartirán talleres, y sobre todo se creará una RED EUROPEA DE MUJERES DE LA ESCENA que pondrá el foco en la creación, programación y distribución de espectáculos de mujeres, por Europa.

Y por último agrega: CYM ejercerá de catalizadora, para informar, formar, propiciar que esa red sea efectiva y tenga continuidad.

Una de las actividades que se realizarán es la presentación del proyecto “Hécuba, nómos y música de las Ciudadanas” de Margarita Borja, poeta, autora y directora escénica, veterana activista de la lucha por la igualdad en las artes escénicas, que nos explica en qué consistirá esta actividad:

En esta sesión la productora griega Konstadina Angeletou, Zoe Chatziantoniou, mi codirectora en el montaje escénico, y yo misma, daremos a conocer la puesta en marcha de esta coproducción greco-española. Se trata de comentar el proceso de producción de la versión músico-escénica de mi reescritura de la Hécuba de Eurípides, estrenada en la Isla de Tabarca en 1998 en el Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante. En aquella ocasión, la crueldad extrema contra las mujeres en la cercana Argelia y en Afganistán, hizo que las actrices asumieran burkas en su vestuario. Hoy, talibanes, iraníes, Putin y sus adláteres, suman, en feroz contraofensiva, frente a los avances feministas. Circunstancia propicia para situar de nuevo altavoces y espejos donde reflectar las certeras preguntas que Eurípides puso en boca de la Reina troyana: ¿Quién me defiende? ¿Qué Ciudad? ¿Qué linaje?.

Margarita Borja

Hécuba, defensora de la educación, la proporcionalidad, la convivencia recíproca y la clemencia, dibujó hace siglos un camino vindicativo, recurrentemente en peligro por la pulsión vengativa de algunos, si la justicia no pone contrapesos. La obra se inspira en bases teóricas de las filósofas Martha G Nussbaum; Amelia Valcárcel y Victoria Sendón.

Hablamos también con otra de las impulsoras de este Encuentro, Fátima Anllo, presidenta de CyM, gestora e investigadora cultural especializada en políticas culturales y de igualdad y una de las pioneras de la gestión cultural en España. En la actualidad dirige el proyecto “Creación Independiente”. Dirigió recientemente el “Informe sobre la aplicación de la Ley de Igualdad en el ámbito de la cultura, en el marco competencial del Ministerio de Cultura y Deporte”, para el Observatorio de Igualdad de Género en el ámbito de la Cultura del Ministerio de Cultura y Deporte. A su cargo está el taller Estrategias de acción positiva en la gestión de las Artes Escénicas en España, que según nos explica:

Fátima Anllo

Consta de dos partes: En una primera, se reflexionará sobre el contexto actual. Se dará cuenta de los resultados del “Informe sobre la aplicación de la Ley de Igualdad en el ámbito de la cultura” realizado por la conductora del taller y se trabajará tratando de identificar los discursos y resistencias presentes dentro del sector cultural para hacer frente a las políticas de acción positiva o afirmativa.

La segunda parte del taller explorará en grupo y de forma colaborativa posibles acciones con las que llevar a la práctica estas herramientas que ofrece la Ley como mecanismo para remover las barreras estructurales y difusas que impiden que las mujeres de las artes escénicas ocupen la escena en condiciones de igualdad.

Y a modo de conclusión Mariana nos dice: Como siempre, nada de esto sería posible sin un gran equipo trabajando por encima de nuestras posibilidades, intentando construir otras formas de hacer y de gestionar, feministas (que cada una entienda lo que desee entender). Permíteme una expresión gallega para decir que “tenemos que mover los marcos”, para que nuestra sociedad sea de verdad democrática, justa e igualitaria.

La escritora Tània Juste explica “el motor” de su última novela en ‘Punt de lectura’, un ciclo de charlas-coloquio literarias consolidado en un pueblo del Alt Empordà

La vida cultural en los pueblos es mucho más intensa y enriquecedora de lo que se suele imaginar desde las capitales. Más allá del impacto que puedan tener algunos macroconciertos y festivales musicales en los meses de alta temperatura, existen citas literarias y artísticas con un poder de convocatoria que sorprendería a no pocos dinamizadores y gestores culturales acostumbrados a la movilidad que existe entre semáforos.

Si os acercáis cualquiera de los próximos viernes a Agullana (Alt Empordà), poco antes de las siete y media de la tarde, preguntad por “la sala”, o por “la societat”, o “La Concòrdia”, como queráis, y os podréis reunir en sus jardines con decenas y decenas de personas interesadas por la lectura, con ganas de escuchar y hablar con una escritora o escritor que durante el último año haya publicado un libro.

El pasado 8 de julio la invitada al Punt de lectura de Agullana fue Tània Juste, premiada en 2021 con el Prudenci Bertrana de novela, por su Amor a l’art, (Columna, 2021), [En castellano, Amor al arte, (Ediciones Maeva, 2021)] un libro reivindicativo de las mujeres artistas y de su obra.

Se trata, dijo, de una novela pensada a lo largo de bastantes años, porque ella, licenciada en Historia del Arte, cuando estudiaba y estudia textos sobre la materia, se hizo y se hace con frecuencia la siguiente pregunta: “¿Dónde están las mujeres artistas?” En este libro ofrece abundantes respuestas, para rescatar del olvido el arte de mujeres libres que dieron vida al Montparnasse parisiense de los años veinte.

“El motor de la novela”, explicó Tània Juste, es el amor al arte que profesan ella misma y la principal protagonista de su relato, Olivia, una joven barcelonesa, estudiante de Filosofía y Letras, que vive con su abuelo anticuario y al que ayuda en su trabajo. Es en el ejercicio de esta profesión que descubre un autorretrato excepcional, escondido bajo otro lienzo, el de Valèria Sans, una mujer sobre la que inicia un extenso trabajo de investigación.

Olivia realiza este descubrimiento a mediados de los años 70 y no es una época elegida al azar. “Eran años muy intensos”, explicó Tània Juste. Por su casa, cuando era niña, pasaba mucha gente. Allí tenían lugar reuniones y conversaciones hasta las tantas de la madrugada, entre personas de la generación de sus padres, implicadas en actividades culturales y políticas casi siempre clandestinas, bajo la dictadura franquista.

La autora dedica el libro, significativamente, a su padre, Lluís Juste de Nin, y “a todas las mujeres libres, independientes y valientes que han elegido y defendido una vida propia”.

Valèria Sans es producto, precisamente, de la inmersión en la trayectoria de muchas mujeres artistas, reales, que tuvieron que luchar para actuar de acuerdo con lo que escogieron como eje de su vida.

En relación a este personaje y a su perfil, el impulsor y organizador del Punt de lectura, Enric Tubert, abrió el libro para leer unas palabras de Valèria ciertamente impactantes: “Había decidido renunciar al hombre que la quería y a unos futuros hijos para dedicarse plenamente a su arte. O una cosa o la otra, las mujeres siempre tenían que escoger. Escoger a qué renunciaban, en favor de lo que más estimaban. ¿Y los hombres? Ellos no renunciaban a nada. Ellos lo podían tener todo”.

‘Temps de rebel·lia’, un libro autobiográfico de Lluís Juste de Nin

Punt de lectura

La cita de los viernes por la tarde en los jardines de la sala de Agullana es siempre excepcional por su invitación a la conversación y a la reflexión sobre literatura y, a través de ella, sobre las huellas que deja la humanidad en nuestro planeta. Tal como explicó Enric Tubert, existen muchas maneras de entender la escritura. Las más de cincuenta autoras y autores que se han desplazado hasta “allí arriba”, como dicen algunos, hasta aquel extremo geográfico, en los últimos doce años, han dejado buena muestra de la diversidad cultural catalana. Y así seguirá.

El pasado 1 de julio, fue con Rafel Nadal, sobre su libro Quan s’esborren les paraules, en el cual la protagonista principal es también una mujer, como “líder intelectual” de una gran familia de Girona.

Juste y Nadal han compartido en sus obras, en forma asimismo diversa, la inquietud ante la gran dificultad que representa la reparación necesaria de los daños causados contra la memoria.

Sergi Belbel, Maite Salord, Xavier Aliaga, Glòria de Castro y Agnès Marquès serán las pròximas invitadas e invitados al Punt de lectura de Agullana. La última charla de este año de este encuentro literario tendrá lugar el 26 de agosto, con Laia Aguilar, en la plaza mayor de una localidad más pequeña del mismo municipio: la Estrada.

Con todas las entradas vendidas desde hace semanas, mañana se estrena en Madrid, en el Teatro del Barrio, Acción comadres, una original acción feminista en la que nueve mujeres se reúnen para hablar de sus cosas y compartir sus experiencias. Y esta vez lo hacen en un escenario, cara al público, no en ámbitos privados como suele ser habitual.

Nueves son las mujeres que participan en esta excepcional acción. Y con tres de ellas tenemos la oportunidad de hablar hoy: María Botto, la coordinadora del grupo; Cristina Abelló, impulsora del proyecto y productora de la acción y  la periodista y escritora Cristina Fallarás, que desde el principio ha trabajado en la puesta en marcha de esta pionera acción.

Agradezco además la valiosa colaboración de la periodista Marisa Kohan, que también participa en este experimento, para la realización de esta conversación.

1. ¿Por qué habéis querido trasladar a un escenario público encuentros y conversaciones que suelen ser frecuentes entre mujeres?

Acción Comadres va a ser otro encuentro de los que tenemos habitualmente entre nosotras en casa de Cris o de Marisa y Lydia. Mujeres que se sientan alrededor de una mesa para conversar, para comer, para bailar, para acuerpar. Nosotras al principio quedábamos para reaccionar a todo lo que pasaba, para salir a las calles, para luchar desde la rabia y el dolor. Y aunque eso no hemos dejado de hacerlo, nuestros encuentros se fueron convirtiendo naturalmente en otra forma de vivir. Nos hemos descubierto desde la palabra, el baile, la alegría, la acción. Es necesario salpicar a la ciudadanía con ese mensaje: la fuerza del feminismo la hacen los cuerpos cuidándose. Y, por eso, nos subimos a un escenario. Para celebrarnos y que otras puedan hacerlo también, nos dice Cristina Abelló, a lo que añade Cristina Fallarás: La ficción sobre las mujeres ha sido tradicionalmente escrita por hombres, pienso en Madame Bovary, Fortunata y Jacinta, Bernarda Alba… Me parece un ejercicio muy estimulante tomar esa voz, y hacerlo desde el lugar opuesto, desde lo no ficcional. Algo así como: “esto os lo han contado así, y sucede asá”. Con todos los condicionantes, claro. Y concluye María Botto: Como bien dice Cristina, la historia la han escrito por nosotras. Es el momento de reescribirla y escribirla. Siempre se ha hablado del secreto femenino. No hay secreto sencillamente no podíamos hablar.

Cristina Abelló

2. Decís que Acción comadres no es una representación, no se actúa. Por eso entre las mujeres que van a subir al escenario no hay actrices, ¿pensáis que las actrices no podrían también participar como otras mujeres, simplemente hablando, sin actuar?

Queríamos que Acción Comadres fuera un diálogo con la realidad feminista, el hecho de ver a actrices en el escenario podía generar cierta duda sobre la veracidad del acto, no porque no fueran a estar estupendas sino por la sensación de estar viendo una obra de teatro y no fragmento de la vida cotidiana, explica María Botto, afirmación que completa enseguida Cristina Abelló: El 18 de junio estrenamos Acción Comadres y va a ser un pase único por diversos motivos. El más evidente es el formato: no se actúa, porque no hay libreto, no hay guion, y porque las mujeres que subimos en esta primera ocasión no tenemos ninguna formación teatral. Por lo tanto, cada pase generará una creación distinta. Por otro lado, las participantes no van ser siempre las mismas. La fuerza que tiene esta acción es que vaya girando por cualquier espacio cultural de cualquier ciudad combinando mujeres locales con algunas de las participantes fundadoras. En esa rotación por supuesto que se van a incluir actrices también. Y para concluir, Cristina Fallarás sostiene que: Sí, claro que habrá actrices. El hecho de que no participen en la primera acción responde a la necesidad de dejar claro lo que comentamos antes, que no hay ficción ni, en cierto modo, representación. Con dos actrices entre nosotras, eso podría haber quedado algo confuso.

Cristina Fallarás. (Fotografía de Vanesa Esteban Pino)

3. Además de vosotras tres, participan en esta primera ocasión las periodistas Lydia Aguirre y Marisa Kohan, la abogada y activista Violeta Assiego, la abogada Piluca Baselga,  la escritora y periodista Karmele Marchante, la abogada y economista Zinnia Quirós y la cantautora Amparo Sánchez (autora de la música), todas son profesionales que de alguna forma tiene un matiz público. ¿Pensáis que se subirán a un escenario para hablar de sus cosas, de sus intimidades, otras mujeres con un perfil mucho más privado?

Fallarás es muy clara en su afirmación: La elección de las mujeres para la primera acción responde a que sencillamente estaban ahí cuando surgió la idea. Se sentarán en Acción Comadres mujeres procedentes de todos los ámbitos y con todos los perfiles. Esto nace entre un grupo de amigas entre cuyas miembras hay muchas con presencia pública: periodistas, actrices, políticas, escritoras… Por su parte, C. Abelló confirma: Estoy convencida de que sí. De hecho, en el mismo estreno de esta acción, alguna de nosotras vamos a contar experiencias que no conocen ni familiares, ni amigas cercanas. Nos han enseñado constantemente que tenemos que estar calladas, pero ahora ya hemos descubierto la potencia que tiene la palabra. Decir lo que nos pasa, contarnos los cuerpos, es reconocernos. No hay nada con tanta fuerza como eso. Tenemos que contarlo todo. Y para concluir María Botto corrobora que sin duda, hay muchas historias y mucho que contar. Cuando una alza la voz es muy difícil acallarla.

4. Habláis de la importancia de la risa, de gozar, de la importancia de la alegría. ¿Creéis que esto introduce una vertiente nueva y muy importante en el feminismo?

Cristina Abelló: No creo que sea nueva, pero entre tanto griterío político banal nos hemos olvidado de abrazarnos y de celebrarnos. He descubierto en estos últimos meses que alejándome de ese ruido y volviendo a cuestiones más cotidianas y primarias estoy mejor. Insisto: cuidarnos entre nosotras es lo más revolucionario que podemos hacer. Mientras que para Fallarás: Pues a mí me parece que sí es bastante nuevo. Creo que hay un hartazgo de luto y queja, y lo entiendo. Pasamos la vida respondiendo a las violencias machistas, y son tantas que, aunque les dedicáramos 24 horas al día, no daríamos abasto. Tengo la sensación de que nos ha robado –o hemos olvidado— la posibilidad de pensar nosotras qué mundo queremos. Pues bien, queremos gozar, bailar, juntarlos a compartir los alimentos… De eso se trata, creo. A lo que Botto agrega: Hemos crecido con violencia hacia nuestro cuerpo, nuestro comportamiento, nuestro pensamiento. Nuestra sexualidad y nuestro deseo son censurados desde muy pequeñas. Es momento de celebrar que a pesar de todo, amamos, gozamos, bailamos, deseamos y que no somos nosotras las locas y las peligrosas.

María Botto    

5. ¿Habéis tenido algún tipo de ayuda para la realización de este proyecto?

Es Abelló quien contesta: No, no hemos tenido ningún tipo de ayuda. El empuje de todas es lo que ha hecho que Acción Comadres se estrene el próximo 18 de junio. Eso sí, estamos muy agradecidas de que el Teatro del Barrio nos haya acogido en el estreno.

6. Esta es la primera vez que se pone en marcha esta acción. ¿Cómo pensáis continuar?

Estamos empezando a cerrar encuentros en Asturias, Córdoba, Segovia y Barcelona. La idea es que esta acción se vaya repitiendo por todas las ciudades del país incorporando a mujeres en el escenario de cada territorio. Esperamos que dentro de un año, en una fecha señalada, consigamos que simultáneamente haya teatros llenos de comadres. Muchísimas mujeres conversando a la misma vez desde localidades distintas. Eso sería un éxito para todas, responde Cristina Abelló en nombre de las tres.

7. Habláis de gozar: Gozamos, gozamos, gozamos. No galopamos a lomos de la violencia. Pero ¿qué pasa si quiere subir a hablar a un escenario alguna mujer víctima de malos tratos o de violencia machista?

Las respuestas de las tres son rotundas. Cristina Fallarás: En el relato de casi todas las mujeres late la violencia machista. Gozar está en el encuentro mismo, en el hecho de compartir lo bueno y claro que también lo malo… De todas formas, es nuestra experiencia que, después de vaciarte y compartir el dolor, fluye la alegría. ¡Tenemos que acostumbrarnos a celebrar también!

 ¿Qué mujer no ha sido víctima de la violencia machista? Nos subimos al escenario recordando esas experiencias, pero con la fortaleza de estar juntas sobrellevándolas, dice por su parte Cristina Abelló.

Y concluye María Botto: Si una mujer quisiera compartir en el escenario una experiencia de esa índole creo que  habríamos hecho nuestro trabajo. Poder compartir y verbalizar la violencia es uno de los actos más importantes que una víctima puede hacer. ¡No estás sola! es una realidad. Somos muchas y compartimos nuestra necesidad de reconstruirnos.

Enhorabuena y muchas gracias a las tres por vuestras respuestas. Y también a las valientes nueve mujeres que subirán mañana al escenario del Teatro del Barrio.

El éxito sin precedentes al que asistió el movimiento feminista en la huelga del 2018 ha marcado un punto de inflexión. En el pasado era un asunto minoritario, cuyas propuestas pasaban inadvertidas a pesar de afectar a la mitad de la población. Hoy su fortaleza política como movimiento ha provocado situaciones imprevistas, y sobre todo inimaginables para muchas de nosotras. La división de este año en dos convocatorias en un día tan señalado como el 8M debe ser un motivo para acercarnos a la reflexión sobre cómo podemos construir juntas no sólo desde la diversidad, sino también desde la pluralidad ideológica.

Independientemente de las luchas partidistas por el control del feminismo ya tratadas en los medios de comunicación, que probablemente expliquen la división de facto en un día clave como es el 8M, hay un debate legítimo y necesario sobre cuál tiene que ser la agenda feminista que no se está produciendo por la tensión creciente a la que asistimos como movimiento. La polarización se ha convertido en una barrera difícil de sortear, pero no puede caer en el olvido que es imprescindible afrontar los debates y las diferencias ideológicas de cualquier espacio político para evitar caer en posiciones paralizantes y cerradas.

La comisión 8M de carácter transinclusiva cuenta entre sus demandas con el acceso al aborto seguro, libre y gratuito o la educación sexo-afectiva en la enseñanza junto a otra serie de reivindicaciones clásicas de la lucha de las mujeres. En todo caso, su incidencia política se debe a que plantea nuevos horizontes deseables para el conjunto de la sociedad desde un enfoque interseccional que genere sinergias poderosas de cara a proponer un cambio sistémico.

Por ello, reivindicaciones como la derogación de la ley de extranjería o la ratificación del convenio 189 de la OIT son centrales en esta propuesta política que conjuga el género, la clase y la raza desde la radicalidad y la transversalidad. Aunque es de justicia reconocer que si la manifestación es de todas, no es exclusivamente por su interseccionalidad, sino por sus procesos asamblearios que la legitiman, así como por erigirse como la punta de lanza de las movilizaciones con vocación transformadora de los últimos años.

A pesar de contar con un papel protagonista dentro del movimiento feminista, no se organiza en estructuras suficientemente articuladas como para canalizar muchos de los debates que llevan anquilosados desde hace demasiado tiempo en los feminismos. Este reto requiere de un abordaje participativo, informado, pausado y con pretensión de alcanzar consensos mínimos que nos permitan tener voz e incidencia política en temáticas feministas que atraviesan los cuerpos de las mujeres en el ámbito reproductivo y en el sexual. La prostitución (motivo de división histórica dentro del movimiento), pero también la explotación reproductiva, la pornografía y la “donación” de óvulos son cuestiones propias del feminismo al guardar una estrecha relación con la opresión sexual que viven las mujeres fruto del significado cultural que se asocia al sexo identificado como el femenino, es decir, con el género.

La falta de estructuras que caracteriza a algunos feminismos cercanos al 8M refuerza la influencia de las redes informales que fomentan la colaboración y la cooperación en el mejor de los casos, al mismo tiempo que generan dinámicas excluyentes dentro de los procesos asamblearios como ya recogió muy acertadamente Jo Freeman por el año 1972.

Por otro lado, la principal demanda que recogía la manifestación minoritaria bajo el lema de “el feminismo es abolicionista” es la abolición del género, pero ¿a qué se refieren con esto? Es la expresión que han utilizado las feministas transexcluyentes para enunciar que el proyecto de Ley Trans del Ministerio de Igualdad que lidera Irene Montero reforzaría los estereotipos de género. El reconocimiento de la autodeterminación de género pondría en grave riesgo el sujeto del feminismo y, por lo tanto, su incidencia política. Existen más diferencias ideológicas entre ambas convocatorias, pero este es el verdadero motivo de la tensión interna de los últimos meses e incluso hace ya algunos años. Pertenecen a una corriente de corte conservador que también se da en otros países por lo que es un fenómeno internacional. En general, sostienen algunas posiciones cercanas a la extrema derecha, y en España llegan a compartir algunos posicionamientos ideológicos de Vox.

En esta coyuntura política, dicha cuestión ha sido el motivo, pero sobre todo la excusa de los dos partidos del gobierno de coalición, para disputar la hegemonía del feminismo en el plano electoral. Además, una reivindicación como “abolir el género” que por sí sola carece de relevancia ha sido apoyada por una parte del movimiento al vincularse a demandas legítimas como son el cuestionamiento de la prostitución como institución patriarcal, la construcción de un imaginario machista y misógino mediante la pornografía mayoritaria, o la explotación reproductiva de las mujeres a lo ancho del globo como la actual guerra de Ucrania ha vuelto a poner de manifiesto. Temáticas que no son abordadas por el argumentario, ni por el comunicado del 8M, pero que sí plantean retos para aquellas que nos consideramos feministas y que con demasiada frecuencia no se tratan para no reforzar las divisiones internas.

El uso del significante “abolicionismo” con legitimidad dentro de una parte importante del movimiento, que hace alusión a posiciones críticas con la prostitución como práctica social, ha sido instrumentalizado para vincular una reivindicación, que es histórica desde el sufragismo, con posicionamientos que deberían hacer cuestionar su asistencia a esa manifestación a toda persona que se considere comprometida con los derechos humanos. Por no mencionar que el manido lema “el feminismo es abolicionista” no es cierto, ya que es un movimiento plural hasta el punto de que muchas veces hablamos de feminismos. De hecho, en su seno hay corrientes muy críticas con la prostitución (incluso entre las abolicionistas tenemos disensos sobre cómo debería enfocarse), así como posturas “regulacionistas” que también tienen diferencias significativas entre ellas.

En un momento en que desde la izquierda movimientista hasta la izquierda institucional pasando por el sindicalismo de clase mayoritario no llenan las calles, el 8M cobra un protagonismo que lo sitúa como una de las fechas señaladas del año. La pregunta, por lo tanto, es cómo mantener una agenda propia cuando su capacidad movilizadora coloca a las feministas en un lugar estratégico que desborda con mucho lo que podrían ser sus demandas clásicas. Estamos asistiendo al momento en que el feminismo es el espacio transversal en el que incidir políticamente, y no la izquierda mixta en la que estábamos acostumbradas a intervenir en calidad de feministas “pesadas” que siempre tenían que colocar sus demandas ante las resistencias patriarcales. Esto puede llevar incluso a que nuestras reivindicaciones sean relegadas en nuestros propios espacios con el fin último de llegar a consensos más amplios o incluso a que pasen al olvido dado el carácter altruista y sacrificial que se espera de nosotras. Esos roles de género que nos acaban pesando inexorablemente en todas las facetas de nuestra vida; la personal, la laboral e incluso la militancia política.

Ahora que parece que todo el mundo es feminista, que todas las mujeres de izquierda parecen no renegar de las demandas propias de las mujeres, tenemos que asegurar que nuestros espacios no pierdan su especifidad, ni su apuesta crítica por colocar los derechos de todas en el centro, también aquellos que tienen su origen en la opresión de género. La omisión de algunas cuestiones centrales que nos atraviesan en cuanto mujeres pueden ser un arma de doble filo y servir de excusa para aquellas que en nombre del feminismo excluyen a las mujeres trans.

De hecho, este año asistimos a como la convocatoria transexcluyente canalizó la indignación generada por una serie de debates sin resolver que tienen que ver con cómo afrontar las diferencias ideológicas relacionadas con nuestra sexualidad y la delimitación del acceso a nuestros cuerpos por parte del mercado. El hecho de que sea precisamente este sector el que ocupe el lugar de la irreverencia cooptando la bandera feminista es un motivo de preocupación. No hay que olvidar que en la actualidad la apariencia de radicalidad, aunque sea falsa, la búsqueda de identidad grupal, y los movimientos políticos construidos en torno a la exclusión en clave reaccionaria cobran fuerza.

La unidad en torno a determinados días señalados como el 8M tiene que ser un objetivo del feminismo no por mera romantización, sino porque se carece de estructuras que permita gestionar las diferencias sin que eso reste voz, e impacto a nuestras reivindicaciones a nivel mediático. Para ello alcanzar una agenda feminista que recoja los derechos de las trabajadoras domésticas, de las trabajadoras del Servicio de Ayuda a Domicilio y de las limpiadoras junto con la crítica a la prostitución, o la pornografía como realidades que ahondan en la desigualdad de género es inaplazable.

No nos vamos a poner de acuerdo en qué pensamos sobre la prostitución, pero sí podemos encontrar consensos en defender bolsas de empleo en condiciones dignas con ayudas específicas para mujeres que independientemente de la modalidad de prostitución en la que se encuentren quieran abandonarla. Esta medida implicaría garantizar una mayor agencia para ellas, ampliar su libertad y su posibilidad de elección. Un ejemplo de una política pública en esta dirección es Barcelona Fem Tech, una propuesta que pretende acercar a mujeres precarias a trabajos relacionados con la tecnología a través de la formación.

Por otro lado, la guerra de Ucrania ha puesto a la vista de todas la deshumanización de las mujeres cuya capacidad reproductiva se mercantiliza en beneficio de parejas del norte global, ¿por qué no exigimos que se prohíba inscribir a esos niños y niñas estableciendo una moratoria que permita disminuir paulatinamente esta situación de explotación? Estos son dos ejemplos que deberían ser fruto de debate y reflexión conjunta que reflejan la dirección que nos debe guiar; construir una agenda feminista que articule las demandas cruzadas por el género fruto de la crisis de la reproducción social con consensos sobre los debates históricos del feminismo sobre la sexualidad y la reproducción sin temores.

Lo anterior no implica renunciar a nuestros posicionamientos, sino valorar que no podemos dedicar energías a enfrentarnos las unas a las otras cuando la ultraderecha cuenta con recursos para poner anuncios en el metro cuestionando nuestro derecho al aborto. Y para todo lo anterior, es necesario construir estructuras democráticas feministas acordes con el cada vez creciente número de mujeres politizadas en el feminismo, para que la reacción patriarcal que ya llevamos sufriendo varios años no nos arrastre con la resaca de la ola. Sólo así podremos construir pensamiento y praxis colectiva para pasar a la ofensiva, parar los pies a la ultraderecha y construir alternativas a la crisis climática que nos acecha.

Notas:

*Inés Morales Perrín es politóloga especializada en género.

En estos días en los que la mayoría de mujeres feministas alzan sus quejas al poder judicial y piden en distintos actos, más o menos públicos, el indulto para María Salmerón, aparece el libro de Beatriz Gimeno, titulado “Misoginia Judicial” con el subtítulo esclarecedor en sí mismo de La guerra jurídica contra el feminismo. Título que anticipa la descripción de algunos casos de la violencia ejercida contra las mujeres y muy especialmente contra las madres que protegen a sus hijos de padres maltratadores, incluso con hechos probados y sentencias en firme. Título, por lo tanto, que no se aloja estrictamente en un afuera externo a todo lo que nos cuenta Beatriz Gimeno; más bien abre, enseguida, todas las cuestiones que afectan jurídicamente al feminismo y nos aclara, si cabe, la propia misoginia de una Institución que mantiene vigentes leyes del pasado. De esta manera nos encontramos ante un texto tejido con estos vaivenes que, una vez más, sirven para expresar la fluctuación entre la Justicia y el Derecho.

La hija de María Salmerón le pidió en 2019 a su madre que le defendiera de estar con su padre, condenado por malos tratos. La desobediencia de María consistió en suspender el régimen de visitas para proteger a su hija. Algo tan Justo como eso le llevará, antes que acabe este mes de mayo, a la cárcel, cumpliendo así la condena con respecto al delito señalado y dictaminado por Derecho. Ya en 2018, Naciones Unidas pedía a la Justicia española la revisión urgente de eliminar la discriminación de las mujeres en las resoluciones judiciales, así como escuchar las voces de los niños y niñas que viven la violencia vicaria en las familias. Ejemplos como este de María Salmerón son los que ilustra el último libro de Beatriz Gimeno. Escribe sobre la sentencia, conocida como “Campo algodonero” que enlaza perfectamente la cuestión de la desigualdad estructural con la violencia específica que sufren las mujeres y Naciones Unidas condenó al Estado de México porque no dispuso los medios adecuados para luchar contra los estereotipos de género. Sobre violencia específica contra las mujeres, y ya muy particularmente sobre la denegación del indulto a María Salmerón por parte de la Ministra de Justicia, que considera vinculante la sentencia del Tribunal que la dictó, vienen al caso sus propias palabras.

Le hemos escuchado, tanto en la prensa como en la concentración del día 4 de mayo, delante del Congreso, y de viva voz, cómo siente sobre ella y su hija esa violencia institucional al denegarle el indulto que el Consejo de Ministros rechazó el pasado 26 de abril por ser reincidente y atendiendo a la negativa del tribunal que dictó su sentencia. Actitud esta, tanto del Tribunal como del Gobierno, similar al caso Juana Rivas. No se puede olvidar que en España desde 1996 la mayoría de los gobiernos de la democracia española han indultado a políticos y no sólo eso, han perdonado casos de corrupción. En esto último la cuestión de reincidencia es probable que necesite alguna que otra consideración.

Otro de los casos que cuenta Beatriz Gimeno en el libro es el de Irune Costumero y Ángela González Carreño, que se justifican con el SAP (Síndrome de alienación parental). A la hija de Irune la secuestró el padre violando el régimen de custodia. Pero la policía no consideró la denuncia y ni siquiera buscó al padre. Un claro ejemplo de desigualdad institucional. Interesante, también, leer las explicaciones en situaciones de violencia vicaria, abusos sexuales y estereotipos de género; los tribunales han pasado de la madre cuidadora, admitida como custodia de los hijos, a la madre protectora para la que despliegan en su contra las recomendaciones del SAP, interesado en que cualquier padre, aunque sea maltratador, es mejor para los niños y niñas que un padre ausente y es necesario mantener esa relación, contra viento y marea. La judicatura no puede dejarse llevar por estos estereotipos, como dice Gimeno, “esto es falso, además de peligroso”. Unido a otros casos, la ONU ha condenado a España porque estima que todo lo referente a esta artimaña es un claro sesgo de genero. Sin ninguna duda el feminismo anima a las madres a denunciar los abusos de todo tipo contra sus hijos e hijas, el estereotipo patriarca se siente amenazado y el SAP, en tanto que maniobra sectaria, sale en su defensa a ultranza empleándose como arma contra ellas.

¿Qué otra cosa puede ser sino misoginia y machismo en los órganos judiciales con las madres protectoras, se pregunta Violeta Assiego, en su artículo aparecido el día 4 de abril en la revista Pikara. A pesar de que los órganos internacionales han calificado de “falsos” los síndromes de alienación parental, se siguen aplicando en los tribunales de familia? Assiego compara estas decisiones judiciales “con el Código Civil y Penal franquista que retiraba la patria potestad a mujeres separadas, no escuchaba a los niños y negaba la violencia sexual dentro del matrimonio”. Escritoras feministas señalan al patriarcado como síntoma revelador de la desigualdad estructural en la sociedad que vivimos. Síntoma, estructuralmente también, poco analizado antes de la aparición de los feminismos a los que se deben su desvelamiento y que poco a poco y paso a paso van transformando la sociedad en un ámbito más agradable y más justo para vivir. Sugerente también, en cuanto los síntomas poco analizados históricamente, es el análisis de Federici sobre la llamada “caza de brujas”. Nos recuerda que la historia la mandó casi al olvido y al silencio o, en todo caso, ha tratado las torturas, condenas a la hoguera y persecuciones terribles, casi como algo meramente folclórico.

Somos las feministas quienes nos sentimos llamadas a escribir la historia traumática padecida por las mujeres y desvelar las características del poder patriarcal. Y no, no es nuevo, como se deduce de la caza de brujas y de otras muchas instancias en las que secularmente se sometió a la estricta obediencia y sumisión a las mujeres. Quizá lo actual, que inspira temor, es una cierta querencia protagonizada por algunos sectores del neoliberalismo patriarcal al mirar a un pasado terrible del que más proclives a olvidarlo, se tiene algo parecido a la nostalgia.

Resumiendo: de la madre cuidadora a la madre protectora hay un patriarcado en connivencia con el capitalismo que pretende ahogar todos los avances conseguidos hasta la fecha por el/los feminismo/s. Y sí, queda mucho por hacer, como se ve en los textos y situaciones que aquí se citan, puestos en negro sobre blanco. Dice Esther Vivas que la mamá desobediente no es tarea fácil en esta sociedad que se vislumbra hostil a la maternidad.

Notas:

*Concha Torralba es filósofa.

Misoginia judicial
La guerra judicial contra el feminismo
Beatriz Gimeno
Catarata, 2022

Relatos compartidos de mujeres en el Villaverde industrial y en la Cuenca minera de Asturias

Las búsquedas comunes en el territorio, entre diferentes grupos de mujeres abordando el olvido y la falta de reconocimiento de la presencia de mujeres en el espacio industrial, propició bajo este título, un encuentro en la Nave Boetticher el día 22 de marzo y al calor del 8M.

Un ejercicio de recuperación de la memoria de nosotras mismas, imprescindible ahora en el tiempo de la construcción del paradigma mujer para rescatar de la invisibilidad su contribución y presencia ignorada en la industria. La perspectiva de género ha de ir sacando a la luz el papel de las mujeres allí donde ha estado oculto. Una visión necesariamente feminista entendida como la aplicación de principios democráticos, igualitarios, a las relaciones entre hombres y mujeres, del mundo laboral y de la participación en las luchas políticas y sindicales, que hemos de visibilizar dotándola de una narrativa propia.

Esta conversación fue un intercambio de experiencias frente a frente: un análisis de Villaverde, la periferia industrial madrileña, y un libro, Carboneras[1], recopilación de relatos protagonizados por mujeres en las minas de carbón en la Cuenca minera asturiana. Dos planos superpuestos, complementarios descubrían un ángulo de mirada que abre un camino de reflexión.

El descubrimiento mutuo de dos periferias que desvela similitudes: dos espacios de trabajo estratégicos que sustentan el Desarrollo español ya en la postguerra, y abarcan desde la extracción de la materia prima para activar el motor de la máquina de acumulación del capitalismo industrial, hasta la gran empresa concentrada del sur que consumía el 50,4% de la energía motriz del total de la ciudad de Madrid. Ambos, territorios subsidiados al servicio de otros territorios. Espacios con identidad del mestizaje que conlleva la emigración y unas condiciones de vida extremas en términos de explotación laboral y ambientalmente insalubres, nocivos, peligrosos. Y las sensaciones compartidas, la neblina espesa de los humos de las chimeneas, el olor del hierro, las sirenas. Y las enfermedades asociadas.

Presentación en la Nave Boetticher

El rol de la mujer trabajadora en la industria ha sido difuso. La mujer no es un sujeto no se reconoce el trabajo que hace, aparece como una especie de acompañamiento. Prevalece una mentalidad que considera que las mujeres quitan puestos de trabajo a los hombres. Su acreditada presencia en el proceso de manufactura siderúrgica y su valor en el proceso productivo se vincula a trabajos inferiores (limpieza, comedores o auxiliares en oficinas). Un sujeto invisible en un entorno masculinizado, un submundo dentro del mundo laboral de los trabajadores.

Las distintas invisibilidades se solapan en planos: la de las trabajadoras de la industria, que durante el predominio de la metalurgia (fundiciones, acerías) las borraba. Ellas no tenían oficio para estar en naves y talleres y solo componían un escalafón secundario. En un segundo momento, llegan las cadenas de producción, Standard o Marconi, las petroquímicas, suponen una incorporación cuantitativamente importante de mujeres, que llegan a alcanzar puestos de cierta responsabilidad. La cifra de mujeres en el proceso productivo no se conoce ya que no se desagregan los datos de los trabajadores por sexo.

En el interior de las minas, por disposición de un viejo decreto de Primo de Rivera, estaba prohibido el trabajo de las mujeres (no podían ser picadoras) pero fuera, sí. Las tolvas volcaban el carbón extraído y  ellas seleccionaban, eran las carboneras. Expuestas a la aspiración de toneladas de polvo negro, como los mineros enfermaban de silicosis. Pero ellas eran la 7ª categoría (por detrás solo los niños, la 8ª). Los hombres cobraban 8 veces más que ellas.

Mujeres en los procesos de lucha. Apenas hay referencias a su participación en organizaciones y luchas sindicales de movilización por derechos sociales y salarios, pero ahí estuvieron, ignoradas. En la “huelgona” de 1962 fue muy importante su movilización y sus enfrentamientos con los esquiroles. Es muy reciente el intento de recuperación de luchas ejemplares protagonizadas por mujeres (INDUYCO, Rok o A Pontesa).

Las mujeres de los trabajadores. Un sujeto oculto en el que se acopla su intervención en el proceso de producción con ser el soporte del proceso de reproducción de la fuerza de trabajo. Acompañan en las movilizaciones de las fábricas, gestionan los cuidados del hogar, los accidentes y enfermedades laborales y sustentan las huelgas (empeños, comprar fiado).

Subempleadas que mantienen a sus familias. La crisis de la desindustrialización supuso, en Villaverde una pérdida de 25.000 puestos de trabajo directos. En la Cuenca minera la cifra alcanza a ser 20.484. Un proceso de pérdida de trabajo y de la cultura de trabajo. Las mujeres serán decisivas para salvar la situación trabajando en precario, sin derechos, limpiando oficinas, casas, bancos, hostelería. Un hecho tan inadvertido como imprescindible, otro sacrificio silenciado.

En Villaverde tras el desmantelamiento aparece en el polígono industrial la prostitución, mujeres mercancía repartidas por calles según nacionalidad. Y se produce una invisibilidad inversa, ya que mientras ellas están en el escaparate, se invisibilizan los clientes. Pero con similar resultado: abandonadas al comercio sexual y el desamparo.

Durante decenios las mujeres en el paisaje industrial han soportado más cargas: más abusos y esfuerzos, menos oportunidades. Transitando por espacios inhóspitos, caminos intimidatorios. La conciliación no existía y fueron creando redes de ayuda mutua dentro del modelo familista. Había que comportarse como los hombres, el único patrón válido, para trabajar. Una intensidad más intensivista en la explotación laboral.

Aún hoy, en el polígono industrial con 11.000 trabajadores se desconoce el porcentaje de mujeres. Cuántas y dónde trabajan. Cualquier regeneración urbana en un espacio laboral ha de integrar que la construcción de los espacios sociales no es neutra y configura jerarquías, brechas y desigualdades de usos, segregación y huellas de marginalidad. Según confirman los diferentes estudios llevados a cabo por mujeres[2], básicamente, que evidencian la necesidad de incorporar la perspectiva de la mujer en los procesos comunitarios de planificación territorial[3]. La igualdad de derechos de las trabajadoras ha de materializarse en espacios habitables, seguros, inclusivos, adaptados a su presencia. Es necesario romper la normalidad de la ausencia de las mujeres y formular las exigencias específicas de género con voz propia.

Notas:

*Concha Denche Morón es socióloga (Plataforma Nave Boetticher).

[1] Carboneras. Aitana Castaño/Alfonso Zapico. Ed Pez de Plata

[2] Género y espacio industrial. PNB 2020

[3] Aproximación desde una perspectiva de género del área industrial y residencial de Marconi. PNB 2021

Desde el 11 de febrero de 2022, los colectivos y movimientos de las mujeres y madres por la derogación de la Ley de Alienación Parental celebran lo que, tal y como ha manifestado a través de su cuenta de twitter la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra la mujer, sus causas y consecuencias, es “una noticia muy bienvenida”. Nos referimos a las Recomendaciones del Consejo Nacional de Salud de Brasil solicitando la derogación de la Ley de Alienación Parental y la prohibición de los términos “alienación parental” (AP), “actos de alienación”, “síndrome de alienación parental” (SAP) y sus derivaciones en el sistema judicial y en las prácticas en el área de la salud. Este logro se basa en pronunciamientos internacionales, destacando en especial la reciente declaración de la ONU sobre las violaciones a los derechos de las mujeres y las niñas y los niños en España.

Lamentablemente no hubo manifestaciones de las entidades correspondientes en Brasil ni de los medios de comunicación, tampoco existió suficiente repercusión en las redes sociales. Afortunadamente, el apoyo internacional se multiplicó, feministas de todo el mundo se sintieron aliviadas de saber que el país finalmente había reconocido el gran error cometido con la institucionalización del supuesto síndrome de alienación parental. De acuerdo con la investigación académica publicada por Sibele Lemos y Sheila Stolz, la búsqueda de los términos “alienación parental” y “síndrome de alienación parental” en el sistema del tribunal de Justicia del estado brasileño de Rio Grande do Sul, arrojó 547 decisiones tomadas entre 2006 y 2020. Tan solo entre 2019 y 2020, existieron 118 decisiones judiciales que implicaban acusaciones de alienación parental, de las cuales 107 estaban dirigidas a mujeres.

Esta recomendación del Ministerio de Salud brasileño es acorde al posicionamiento de los organismos internacionales y procedimientos especiales de derechos humanos. Por ejemplo, en 2021, 4 mandatos de Naciones Unidas se dirigieron al Estado español manifestando su preocupación por la utilización de este supuesto síndrome, y conceptos y términos similares en España -indicando que sucede también en otros países-, resaltando que: “… el 15 de febrero del 2020 la Organización Mundial de la Salud eliminó la alienación parental de su índice de clasificación”.

Además, la Plataforma EDVAW, compuesta por los mecanismos de expertas independientes sobre discriminación y violencia contra la mujer, desde 2019, trabaja para combatir la pseudo-teoría, que surgió en Estados Unidos y que está ocasionando víctimas en todo el mundo, teniendo en Brasil como uno de los casos más paradigmáticos el de la muerte de la niña Joanna Marcenal. El caso se refiere a una niña de 5 años, alejada de su madre que había denunciado por abusos físicos al padre. A pesar de esta denuncia, se le otorgó la custodia al padre bajo el argumento de que se trataba de un caso del supuesto “síndrome de alienación parental”. Situaciones similares ocurren en Brasil y en el mundo y, por este motivo, la ya mencionada Plataforma EDVAW emitió una declaración conjunta con una alerta global sobre los peligros del uso de los conceptos SAP y AP. Alerta basada en casos concretos por la falta de diligencia en la determinación de la custodia de menores en situaciones de violencia de género y que cita recomendaciones anteriores, entre las cuales se incluye la prohibición explícita del uso del concepto síndrome de alienación parental emitida por el Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (MESECVI) en el marco de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Al igual que España (que no cuenta con una ley, pero se da en la práctica), Brasil también está siendo observado por organismos internacionales. La OEA, en su informe de 2019, indicó que las denuncias de violaciones de los derechos de los niños y las niñas mediante el uso de la Ley de Alienación Parental, como forma de garantizar la custodia de un/a menor/a para el padre acusado de violencia, constituía el 50% del total de las denuncias sobre violaciones contra niños y niñas en Brasil. El Comité CEDAW (Comité para la eliminación de la discriminación contra la mujer de Naciones Unidas) ha preguntado al Estado brasileño sobre las consecuencias de Ley de Alienación Parental en Brasil, enviando nuestro Colectivo información en este sentido al Comité. El Estado brasileño ha declarado que está al tanto las “grandes injusticias” que ocurren a través de esta ley y que se encuentra en proceso de revisión.

Los medios locales no denuncian de forma exhaustiva que en Brasil, 12 mujeres son asesinadas todos los días, 7 mil niños y niñas son asesinados/as y 45 mil son víctimas de abuso sexual cada año. Se intenta ocultar, por lo tanto, a través de la pseudo-ciencia, el verdadero estatus que tiene la alienación parental, así como su amplio rechazo por la comunidad internacional, lo que es preocupante. Consideramos imprescindible que las supervivientes de violencia de género en Brasil encuentren apoyo y visibilidad a través de la comunidad internacional, dada la situación tan grave que estamos viviendo al estar este supuesto síndrome en la propia ley, buscando legitimar y construir un falso reconocimiento científico. Necesitamos una amplia divulgación de las Recomendaciones del Consejo Nacional de Salud para que se avance, con urgencia, en la derogación de la Ley de Alienación Parental. Esta conquista sería un importante paso para que esta pseudo-teoría no pueda causar más víctimas ni en Brasil ni en ninguna otra parte del mundo. 

Notas:

*Colectivo de mujeres/madres que luchan por el reconocimiento del derecho a la maternidad sin violencia. Entendemos que la lucha de las madres es la lucha de todas las mujeres y que romper con los ciclos de violencia y proteger a nuestras hijas e hijos de sus padres agresores no es un crimen, es parte del ejercicio de la maternidad. Mujeres/madres y niños y niñas tienen el derecho de vivir una vida libre de violencias, es un principio universal de los derechos humanos. Somos resistencia, lucha y acogida. Divulgamos información y denunciamos el uso de la ideología de la alienación parental, en forma de ley, como estrategia de defensa de los agresores en procesos de litigio sobre la custodia de los hijos e hijas, dado que se legitima la violencia institucional contra las víctimas y se obstaculiza el acceso a las leyes de protección por la mordaza impuesta por el Poder judicial brasileño. Facebook @cpivozmaterna, Instagram @cpivozmaterna2017, Twitter @cpivoz.

Íbamos en la furgoneta de producción, camino a la localización, cuando Pastora me contestó: «El problema no es que los guionistas no piensen en mujeres de mi edad para papeles protagonistas. El problema es que seguimos viviendo en una sociedad donde impera el heteropatriarcado». Pastora Vega que tiene 61 años y ha intervenido en un gran número de series y películas de la gran pantalla (Delirios de amor, Bandolera, Amar en tiempos revueltos, El sueño de Tánger, Casas de fuego, Todos los hombres sois iguales, La sonámbula, Un crisantemo estalla en cinco esquinas, El chevrolé o Un asunto privado) me estaba denunciando la invisibilidad que sufren las actrices a ciertas edades. Era la primera vez que hablábamos. Recuerdo que estaba justo en el asiento de atrás, que no podíamos acercarnos, ni podíamos mirarnos las caras; y que aun así, nos reconocimos comulgando en el mismo dolor. Los estereotipos de género afectan a las mujeres de todas las edades. Yo, que soy una mujer de 33 años, sabía perfectamente desde qué lugar me estaba hablando: el dolor ha sido para nosotras un espacio común en toda la historia. Estuve unos días pensando en aquella conversación que tuvimos que dejar a medias, así que decidí invitarla a comer unas semanas después para poder seguir escuchándola. En el fondo, su denuncia también era esa: quería ser escuchada.

«He transitado el desierto profesional desde los 45 años. Y lo he llevado mal, con paciencia, dejando que pasara el tiempo y dedicándome a hacer otras cosas. Ahora vuelvo a trabajar, pero los papeles que estoy interpretando son los de la madre, de la abuela, de la tía, del o de la protagonista. Acompaño a contar la historia, pero nunca se cuenta desde mi voz, desde mi mirada, desde mi forma de estar en el mundo», siguió contándome. «Las mujeres mayores estamos infrarrepresentadas en el cine y cuando por fin aparecemos, ¿qué roles estamos ocupando? ¿Se refleja realmente nuestra realidad como personas mayores o son estereotipos acerca de nuestros rasgos, de nuestras capacidades?» Hay un largo etcétera de películas en las que la vejez femenina se interpreta desde roles secundarios y con representaciones negativas que apelan a estereotipos de viudas vividoras, de mujeres desamparadas y convertidas en víctimas, de marujas, de dependientes; como una carga social, pasivas, con una función doméstica central, pidiendo permiso para volver a enamorarse o para poder sentirse deseadas. 

«No sé qué mensaje les estamos transmitiendo a la gente joven desde esas representaciones, pero desde luego no me extraña que en mis últimos trabajos haya percibido otro respeto y otra manera de actuar frente a los mayores. Cuando a mí me tocaba rodar con Paco Rabal u otras personas mayores de mi generación, nos poníamos a comer alrededor de ellos y les llenábamos de preguntas. Queríamos saberlo todo. Ahora parece que se haya perdido esa admiración por el que ya ha vivido más. Hay una cierta soberbia, hay un no mirar hacia atrás, como si todo estuviera por hacerse y no hicieran falta los referentes. Nosotras ya hemos sido hippies, veganas y feministas», recordaba con un poco de nostalgia. Las espectadoras necesitamos escuchar todas las voces, reconocernos en la pantalla, tener mujeres-faro. Es relevante quiénes nos narran la historia para que vayamos aprendiendo, nosotras, todas, a transitar por caminos no convencionales. 

© Luis Malibrán

En el ideario colectivo, el valor social de la mujer ha estado ligado a nuestra belleza. La mirada masculina es la que sigue gobernando, es la que nos pone en la posición de ser observadas y en consecuencia la que nos exige estar perfectas para poder levantarles el ánimo. Por eso nuestra vejez no interesa: porque desde su mirada ya no somos una femme fatale. Ya no somos su entretenimiento. Por contra, ellos siguen siendo héroes a los cincuenta y Richard Gere es interesante, no viejo. El cine puede sostener muchos de estos estereotipos y prejuicios sociales. Usémoslo como antídoto contra ellos y no como un transmisor. Que la reyerta a pie de calle no sea sólo por hacer películas sobre mujeres mayores, sino porque su presencia en ellas sea igual de digna como la de cualquier otra persona.

Pastora Vega tiene entre manos un proyecto audiovisual junto a un grupo de actrices argentinas donde ella es la más joven. El principal objetivo de esta iniciativa es luchar contra el edadismo y contar por fin la historia desde sus propias voces.

Notas:

*Cristina Abelló es productora audiovisual y gestora cultural.

**La foto destacada es de Luis Malibrán.

Este artículo surge a partir de una colaboración con el taller ‘Debates feministas contemporáneos: una breve aproximación’ del Instituto de Derechos Humanos ‘Gregorio Peces Barba’ de la Universidad Carlos III de Madrid.

En realidad, es cada vez más difícil -y no más fácil- para mí escribir sobre prostitución. Muchos años, décadas de debates, algunos muy agrios, y miles de páginas leídas y escritas me han producido una sensación de sobresaturación de significados que resulta cada vez más complicado resumir. Con el tiempo, además, es que la propia institución de la prostitución se ha ido haciendo más compleja al tener que incorporar a su estudio mucho de lo aportado por el feminismo interseccional. Ya no se puede hablar de prostitución sin hacerlo de cuestiones como el racismo, el colonialismo, las migraciones el funcionamiento global del mercado neoliberal con todas sus derivadas de clase, así como de cuestiones más culturales como la sociedad de consumo o el imperio de nuevas subjetividades nacidas al amparo del neoliberalismo.

Estamos hablando de una institución poliédrica y cambiante que se ha ido adaptando a cada sociedad a la que tiene que ser funcional. A pesar de todo ello, la comprensión social de lo que es la prostitución no ha cambiado tanto; todo el mundo sabe lo que es o cree saberlo, al fin y al cabo lleva con nosotras miles de años. Pero ese “todo el mundo cree saber” es uno de sus problemas, que la prostitución, quizá, ya no es eso que la gente piensa que es. Eso genera que en algunos de los debates sociales y políticos acerca de la prostitución se combatan fantasmas o, peor aún, que a veces no se tengan en cuenta cambios que se han producido en cuestiones relacionadas con ella: el sexo; el dinero, el trabajo, el cuerpo, la moral, el consentimiento sexual, el feminismo, los estados mafiosos y paralelos…la manera de entender esas cuestiones y otras muchas ha cambiado y no tenerlo en cuenta puede hacer que equivoquemos el discurso. Cuando escucho a mi madre criticar la prostitución siento que sus argumentos no serían hoy compartidos por mucha gente. Pero lo que no ha cambiado es su función: reforzar, reafirmar la desigualdad, aunque haya cambiado la manera en que lo hace.

Una vez explicado esto, que no es más que un intento de explicar mis propias limitaciones al disponer de este espacio, comentaría tres aspectos que creo importantes para el actual debate, pero que podrían perfectamente ser otros tantos, y muchos más.

La prostitución es una institución social y política y como tal ha de ser comprendida y debatida. Es una institución de orden (como todas). Ha servido para marcar un adentro y un afuera entre las mujeres y su disponibilidad para los hombres, unas para el sexo, otras para la procreación; unas buenas y otras malas pero todas sometidas. Y, según la ideología masculina tradicional, ha servido también para evitar que los hombres fueran por ahí violando a las mujeres de otros. Era, por tanto, una institución importante para el mantenimiento del orden social. Tan importante que siempre ha estado, al contrario de la creencia tradicional, protegida por los diferentes poderes: la iglesia, el estado, el rey. Por eso, además, ha estado casi siempre regulada (aunque las putas sufrieran estigma y marginación). En la historia de Europa ha estado prohibida en cortísimos períodos de tiempo, especialmente durante las guerras de religión. La mayor parte del tiempo no sólo ha estado permitida sino intensamente regulada y protegida. Sólo con la llegada del sufragismo, del feminismo organizado como movimiento, la hasta entonces incuestionable necesidad social de la prostitución empieza a cuestionarse y comienza el proceso de deslegitimación política que alcanza, por primera vez, a los pensadores de la izquierda. Hasta el siglo XIX, estos pensaban que esas mujeres lo hacían por vicio. Que la pobreza es un condicionante determinante, aunque parezca mentira, se les había ocurrido respecto a los hombres, pero no respecto a las mujeres; esto no se les ocurrió hasta que las feministas lo pensaron y lo denunciaron.

La situación legal de la prostitución, históricamente, pues puede leerse como la protección de un privilegio masculino, quizá uno de los mayores: el de poder acceder a cuantas mujeres se quiera, cuando se quiera y por un precio accesible a todos los hombres, a todos. Los niños crecen sabiendo que todos los hombres del mundo, tengan el dinero que tengan, poco o mucho, cuando quieran, tendrán cuerpos de mujeres a su disposición. Sólo por ser hombres estarán en ese lado y ellas, sólo por ser mujeres (en este caso pobres, muy a menudo racializadas) estarán en el otro lado; lados, por cierto no intercambiables. Esto configura mucho del mundo: del mercado, de las subjetividades, del privilegio y la opresión, de las desigualdades en las que se cruzan varios ejes: de raza, de clase, de sexo, de origen.

Para empezar determina que la subjetividad masculina es inseparable del conocimiento de esta realidad. Se podrá usar o no, pero está ahí. Desde ahí construye emociones en torno al sexo. El feminismo es un movimiento que ha conseguido politizar lo sensible, como dice Sara Ahmed, es decir, los afectos, los aspectos emocionales –cuestiones complicadas de introducir en el ámbito de la política– por eso no podemos continuar fingiendo que las emociones masculinas en torno al sexo no tienen importancia, cuando sabemos de sobra que el funcionamiento de las economías sexuales regula en gran parte las relaciones patriarcales. Y no podemos continuar negando que la existencia de la prostitución y todo lo que gira en torno a ella es un enorme configurador de emociones masculinas y también de políticas sexuales. 

Es un privilegio puro: el de sentir deseo y tener un supermercado de cuerpos accesible a cualquier economía personal. Y es un privilegio puro la sensación que eso procura, sobre ellas, de control del mundo, de potencia, de poder. Esto es especialmente importante en un momento en el que las identidades masculinas tradicionales se están fragilizando porque el neoliberalismo global ha significado, entre otras cosas, una emasculación simbólica para la masculinidad hegemónica. Se ha roto aquello que ha configurado desde el nacimiento del capitalismo la identidad masculina: poder en la familia, sobre las mujeres; autoestima proporcionada por un salario capaz de mantener a su familia. Eso se ha acabado. Pero la prostitución sirve también para que la situación no estalle. Al fin y al cabo, recordemos que lo que hacen siempre los ejércitos, los tiranos, los empresarios explotadores, es proporcionar mujeres para acallar el conflicto. Falte lo que falte, lo que no faltan son mujeres

Finalmente, ese privilegio masculino, tiene un coste en términos de igualdad. Es incompatible con la igualdad. Ese enorme mercado, esa enorme industria global de miles de millones de dólares, necesita producto para seguir funcionando. Y el producto son las mujeres. Y ninguna industria puede presumir de ser tan rentable y de obtener mayor plusvalía. Las mujeres son inacabables, no requieren costes de transformación, todo es ganancia. Pero para eso, tiene que haber suficientes mujeres pobres y desiguales.

Hay países, continentes, cuyo PIB depende en gran parte de la llamada industria del sexo. Si esos países invierten en igualdad, si hacen políticas públicas feministas, si se esfuerzan en educar a las niñas, habrá menos materia prima. ¿Para qué invertir en igualdad si lo que da dinero es mantener un contingente de mujeres en la pobreza que puedan ser convertidas en la mercancía necesaria? El inmenso negocio de la prostitución -uno de los mayores del mundo- necesita mujeres pobres y sin alternativa. La industria necesita también alimenta la demanda; por eso necesita alimentar el machismo, combatir la igualdad, o de lo contrario la demanda disminuye. Todo eso tiene un coste: en igualdad. La prostitución es una institución profundamente contaminante, de la igualdad, de su posibilidad siquiera. Hoy es una institución convertida en un dique de contención del patriarcado frente al feminismo. Hay otros, pero este crece aupado por un enorme caudal de dinero y por complicidades políticas e institucionales. Acabar con ella no será fácil y no será con una ley, aunque la ley sea imprescindible. 

Ya va siendo hora de que perdamos el miedo a la autoridad masculina que se cree por encima de cualquier razonamiento si no viene avalado por la RAE (María Martín Barranco)

Si a usted le interesa el tema del lenguaje inclusivo nada mejor que acudir, leer o escuchar a María Martín Barranco. Feminista, licenciada en Derecho, aficionada por su importancia a las palabras, los diccionarios y los medios de comunicación, lleva más de quince años trabajando como formadora en diversas áreas de los estudios de género tanto para organismos públicos como privados, ha impartido clases y ha dado conferencias en universidades españolas y mexicanas. Es autora de tres libros muy recomendables: «Ni por favor ni por favora» (2019), «Mujer tenías que ser» (2020) y el recientísimo «Punto en boca» (febrero de 2022), los tres publicados por la editorial Catarata.

Con motivo de la publicación de este último título conversamos con ella en Espacio Publico.

El lenguaje es un instrumento de poder. Puede nombrar o invisibilizar. Las mujeres somos la mitad de la población pero en el lenguaje estamos siempre dentro del género masculino. Para la Real Academia «hablar con el plural masculino no supone alguna discriminación sexista«. ¿Qué le parece esta afirmación?

La versión corta: Una sandez.

La versión larga: La RAE es tenida y se tiene por autoridad en materia lingüística, de lo que no sabe nada es de igualdad, de discriminación ni de sexismo. Pueden decir “hablar con el plural masculino es la norma” y no podemos hacer sino darles la razón (otra cosa es que obedezcamos), pero ¿Qué no supone discriminación sexista? ¿con qué argumentos lo sostienen? ¿Cuál es su conocimiento del tema? En la RAE entran profesionales de diferentes especialidades y no solo lingüistas para poder definir con propiedad acerca de lemas de muy diferentes contenidos. ¿Especialistas en sexismo, en igualdad, en género? Cero.

Al no existir un plural único a veces resulta un tanto pesado emplear constantemente el masculino y femenino. En su libro «Ni por favor ni por favora» Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado)» usted afirma que hablar sin discriminar a las mujeres puede ser un proceso ameno y creativo. ¿Cómo podemos hacerlo?

Teniendo en cuenta dónde se producen las discriminaciones para evitarlas. No se trata, como pretenden hacernos creer, de cambiar una letra por otra, o de hacer todo neutro. Se trata de tomar conciencia de los modos diversos en los que el lenguaje reproduce discriminaciones (a las mujeres continuamente, pero también a colectivos en situación tradicional de discriminación). Cuando te entrenas para ver esas discriminaciones y quieres evitarlas, cualquier persona adulta con un vocabulario medio tiene ya las herramientas lingüísticas que necesita.

Se necesita, antes de practicar con la lengua, entrenar la mirada para ver las desigualdades, también las lingüísticas. Porque se nos hace pasar la discriminación por lo natural, por la norma. Pero ni es natural ni las normas son, no ya inamovibles, ni siquiera tan rígidas como pensamos.

¿Existe en otras lenguas este mismo problema de discriminación de las mujeres en el lenguaje?

Cualquier sociedad machista tendrá formas de reflejar en el idioma que le sea propio esas desigualdad cultural. Lo que no podemos esperar es que discriminen en la misma forma que se hace en español. Por eso se pude concordar en femenino, por decir algo, y que esa lengua sea discriminatoria con las mujeres en otros aspectos. En Punto en boca pongo ejemplos del inglés, el ruso o el guajiro.

En libro «Mujer tenías que ser. La construcción de lo femenino a través del lenguaje» habla de cómo hemos sido históricamente narradas las mujeres. ¿Puede comentarnos algunos ejemplos de cómo se ha construido la imagen de lo femenino en el lenguaje, los refranes,  expresiones…?

La cultura académica y popular ha construido una narración completa del deber ser de las mujeres que ha ido cambiando con el tiempo (pues es una construcción cultural que varía) para mantener una posición inamovible de estas (porque es el eje del sistema patriarcal): subyugadas bajo el poder masculino. La forma de moverse, vestirse, estar en los espacios público o privado, dónde son bienvenida y dónde no y cómo se castigará el no acatar esos mandatos. Cómo deben verse (y cómo debemos ver) los cuerpos, los procesos biológicos y fisiológicos de las mujeres; nuestras “fallas” morales: charlatanas, mentirosas, volubles, intrigantes, pierde hombres; nuestras virtudes ideales: abnegación, sacrificio, entrega, pasividad, abstinencia… Esa imagen está idealizada (para santificar la figura de la madre como ángel del hogar y demonizar la de la mujer libre, asimilada a la prostituta, la que es de todos los hombres y por ello candidata a ser usada por ellos), subordinada a los intereses masculinos y, lo que es más importante: alejada del derecho de ser por sí misma. En el caso de las lenguas, apartadas históricamente del derecho a decidir quienes son y cómo ser nombradas, de contar sus propias historias y, lo que es más importante, desde sus propios puntos de vista y no desde el punto de vista masculino identificado con el de la sociedad (cuando solo era el de los hombres en situación de poder).

«No hay que sospechar que la doctrina se vaya a cambiar ni cabe esperar que se hagan recomendaciones sobre cambios en el lenguaje. La RAE no hace políticas legislativas, sino que simplemente explica cómo hablan la mayoría de los hablantes y recoge las normas»,  dice Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, institución que es reacia a admitir el femenino en las profesiones: pilota, por ejemplo. Generalmente se usan expresiones como «el médico y la enfermera», «el piloto y la azafata», «el jefe y la secretaria» (nunca a la inversa: «la médica y el enfermero», «la pilota y el azafato», etc.),  que reflejan una situación de subordinación profesional de las mujeres, cuando la realidad nos demuestra que hoy día hay muchas mujeres médicas, pilotas, jefas…  ¿No es esto una muestra del poder que tiene el lenguaje para mantener situaciones discriminatorias contra las mujeres?

Por supuesto que lo es. En Punto en boca Muñoz Machado y sus dislates sobre el lenguaje inclusivo tienen más de un hueco. No solo él, he de aclarar, hay más señoros de los que me gustaría, pero ya va siendo hora de que perdamos el miedo a la autoridad masculina que se cree por encima de cualquier razonamiento si no viene avalado la RAE. Porque esas afirmaciones tan rotundas unas veces se desdicen por sí mismas (porque son erróneas o directamente falsas) y otras las desdicen la Gramática (que no conocen tanto ni tan bien como deberían ocupando las posiciones académicas que ocupan).

Si la RAE no hace políticas legislativas ¿por qué hicieron por iniciativa propia un informe recomendando usar la expresión violencia doméstica en lugar de la que se anunciaba de violencia de género? ¿Por qué reconocen en el informe sobre la CE que habría que decir rey y reina, príncipe y princesa pero las mujeres sin sangre real no lo merecemos?

¿Por qué se empeñan en decirnos no uses el femenino, hacer la flexión en género es innecesario, no digas esto o lo otro? Que esperen, observen y no sean juez y parte. Si la RAE no hubiera puesto el grito en el cielo por el lenguaje inclusivo (o lo que creen que es) o solo dejaran de ridiculizarlo muchas personas no estarían en contra. No legislan, pero meten cizaña. Nos acusan de ideología y creen que su machismo no es ideología (o quieren que lo creamos, que es peor).

Las resistencias a nombrar las profesiones en femenino son ideológicas siempre. La lengua es lo suficientemente flexible para adaptarse a los usos de quienes la hablamos.

Vemos aún cartas iracundas a los periódicos o partidos que se niegan a decir “presidenta” una palabra admitida por la RAE no ayer por la mañana por presiones feministas (como dicen por ahí) sino por el diccionario académico en el siglo XIX.

Uno de los argumentos empleados por la RAE y por quienes se oponen al lenguaje inclusivo es la «economía del lenguaje». En su último libro, «Punto en boca», usted afirma que el lenguaje inclusivo no solo nos permite precisar, sino también economizar, si de ahorrar palabras se trata. ¿Puede ponernos algún ejemplo?

No es que se trate de eso, porque no se trata de economizar, esto no es un mercado de las palabras, aunque hace poco un académico dijera justo eso “mercado de las palabras”. Lo que trataba de demostrar en el libro es que usar un lenguaje que no discrimine a las mujeres no es, necesariamente largo o farragoso. Casi cualquier frase discriminatoria puede hacerse no sexista, o puede hacerse inclusiva, con menos palabras, menos letras, menos caracteres (si me apuras, ahora que son tan importantes en las redes sociales). Si no se hace es porque no se sabe o porque no se quiere. El primer problema tiene una solución más fácil que el segundo porque quien no quiere, no quiere. Pero que digan “no quiero” y se dejen de excusas.

Por último, ¿qué parte de responsabilidad tienen los medios de comunicación en el uso del lenguaje que discrimina a las mujeres?

Tanta como espacio ocupan en nuestras vidas y, cada vez, ese espacio es más y más grande. El caudal de información que consumimos (uso este verbo consciente de lo que digo) es enorme incluso cuando intentamos ponerle filtros. Sin ellos, en sociedades capitalistas, es imposible avanzar.

Este artículo se enmarca en el nuevo Espacio Feminista de la Fundación Espacio Público. Este espacio surge desde la necesidad de abrir una ventana inclusiva, con diversas voces, un abanico amplio de temas, desafíos y retos que debe afrontar el feminismo. Además, pretende fortalecer una línea editorial y una agenda específicamente feminista, desde una perspectiva interseccional, que teja redes con mujeres de ámbitos distintos, las acompañe y las apoye.

El pasado 25 de noviembre conmemoramos el día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres. Podría haber sido cualquier fecha, porque todos los días, en todas partes, las mujeres sufrimos violencia por el hecho de serlo. Latinoamérica eligió en 1981 el 25-N por ser el día del asesinato de las hermanas Mirabal por orden del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo en 1960, y la ONU se sumó a esta fecha en 1999.

España fue pionera y sigue siendo referente internacional en la protección integral contra la violencia de género, considerada desde la Ley Orgánica 1/2004 como una de las más graves manifestaciones de la discriminación, de la desigualdad y de las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres que hayan sido sus cónyuges o hayan mantenido relaciones similares de afectividad con ellas, aun sin convivencia. Una ley cuyo ámbito abarca tanto los aspectos preventivos como educativos, sociales, asistenciales y jurídicos. Pero que, en la actualidad, solo reconoce y protege la violencia de género que sufrimos las mujeres como parejas o esposas de un hombre, pese a que hace ya diez años del Convenio de Estambul. Las hermanas Mirabal y tantas otras no serían en nuestra ley estatal víctimas de violencia contra las mujeres, ni entrarían en nuestras estadísticas oficiales.

Desde el 1 de enero de 2022 España va a cumplir por fin el compromiso de computar todos los feminicidios, los asesinatos de mujeres por el hecho de serlo; y cuando en el próximo año se apruebe la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, la ley de “solo sí es sí”, se va a cerrar esa gran brecha de protección de las víctimas y supervivientes de violencia sexual. Esta segunda ley integral comprenderá también todos esos ámbitos, aunque, como pasó con la Ley Orgánica 1/2004, la más debatida y conocida sea su parte penal, un síntoma manifiesto de la concepción autoritaria de las leyes que tenemos en nuestra sociedad. Al igual que cuando hablamos de memoria democrática, no sólo hablamos de castigo, cuando hablamos de las víctimas y supervivientes de violencia sexual, hablamos de que necesitan y merecen verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Y sólo en la búsqueda de la “verdad” ya nos encontramos con un gran obstáculo: según los datos oficiales de la Macroencuesta de 2019 de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, sólo el 8% de las víctimas de violencia sexual la denuncian. Sumando otras fuentes que nos permiten ampliar el conocimiento de la violencia sexual realmente existente -partes médicos, atestados policiales, otras instituciones- la cifra alcanza un paupérrimo 11,1%. Es decir, que cuando hablamos de delitos sexuales, estamos obviando casi el 90% de la realidad.

Es importante recordar de dónde venimos: hasta 1979 en España eran delito el adulterio, el amancebamiento (las parejas de hecho), los anticonceptivos y, por supuesto, también el aborto. Ya en democracia y hasta 1989 la violencia sexual más grave se penaba como “delito contra la honestidad”, no como delito contra la libertad sexual. Esto implicaba que la condición de víctima quedaba supeditada a un enfoque patriarcal y de clase. El prejuicio sexista determinaba que, si la mujer no era considerada “honesta”, no podía ser sujeto pasivo -nunca mejor dicho- de estos delitos. En realidad, el estereotipo cultural de “honestidad” equivalía prácticamente a virginidad, y de ahí que, en nuestra tradición judicial, para la determinación del delito siempre se colocara en primer plano quién era esa mujer o qué vida llevaba. Lo que ella hubiera hecho ocupaba más tiempo del proceso judicial que la actuación del agresor.

Esto no solo afectaba a las mujeres sin una vida estable y “ejemplar” a ojos del poder patriarcal. En la práctica, ni las mujeres prostituidas podían ser víctimas de violencia sexual, ni las mujeres casadas podían ser violentadas sexualmente dentro del matrimonio. Conocer esto es esencial para comprender que la relación de subordinación era de tal intensidad que en realidad se penaba, como en el siglo XIX, que la mujer yaciera con otro, deseara a otro; y que el hombre robara o raptara a la mujer de otro, aún con su consentimiento. Esto era, literalmente, lo que penaba el Código de 1822. Ese que Pablo Casado esgrimió en el debate electoral de noviembre de 2019 para argumentar que el consentimiento sexual lleva más de un siglo en el Código Penal, haciendo gala de nuevo de la fragilidad de su formación jurídica. Si se pena que una mujer tenga relaciones sexuales “aún con su consentimiento”, lo que se está castigando es que un hombre acceda a lo que es propiedad de otro hombre. Por eso hasta 1963 era legítimo que el marido matara a la mujer adúltera -no al contrario, claro- o el padre a la hija. En el ámbito civil, legalmente el testimonio de las mujeres no tenía en mismo valor que el de los hombres; en algunos artículos del Código Civil se equiparaba al de menores o personas con discapacidad; hasta 1975 no se reconoció a las mujeres plena capacidad de obrar, y hasta 1981 la patria potestad sobre los hijos y la administración de los bienes correspondía al marido por delante de la mujer. Un sistema jurídico que de forma manifiesta no creía a las mujeres.

La cultura masculina que considera a las mujeres una propiedad de los hombres está en los cimientos de nuestra tradición jurídica aún en democracia. Por eso el consentimiento libre, la ley de “solo sí es sí”, es un paso trascendental para el cambio de la cultura del sometimiento a la del consentimiento. Decir “no es no”, ha sido un lema feminista básico al reclamar al sistema el mínimo respeto exigible como seres humanos. Pero la igualdad sexual va más allá de la cultura del no, del veto. Ésta presupone un derecho de los hombres a acceder al cuerpo de las mujeres, y un deber de las mujeres de establecer los límites, de decir “no”. La posición de partida sigue siendo desigual, y se transmite a los varones de forma más o menos consciente esa situación hegemónica derivada de una suerte de derecho natural sobre unos seres subordinados y discriminados, que somos las mujeres. Sin embargo, cuando damos el paso al “solo sí es sí”, hay un cambio de paradigma que presupone que mujeres y hombres son sujetos libres e iguales. Sólo desde la igualdad el valor del consentimiento de ambas personas se equilibra y podemos hablar de la existencia de una libertad sexual entre iguales.

Por eso la agresión sexual no será el acto sexual con violencia o intimidación: será el acto sexual no consentido. Y por eso es importante desterrar el concepto de abuso sexual. Abusar significa hacer uso de algo de modo excesivo o indebido. Pero las mujeres y la infancia, víctimas de un 98% de las violencias sexuales, no serán ya objetos para el Derecho, sino sujetos de derechos. Ya no habrá que buscar explicación, porque no la tiene, a la diferencia de trato legal entre la víctima de la “manada de Pamplona”, que sufrió violación por intimidación ambiental, y la de la “manada de Manresa” que, sin embargo, sufrió legalmente abuso sexual, no agresión, porque aun siendo menor de edad, estaba inconsciente y por tanto los cinco agresores no ejercieron contra ella violencia o intimidación, ni ambiental ni de ningún tipo. Que esto deje de ser abuso para pasar a ser agresión sexual no significa, sin embargo, que se equiparen las penas de acciones de distinta gravedad. La proporcionalidad de las penas es una garantía esencial, que además tiene efectos prácticos evidentes: la huida del derecho penal bajo cualquier tipo de subterfugio cuando se consideran penas excesivas es tan evidente como que, si la pena de violación se equipara a la del homicidio, estaríamos permitiendo que al agresor le merezca la pena asesinar a la única testigo.

Habría mucho más que decir de este proyecto de ley, sobre todo en aspectos que no han merecido la atención de los medios: la creación de centros de atención 24 horas a víctimas de violencias sexuales -actuales o pasadas- sin requerir denuncia. La garantía de una atención especializada. La implantación del modelo de las “casas de infancia” que básicamente implica que las instituciones sean quienes acudan a donde se encuentran las víctimas menores de edad, y no al revés. La previsión de que la asistencia sanitaria a las víctimas incluya la recogida de todas las muestras y pruebas biológicas con su consentimiento, y su debida custodia, no condicionada a tener que tomar la decisión de denunciar en ese momento. La regulación del derecho a la reparación integral: física, psíquica, económica, social y simbólica. La reforma del artículo 443 del Código Penal para que sea delito no solo la solicitud sexual a personas bajo custodia en comisarías, prisiones y centros de menores, sino también en CIEs, centros de estancia temporal o cualquier otro de retención y custodia. La proscripción de la divulgación de datos de las víctimas sin su consentimiento y de las preguntas innecesarias sobre su vida privada en los juicios.

Esta ley no es punitivista, porque el feminismo no lo es; porque el punitivismo, bajo una falsa apariencia de protección y seguridad, obedece a esa cultura radicalmente patriarcal, a esa tradición jurídica que considera a la mujer una propiedad del hombre. Es esa tradición y no el respeto a la libertad sexual de las mujeres, la raíz del severo castigo formal e informal al delincuente sexual. El cambio de paradigma de una ley integral con perspectiva feminista y de derechos humanos lo constituye la seguridad basada en los derechos, a los que corresponden las obligaciones del Estado: prevenir, educar, investigar, cuidar, sancionar, reparar. Frete al negacionismo reaccionario que transmite miedo, domesticación, silencio, y que trata la violencia sexual como casos aislados de monstruos, locos o extranjeros, las instituciones públicas asumen que la violencia contra las mujeres es un problema estructural y sistémico que no solo no es extraño a nuestra cultura patriarcal, sino que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra tradición. Y responde por fin con un mensaje claro y rotundo a las mujeres: yo sí te creo.

Notas:

Vicky Rosell es magistrada y actualmente delegada del Gobierno contra la Violencia de Género.

Este artículo se enmarca en el nuevo Espacio Feminista de la Fundación Espacio Público. Este espacio surge desde la necesidad de abrir una ventana inclusiva, con diversas voces, un abanico amplio de temas, desafíos y retos que debe afrontar el feminismo. Además, pretende fortalecer una línea editorial y una agenda específicamente feminista, desde una perspectiva interseccional, que teja redes con mujeres de ámbitos distintos, las acompañe y las apoye.

En octubre de 2019 Chile vivió uno de los momentos que pasarán a la historia de esa larga y angosta faja de tierra, el estallido social chileno llevó a la calle a millones de personas que alzaron su voz en uno de los países con mayor desigualdad de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) después de México y la recientemente incorporada Colombia[1]. De ese momento histórico devino un proceso político en el que chilenos y chilenas eligieron no solo escribir una nueva Constitución sino que ésta fuera redactada por una Convención Constitucional paritaria[2].

Dentro de este contexto, el 4 de julio este año Elisa Loncón Antileo fue elegida presidenta de la Convención Constitucional, en su discurso saludó a las mujeres “que caminaron contra todo sistema de dominación”. Esa misma dominación contra la que dos años antes, en los días previos a la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el Colectivo feminista LasTesis se rebeló a través de la intervención artística “Un violador en tu camino”, convirtiéndose en un himno feminista extendido por todo el mundo y que dos años después sigue resonando en nuestros oídos. En la performance son apuntados por el dedo –cuestionador e inquisidor— de las feministas el Estado y algunas de sus instituciones, entre ellas los jueces, ante el reconocimiento que la culpa no es mía, ni donde estaba o cómo vestía, y como el patriarcado nos juzga y castiga con una violencia que no es visible o más bien se invisibiliza, y que se ejerce de distintas formas: el homicidio, la desaparición, la violación y la impunidad.

La letra de este himno nos llama a reflexionar sobre las violencias contra mujeres y niñas y el sistema de justicia, catalogado por el movimiento feminista como una (in)justicia patriarcal, y de algunas de las herramientas para combatirla y lograr imperiosas transformaciones en pos del pleno goce de los derechos humanos de aquellas.

La violencia contra la mujer ha sido reconocida en diversos instrumentos del Sistema de Protección de Derechos Humanos como una violación a los mismos, una forma de discriminación en su contra, y que incluye no solo la violencia perpetrada por agentes no estatales, sino también por el Estado y aquella tolerada por éste[3]. Respecto de esto último y llevado al ámbito judicial, la Recomendación General Nº 35 del Comité de la Cedaw de 2017 establece que todos los órganos judiciales tienen la obligación de (i) “abstenerse de incurrir en todo acto o práctica de discriminación o violencia por razón de género contra la mujer” y (ii) “aplicar estrictamente todas las disposiciones penales que sancionan esa violencia, garantizar que todos los procedimientos judiciales en causas relativas a denuncias de violencia por razón de género contra la mujer sean imparciales, justos y no se vean afectados por estereotipos de género o por una interpretación discriminatoria de las disposiciones jurídicas, incluido el derecho internacional” (§24).

Para cumplir ambas obligaciones se hace necesaria la incorporación de una serie de estrategias en lo jurídico, entre ellas, la incorporación de la perspectiva de género en la labor jurisdiccional, metodología que ingresó en el ámbito de las políticas de desarrollo y que se ha extendido entre otras áreas, al sistema de justicia, junto con la capacitación y formación de quienes imparten justicia sobre estas materias.

La incorporación de la perspectiva de género en la labor jurisdiccional conlleva, el uso “de ese potencial crítico y autorreflexivo que la categoría género lleva implícito” y “ayuda a interrogar y a analizar la realidad y sobre todo, a impulsar trasformaciones sociales, pues entender la perspectiva de género, reta y obliga a tomar posturas reflexivas frente a esas realidades que colocan en desventaja a las mujeres”[4]. Su incorporación conlleva garantizar los derechos humanos, en especial el derecho de igualdad y no discriminación y el derecho de acceso a la justicia mediante el cual “la persona humana se emancipa, se defiende y se afirma frente a las manifestaciones del poder arbitrario”[5].

Por otro lado, la capacitación de jueces y juezas en materias de género, siguiendo a Ronconi y Vita parte del supuesto que “existe una relación de pertinencia entre la capacitación que reciben quienes aspiran a ocupar o desempeñan cargos en la magistratura y un perfil de juez que colabore con la construcción de un modelo de sociedad igualitario”, pudiendo no solo el Derecho reproducir las desigualdades entre hombres y mujeres, sino que los jueces y juezas a través de la aplicación del mismo, consolidando jerarquizaciones de género[6].

La necesaria formación y capacitación de quienes administran justicia en estas materias, tal como ha sostenido la Corte Interamericana de Derechos Humanos debe implicar no solo un aprendizaje de las normas, sino el desarrollo de capacidades para reconocer la discriminación que sufren las mujeres en su vida cotidiana, tomando en cuenta cómo ciertas normas o prácticas en el derecho interno, sea intencionalmente o por sus resultados, tienen efectos discriminatorios en la vida cotidiana de las mujeres[7], como también para “deconstruir los estereotipos de género negativos o perjudiciales y así asegurar que las investigaciones y enjuiciamientos de este tipo de hechos se realicen de acuerdo a los más estrictos estándares de debida diligencia”[8].

Jueces y juezas pueden incurrir en el incumplimiento por parte del Estado de las obligaciones internacionales, en especial, en relación al derecho de las mujeres a una vida libre de violencia[9], debiendo no solo no cometer actos de violencia sino además actuar con la debida diligencia para prevenir, investigar, enjuiciar y castigar este tipo de violencia. Para ello, propongo dos herramientas, la incorporación de la perspectiva de género en la labor jurisdiccional y la formación y capacitación de jueces y juezas sobre estas materias, buscando con ello que el sistema de justicia no siga siendo apuntado con el dedo como parte de aquella estructura que sostiene y perpetua el patriarcado, en cuanto juez que nos juzga por nacer.


Notas:

*Pilar Maturana Cabezas es jueza feminista chilena.

[1] OECD, 2019. Inequalities. “Society at a Glance 2019. OECD Social Indicators”.

[2] Ley Nº 21.216, Diario Oficial, 24 de marzo de 2020.

[3] Entre otros, la Recomendación General Nº 19 y Nº 35 el Comité de la Cedaw; la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer; y, la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer.

[4]Cuaderno de Buenas Prácticas para Incorporar la Perspectiva de Género en las Sentencias del Poder Judicial chileno (2018). Santiago de Chile: Poder Judicial República de Chile – Eurosocial, p. 60.

[5] Cançado, Antônio (2008). El derecho de acceso a la justicia en su amplia dimensión. Santiago de Chile: Librotecnia, p. 79

[6] Ronconi, Liliana, y Vita, Leticia (2013). La perspectiva de género en la formación de jueces y juezas. En Revista sobre enseñanza del Derecho de Buenos Aires, 11 (22), p. 115.

[7] Cfr. Corte IDH, Caso González y otras (“Campo Algodonero”) Vs. México. Sentencia de 16 de noviembre de 2009 (Excepción Preliminar, Fondo, Reparaciones y Costas). Serie C No. 205; y, Corte IDH, Caso Espinoza Gonzáles vs. Perú. Sentencia de 20 de noviembre de 2014 (Excepciones Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas), Serie C No. 289.  

[8] Corte IDH, Caso López Soto y otros Vs. Venezuela. Sentencia de 26 de septiembre de 2018 (Fondo, Reparaciones y Costas). Serie C nº 362, § 338.

[9] Artículo 3 de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer.

Este artículo se enmarca en el nuevo Espacio Feminista de la Fundación Espacio Público. Este espacio surge desde la necesidad de abrir una ventana inclusiva, con diversas voces, un abanico amplio de temas, desafíos y retos que debe afrontar el feminismo. Además, pretende fortalecer una línea editorial y una agenda específicamente feminista, desde una perspectiva interseccional, que teja redes con mujeres de ámbitos distintos, las acompañe y las apoye.

El politólogo Cas Mudde nos recuerda a menudo que el peligro para las democracias liberales no es tanto la derecha radical sino sus políticas. Nuestra preocupación suele centrarse en el mayor o menor éxito electoral de estos partidos; en si entrarán o no en un gobierno de coalición. Sin embargo, su mera presencia en las instituciones, o a veces incluso solamente en la esfera mediática, es suficiente para que puedan contaminar el debate político, las posiciones de otros partidos e incluso las decisiones de ejecutivos de los que no forman parte. Este escenario se hace más plausible allí donde los partidos tradicionales -y especialmente los de derecha- se abren a establecer una estrategia de colaboración. La adopción de políticas migratorias cada vez más restrictivas y punitivas en muchos países europeos se suele citar como uno de los ejemplos más significativos de esta capacidad de influencia.

Hace tiempo que el feminismo viene advirtiendo que el cuestionamiento de los derechos de las mujeres constituye también un objetivo central para la derecha radical que debe preocupar, y ocupar, a las democracias europeas. Estos partidos comparten una visión de la desigualdad como una realidad importada de otras culturas y que en occidente constituye un fenómeno del pasado. Se presentan como defensores de las mujeres y garantes de su seguridad y libertad, mientras proponen eliminar todo vestigio de políticas públicas que fomenten una transformación de los roles de género. Las medidas de lucha contra la violencia machista representan un objetivo político habitual para estos partidos, dado que contribuyen a dibujar este fenómeno como sustento básico de unas desigualdades estructurales que siguen atravesando las vidas de las mujeres.

No es necesario trasladarse a la Hungría de Orbán para observar los efectos de este tipo de agendas. El ejemplo de Vox resulta paradigmático de una derecha radical con capacidad de socavar las políticas de igualdad a pesar de no ocupar el poder político. Andalucía constituye aquí uno de los casos más interesantes, por tratarse de la primera institución de relevancia en la que obtiene representación; también por reproducir el escenario más favorable para la influencia para este tipo de partidos: un gobierno en minoría formado por fuerzas de centro-derecha con voluntad de colaboración.

La presentación de un candidato como Francisco Serrano para liderar las listas autonómicas representó toda una declaración de intenciones. Su perfil estaba marcado por la oposición a las políticas de lucha contra la violencia de género. Las negociaciones inter-partidistas para apoyar la investidura de Juanma Moreno pusieron pronto sobre la mesa que este sería un ingrediente central para conseguir pactos. Ciudadanos y Partido Popular se habían comprometido a fortalecer el marco legislativo existente, tanto en sus programas electorales como en su acuerdo de coalición, siendo las medidas incorporadas en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género su punto de referencia.

Es precisamente este compromiso previo, junto con el amplio consenso social y político, lo que hace especialmente atractiva la consecución de concesiones por parte de Vox. Permiten mostrar una posición diferenciada y revelan una clara capacidad de determinar la toma de decisiones del gobierno. En este contexto no resulta sorprendente que los tres acuerdos presupuestarios firmados por estos tres partidos en Andalucía hayan incorporado diferentes medidas para dar desarrollo por primera vez a un teléfono de violencia intra-familiar. Estas actuaciones suponen un intento de volver atrás en el tiempo y recuperar un enfoque en el que la violencia ejercida hacia las mujeres era enmarcada como un asunto doméstico, desprovisto de conexión con la pervivencia de las desigualdades.

Este retroceso no es si no un ejemplo más de la importancia de las políticas de igualdad en la agenda política de la derecha radical y su voluntad de desmantelarlas, también cuando no ocupan el gobierno. Comprender la deriva iliberal de aquellos países donde alcanzan poder y/o influencia requiere poner los derechos de las mujeres en el centro y considerar su garantía como un compromiso irrenunciable. Todo retroceso en este ámbito representa un paso hacia atrás en la calidad de nuestras democracias.

En Europa y en España, la democracia será feminista o no será.

Notas:

*Alba Alonso es doctora en Ciencias Política y profesora de la Universidade de Santiago de Compostela.

Este artículo se enmarca en el nuevo Espacio Feminista de la Fundación Espacio Público. Este espacio surge desde la necesidad de abrir una ventana inclusiva, con diversas voces, un abanico amplio de temas, desafíos y retos que debe afrontar el feminismo. Además, pretende fortalecer una línea editorial y una agenda específicamente feminista, desde una perspectiva interseccional, que teja redes con mujeres de ámbitos distintos, las acompañe y las apoye».

“Lucha por las cosas que te importan, pero hazlo de tal manera que los demás se unan a ti”. Ruth Bader Ginsburg (1933-2020)

Casi cincuenta años después de la ley 92/1966, que derogaba la prohibición a las mujeres de acceder a la carrera judicial española, bajo el poderoso motivo de ser estos trabajos actitudes contrarias al «sentido de la delicadeza consustancial en la mujer», en noviembre de 2015 los medios de comunicación españoles de norte a sur, se hacían eco del nacimiento de la primera Asociación de Mujeres Juezas de España (AMJE).

La curiosidad por conocer el origen, la composición y los fines de esta “extraña” asociación de mujeres y juezas se extendió por todo el país con rapidez traspasando incluso la judicatura española, donde nunca antes se había dado un fenómeno asociativo judicial similar.

Pero los orígenes de la AMJE se sitúan mucho más allá de las fronteras españolas, en tierras australianas y allí hemos de trasladarnos para entender nuestro devenir.

Fue durante el verano de 2014, cuando tres magistradas del Tribunal Supremo del Estado de Queensland (Australia), a las que conocí en mi viaje a la ciudad de Brisbane (Australia), me hablaron, por primera vez, de la existencia de la International Association of Women Jutges (IAWJ). Una de ellas, Catherine Holmes, brillante jurista, ha sido nombrada recientemente presidenta del Tribunal Supremo de dicho Estado. Su nombre ha dado la vuelta al mundo, por ser la primera mujer que accede a un cargo institucional de tal envergadura en el continente australiano. Ellas me explicaron la importancia e influencia internacional de dicha asociación, que representa a todos los niveles del poder judicial y promueve la igualdad (real) desde la Justicia.

Una de las peculiaridades de la IAWJ, que la diferencia del resto de asociaciones, es la solidaridad de sus integrantes. Las juezas con mayor capacidad retributiva ayudan económicamente a sufragar los gastos del viaje de aquellas juezas con menor nivel adquisitivo (Afganistan, Irak, Pakistán, Malawi, Siria, Nigeria, etc.), para que puedan explicar en sus conferencias bienales la situación de las mujeres y niñas en sus respectivos países.

Más recientemente, en 2021, la internacional ha vuelto a poner a prueba su faz más activista, en una misión sin precedentes muy alejada de lo judicial, aunque no de la justicia: la evacuación de las juezas afganas ante la amenaza talibán.

Las juezas afganas han peleado desde sus tribunales, a golpe de sentencias, por los derechos humanos de las mujeres, atreviéndose a plantar cara a un sistema que las negaba como seres humanos y, son, ahora, un estratégico objetivo talibán, para aleccionar a una población en shock. Pero la IAWJ no ha permanecido impasible y ha pasado de la dicción a la acción creando un estratégico comité internacional de apoyo a las juezas afganas, desde el que ya han logrado evacuar a más de 160 colegas y sus familias. De las deliberaciones telemáticas de las magistradas de ese peculiar “comité judicial” dependen, ahora, las vidas de sus compañeras afganas.

Y me enamoré de la IAWJ en 2014.

Quedé tan fascinada por su funcionamiento y fines que, durante el viaje de vuelta a España, trazaba ya una estrategia para promover una delegación española.

El siguiente paso fue entablar contacto con Washington DC (su sede social), donde tuve la gran suerte de topar con Vanessa Ruiz, de la Corte de Apelaciones del Distrito de Columbia y presidenta de la IAWJ (2018-2021), una mujer fascinante, no solo por su profunda formación jurídica sino por sus valores humanos y su incansable afán por ayudar y tender puentes a otras colegas para acelerar el camino hacia una justicia (realmente) igualitaria. Una mujer sensible ante las injusticias, inteligente y cercana con gran capacidad comunicativa y de liderazgo.

En octubre de 2015, Vanessa viajó a España invitada por la Asociación Canaria de Iuslaboralistas, que presido, para la presentación española de la IAWJ durante la celebración de la IV edición anual de las Jornadas Laborales de Lanzarote y cautivó a ponentes, asistencia e incluso a los medios de comunicación españoles.

2015, fue el año de la selección de las juezas que harían realidad el proyecto. Un año de búsqueda y construcción estatutaria de la esencia de una asociación diferente destinada a cambiar el rumbo de la justicia española.

La AMJE nació impulsada por la confluencia de 12 juezas de distintas jurisdicciones, edades y procedencia geográfica, pero con valores e ideales comunes, ilusiones y mucha energía que invertir en un proyecto común de género, universal, transversal y no vinculado a ninguna ideología política, pero capaz de cambiar las cosas. Una nueva asociación que siempre ha defendido los derechos humanos en general, pero especialmente los derechos de las mujeres y la infancia de todo el mundo, invirtiendo para ello tiempo, esfuerzo, conocimientos y la sensibilidad y experiencia de un colectivo de juezas que, ante todo, pretendíamos ser MUJERES ayudando a otras MUJERES.

Y debutamos en noviembre de 2015 con nuestra primera aportación social, un total de 12 propuestas de justicia hacia la igualdad, una por cada jueza fundadora. Propuestas claras, precisas, directas, fundadas en el conocimiento práctico y empírico que nuestra profesión de juezas nos aporta, pretendiendo mejorar todas las variedades de discriminación de género que se proyectan, sin pudor, en una sociedad todavía diseñada y dirigida en masculino.

A partir de aquí empezamos, sin saberlo, a definir nuestra personalidad asociativa. Observábamos los acontecimientos y resoluciones judiciales, de mayor impacto, sin permanecer impasibles cuando se veían comprometidos los derechos de las mujeres y la infancia, posicionándonos críticamente, siempre desde el rigor y el respeto, al lado de los colectivos más vulnerables.

Nuestros comunicados se encarnaron en el devenir social español, hasta el punto de convertirnos en un referente judicial feminista en España y más allá. Las redes sociales se aliaron con nosotras, convirtiéndose en potentes canales desde donde amplificábamos nuestra presencia e impacto social. Nuestro seguimiento en Facebook, actualmente se acerca a los 200.000 seguidores, más de 23.000, en twitter, y vamos hacia los 4.000 en Instagram, con un elevado número de visitas a nuestra activa página web.

Empujamos desde la práctica, la justicia con perspectiva de género que promovíamos a través de nuestras propias sentencias, dando cumplimiento efectivo a los estándares y obligaciones internacionales.

Una buena prueba de dicho compromiso fue nuestro comunicado crítico en relación a la sentencia del caso de “la manada” (abril 2018). Quizás nuestro comunicado más difícil por el rechazo recibido desde dentro de la judicatura, incluso desde posiciones autodenominadas “progresistas”. Pero cerramos filas y nos regeneramos desde dentro. Nos apoyamos entre nosotras y seguimos adelante pensando siempre en el norte de nuestros fines. Teníamos muy claro de donde veníamos y adonde queríamos llegar.

Poco después, el 28 de mayo de 2018, la página web del Consejo General del Poder judicial español publicaba un comunicado bajo el siguiente título: “El Tribunal Supremo aplica por primera vez la perspectiva de género y condena por intento de asesinato, en lugar de homicidio, a hombre que asestó ocho puñaladas a su mujer”. ¡Avanzábamos, desde las entrañas de la Justicia!

Nuestra hiperactividad asociativa culminó en 2019 con la organización en Madrid de la II Conferencia Regional de la IAWJ, sobre “Justicia con perspectiva de género”, que organizamos junto al Instituto de la Mujer del Gobierno de España y la colaboración del Consejo General del Poder Judicial que la incluyó en su programa de formación continua, con la participación de más de 50 jueces y juezas españoles. Se celebró los días 25 y 26 de abril de 2019 en Madrid, con una asistencia de más de 400 personas, procedentes de 35 países del mundo. Y fuimos premiadas por ello, por el Ayuntamiento de Madrid y la “Madrid Convention Bureau” ese mismo año.

Otra insignia de AMJE es el programa educativo “educando en justicia Igualitaria”, nuestra artillería pesada en el abordaje de la violencia de género. Arrancó en 2016 y actualmente se aplica en numerosas localidades españolas e incluso en México, con más de 3000 jóvenes adscritos y más de un centenar de operadores judiciales de todos los estamentos jurídicos (judicatura, forensía, fiscalía, abogacía…). Un programa bidireccional de educación en la igualdad del alumnado, pero también de nuestros formadores/as judiciales. El éxito del programa fue tal que incluso recibió el premio especial “Meninas-2018” de la delegación del gobierno español, por nuestra contribución a la erradicación de la violencia de género y en la búsqueda de la igualdad.

Emitimos más de 30 comunicados entre 2015 y 2019 y colaboramos con el Consejo General del Poder Judicial en la confección del II plan de Igualdad de la carrera judicial que vio la luz en 2020.

Mientras tanto, aumentaba el número de asociadas que actualmente superan el centenar, y con ello nos enriquecíamos con nuevas miradas y aportaciones desde distintos estamentos (abogacía, fiscalía, universidades, forensía, cuerpos y fuerzas de seguridad, psicología, etc.).

Durante este viaje asociativo hemos intentado hacer las cosas lo mejor posible, sin excesos, pero sin perder nuestra mirada crítica y comprometida muy necesaria, desde dentro de la justicia y también hacia fuera. Hemos tenido aciertos y desatinos, pero siempre hemos invertido ilusión, tiempo y esfuerzo por mejorar la justicia, la sociedad y las relaciones humanas. En esta andadura, hemos forjado la reputación social de nuestra asociación, que se ha ganado el respeto de la comunidad jurídica y judicial dentro y fuera de nuestro país.

Años de experiencia enriquecedora para todas nosotras y de orgullo y agradecimiento hacia nuestras socias, que son el activo más potente de AMJE. Ellas nos suben la moral en tiempos difíciles, nos hacen reír y bailar, pero también aportan su infinita sabiduría, paciencia, experiencia y mirada crítica, entregándose a esta causa común que nos hace mejores y más fuertes para ir haciendo realidad, paso a paso, día a día, todos y cada uno de nuestros sueños igualitarios.

En verano de 2019, un periodista me preguntó:

“¿Cuál es el secreto del éxito social de la Asociación de Mujeres Juezas de España?”

“no es una respuesta fácil”, le dije, “pero mi opinión personal es que el secreto son nuestras tres señas de identidad:

la primera. Desde el primer momento tuvimos claro que no pretendíamos ser una asociación endogámica sino abierta a la sociedad. Las juezas nos importan, pero sobre todo nos importan las restantes mujeres y especialmente aquellas más vulnerables.

La segunda. Somos autocríticas y hemos sido capaces de denunciar las brechas de género endógenas de la carrera judicial y aportar propuestas para su eliminación.

– Y la tercera, es que en AMJE somos resolutivas, y no contemplativas, por lo que ideamos y aplicamos propuestas, programas y acciones con incidencia directa en la sociedad y en la justicia, para cambiarla y avanzar hacia la igualdad, real, no formal, desde la justicia.”

Estas tres características definen bien nuestra esencia, y hoja de ruta asociativa.

En la actualidad, la justicia española ha normalizado la perspectiva de género, que años antes era vista por un importante sector judicial, como una amenaza a la “imparcialidad” que debe regir la actividad jurisdiccional. No tengo ninguna duda, de que esta evolución se iba a producir en un momento u otro, pero, tampoco, que la AMJE ha acelerado el proceso.

Notas:

*Glòria Poyatos Matas es Magistrada del Tribunal Superior Justicia de Canarias, Directora Regional de Europa, Norte de África y Oriente Medio de la IAWJ y Cofundadora y presidenta AMJE (2015-2019).

Este artículo se enmarca en el nuevo Espacio Feminista de la Fundación Espacio Público. Este espacio surge desde la necesidad de abrir una ventana inclusiva, con diversas voces, un abanico amplio de temas, desafíos y retos que debe afrontar el feminismo. Además, pretende fortalecer una línea editorial y una agenda específicamente feminista, desde una perspectiva interseccional, que teja redes con mujeres de ámbitos distintos, las acompañe y las apoye.

Las Olas feministas llegan y se van. Su punto álgido suele ser breve pero siempre queda un poso de conocimiento feminista y de avances sobre el que ponen sus pies las generaciones futuras. También, desgraciadamente, toda Ola tiene su reacción patriarcal, de la que también se extraen enseñanzas, pero que duele cuando se está viviendo. A estas alturas, no hay duda de que la Cuarta Ola (aunque no hay acuerdo en esta terminología) fue una revolución contra las violencias sexuales, y tampoco hay duda de que estamos en medio de una virulenta reacción patriarcal. Se pudo poner de manifiesto la enormidad de su extensión y que lo que las feministas llamamos “cultura de la violación” es una realidad cotidiana que, como bien escribió Susan Brownmiller, se despliega como un continuo sobre las vidas de todas. Un continuo que, desde la más leve a la más grave, hemos padecido todas las mujeres en algún momento de nuestra vida. La violencia sexual acompaña a todas las mujeres desde el comienzo de la historia. El miedo a la misma está escrito en nuestro ADN, nos socializamos en ese miedo y con razón, porque no hay un solo lugar del mundo en el que las mujeres puedan decir que viven libres de violencia.

El feminismo lleva décadas luchando contra todas las violencias machistas. Las ha denunciado, conceptualizado adecuadamente, ha diseñado estrategias, políticas públicas, ha dedicado recursos, ha conseguido que todas las instituciones se impliquen en esta lucha, pero la violencia no disminuye. Pasadas ya muchas décadas desde que el feminismo definiera la violencia de género y desde que las instituciones dedicaran a esta lucha presupuestos y políticas públicas, la violencia parece estar aumentando, especialmente las violencias sexuales. Es evidente que una parte de dichas violencias tienen su origen en un movimiento de reacción patriarcal contra los avances del feminismo. Seguramente no se trata de que las feministas o las instituciones estemos haciendo cosas mal, simplemente nada es suficiente todavía para tumbar el sistema patriarcal. Quizá lo que peor hagamos sea pensar en la violencia como una “lacra” del sistema, como una excrecencia del mismo, como un mal ajuste, como algo que se puede combatir independientemente del combate contra el sistema patriarcal en su conjunto. Lo cierto es que todo sistema de dominación necesita usar de ciertas dosis de violencia para perpetuarse, especialmente si pierde, como este ha perdido, el poder formal, legal, sobre las mujeres. Sólo la desaparición del patriarcado traerá la desaparición de la violencia y, mientras, no es pensable la dominación sin ella y, además, cuanto más terreno conquistemos a la igualdad, podemos esperar una reacción más violenta por parte de aquellos que se sienten despojados de sus privilegios.

Las feministas también sabemos a estas alturas que para acabar con las violencias sexuales (con todas las violencias) lo que tiene que pasar es que los hombres dejen de ejercerlas; es decir, que sean ellos los que cambien. Y no lo harán solo con castigos, ni con nuestras movilizaciones. Debemos poner el foco sobre la manera en que se construyen subjetividades que desean violar, dañar, golpear, que cosifican, que deshumanizan a las mujeres. Es posible que aquellas violencias sexuales que parece que están creciendo más, las que se comenten en grupo como hermanamiento en la fratría masculina, aquellas que son extraordinariamente crueles, se puedan estar utilizando como reparación simbólica ante los avances del feminismo por los hombres más apegados a subjetividades rígidamente patriarcales. Así pues, tenemos por delante todo un campo de trabajo con ellos, buscando transformar sus emociones más profundas, aquellas que no encuentran otro cauce de expresión que la violencia. Hay que trabajar poniendo todos los recursos posibles para construir en los niños subjetividades igualitarias, subjetividades no cosificadoras, subjetividades empáticas y cuidadoras y para apoyar el trabajo de los hombres rebeldes al patriarcado.

Las mujeres ya hemos cambiado (aunque quede mucho por hacer) ahora es necesario que cambien también ellos, los hombres igualitarios son todavía una minoría. Pero el cambio no vendrá solo con intervenciones educativas en los niños. Vivimos en un orden disociado en el que por una parte luchamos contra el patriarcado y por la otra lo alimentamos de múltiples maneras. Sigue formando parte de esta lucha, por tanto, la denuncia de las costumbres, las instituciones, los discursos, los artefactos culturales, los privilegios, en definitiva, que contribuyen a reforzar la desigualdad. En muchas ocasiones seguimos denunciando los efectos, las consecuencias más evidentes del patriarcado, pero no penetramos con la suficiente profundidad en aquello que lo sustenta y lo reproduce, en aquello que contribuye a que los hombres no estén cambiando al ritmo que necesitamos.   

Pero también tenemos que esforzarnos en cambiar guiones que parecen escritos en piedra, pero que sirven para ocultar la verdad, y el de la epidemia de violaciones es uno de ellos. Las feministas tenemos que movernos en un difícil equilibrio entre la denuncia permanente y el miedo y su gestión social. El otro día aparecía en la televisión el siguiente titular en La Sexta: “Las violaciones se disparan en España: se denuncian seis agresiones sexuales con penetración cada día. Los datos que comparte el Ministerio de Interior son el reflejo de la grave situación social. En lo que llevamos de 2021 se han denunciado un total de 1.601 violaciones”. Además de que hay tantas violaciones ocultas que cuando se denuncian más puede parecer una epidemia, ¿a qué situación social de refieren? ¿al patriarcado? No lo creemos. Más bien pretenden hacerlas aparecer como si las violaciones fueran consecuencia de la acción de un gobierno o de una situación económica y no consecuencia del patriarcado mismo. Es el miedo de las mujeres utilizado con fines políticos espurios, nada nuevo y nada bueno.

Las feministas tenemos que tener cuidado con la gestión social y política del miedo porque este busca limitarnos y coartar nuestro derecho a ocupar todos los espacios y porque se buscan también reacciones viscerales y nada feministas a ese miedo. Tenemos miedo porque somos socializadas en él, y porque las agresiones graves en la calle, que sufren un número pequeño de mujeres, son un aviso para todas; tenemos miedo porque es verdad que es algo que nos puede ocurrir a todas. Esto nos sitúa en una situación perversa. Se crean las condiciones para que tengamos miedo y después somos nosotras las que tenemos que cuidarnos, las que tenemos que protegernos. Nos limita, nos controla, nos infantiliza. Y el miedo también es un arma que utilizan contra nosotras aquellos que no nos quieren libres, sino encerradas; al tiempo que lo convierten también en arma de otras batallas sociales conservadoras o reaccionarias.

Es verdad que hay un aumento de un 9% en las violaciones denunciadas, pero también es verdad que la mayor concienciación puede hacer que haya más denuncias. Y, en todo caso, estas cifras escalofriantes siguen magnificando la figura del hombre en un callejón oscuro, una figura que pretende vetar nuestra presencia en el espacio público, mientras que se sigue invisibilizando el verdadero guion de las violaciones, de las que más del 80% son causadas por hombres conocidos de las víctimas. Y, más aún, que la mitad de este 80% se ejercen sobre niños y niñas menores, víctimas de una violencia sexual intrafamiliar de la que todavía no nos atrevemos siquiera a hablar claramente. La frase “Sola y borracha quiero llegar a casa” es un grito de justicia del movimiento feminista en todo el mundo que pone el foco donde hay que ponerlo.

Cuando nosotras tenemos el power

No descubro nada si digo que cuando una mujer llega a un puesto de poder históricamente ocupado por un hombre su día a día se llena de suspicacias y exigencias que su antecesor no afrontaba. A ser la más preparada y la mejor gestora de equipos se sumará la demanda de ser muy amable, simpática, empática y que, por supuesto, su apariencia muestre también su mejor versión. Si además esa mujer con responsabilidad es joven y trabaja en una universidad fundada y mantenida por una raza distinta a la suya, la cosa se pone seria. La directora (Netflix) arranca cuando Ji-Yoon Kim (Sandra Oh) llega a su despacho de jefa del departamento de Literatura Inglesa en la universidad (ficticia) de Pembroke: madera por doquier, retratos de señoros en marcos doradosy una silla regia que se rompe en minutos, presagio de lo que la protagonista vivirá a lo largo de los seis divertidos e interesantes capítulos.

Hasta aquí puedes pensar que esto va de feminismo y de reivindicar cuotas de poder en un contexto tan androcéntrico como el universitario. Y por supuesto la reflexión sobre esto es potente, pero hay mucho más. No te dejes llevar por la posible pereza de ver una serie ambientada en el mundo universitario porque aunque este es el escenario de casi el cien por cien de la trama, acompañar a Ji-Yoon en su día a día supone adentrarnos en cuestiones muy presentes en el debate social actual. En esta primera temporada de La directora (que haya más!) hay reflexiones sobre el rol desquiciado que han adquirido las redes sociales; la familia no normativa; el racismo que erróneamente se cree superado; la sororidad; la inexistencia de la conciliación de la vida familiar y laboral; las relaciones amorosas sin clichés; la poca permeabilidad del sistema educativo ante los cambios sociales y las nuevas metodologías de enseñanza…  Todo ello aderezado con un tono amable donde el humor negro juega sin descanso. Y para capitanear algo tan real y desquiciante qué mejor actriz que Sandra Oh, a la que habrás visto en Anatomía de Grey o más recientemente en Killing Eve. Oh demuestra una vez más que es una gran actriz que se maneja increíblemente bien en guiones como este en los que la frontera entre la comedia y el drama no existe.

Mención especial también para su partanaire, Jay Duplass, quien gusta de peculiares retos interpretativos (como Josh Pfefferman en la magnífica Transparent) y para Holland Taylor, estupenda en ese juego de espejos con la protagonista, con la que comparte espíritu crítico poniendo en valor la importancia de la red femenina en contextos tan hostiles.

Más razones para verla: los capítulos son cortos (bien!), te vas a reír, y es muy probable que te sientas identificada/o al reconocer cómo funciona el sistema y cómo este te obliga a ser. Pero el mensaje de la serie es positivo: se le puede plantar cara y no es tan dramático como lo pintan.

Ilustración: @lafemme_agitee

#metoo  #withyou   #don´tbesilent

https://www.flowerdemo.org/

Durante estos últimos años se han ido sucediendo una serie de sentencias exculpatorias a los acusados por agresiones sexuales en diferentes ciudades de Japón (Fukuoka, Shizuoka, Nagoya). Pocas voces se han atrevido a alzarse, esgrimiendo la extremada gravedad de los hechos y la falta de conciencia y formación en Estudios de Género por parte de los jueces varones, quienes siempre han respondido de forma prepotente, con risas irónicas y burlándose de las víctimas y de quienes las defendían, tal como le sucedió hace ya dos décadas en nuestro país a la concejala Nevenka Fernández.

En marzo de 2019, tras la enésima sentencia favorable al agresor, llegó la gota que colmó la paciencia, y esas voces contrarias a la trivialización y minimización de las agresiones por parte del mundo jurídico e institucional y por gran parte de la sociedad, hicieron un llamamiento en protesta que tuvo lugar el 11 de abril de 2019. 

Esa noche, ante la estación de Tokio, se reunieron más de quinientas mujeres llevando flores y adornadas con ellas, tal como indicaba la convocatoria. Y…¡sucedió algo totalmente imprevisto, inimaginable…! Una vez acabado el discurso y el acto de protesta, todo el mundo seguía allí… De repente, una mujer anónima tomó el micrófono y empezó a narrar los abusos, violencia estructural y agresiones sexuales de las que había sido objeto a lo largo de su vida. Otras mujeres la apoyaron y también hablaron: «En nuestro caso, el daño ya está hecho, pero tenemos que poner todo nuestro empeño en construir un mundo mejor para que las nuevas generaciones de niñas y mujeres no tengan que pasar por lo que nosotras hemos sufrido en silencio durante tantos años y décadas«.

Tampoco nadie podía imaginar que esa protesta, en principio «aislada», iba a ser la fértil semilla, el punto de partida ya imparable del movimiento #FlowerDemo, el #metoo #withyou #don´tbesilent de Japón.

A partir del mes siguiente y poco a poco, el movimiento se fue extendiendo por todo el país y ya ha llegado a las 47 prefecturas y a casi todas sus ciudades.

Las protestas se siguen repitiendo el día 11 de cada mes, excepto cuando se decreta el estado de alarma, y el pasado abril (2021) cumplió su segundo aniversario. 

#FlowerDemo, ya sobradamente conocido a nivel nacional, cuenta con el apoyo de las escasas, todavía, Asociaciones feministas y periódicos, como Shin Fujin Shinbun 新婦人しんぶん (nombre que hace referencia a las publicaciones de las primeras feministas japonesas, como Raicho Hiratsuka (1886-1971): “Al comienzo, la mujer era el sol”, Genshi, jōsei wa taiyō de atta: 元始、女性は太陽であった, Fusae Ichikawa (1893-1981), la Clara Campoamor japonesa:『“El voto femenino es la llave” Fusen wa kagi nari婦選は鍵なり, “Sin paz no hay igualdad, sin igualdad no hay paz” Heiwa naku shite, byōdō naku, byōdō nakusite heiwa nasi 平和なくして平等なく、平等なくして平和なし, “No nos durmamos en los derechos” Kenri no ue ni nemuru na 権利の上に眠るな, y otras muchas) y ha participado en numerosos debates con el gobierno.

Para entender este movimiento y su gran repercusión hay que adentrarse en la cultura japonesa y conocer la idiosincrasia y el contexto en el que nos movemos.

Sabemos muy bien cómo funcionan estos movimientos en los países occidentales, la gente sale a las calles o avenidas, la plaza mayor de su pueblo o ciudad y, una vez visto el panorama, decide. Y asume con toda naturalidad que cualquiera con un móvil puede hacerle una foto y salir en cualquier medio.

En Japón, participar en este tipo de protestas, conduce con frecuencia a un ostracismo social y/o familiar y también a la pérdida del trabajo: el comienzo de una pesadilla. La sociedad, uniforme, obediente y supuestamente «heterogénea» no perdona a las voces disidentes y los castigos infligidos son desproporcionados.

Quien estas líneas escribe ha participado en estos encuentros desde el otoño de 2020, fecha en que tuve noticia del movimiento. La ciudad más cercana para mi es Chofu, que es a Tokio como Alcalá de Henares a Madrid. Ante la estación hay varios espacios: parque infantil, espacio de ocio para jóvenes que actúan y un espacio repleto de flores con un muro decorativo al fondo. Ese es nuestro lugar de encuentro, donde nos reunimos todos los días 11 unas 20 personas, mujeres en su mayoría.

La coordinadora llega puntualmente con flores y otros preparativos: carteles impecables, impresos y plastificados para indicar donde hay que colocarse si se quiere salir o no, en la foto conjunta. Es la única que hace la foto oficial del grupo, con el muro al fondo y cuidando mucho de que no se cruce una bicicleta o aparezca cualquiera por despiste, insistiendo varias veces en que la foto se va a publicar en Twitter @ChofuDemo, @chofu_flower_demo, por si alguien tiene alguna objeción. 

Por supuesto, antes o después del acto, puedes hacerte las fotos que quieras, siempre a título personal. 

A continuación, escuchamos el informe del mes anterior con turno de preguntas y dudas. Guardamos cinco minutos de silencio por las víctimas, y para finalizar, la coordinadora cede el micrófono a quien desee hablar. Siempre se animan varias personas que relatan los abusos sufridos años o décadas atrás, o alguien que los ha presenciado, y escuchamos sus testimonios en silencio y con gran respeto. 

La gente pasa y nos mira, lee los carteles y pancartas, se para…, escucha a quien habla… a veces se suman o preguntan algo.

Apenas cuarenta minutos, muy intensos y emotivos cuarenta minutos…

Una vez finalizado el encuentro la gente se queda un rato hablando con quienes ya conoce de otros meses.

Yo me quedo hablando con una señora de 90 años, en silla de ruedas, que ha sufrido abusos y todo tipo de violencia a lo largo de su vida por parte de los varones de su familia. Durante años y como consuelo para el profundo desgarro interior que sentía, se dedicó a coser a mano un tapiz, a modo de pancarta, decorada con flores y con las letras en japonés e inglés. Ya no tiene fuerza para sostenerla, pero sí para seguir participando cada mes, y siempre la lleva para que la sostengamos las demás.

Pero… vayamos a las causas, ¿cuál es la razón de tanta permisividad y banalidad en las agresiones sexuales?

Japón ha sido, desde el principio de los tiempos, una de las culturas más patriarcales y el hecho de que sea una gran potencia económica y el número uno en tecnología mundial, no sólo no es incompatible sino que más bien va de la mano y juega a su favor. Veamos tan solo algunos ejemplos.

Durante la tan idealizada época samurai, caracterizada por un sistema feudal y continuas guerras intestinas, que tuvo su origen en el siglo XIII hasta bien entrado el siglo XIX, la mujer era un mero instrumento, una mera mercancía al servicio del hombre, el guerrero, y la perpetuación de su linaje. El samurai tenía en sus manos la vida y la muerte de cualquier persona de «rango» inferior.

La poligamia ha sido natural y hasta bien entrado el siglo XX la «segunda esposa» era inscrita en el libro de familia (koseki). 

En 1886, el primer ministro Hirobumi Ito (1841-1909), uno de los grandes patriarcas del actual Japón, compró, de forma pública y notoria, con el aplauso y admiración de toda la sociedad e instituciones, como quien compra tomates en el mercado, la virginidad de la actriz Sadayakko (1871-1946), que posteriormente triunfó en Estados Unidos, cuando ella contaba tan solo 15 años de edad.

A pesar de que Japón declara abolido el «sistema patriarcal, kafuchosei 家父長制” en su Constitución de 1947, no hay una conciencia social de lo que significa exactamente «patriarcado».

Por otra parte, las lenguas reflejan la cultura, configuran y mediatizan nuestra realidad: son un prisma para ver el mundo. En el caso de numerosas lenguas tenemos el género gramatical como caballo de batalla. En el caso del japonés, aunque no existe la categoría de género, dispone de una larga serie de recursos que encasillan a la mujer, la adoctrinan y colocan en un lugar muy inferior. Pero este tema lo dejaremos para otra ocasión.

Con las palabras “Durante estos últimos años…” comenzaba este artículo. Huelga decir que la violencia existe desde el comienzo de la humanidad. Pero las sentencias por agresiones sexuales o las denuncias interpuestas por mujeres han sido inexistentes o archivadas, en un país como Japón, meca de la tecnología y súmmum del desarrollo económico, debido al miedo a una sociedad tribu, que educa a una mujer sumisa y sometida, feliz de serlo, una Yamatonadeshiko大和撫子: “la ley del Agrado” (Amelia Valcárcel) japonesa, la eterna trampa del patriarcado, que nos coloca entre la espada y la nada, entre el señalamiento o el abismo, que culpabiliza y expulsa de su seno a las víctimas: la segunda violación, la que perpetran miradas y lenguas ajenas.

Cualquiera, una misma, uno mismo.

Si ha sido en estos últimos años cuando se ha ido tomando conciencia, gracias a la repercusión mundial del #Metoo de Hollywood, y a las protestas, juicios y sentencias en los años 90, de las eufemísticamente llamadas “Mujeres-consuelo” ianfu 慰安婦: las 200.000 esclavas sexuales del ejército japonés durante la segunda guerra mundial[1], tras ocho décadas de silencio, quienes a su vez respiraron el aliento de valor que les infundieron las denuncias por las violaciones masivas perpetradas en la guerra de los Balcanes, una vez comenzada la búsqueda de justicia y reparación del daño causado, asistimos a un nuevo nacimiento: la MUJER INDOBLEGABLE, #wakimaenaionnna #わきまえない女.

Sayonara, mujer sumisa, mujer kawaii 可愛い muñequizada, niñificada… Sayooonara.

Larga vida, mil, diez mil años de vida, BANZAI 万歳, no para la casa imperial, para la mujer dueña y ama, que impera en su vida y su destino.

Texto y fotografías de Elena Gallego Andrada (Burgos, 1967). Doctora en Literatura y Culturas Comparadas y Teoría de la Traducción (Universidad de Sevilla, 2002). Traductora pionera de obras clásicas japonesas. Investigadora del SIP (Seminario Investigación para una cultura de PAZ). Reside en Japón desde 1993.

Notas:

[1] Yoshiaki YOSHIMI: Esclavas sexuales. La esclavitud sexual durante el imperio japonés, Barcelona, Ediciones. B, 2010.

Uno de los rasgos comunes que caracterizan a los movimientos de ultraderecha es su misoginia y antifeminismo. Tanto en las instituciones, cuando llegan a ellas, como en las redes sociales, asistimos a un fenómeno que intenta de forma constante desprestigiar al movimiento feminista, invisibilizar los problemas que afectan a las mujeres, negar la violencia machista y despreciar los derechos de la mitad de la población del planeta.

El debate ‘Antifeminismo y extrema derecha’, con ponentes tan destacadas como María Eugenia Rodríguez Palop, Amelia Martínez Lobo e Hibai Arbide compartirán reflexiones sobre el antifeminismo de la extrema derecha, y cómo el feminismo despliega sus propias estrategias para hacerle frente.

Este año se cumplen cinco años del asesinato de Berta Cáceres, la activista hondureña que recibió el Premio Goldman, el galardón ambiental más prestigioso del mundo. Su crimen fue liderar una campaña para detener la construcción de una presa hidroeléctrica en el río Gualcarque, un río sagrado para la población indígena en la población de Río Blanco (Honduras).

Un río sagrado, un pueblo indígena, la voracidad de empresas hidroeléctricas depredadoras del medio ambiente, escuadrones de la muerte y una mujer decente y valiente son los elementos de este libro, que hace justicia a una mujer que se ha convertido en todo el mundo en un emblema de la lucha por salvar el planeta.

Nina Lakhani, periodista especializada en Centroamérica es la autora de “¿Quién mató a Berta Cáceres?”, recién publicado por la editorial Icaria. Lakhani conversó muchas veces con Berta Cáceres y conocía muy bien la importante actividad que desarrollaba. La primera vez que se reunieron Berta ya era consciente de la amenaza que se cernía sobre ella y le dijo: «El ejército tiene una lista de asesinatos encabezada con mi nombre. Quiero vivir, pero en este país hay total impunidad. Cuando me quieran matar, lo harán”.

También la propia periodista fue acosada e intimidada cuando investigaba el asesinato de Berta Cáceres, que sospechaba con motivo que querían matarla. Y que los sicarios encargados de hacerlo habían sido contratados por DESA, la empresa constructora de presas, que había presentado falsos cargos contra ella y otros líderes indígenas.

Nina Lakhani fue la única periodista extranjera que asistió al juicio, celebrado en 2018, y lo que presenció fue una especie de farsa judicial que relata en uno de los capítulos del libro. Fueron declarados culpables del asesinato funcionarios de seguridad del Estado, empleados de la empresa de la presa y sicarios a sueldo, pero quedaron sin respuesta demasiadas preguntas sobre quién o quiénes ordenaron y pagaron el asesinato.

El libro hace un recorrido por la historia de Honduras, los intereses de Estados Unidos en los territorios centroamericanos, la lucha y el despertar indígena, los escuadrones de la muerte, el golpe de Estado, los crímenes y la represión.

Para la realización de este libro Lakhani se ha basado en más de cien entrevistas, ha consultado archivos legales confidenciales y documentos corporativos.

“El asesinato de Berta desató la condena internacional, pero no pudo detener el derramamiento de sangre. Al menos veinticuatro defensores de la tierra y del medioambiente han sido asesinados en Honduras desde el 2 de marzo de 2016.

América Latina sigue siendo la región más peligrosa del mundo para defender la tierra y los ríos de megaproyectos como minas, represas, explotaciones forestales y la agroindustria. Entre marzo de 2016 y noviembre de 2019, fueron asesinados en las Américas 340 defensores, según Global Witness. ¿Por qué? Estos delitos de gran repercusión quedan mayormente impunes. La impunidad fomenta el crimen”, concluye Lakhani.

Para hablar de todo ello, el viernes 18 de junio conversarán la autora Nina Lakani; Bertha Zúñiga, hija de Berta Cáceres y coordinadora del COPINH (Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras); la antropóloga, activista y ecofeminsita Yayo Herrero; y Paula Santos de Mujeres Migrantes Diversas. Álex Guillamón de Entrepueblos será el encargado de presentar el acto, que se podrá seguir en youtube:

Un proyecto iberoamericano de Argentina-Brasil-España

¿De quién son los museos? ¿Para quién están destinados? ¿Dónde están las mujeres en los museos? ¿Son los museos espacios de presencia y autoridad femenina? ¿Cómo trabajan las mujeres en los museos? ¿Dónde están las mujeres racializadas, empobrecidas, indígenas?¿Han cambiado los museos con respecto a las mujeres? ¿Cómo marcar una agenda en igualdad que abra los museos?

Desde hace décadas asistimos a un nuevo contexto político y sociocultural, en el que los debates sobre la dinámica feminista es protagonista en la agenda académica, social y política. Los museos se enfrentan al reto de discutir su definición de museo, su papel en la sociedad y la resignificación de su patrimonio. 

La irrupción de las mujeres en los museos está suponiendo una reflexión sobre los presupuestos que interrogan al supuesto sujeto del museo, develando la falsa «universalidad» del museo de origen europeo y al carácter masculino, occidental, burgués y de clase media urbana como simbólico subyacente, que entra en contradicción con los actuales objetivos del museo: nuevas audiencias, igualdad, educación inclusiva, implicación social, reconocimiento de las culturas indígenas y ancestrales, ecología, el museo como espacio de reconocimiento y transformación.  

Es necesario ampliar y fortalecer la vinculación entre instituciones y profesionales del campo de la museología, la antropología, las artes, la educación, la cultura y el activismo en temáticas de género, que vienen trabajando desde el feminismo, las identidades indígenas, quilombolas, los colectivos invisibilizados y las disidencias sexuales a fin de pensar en la política cultural y en la redefinición del concepto de patrimonio. Por ello nace la red “Las mujeres cambian los museos”.

Las relaciones entre las instituciones museológicas, la universidad y la sociedad civil han sufrido transformaciones que generan nuevas prácticas institucionales, formas de trabajo en red, elaboración de proyectos compartidos y la emergencia de otros relatos. Por ello el proyecto es entramado coordinado desde tres sectores clave: universidades, museos y centros de arte, y asociaciones de mujeres.

  • Universidades intercontinentales (Universidad Complutense de Madrid, Universidad de Buenos Aires y Universidad de São Paulo) 
  • Museos y centros de arte y cultura de los tres países.
  • Sociedad Civil, a través de asociaciones que forman parte del sistema cultural y social y de derechos humanos, entre ellos WILPF, Women International League for Peace and Freedom.

Los museos hoy deben ser instituciones abiertas, democráticas e inclusivas, reflexionando sobre sus fundamentos epistemológicos, museográficos y sus criterios expositivos.

La forma de lograr ese objetivo no consiste simplemente en la apertura cuantitativa a mayor cantidad de público o incluyendo más mujeres, sino en una revisión crítica de sus propias prácticas, desde una mirada interdisciplinar que permita deconstruir los postulados del pensamiento hegemónico y occidental que hasta hace poco tiempo han sostenido estas instituciones. El trabajo y la reflexión en red permitirá generar otras maneras de pensar la sociedad, los grupos excluidos por cuestiones de género, clase, étnico, religión, y cuestionar el sentido común, los prejuicios y la discriminación desde una reestructuración cognitiva del pensamiento occidental y repensar los espacios como espacios educativos y simbólicos.

La red, en marcha desde enero del 21, está generando el intercambio de buenas prácticas, seminarios conjuntos en torno al feminismo y la decolonialidad y la construcción de nuevas narrativas de mujeres que emerjan sobre y desde la cultura, el patrimonio, material e inmaterial.

Su primer foro virtual, los días 10 y 11 de junio de 2021 acogerá a expertas en museos, arte y en memoria de las mujeres, que se reunirán para debatir y evaluar el recorrido en red desde enero, y donde se llevarán a cabo videocartas desde los dos lados del Atlántico para intercambiar propuestas y proyectos en construcción.

Marián López Fernández

Más información en: https://www.mujerescambianlosmuseos.com/

Este proyecto cuenta con el apoyo del Instituto de las Mujeres, Ministerio de Igualdad, Gobierno de España.

Notas:

Marián López Fernández es Catedrática de Educación Artística de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Instituto de Investigaciones Feministas de la misma universidad, impulsora del convenio entre el Ministerio de Cultura y la Universidad Complutense sobre el estudio de fondos museísticos desde la perspectiva de género.

«Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten» Margaret Atwood.

Fui al cine a ver Una joven prometedora (Promising Young Women), dirigida por Emerald Fennell, y salí de allí con una mezcla de sentimientos entre la venganza cumplida, la rabia acumulada, la tristeza y la excitación.

Esta película tan maravillosa en lo que se refiere a la banda sonora, a la fotografía, y a la estupenda actuación de Carey Mulligan, como Cassandra. También captura la atención de lxs espectadores por la trama original, galardonada justamente por esto recientemente en los Oscar de Hollywood.

Al contrario de otras películas -como por ejemplo Mátame de Michael Greenspan- que utiliza la venganza, como arma de guerra, matando a las personas para resarcir todo el daño que el sistema patriarcal les ha causado. En Una joven prometedora la venganza es un juego de seducción e inteligencia, es una venganza más sutil, que tiene el mismo objetivo de la venganza que mata, que el miedo pase de bando, que los hombres sientan la misma inseguridad, vergüenza, terror, que sufrimos las mujeres diariamente; porque este sistema patriarcal nos está matando y demasiadas veces somos escuchadas solamente a través del grito de la venganza.

En esta película se encuentran muchas denuncias: en primer lugar, la directora selecciona de forma acertada el tipo de hombre violador y el contexto en que la violación se desarrolla. Se habla de hombres blancos, de clase media alta, médicos, los que son considerados por la sociedad “buenas personas” y que en diferentes ocasiones tienen los medios materiales y la aceptación social para cubrir sus crímenes.

Otro elemento a destacar, es la naturalización de la violación, especialmente cuando las mujeres no pueden defenderse, están solas y borrachas en algún bar, en el que se demuestra que todos los hombres que se acercan a ella, intentan ejercer algún tipo de violencia sexual.

Asimismo, narra la fuerza del vínculo de los afectos, la lealtad y sororidad de la protagonista por la violencia sufrida por su amiga. La búsqueda por la justicia de Cassie, es una forma de dar voz a quien ya no puede, de proteger a otras mujeres y de poner en jaque este sistema patriarcal, que cuestiona cualquier intento de denuncia de las violencias machistas. Así, ella mantiene viva la memoria y trasfiere su legado a otras mujeres.

La protagonista vive en una desesperación y desamparo profundo, no comparte con nadie sus planes de venganza y su sufrimiento, y acaba encontrando en la venganza su objetivo de vida. Ella pone su cuerpo e inteligencia, las únicas armas que le quedaron, para enfrentarse ante esta grande maquinaria machista. 

La aparente seguridad de Cassie y su empoderamiento acaba asustando y desnortando a los hombres. Su capacidad de enfrentarse a todos, llega a ser en algunas ocasiones surrealista; como decía una amiga es poco creíble que nuestros cuerpos feminizados puedan asustar a los hombres debido solamente a una mirada más empoderada o engañándoles. Sabemos que los hombres no son unos valientes, justamente por eso y porque crecieron en un sistema que construye masculinidades más agresivas y violadoras no pensarían dos veces antes de utilizar la fuerza y la violencia hacia nosotras. Como dice Galeano el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Termino, recomendando este peliculón, no solamente porque denuncia las atrocidades que comete el patriarcado, especialmente el patriarcado más velado y justificado por la sociedad, también porque conecta con la rabia, frustración, dolor que miles de mujeres sufrimos y que, en demasiadas ocasiones, no encontramos apoyo, empatía y justicia en ningún rincón de la sociedad que interpelamos. Así que hombres, espero que vayan a ver esta película. Sería un buen comienzo para empezar a deconstruir vuestras masculinidades.

Tráiler oficial:

Blanco, Negro y Magenta

Este es el nombre de una Asociación de mujeres artistas que trabaja desde las artes visuales sobre el concepto de género. Y es también el nombre de una revista, especializada en arte y feminismo, cuyo objetivo es dar visibilidad a las mujeres artistas, denunciar las injusticias que se producen contra las mujeres y luchar contra la violencia machista. De periodicidad cuatrimestral, el último número publicado lleva por título “Revisando la Historia del Arte”, tema central con el que quieren poner en valor el trabajo de artistas actuales empeñadas en rescatar y mostrar al gran público las obras de escultoras, dibujantes, grabadoras, etc., que han sido olvidadas, ignoradas o ninguneadas a lo largo de la historia.

La revista “es nuestro particular homenaje a aquellas artistas estadounidenses que iniciaron el camino del arte feminista con su proyecto The Womanhouse. Sentimos verdadera admiración por Judy Chicago y Miriam Schapiro, que en 1972 comenzaron un proyecto para ayudar a las estudiantes a superar algunos problemas de ser mujer. Para ello tomaron una vieja mansión abandonada en una calle residencial de Hollywood y durante un duro invierno comenzaron a repararla y convertirla en el espacio expositivo referencial en la lucha por la igualdad en el mundo del arte”, nos dicen Concha Mayordomo y Dora Román, responsables de la revista.

“Sus espacios están tratados como si mostraran la estructura de un edificio constituido por varias salas y una antesala, lo que supone un velado homenaje a aquellas pioneras del arte feminista que crearon The Womanhouse”. Y así, en efecto, la revista tiene recibidor, diferentes salas numeradas, un taller, una sala de lectura y otros espacios.

Cada uno de sus números está dedicado a un colectivo o a un concepto, por lo que adquieren cierto carácter de especialización. Sirva de ejemplo el hecho de que se han dedicado ciertos números a las performeras, las fotógrafas, las collagistas o las modelos de artista.

La idea de crear esta revista, nos dicen Concha y Dora, surgió para dar difusión a la asociación, y también porque tenían (y tienen) la pretensión de llegar a un público más amplio. Sin olvidar otros intereses: “quisimos desde nuestras páginas poder revisar la actualidad y la historia, denunciar las injusticias que afectan especialmente a las mujeres… en fin, continuar gráficamente con esos compromisos por los que un día, un grupo de artistas, decidimos formar una asociación”. 

Aunque por motivo de la pandemia han tenido que frenar las actividades en museos, con anterioridad han hecho recorridos por los espacios de la Colección del Museo Reina Sofía sobre el feminismo en las vanguardias históricas. También una visita guiada de la exposición “Musas Insumisas. Delphine Seyrig y los colectivos de vídeo feminista en Francia en los 70 y 80” y  otra visita, esta vez guiada por Dora García con motivo de su exposición “Segunda vez”.

“En realidad todas y cada una de nuestras actividades, es decir exposiciones, visitas, tertulias y publicaciones que realizamos tienen un carácter bien reivindicativo o bien de protesta. Denunciar la desigualdad es algo que llevamos implícito como artistas feministas”, afirman.

moderado por:

  • Paula Pof

    Periodista

  • Irene Bassanezi Tosi

    Doctoranda en Estudios Avanzados en Derechos Humanos en UC3M

Antifeminismo y extrema derecha

  • María Eugenia Rodríguez Palop

    Eurodiputada de Unidas Podemos. Titular de filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid.

Parte I

La extrema derecha se ha presentado como una resistencia de fácil acceso, sencilla pero robusta, contra los desmanes de las oligarquías políticas y las élites económicas. Es uno de los frutos de las contradicciones del neoliberalismo globalizador de estas décadas y de la connivencia de partidos conservadores, socialdemócratas y socioliberales con la mundialización financiera y el capital especulativo. Su programa es hoy de sobra conocido: repliegue nacional, orden y seguridad, reacción punitiva, militarismo, xenofobia, aporofobia, homofobia, misoginia… Una revolución conformista que no solo obedece a factores ideológicos, sino que también tiene una raíz vivencial y un anclaje empírico evidente: la experiencia de desarraigo, la desintegración social y la violencia institucionalizada que han sufrido las mayorías sociales, especialmente, en estos años, combinada con una situación real de escasez de recursos y su concentración en pocas manos. La extrema derecha ha sabido vehicular la rabia y el resentimiento de quienes se han considerados perdedores, y también el miedo de quienes tenían algo que perder.

Con todo, lo que resulta más atractivo en su itinerario no es la movilización de esas emociones negativas sino la restauración, en toda regla, de un cierto imaginario de lo común y la confrontación, sin paliativos, con todo lo que puede fragmentarlo. Y es en este itinerario en que el feminismo se presenta como una fuente de fracturas y desestabilización porque, entre otras cosas, el feminismo divide y pervierte la célula indisoluble que representa la familia heteronormativa. En este punto, el antifeminismo de la extrema derecha se apoya en un pensamiento conservador y reaccionario que deriva, en buena parte, de su alianza con las iglesias. De hecho, su discurso político y su articulación jurídica funcionan como el brazo armado de una moral puritana. La complicidad de Bolsonaro con los pentecostales en Brasil es paradigmática en este sentido, como lo es la del partido Ley y Justicia (Pis) o la de Vox con la Iglesia católica.

Buey, Bala y Biblia, o sea, agronegocio, militarismo y Pentecostales, ha sido la base del bolsonarismo. La Iglesia Universal del Reino de Dios ha jugado un papel primordial en el (des)gobierno de Bolsonaro. Una Iglesia-Empresa que dispone de 70 emisoras de TV, 50 radios, un banco, varios diarios y 3500 templos en zonas ricas de Brasil[1], y cuyo fundador, el obispo Macedo, llegó a denostar a la Universidad por ofrecer una educación idéntica para la mujer y el varón. En España, Vox ha liderado la lucha contra la educación sexo-afectiva de la mano del Opus Dei. La apuesta por la educación religiosa y la criminalización de la diversidad sexual o la llamada “ideología de género” se orienta, entre otras cosas, a lograr la sumisión y la claudicación de las mujeres, su expulsión del mercado laboral y su vuelta al hogar familiar. La “ideología de género” es una “ideología negativa” porque, como dice Segato, desobedece el mandato de la masculinidad. “El desmonte del mandato de masculinidad amenaza el mundo de los dueños, coloca el dedo en la llaga en el lugar de reproducción del mundo de la dueñidad, del señorío […]”[2]. En cualquiera de sus versiones, la extrema derecha apela a una amalgama de políticas natalistas que se conectan con presupuestos excluyentes y nacionalistas.

Esa amalgama explica, por ejemplo, la posición que se mantiene frente a las violencias machistas. La violencia contra las mujeres no existe, no tiene género o no tiene causas estructurales, las denuncias son falsas, las entidades de atención son chiringuitos que no aportan nada a las verdaderas víctimas y los hijos e hijas son víctimas de madres manipuladoras, y cuando se denuncia, se hace solo para criminalizar a foráneos, especialmente los musulmanes, que han entrado en el país gracias a la excesiva laxitud de la legislación migratoria. Se ha llegado a afirmar que la violencia tiene su origen en “los flujos migratorios incontrolados” y que son los extranjeros los que cometen la mayor parte de los feminicidios y las violaciones. De hecho, cuando la extrema derecha señala las dificultades para conciliar la maternidad con la vida profesional, solo lo hace para defender a las mujeres nacionales, a las que se utiliza para paliar el déficit demográfico, evitar la reposición a base de población migrante y asegurar el mantenimiento de los valores cristianos.

Lo cierto es que negar continuamente la existencia de violencias machistas tiene consecuencias letales para millones de mujeres. En la Unión Europea, por ejemplo, hay siete países que no han ratificado todavía el Convenio de Estambul (Bulgaria, República Checa, Hungría, Letonia, Lituania, Eslovaquia y Reino Unido) y la Unión Europea tampoco lo ha hecho todavía. Hace poco el Parlamento Europeo aprobó una Resolución en la que se afirmaba que “asistimos a una ofensiva visible y organizada a escala mundial y europea contra la igualdad de género y los derechos de las mujeres”. La Resolución condenaba categóricamente “las tentativas de algunos Estados miembros de retirar medidas ya adoptadas en aplicación del Convenio de Estambul para la lucha contra la violencia contra las mujeres” así como “los ataques y las campañas contra el Convenio [de Estambul] por su malinterpretación intencionada y la presentación sesgada de sus contenidos a la población”[3]. Toda esa resistencia tiene su origen, fundamentalmente, en el rígido bloqueo que ha generado el lobby anti-elección, liderado por el eje Polonia-Hungría y su política natalista.

El caso polaco es especialmente preocupante. Desde la caída del muro de Berlín, el país ha ido restringiendo el derecho al aborto hasta prohibirlo casi totalmente. Ahora mismo solo es posible interrumpir el embarazo en casos de violación, incesto o riesgo severo para la vida de la madre. En octubre, el Tribunal Constitucional, controlado por jueces nombrados por el Gobierno, declaró inconstitucional el tercer supuesto que recogía la ley de 1993: la malformación o enfermedad irreversible del feto. La cuestión es que en 2019 se practicaron unos 1.100 abortos legales en Polonia y el 97% de los casos fueron por este motivo. En realidad, se estima que cada año 200.000 mujeres polacas se ven obligadas a usar píldoras abortivas y otras técnicas sin supervisión médica. Unas 30.000 viajan al extranjero para ejercer un derecho que su país les niega.

Desde la llegada del partido Ley y Justicia (PiS) al Gobierno en 2015, la Iglesia católica y la organización ultraconservadora Ordo Iuris han impulsado una radical vuelta al pasado. En 2016, las mujeres polacas salieron masivamente a la calle vestidas de negro y lograron frenar una propuesta de ley promovida por el Gobierno para prohibir el aborto e imponer penas de cárcel a quienes lo practicasen. Ganaron aquella batalla, pero no la guerra contra sus derechos sexuales y reproductivos. El PiS trasladó la contienda al Tribunal Constitucional, cuya sentencia “es un nuevo ataque al Estado de Derecho y a los derechos fundamentales”, según reconoció el mismísimo Parlamento Europeo.

Como dijo Margaret Atwood en El cuento de la criada, “no se puede confiar en la frase: ‘Esto aquí no puede pasar’. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. Siempre es posible retroceder[4].

La violencia de género que señala a la pareja o la expareja como posible agresora, los derechos sexuales y reproductivos, en concreto, el derecho al aborto, o el matrimonio homosexual, forman una tríada demoledora para la familia heteronormativa. La demonización del feminismo cae, pues, por su propio peso.

Parte II

Podría decirse que la visión que la extrema derecha tiene del feminismo se identifica casi exclusivamente con el feminismo “liberal”, la versión más clásica y extendida del feminismo, dado que la liberación de la mujer de los roles convencionales de madre y esposa se considera, en sí misma, fragmentadora y divisoria. La emancipación de la mujer se identifica aquí con su mercantilización y el feminismo con una posición “empresarial”, autoemprendedora, que lanza a la mujer al espacio público-mercado y la desafecta del espacio privado-núcleo familiar.

De manera que el feminismo es la no-familia, un proceso que estimula la des-vinculación de las esencias familiares (o patrias), la masculinización de las mujeres, la usurpación por parte de ellas de los roles tradicionalmente adjudicados a ellos, el fin de los estereotipos de “género”. Así que la del “género” es una “ideología” que oculta y tergiversa la verdad, lo que realmente somos. Lo que somos biológica y socialmente. Altera, por tanto, la “naturaleza” del ser mujer. Un “ser” que pasa por la identificación acrítica entre el ser anatómico, social y jurídico, por ese orden. No se trata de lo que una quiera o necesite ser, sino de lo que una es y debe ser, considerando aquí que el ser y el deber ser forman parte del mismo plano, en un punto en el que no solo no pueden separarse, sino que no pueden diferenciarse conceptualmente. El ser es esencia (naturaleza) y permanencia (estabilidad social e histórica) y todo lo que es debe ser y seguir siendo. Así de fácil. Cosas del Derecho Natural y de lo que se ha venido llamando “falacia naturalista”. No es esta una cuestión en la que me vaya a detener ahora (aunque le he dedicado largas horas de mi vida), pero sí es importante señalar que el antifeminismo (como la mayor parte de lo que la extrema derecha plantea) se mueve en ese marco naturalista y preilustrado.

Evidentemente, de aquí se deriva, de momento, la negación de la “libertad” vinculada al “deseo”, al “querer”, entendida como “libertinaje”, pero no solo. Se niega también la “libertad” entendida como “autodeterminación”, esto es, como un proceso de emancipación del mundo de la “necesidad”. Las necesidades, aunque son sentidas individualmente, son siempre construcciones sociales e históricas, sin duda, pero eso no significa que sean frutos aleatorios de la historia ni tampoco productos de la manipulación que de ella se haga desde el poder. Para la extrema derecha, el feminismo es una forma de dominación que crea (inventa) necesidades donde no las hay. O sea, que el feminismo es tan alienante como el machismo y somete también a las mujeres: las desaliena de la familia para alienarlas al mercado, generándoles problemas de identidad, desarraigo, soledad e infelicidad.

Esto es, las opciones sexuales no pueden elegirse (como suponía Foucault) y el binarismo es obligado. El binarismo no es solo que las mujeres y los hombres, son, con mayúsculas, distintos, sino que los segundos dominan, han dominado y dominarán siempre sobre las primeras, en todos los órdenes de la vida, excepto en el hogar, donde a las mujeres se les otorga un rol social y políticamente relevante. “Ser” madre y esposa es lo único que ellas pueden ser y jugar ese papel es lo que las hace verdaderamente libres, porque ese es el único rol en el que están desalienadas, en el que pueden liderar como “mujeres”, independientemente de los varones. Cualquier otra alternativa, es una renuncia a su libertad natural y no es, por tanto, emancipación sino mercantilización; sujeción al reino masculino, insatisfacción (dado que el ser no se consuma) y sometimiento al reino de las necesidades creadas socialmente por el poder. De manera que cuando el feminismo anima a las mujeres a salir al mercado, lo que hace, en realidad, es esclavizarlas. El patriarcado no está donde las feministas creen que está sino en otro lugar; justo en el lugar al que ellas se dirigen.

La igualdad entre hombres y mujeres no solo no es posible, sino que no es deseable, como sucede también por lo que hace a las diferentes clases sociales o nacionales. La extrema derecha es clasista y xenófoba pero no únicamente por aporofobia o xenofobia, sino porque se asume que la desigualdad es un dato y que siempre ha habido y habrá seres “superiores”, llamados por naturaleza, a dirigir al rebaño. Y estos líderes naturales son los hombres, los ricos y los nacionales. ¿Por qué? Porque la historia demuestra que son los que mejor lo han hecho. Su éxito social ratifica sus méritos, sus méritos ratifican sus virtudes, y sus virtudes confirman sus capacidades naturales. En el fondo de este argumento, late una concesión, sin paliativos, a las sociedades meritocráticas basadas, eso sí, no al estilo “liberal”, en los éxitos empresariales-mercantiles, sino al estilo “conservador”, en el mantenimiento impertérrito de las esencias naturales (de lo que es y debe ser porque siempre ha sido). Las feministas podrán vociferar lo que quieran, pero están de paso, como está de paso el marxismo o el multiculturalismo. Nada ni nadie logrará cambiar el destino que la rueda depredadora de la historia ha escrito para las mujeres, los pobres y los extranjeros.

Parte III

Si asumimos que un antídoto es la sustancia que contrarresta los efectos nocivos de otra, cabe preguntarse si el feminismo “liberal” o el llamado “feminismo de la igualdad” puede presentarse, por sí mismo, como un antídoto frente a la extrema derecha. No tengo intención de analizar sus presupuestos, ni tampoco de criticarlos, sino de plantear en qué medida puede presentarse como una alternativa efectiva frente a estas posiciones.

Este feminismo niega la diferencia sexual por ser fuente de discriminaciones y suele distinguirse del “feminismo de la diferencia”, que reconoce un valor positivo a la diferencia sexual entendida como una realidad histórica que se apoya en la experiencia de las mujeres (no en su esencia, ojo). Evidentemente, esta es una aproximación muy simplificada. Conozco bien su complejidad y sé que hay diferentes escuelas y corrientes (a veces, casi tantas como autoras y militantes) pero mi objetivo aquí, insisto, es apuntar qué feminismo es más “eficiente” en la lucha contra la extrema derecha y me parece que hay unas pocas cosas claras.

No puede combatirse a la extrema derecha identificando mercantilización con emancipación, esto es, con un feminismo “empresarial” clasista y elitista, para el que la igualdad de oportunidades se traduzca en equiparar a hombres y mujeres en la dominación. Esta posición no nos sirve porque confirma parcialmente lo que la extrema derecha quiere confirmar: el feminismo arrastra a las mujeres al reino de la sumisión y la necesidad porque las desaliena de su lugar “natural”, el de la familia (buena y justa por definición), para alienarlas al mercado. Ya sé que la familia no es un lugar “natural”, ni siquiera, necesariamente, amable, para el feminismo “liberal” (aunque en ocasiones se ha asumido acríticamente), pero estas posiciones sí refuerzan la segunda parte del axioma y eso las inhabilita para contrarrestar eficientemente a la extrema derecha.

En primer lugar, porque lógica mercatoria es la lógica capitalista de la acumulación que ha puesto en crisis la vida tal como la conocemos. Como ha dicho en varias ocasiones Amaia Pérez Orozco, la lógica mercatoria y la lógica de la vida son irreconciliables y solo parecen compatibles cuando se esconde la tensión que late entre ellas a fin de relegar la vida al terreno de lo invisible. Cuando la vida se invisibiliza, se invisibilizan los cuidados y se oculta a las mujeres, que son las que se ocupan de ellos. Si este proceso tiene éxito es porque son ellas las que absorben la tensión que el capitalismo ha creado entre lo productivo y lo reproductivo, y el feminismo liberal acaba reforzando este marco.

En segundo lugar, porque la división público-privado que defiende este feminismo de la igualdad, o como lo que queramos llamar (ahora esto es irrelevante), es la que facilita que se reconozcan derechos solo a quienes ocupan un espacio público atravesado por la racionalidad del mercado. La rígida división público-privado presupone la inferiorización de lo privado en la medida en la que al mundo de los derechos se accede únicamente desde el espacio público; desde una ciudadanía que no puede desligarse del locus productivo, el “trabajo” y el consumo.

El problema es que no debería tratarse solo de impulsar el acceso de las mujeres al mercado (casi siempre, como mano de obra barata y flexible) y promover un cambio de valores que reconozca a las “trabajadoras” como ciudadanas, subalternizando, colateralmente, a las que “no trabajan”. Si queremos combatir a la extrema derecha no podemos reducirnos al feminismo del 1%, lobbista, empresarial e institucional, para mujeres ricas con voluntad de liderar. Hay que romper los techos de cristal, sin duda, pero ni este objetivo puede ser el único, ni resulta especialmente útil para contrarrestar el antifeminismo de la extrema derecha. El nuestro no puede ser el feminismo de la falsa meritocracia, una revolución que solo cambia, relativamente, la vida de las pocas mujeres que cumplen los requisitos formales que el patriarcado exige para formar parte de una élite. Y digo “relativamente” porque la libertad no empieza y termina con la firma un contrato sobre cuyas condiciones no se tiene ningún control.

En tercer lugar, la dicotomía autonomía-dependencia organizada sobre el eje de los ingresos monetarios y la propiedad privada, en la que también se apoya el feminismo liberal, impide el reconocimiento de la interdependencia social y deprecia/desprecia la red de cuidados que ya existe y que sostienen las mujeres. Con esta dicotomía, no solo se hace un flaco favor a las mujeres, sino que se fortalece, una vez más, el marco conceptual en el que se apoya la extrema derecha.

En cuarto lugar, no podemos abonarnos a un feminismo que individualiza los problemas estructurales y acaba debilitando el énfasis en la coerción social a la que las mujeres estamos sometidas. Cuando lo único que se busca, por ejemplo, es criminalizar y castigar a un agresor concreto, la referencia deja de ser la mujer “como clase” y pasa a ser, simplemente, el “yo”, la mujer “como víctima”. Cuando solo se nos protege mediante el uso de sanciones, se nos fragmenta, se nos despolitiza, y se nos deja sin protección como grupo.

Un proyecto legal desligado de un programa político-económico redistributivo, de una agenda social más amplia en torno a las violencias, y centrado únicamente en la justicia penal, tiene un alcance muy limitado, confirma el statu quo y alimenta las dinámicas utilitaristas del sistema. Dinámicas que pueden llevar a castigos espectaculares para los agresores señalados mediáticamente, represalias individualizadas de enorme calado para disuadir a terceros, pero que resultan inútiles, una vez eliminadas unas cuantas manzanas podridas.

No olvidemos que el punitivismo es un acicate para una extrema derecha sanguinaria que clama en favor de la cadena perpetua y la prisión permanente revisable frente a violadores extranjeros.

Vaya, es cierto que, frente a un Derecho patriarcal, la protección de las mujeres requiere de un trato especial, pero ese trato no puede reducirse a una criminalización más vasta. Se requiere de un plan social y exige, además, un sistema penal y penitenciario que incorpore, sin reservas, políticas preventivas.

El Derecho es una extraña combinación de persuasión, burocracia y violencia, pero para funcionar, para generar orden, seguridad y justicia, esa combinación ha de ser equilibrada. No sirve de nada castigar si no se entiende el sentido del castigo. Si la violencia machista es un problema estructural, su abordaje no puede concentrarse únicamente en la figura del delincuente, ni en la de la víctima. No digo que no haya que castigar, digo que el castigo ha de aplicarse considerando que el delito no es el fruto de una patología individual (que también puede existir) sino de una red de relaciones profundamente patriarcales, y esa es la red que se tiene que erradicar[5]. Negar, ocultar o minimizar los problemas estructurales facilita la criminalización y la persecución focalizada que alienta la extrema derecha.

Parte IV

Decía, al principio, que la extrema derecha se anclaba en la experiencia de desarraigo, desintegración social y violencia institucionalizada que han sufrido las mayorías sociales, especialmente, en estos años, y que ha vehiculado la rabia y el resentimiento de quienes se han considerados perdedores, así como el terror de los que tenían algo que perder. Frente a la soledad y el miedo, ha ofrecido la restauración de un mundo perdido; un mundo común y compartido que no mira al futuro sino al pasado, al reino de la naturaleza hoy subvertido y adulterado. Se ha perdido el equilibrio y la armonía que nos ofrecía el orden natural, que es el orden moral y la fuente de nuestra felicidad, y la extrema derecha debe restaurarlo. Esta épica militante tiene que ver con esa lucha y puede desembocar en una violenta batalla en la que el fin justifique los medios, en la que se cuente con un ejército, se asuman víctimas necesarias y se designe a los próceres cuya misión heroica sea corregir los desvíos depravados de la historia.

Pues bien, si es esto es así, parece claro que solo el feminismo de la diferencia, ajustado y corregido, está en condiciones de amortiguar el impacto de la extrema derecha puede tener sobre la vida de las mujeres, contrarrestar su propaganda y articular una resistencia efectiva. Ajustado y corregido porque es en su versión relacional en la que puede tener más recorrido. Me explico.

La marea feminista de los últimos tiempos ha asumido el diagnóstico que acabo de describir, pero, a diferencia de la extrema derecha, ha logrado canalizar la rabia y el miedo hacia una contestación de signo radicalmente opuesto. El feminismo relacional se mueve con el mismo material humano, pero apelando a una semántica de la experiencia completamente diferente porque la misma conciencia de vulnerabilidad y dependencia que ha dado lugar a la extrema derecha, ha encontrado aquí un tejido bien trabado para derribar sus fronteras.

Uno. Este feminismo relacional asume la racionalidad del miedo frente a la soledad, la fragmentación y el vacío al que nos han arrastrado las políticas neoliberales. Asume las violencias sistémicas que sufrimos las mujeres. Asume la necesidad de redes y vínculos comunitarios; la misma necesidad a la que dan respuesta las iglesias, los nacionalismos excluyentes y el conservadurismo político. De hecho, parte de la vulnerabilidad y la dependencia como condición estructural de lo que significa ser humano, pero no es ni puede ser conservador. No asume la desigualdad como dato, ni la superioridad de unos sobre otros, porque el éxito de los varones, los ricos y los nacionales, no confirma sus capacidades, sino que es una prueba de su egoísmo y su codicia. Reivindica un imaginario de lo común que pone en valor la revolución de los cuidados y los afectos, pero no se centra en la familia patriarcal porque no entiende el cuidado como un destino fatal derivado de la biología o la maternidad (real o potencial).

Dos. Dado que la violencia sistémica y la escasez de recursos es fruto de la codicia de los propietarios, los ricos y los especuladores, este feminismo se opone a los procesos de desposesión, las privatizaciones y el nuevorriquismo que la extrema derecha alienta. Se articula también desde un imaginario de lo común, aunque lo hace en la consciencia de que el sostenimiento de la vida y la supervivencia de las mujeres depende de bienes comunes/públicos y de las prácticas relacionales que favorecen su gestión compartida, equitativa y sostenible.

Tres. Se asume que hay buenas razones para tener miedo, pero no al pobre, sino a la pobreza, no al extranjero, sino al exilio, no a los migrantes, sino a la precariedad y a la intemperie. O sea, que es a los pocos ricos opulentos y no a los muchos desarrapados a los que tenemos buenas razones para temer. Precisamente porque teme a los pocos y no a los muchos, a las élites y las minorías excluyentes, este feminismo resiste la captura securitaria de nuestra vulnerabilidad que representa el Estado policial, el militarismo, el racismo institucional y el colonialismo; las reacciones punitivistas del poder que la extrema derecha activa frente a las emergencias que ella misma crea y/o amplifica.

Cuatro. Y por esta misma razón, el refugio de las feministas no puede ser esa abstracta y fantasiosa comunidad nacional cerrada, excluyente y expulsiva que dibuja el patriotismo de banderas, sino las vivencias cotidianas de interacción, las relaciones afectivas y los vínculos que las mujeres cultivan. Los “bienes” relacionales que necesitamos para vivir y sobrevivir al desamparo.

Lo importante aquí no es lo que hemos sido, ni tampoco la narración épico-narrativa de lo que somos, sino lo que queremos ser en común; lo que hacemos y queremos hacer con quienes compartimos un espacio vital concreto. Es decir, que la pertenencia a una comunidad política, en esta versión feminista, viene determinada por la actividad y la experiencia compartida. Por eso es siempre más integrador el expediente de la vecindad que el de la ciudadanía. Lo importante es lo “bueno” que hay entre nosotros, las redes de cuidados que, parafraseando a Marina Garcés, no pueden visualizarse desde una mirada focalizada (lo concreto-particular) ni panorámica (lo abstracto-universal), sino desde el ojo “implicado”, libremente vinculado. De todo esto se deduce la relevancia de la vivencia, el testimonio y la épica cotidiana.

En la comunidad feminista el eje central no son los intereses personales, las robustas voluntades individuales, ni los deseos de unos pocos, sino las necesidades insatisfechas y de cuidado que tienen los muchos. De manera que, frente al narcisismo, el utilitarismo y la competitividad que solo favorece a las élites, se alza la cultura de la responsabilidad, el hacerse cargo y el cuidado. Se trata de plantear los derechos propios en el marco de una “ética del cuidado” que conceda un valor político a los bienes relacionales y los vínculos, y que reconozca las deudas de vínculo que hemos contraído con quienes nos han cuidado, nos cuidan y nos cuidarán. Unas deudas que se proyectan hacia el pasado y hacia el futuro, y que superan, con creces, la visión lineal del tiempo.

Por eso aquí es importante la justicia generacional: lo que le debemos a quienes han vivido antes, el deber de memoria, y lo que debemos a quienes vendrán después. Puede reformularse la familia y la nación sin desvincularse ni alienarse a la lógica mercatoria.

Cinco. El feminismo relacional es anticapitalista y antiproductivista. El capitalismo se apoya en la obtención del máximo beneficio posible en el menor tiempo y con el menor coste posible; crecer de forma indefinida externalizando los costes para que sean otros los que paguen las deudas (la deuda ecológica – deuda de carbono, biopiratería, pasivos ambientales y exportación de residuos – y la deuda del trabajo en condiciones de explotación). La intención es apropiarse y reapropiarse de lo común bajo el paraguas de una propiedad privada sacralizada e intocable, que deja a los más vulnerables, y a las mujeres en particular, apriorísticamente, al margen del sistema.

Si la propiedad privada no es política, sino prepolítica; si tiene un valor moral, y no instrumental, no hay ninguna razón para hablar de su función social y su utilidad pública. No es un instrumento para satisfacer necesidades básicas, sino un objetivo en sí mismo, y puede ser estrictamente especulativa.

Las mujeres tienen que alinearse con las políticas de lo común que se orientan a la redistribución de la riqueza y que defienden la prioridad del derecho a la subsistencia sobre el derecho a la propiedad, asumiendo que el segundo ha de protegerse solo cuando se orienta a la satisfacción del primero. Garantizar la subsistencia y los bienes comunes exige limitar los bienes privados (propiedad privada) y requiere también de la existencia de bienes públicos (evitar tanto la dominación horizontal y vertical).

Las políticas privatizadoras y extractivistas de la extrema derecha son el epítome del clasismo y el supremacismo, y se explican, una vez más, y entre otras cosas, a partir de la superioridad natural e histórica de unos sobre otros. La dominación de unos sobre otros y el dominio total sobre la naturaleza.

El feminismo relacional, en cambio, asume la ecodependencia, la dependencia que tenemos de la naturaleza para sostener la vida y la relevancia del dolor para articular responsabilidades con los animales no humanos. La civilización no es subyugación y sumisión, y la cultura de la responsabilidad tiene que extenderse también a la esfera no humana.

Parte V

En definitiva, contra quienes mitifican la libertad contra los otros, la autoestima soberbia del yo, la autoconsciencia, el auto-reconocimiento, la inmunidad y la autosuficiencia, el feminismo relacional plantea el contagio, el contacto, el reconocimiento del otro y la construcción del tú. Somos el resultado de nuestras sinergias relacionales, en permanente estado de regeneración, reflexión, revisión y diálogo.

Frente a la política de los muros y el aislamiento grupal que fomenta la extrema derecha, el feminismo relacional alza la vivencia, la experiencia compartida y la política continua de los cuerpos[6].

El cuerpo como campo de batalla, objeto de violencias machistas (física, sexual, emocional y económica), feminicidios y violencia institucional. Una violencia que se ha incrementado cuando el poder jerárquico de la masculinidad se ha visto amenazado.

El cuerpo como fuente de subjetividad. “Mi cuerpo es mío” es un grito contra el sistema que discrimina y oprime a las mujeres, y quiere decir “mi cuerpo soy yo”, no soy disociable de mi cuerpo, porque hay una relación entre el cuerpo y el yo que no puede entenderse en la clave patrimonialista del individualismo posesivo.

El cuerpo como objeto de cuidados que apela al deber de cuidar (deber público de civilidad) y al derecho a cuidar y ser cuidados. La interdependencia pone de manifiesto la relevancia de las mujeres, la conexión entre el sistema productivo y el reproductivo, el trabajo remunerado y no remunerado, y la necesidad, en definitiva, de redefinir lo que entendemos por “trabajo”. Subraya también la relevancia de las abuelas y las mujeres migrantes: el trasvase de cuidados de unas generaciones a otras, que supera las fronteras del tiempo, y la cadena global de cuidados, que supera las del espacio, porque no tiene ni nacionalidad ni Estado. En ese juego de manos femeninas, ni hay varones ni hay instituciones.

Finalmente, el cuerpo necesitado, dependiente del ecosistema y los recursos naturales que el productivismo y el consumismo depreda y desmantela. La ecodependencia nos recuerda que el colapso civilizatorio al que estamos asistiendo es también el colapso de los valores masculinos asociados al egoísmo, el individualismo, el narcisismo, el progreso lineal y el crecimiento infinito, a los que nuestra civilización responde.

La extrema derecha maneja un imaginario de lo común reaccionario y excluyente que consiste en regresar a los enclaves seguros del pasado: la familia, la iglesia, la clase, el Estado, la nación y la propiedad privada. El feminismo relacional apela a una comunidad de cuidados mucho más amplia e inclusiva, revirtiendo el uso que el poder ha hecho de esas instituciones e incorporando la corporalidad sintiente a la lógica abstracta de la normatividad.


[1]http://www.rebelion.org/noticia.php?id=248169

[2]https://www.dw.com/es/cunde-la-alarma-ante-la-posibilidad-del-fin-del-orden-patriarcal-dijo-rita-segato-a-dw/a-56809492

[3]https://www.bing.com/search?FORM=XKSBDF&PC=XK01&q=La+Europa+de+las+mujeres+frente+al+lobby+anti-elecci%C3%B3n

[4]https://www.elsaltodiario.com/opinion/el-rayo-que-no-cesa

[5]http://lapenultima.info/articulos/feminismo-antipunitivista-de-por-que-el-incremento-de-las-penas-no-es-la-solucion/

[6]https://ctxt.es/es/20190306/Firmas/24814/Maria-Eugenia-Rodriguez-Palop-extracto-revolucion-feminista-y-politicas-de-lo-comun-extrema-derecha.htm

 

 

Conversación con Justyną Tomczak-Boczko

Actriz, profesora de idiomas y de español y traductora, Justyna Tomczak-Boczko, autora del monólogo “Toda la vida con un chándal puesto” que habla de su vida con un niño discapacitado. En la actualidad está preparando el doctorado en Lingüística en la Universidad Adam Mickiewicz en la ciudad de Poznan, donde reside. Habla un español perfecto y hoy nos ha permitido conversar con ella para hablar de las recientes movilizaciones feministas y de la situación de las mujeres en Polonia.

EC: En primer lugar, muchas gracias por permitirnos esta conversación. La primera pregunta es casi obligada ¿De dónde le viene su interés por el español?

J T-B: Empezó en mi adolescencia con algunas lecturas. Luego estuve en España, pero sobre todo me apasiona México donde también viví y trabajé en el teatro.

EC: Es usted actriz, profesora y fundó el Teatro Y.

J T-B: Sí pero eso fue antes. Ahora estoy dedicada a mis hijos. Cuando me preguntan quién soy lo primero que digo es que soy madre porque ser madre es mi vida. Soy madre de un niño que tiene ahora 9 años y padece una grave discapacidad, tiene parálisis cerebral. Eso me ocupa casi todo el tiempo, solo puedo hacer cosas cuando él está en la escuela. No puedo concentrarme, toda mi atención es para él. Además tengo una hija de 13 años, que participa también en las protestas feministas (nos dice con una amplia sonrisa).

Cuando nació mi hijo mi vida cambió totalmente, ni siquiera duermes tal como querías. Por eso me involucré más en las luchas. Ahí empezó mi compromiso. Porque el PiS, me gusta cómo suena en español [dice entre risas. PiS es el  acrónimo de las siglas en polaco del Partido que está en el Gobierno, Prawo i Sprawiedliwość], me hizo ver la importancia de cómo influyen las medidas políticas en nuestras vidas. Antes sí que hacía cosas, pero con este Gobierno, además de todas las cosas con las que no estaba de acuerdo, me uní a las protestas en el Parlamento de padres y madres de hijos discapacitados. Los trataron muy mal en el Parlamento. El PiS decía que esta gente apesta, sus diputados decían en las entrevistas que son una epidemia. Me encambroné mucho y organicé por Facebook las protestas en Poznan, cada domingo. La respuesta fue muy grande. Una buena consecuencia fue que los medios de comunicación empezaron a hablar también de las personas discapacitadas.

El PiS sigue sin proporcionar ninguna ayuda, no ha cambiado su política. Pero una de estas mujeres que protestaba con nosotras es ahora diputada, Iwona Hartwich, y está haciendo muchas cosas en el Parlamento. Ella no es del PiS, desde luego.

EC: En noviembre hubo multitudinarias manifestaciones de mujeres que se han repetido ahora. Denunciaban entonces un proyecto de ley que en la práctica suponía la prohibición del aborto y que ahora ya es ley vigente. La ley polaca permitía abortar en tres supuestos: por malformación del feto, si la vida de la madre corre peligro o en caso de violación. Pero un grupo de 119 diputados, encabezados por el partido Ley y Justicia (PiS), presentó en 2019 una demanda ante el Tribunal Constitucional cuya sentencia se ha conocido ahora. Solo se puede interrumpir el embarazo si es producto de una violación o incesto y cuando la vida de la madre corra peligro. Se ha eliminado el supuesto de la malformación del feto. ¿Cómo están viviendo esta situación?

J T-B: La indignación es muy grande y las mujeres nos estamos movilizando. Con esta Ley ya no se permite el aborto en casos de malformaciones, ni siquiera cuando son tan graves que las posibilidades de que el bebé muera después de nacer son del 100%. Esta limitación afecta a más del 90% de los abortos que se realizan en Polonia. Yo como lingüista presto mucha atención al lenguaje. Y ahora, por ejemplo, hablan del aborto eugenésico. Y desde los años noventa tenemos una construcción lingüista para no hablar de feto: “la vida engendrada”. Es una propaganda que tiene muchos años. No se habla con términos científicos sino ideológicos, religiosos.

A mí en Facebook me acusan de querer matar a mi hijo: “así que tú quieres matar a tu hijo”. Es terrible.

La sentencia del Tribunal Constitucional dice que el aborto eugenésico no está conforme a la Constitución que establece “el derecho a la vida”.

EC: Las manifestaciones también han puesto en duda la independencia del Tribunal Constitucional. ¿Hay independencia judicial?

J T-B: No hay independencia judicial y hubo muchos fallos jurídicos en la constitución del Tribunal Constitucional. Por ejemplo, se eligió a los nuevos miembros cuando los que estaban aún no habían terminado su mandato. Por eso también mucha gente protestó en la calle. Elegían a los suyos. Promulgaron una ley para jubilar a los jueces a los 65 años y a las mujeres a los 60. Porque querían quitar a la jueza del Tribunal Supremo Malgorzata Gersdorf. Usaban trucos para poner a  los suyos y controlar políticamente este órgano.

Para cambiar la Constitución necesitan una mayoría parlamentaria que no tienen. Da miedo pensar lo que pueden hacer si tuvieran mayoría.

EC: Polonia ha sido tradicionalmente un país católico, con una gran influencia de la Iglesia Católica ¿contribuye esto a la política actual del Gobierno de Polonia respecto a las mujeres y a las personas LGTBI+?

J T-B: La situación de las personas no-heteronormativas ha empeorado muchísimo en los últimos años. Y en gran medida se ha debido a los ataques de los obispos. En una misa un arzobispo dijo en el sermón que antes teníamos la epidemia de los bolcheviques y ahora tenemos la de los arcoíris. Y de esta forma, mucha gente que se identifica con esta idea se sintió con derecho, no a criticar que eso está bien, sino a ofender, a humillar. Es una guerra. La Iglesia Católica y los políticos del PiS apoyaron a este arzobispo.

Uno de estos políticos llegó a decir que no son personas normales, que no tienen derechos humanos. Y después de decir esto lo nombraron ministro de Educación. Hubo muchas protestas de estudiantes y académicos en contra de este ministro. Recientemente ha declarado que el primer objetivo después de la pandemia será combatir la obesidad en los niños, y sobre todo de las niñas. El PiS no ha permitido dar fondos para la psiquiatría  infantil. Niños que incluso han intentado suicidarse están en los pasillos de los hospitales porque no hay habitaciones para ellos. Rechazaron una ley según la cual se destinarían 80 millones para los departamentos psiquiátricos para los niños o niñas, pero habla de combatirla obesidad, sobre todo de las niñas.

Volviendo a las personas no heteronormativas, en el sur y el este de Polonia se llegó incluso a establecer zonas libres de LGBTI. Fueron decisiones de las Juntas que gobiernan las ciudades de esa zona. La Unión Europea empezó a cortar la financiación de estos municipios pero el PiS comenzó a proporcionales más dinero, a darles todo el apoyo.

Las personas mayores, mas influidas por la religión, pegaron incluso a personas del arcoíris, a chicos que llevaban el pelo teñido o atuendos que no les gustaban. Dos niñas también fueron agredidas en mi ciudad que es una de las más liberales. Creció mucho la agresividad. Estamos viviendo en dos mundos.

EC: ¿Cómo han sido las movilizaciones de las mujeres en Polonia, qué movimientos existen? ¿Pueden desarrollar libremente su actividad?

J T-B: “Huelga de mujeres” es una organización que ha crecido mucho. Empezó a funcionar en 2016 cuando hubo la primera ola de las protestas de las mujeres. Fue cuando entró en el Parlamento una propuesta de ley para prohibir totalmente el aborto. Ha sido la única vez que el PiS tuvo que abandonar un proyecto de ley. Las ciudades estuvieron bloqueadas por miles y miles de mujeres. Lo llamamos el “Viernes negro” porque era viernes y todo el mundo iba con paraguas, que aquí son generalmente negros. Era una multitud enorme.

El primer día después de la sentencia del TC ha habido 410 protestas en 410 ciudades en toda Polonia. Movilizaciones con mucha constancia, cada semana una, siempre en sitios públicos, con debates, etc.  Así se empezó a ser visibles en los pueblos. Y así ha ido creciendo este movimiento. En mi pueblo natal, por ejemplo, que tiene 8.000 habitantes se manifestaron 1.000 personas en contra de la sentencia del Tribunal Constitucional.

Hubo algunas mujeres mayores que se pusieron delante de las iglesias para defenderlas porque se habían creído las calumnias del PiS, que decía que las mujeres queríamos destruir las iglesias. Pero el movimiento ha sido muy importante.

Todavía no tengo información sobre lo que se hará el 8M. Estamos en medio de la pandemia pero el movimiento de las mujeres ha crecido mucho. Y ahora la sentencia del Tribunal Constitucional ya es firme y está publicada. Es una Ley. Seguro que habrá protestas importantes.

Con la pandemia la gente lleva mascarillas pero es muy difícil mantener la distancia. En los pueblos se hacen círculos en el suelo para que haya solo una persona en cada uno y así se pueda mantener la distancia debida. Pero en las grandes ciudades es muy difícil hacerlo.

Además, la policía lo que hace es rodear a la gente y sacar una por una a cada persona y las van identificando. En Varsovia es más agresiva, se porta de forma mucho más brutal. Hace pocas semanas le rompió el brazo a una adolescente, tuvieron que operarla. Un niño de 14 años fue detenido en su casa porque había publicado en FB la protesta de su pueblo. Los policías dicen que hacen su trabajo y no pasa nada. Hay muchos testimonios también de su brutalidad. A las personas detenidas las llevan a comisarías que están muy lejanas para que no puedan llegar los abogados. Así pasan 12 horas sin tener contacto con sus abogados o familiares. Son represalias psíquicas muy fuertes.

Hace poco la abuela Katarzyna Augustyniak, conocida como la abuela Kasia, activista mayor y enferma, la llevaron entre cinco policías a una comisaría, la desnudaron, no le dieron agua para que tomara sus medicinas, que necesita porque es diabética.

Pero las mujeres nos hemos organizado muy bien. Hay una organización feminista Kolektyw Szpila que organiza el apoyo de abogados por si hay detenciones, con números de teléfono a los que llamar. También hay una Red de aborto que pasa información para ayudar a mujeres que tienen que desplazarse a Holanda u otros países. Hay muchas mujeres que tenían ya acordado el borto por malformaciones y de un día para otro los médicos ya no pueden practicarlos.

Es muy bonito ver cómo las mujeres podemos organizarnos.

EC: ¿Hay solidaridad entre las mujeres y las personas que tienen otra orientación sexual, transexuales…?

J T-B: Sí, es la primera vez que han salido a la calle los adolescentes y estudiantes. El 80 y 90% de las protestas en Poznan eran de jóvenes.

Son muy creativos, se ven símbolos como las banderas arcoíris. Y se unen a la lucha de las mujeres porque saben que tenemos que apoyarnos.  Eso ha hecho que las protestas de este año son distintas a las de otros años.

Inventaron un lema, algo así como “Que les follen a los PiS”,  y se ponen estrellas en todas partes. Todo el mundo sabe que eso significa “que le follen al PIS”. Tiene ingenio y también mucho humor. Esto es muy importante. Muy importante para el futuro.

EC: ¿Cree que pueden encontrar apoyo en la Unión Europea para que el Gobierno de Polonia respete los derechos de las mujeres, los derechos humanos?

J T-B: Tengo esperanza pero soy pesimista. No sé si tenemos fuerza suficiente para cambiar las políticas del gobierno actual. Nuestros gobernantes lo único que quieren es mantenerse en el poder, ganar las próximas elecciones. Polonia está muy dividida en cuanto a los votos, el PiS tiene en algunos pueblos del este y del sur hasta el 80% de apoyo.

Las únicas medidas que podrían influirles algo son las financieras. Pero por ahora no tengo claro que se vaya a hacer.

EC: Ha sido muy interesante. Muchas gracias por habernos dedicado su tiempo.

NOTA: Agradecemos a Justyna que nos haya autorizado a reproducir fotografías de su archivo personal.

Exposición de fotografías de Carmen Ochoa Bravo

Según el barómetro sobre “Hábitos de lectura y compra de libros en España durante 2019”, realizado por la Federación de Gremios de Editores de España y el Ministerio de Cultura, las mujeres en España leen más que los hombres, exactamente el 69,3% de las mujeres leen libros en su tiempo libre, mientras que el porcentaje de los hombres es del 56%. Datos similares ofrecen estadísticas realizadas en otros países del mundo occidental. Y además, según estos estudios, muchas lo hacen cuando encuentran un rato libre, en la calle, en un parque… Esto es precisamente lo que ha recogido Carmen Ochoa Bravo, en su exposición de fotografías “Mujeres leyendo”, recién inaugurada en el Centro de Arte Moderno de Madrid.

«Comencé esta serie de imágenes por casualidad, hace años, en París. Paseando por Le Marais, en un pequeño jardín, dos mujeres sentadas cada una en un banco leían apaciblemente un libro con el frescor que una tarde de agosto podía ofrecer. Al cabo de más de una hora pasé de nuevo por el mismo sitio. Allí seguían. Casi en la misma postura. Imagen de sí mismas».

Les Marais (París) – Esta es la primera imagen, hecha en 2015, en París, que surgió de una forma imprevista, según afirma la fotógrafa.

«Y comencé a fijarme. Cuando llega la primavera surgen como la vida. En las plazas, los parques, los cafés, frente a la montaña, al mar, al lago o al canal. En distintos países.

Son mujeres que bajan de sus casas, se sientan cómodamente y leen durante mucho tiempo. Concentradas, solas, absortas, libres de ataduras. Protagonistas de sus vidas. Se convierten en el centro del espacio, en las salvadoras de la palabra y del pensamiento. En el eje alrededor del que gira el mundo».

Garavito (Tenerife)

«Ya las busco en mis viajes y en mis paseos. A mí también me gusta leer sola, al aire, concentrada, desapareciendo entre las líneas, aislada pero rodeada de la vida«.

«Compañeras del alma, compañeras», dice el texto con el que comienza esta exposición.

La paz y el sosiego que contagian estas mujeres leyendo en la calle le llevaron a Carmen a tener su cámara siempre a punto realizar más fotografías en distintas partes del mundo.

Lago Lemán (Suiza)

Y más adelante se convirtió para ella en algo similar a una obsesión. “¿Por qué tantas mujeres leen en la calle? ¿Por qué no hay casi hombres? No es que aprovechen el tiempo del transporte para leer, no. Eso es muy común, sobre todo, en el metro. Ellas bajan de sus casas a leer. A leer tranquilas, concentradas. Sin que nadie, ni nada cotidiano las distraiga.

Tan concentradas que es fácil tomar la imagen desde muchos puntos de vista, escogiendo el ángulo perfecto, la luz perfecta. Ellas siguen absortas. No se dan cuenta. Esa es la razón. La necesidad de la habitación propia. Del espacio personal”.

Bryant Park (Nueva York)

“Aquí están estas imágenes, con mucha similitud en la perspectiva, con una luz suave en su mayoría, formando parte del paisaje. Buscarlas es para mí ya imparable. Y el placer que me produce encontrarlas, enorme”, concluye.

Carmen Ochoa Bravo

Nacida en Almería, es madrileña de adopción. Licenciada en Literatura Hispánica. Interesada en la fotografía desde 1980, se forma en diferentes escuelas de Madrid y ha sido profesora de fotografía en Enseñanza Media y en Ciclos profesionales. Asiste a talleres fotográficos en el Círculo de Bellas Artes destacando los realizados con Santiago Momeñe y Jana Leo. Publica fotografías en diferentes revistas y diseña portadas de libros. Responsable de la sección Miradas de la revista Viento Sur durante muchos años, pertenece en la actualidad a su Consejo Asesor y también al Consejo Asesor de la revista de Estética y Arte Contemporáneo CBN. Realiza portadas en la revista Asparkía, y en la colección de poesía de la Editorial Bartleby.

  • Coordinadora, tutora y autora del curso a distancia La exposición: Diseño y montaje del Aula Mentor (MECD).
  • Comisaria de la exposición de pintura y fotografía Pretérito Imperfecto en 2007 en la Universidad Jaume I de Castello de la Plana.
  • Coordinadora del trabajo Años de pobreza contados por nuestros abuelos y abuelas y de sus exposiciones en diferentes espacios y ciudades.

Patti Smith compartió en su cuenta de Instagram que la serie Queen’sGambit/Gambito de Dama (Netflix) le estaba robando el sueño. Buena señal. La historia ‘de niña a mujer’ de una ajedrecista podría no estar llamada a conseguir demasiados/as fans, pero si añadimos que esa niña se sobrepone a un destino trágico explorando su extraordinaria capacidad intelectual, la cosa cambia. Pese a estos ingredientes Gambito de Dama no es una historia de superación al uso y tampoco veremos victimismos aunque la protagonista se mueva en campeonatos cien por cien masculinos (en los años sesenta, y al parecer el panorama no es muy distinto en la actualidad). Al hilo de esto, en este tiempo de televisión colmada de talents shows infantiles se puede hacer una lectura sobre el binomio infancia-prodigio y el consiguiente riesgo de vivir en una burbuja adulta. 

La protagonista, Beth Harmon (Anya Taylor-Joy), nos arrastra a su insomnio, la acompañamos en sus partidas oníricas. Plausible por cierto la reflexión sobre la normalización del consumo de drogas legales e ilegales por parte de menores (viva Queen’s Gambit y viva Euphoria). A nivel formal la serie destaca en cuanto a fotografía y escenografía, la recreación de los años sesenta es comedida pero muy efectiva. Perfecta para nostálgicos/as de MadMen, algunos/as de los que por cierto no hicieron ascos al ver a Don Drapper borracho durante siete temporadas pero sí critican que Beth Harmon exorcice sus demonios con alcohol. También se critican las heroínas cool y solitarias vendiendo feminismo en productos estilizados, cierto es, como también lo es que se trata de una serie de Netflix llamada a conseguir audiencias millonarias. Más de una experiencia singular se cuenta entre los hitos feministas (Ada Lovelace, Marie Curie…)

¿Qué hay de malo en ver la ruptura de techos de cristal y barreras machistas sin militancias ni siglas detrás? Lo importante es que el cuidado envoltorio de Gambito de Dama haga reflexionar sobre la maternidad, la infancia, el rol de los progenitores, la educación, el machismo, las drogas (legales e ilegales), el amor, el sexo, la amistad, la identidad… En definitiva, las partidas que jugamos en la vida. A veces ganas varias seguidas, otras pides tablas, otras no puedes seguir y te retiras. Gambito de Dama aporta un enfoque realista que se agradece en un mar de series con visiones edulcoradas de la existencia. Beth Harmon se hunde, remonta y sigue moviendo sus piezas. De eso se trata. That’s life

Ilustración lafemme_agitee

Si no puede bailar, no es la revolución de Miranda July

La ansiedad de esta era seriéfila hace difícil ojear la cartelera de cine. La calidad e ingente cantidad de productos online nos ha vuelto más exigentes con los largometrajes y el covid más perezosos/as para dejar el sofá. Pero hay ocasiones que realmente vale la pena hacer el esfuerzo, cuando te encuentras con un rareza que sí o sí hay que disfrutar en pantalla grande, aunque no vaya de godzillas o aventuras interestelares.

Kajillionaire, la última película escrita y dirigida por Miranda July, no necesita efectos especiales para volverte del revés porque July te lleva a sus peculiares microcosmos habitados por personajes aparentemente muy frikis pero que hablan de las mismas inseguridades que sentimos tú y yo. Te vas del cine pensando un buen rato en lo que acabas de ver.

La pandemia ha puesto sobre la mesa reflexiones existenciales acerca del capitalismo, los cuidados y la familia. Kajillionaire trata proféticamente estas cuestiones a través de un clan de outsiders que no encaja en este nuestro ecosistema pervertido y, por no encajar, no encajan ni como familia.

Old Dolio, la protagonista, vive pirateando una sociedad de consumo salvaje con la que no se identifica en varios sentidos. A través de ella, July revienta estereotipos de género y nos hace pensar sobre roles familiares y el discurso hegemónico de la maternidad. Old Dolio y sus padres (atención a la vuelta al cine de la estrella ochentera Debra Winger) son los espigadores de Agnès Varda trasladados a la cosmopolita L.A. y aderezados con pequeñas dosis de delincuencia absurda.

Te ríes y te entristeces con ese peculiar juego de malabares emocionales que July ya desplegó en sus películas anteriores, The future (2011) y Me and you and everyone we know (2005). Y aunque todo se retuerza al máximo, la catarsis final aparece en forma de baile y amor… Eso no nos lo puede quitar ni una pandemia. 

Notas:

*Ilustración de @lafemme_agitee

“Las mujeres han sido invisibles para la ciencia porque se ha considerado que sus problemas eran similares a los del hombre y que, por lo tanto, era posible extrapolar los datos de estos últimos”, dice Carme Valls Llobet en su libro Mujeres invisibles para la medicina, publicado por primera vez en 2006 y que ahora, catorce años después, ha tenido el acierto de volver a publicar la editorial Capitán Swing en una edición ampliada y actualizada.

Durante años, los ensayos clínicos se han realizado generalmente con hombres, quedando excluidas las mujeres, ya que se considera que los resultados de estos ensayos valen tanto para unos como para las otras, sin tener en cuenta las diferencias biológicas que existen entre mujeres y hombres. Esto ha llevado, por ejemplo, a que las dolencias de las mujeres sean tratadas con psicofármacos con una frecuencia mucho mayor que a los hombres. De hecho, el 85% de los psicofármacos se administran a mujeres, frente al 15% que se aplica a los hombres. No se tiene en cuenta que el origen de muchas enfermedades que padecen las mujeres está condicionado por factores biológicos, psicológicos, sociales y medioambientales.

“Para algunos libros de ginecología, como el del doctor Botella, que circulaba por la universidad española en la década de 1960, la mujer era frígida por naturaleza y no podía sentir ningún tipo de placer”.

De todo ello habla la doctora Valls en este libro, que comienza con un Prólogo de Anna Freixas y continúa hablando de Las agresiones a la salud de las mujeres (Primera parte): la salud mental, la adolescencia, la sexualidad, la maternidad y el envejecimiento. Embarazos, abusos, cuidados, menstruación, menopausia, la violencia estructural… son algunos de los factores que exigen que la salud de las mujeres no continúe siendo invisible para la medicina. La Parte II está dedicada especialmente a la invisibilidad de la salud de las mujeres. Y el paradigma de esta invisibilidad son las enfermedades cardiovasculares. Por ejemplo, durante décadas de investigación sobre prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades cardiovasculares, solo se ha incluido a hombres en estos estudios. Por ejemplo, el estudio de Murphy (1977), que no incluyó a ninguna mujer, o el posterior Physicians Heart Study de 1990, dedicado a demostrar que la aspirina puede prevenir los ataques cardiacos y que agrupó a veintidós mil varones (ninguna mujer). Hay más estudios similares, pero nunca se ha probado de una forma científica que los resultados de estas extrapolaciones sean igualmente aplicables a las mujeres, a las que se suele tratar con más ansiolíticos y antidepresivos que a los hombres. Por último, la Parte III abre un horizonte de optimismo al hablarnos de Salud para disfrutar sin dependencias, siempre que tengamos en cuenta que la historia de la devaluación de las mujeres comenzó con el inicio del patriarcado.

Una obra, en definitiva, muy recomendable para mujeres y hombres, ya que: “El ejercicio crítico de la medicina con una perspectiva de género va a ser esencia en la medicina del futuro, y muchos investigadores e investigadoras están trabajando para construir la ciencia de la diferencia. Todavía es un mosaico en construcción, pero su evidencia científica impregnará la asistencia primaria y la hospitalaria”. Toda una puerta a la esperanza.

Carme Valls es una política y médica española, especializada en endocrinología y medicina con perspectiva de género. Dirige el programa «Mujer, Salud y Calidad de Vida» en el Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), del que es miembro desde 1983 y vicepresidenta. Ha sido presidenta de la Fundación Cataluña Siglo XXI y diputada en el Parlamento de Cataluña por el Partido de los Socialistas de Cataluña – Ciutadans pel Canvi. Fue pionera en España en plantear las diferencias en mortalidad y morbilidad entre mujeres y hombres en el terreno de la investigación, y miembro de un movimiento internacional de investigadores que en la década de 1990 impulsó la inclusión de mujeres en los ensayos clínicos y el rigor científico aplicado al estudio de los problemas más habituales en las mujeres. Autora de ocho libros de divulgación médica y miembro del consejo de redacción de la revista Mujeres y Salud, en 2018 recibió el Premio Buenas Prácticas de Comunicación No Sexista, de la Asociación de Mujeres Periodistas de Cataluña; y en 2019 la Medalla de la Universidad de Valencia.

Al hilo de los controvertidos homenajes a Maradona, en casa hemos tenido una acalorada discusión sobre qué amerita un homenaje público: si son los hitos profesionales, la calidad humana o la combinación de ambos. Porque si bien nadie duda de que Maradona fue un prodigio del balón, que trajo grandes alegrías a los aficionados al fútbol, y a su país, en un momento histórico en el que ganar el Mundial tanto significaba, el Maradona persona fue un juguete roto, un ser humano abducido por los demonios de las drogas y las malas compañías y, al mismo tiempo, el único responsable de actos lamentables.

La sala estaba dividida entre los que aseguraban que el homenaje era más que merecido y los que, por el contrario, aplaudían a la futbolista gallega, Paula Dapena, que había tenido las agallas de sentarse en el césped para negar el tributo a un “maltratador”. Qué mala suerte, justo el día internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Si para los primeros, los que apoyaban el homenaje, primaba Maradona el futbolista, para la otra facción, lo hacía el Maradona ser humano. En realidad, aquí se puso de manifiesto uno de los estereotipos de género clásicos más persistentes: al hombre le define su profesión por encima de todo. Lo importante es su genio. Su talento. El resto es irrelevante. Se propuso encontrar un ejemplo a la inversa. No fuimos capaces.

Entonces salió el tema de los aeropuertos. A cuando se propuso poner el de Pablo Neruda al de Chile, en concreto. Y al lío que se montó porque Neruda, además de un gran poeta, según figura en sus propias memorias, fue protagonista de una violación y abandonó a su hija enferma. ¿Merece un violador, un padre terrible, tener un aeropuerto? Quizás hubiera sido mejor elegir a otro artista. Claro que, nunca se sabe. Hoy le damos tal nombre a un aeropuerto y luego se descubre que la persona que se esconde tras el nombre ilustre pegaba a su mujer o violaba niñas… ¡qué problemón! Lo cierto es que, desde el “fastidioso” MeToo, los casos se multiplican. Pero bueno, lo que no se puede negar es que Pablo Neruda es uno de los poetas más importantes del siglo XX… igual que tantos otros que hoy son cuestionados y cuyos nombres rápidamente revolotean sobre la mesa.

De Pablo Neruda la conversación pasa a Adolfo Suárez. Al aeropuerto de Madrid. ¿Qué diferenciaba a Adolfo Suárez de Pablo Neruda? Ninguno de los presentes éramos afines a la ideología del expresidente, pero estuvimos de acuerdo en que era un hombre de consenso, que había gobernado España, es decir, al conjunto de ciudadanos, lo cual era relevante a la hora de poner nombre a un aeropuerto que usábamos todos. Y su vida personal no parecía ocultar episodios escabrosos. La primera conclusión a la que llegamos fue que quizás sea razonable que un club de poesía, o un estadio de fútbol, reciban los nombres de Neruda o Maradona, si consideran que eso agradará a los que allí acuden, pero que los espacios públicos, usados por todos y que nada tienen que ver con la profesión del protagonista, deben ser escrupulosos a la hora de homenajear a determinadas figuras cuyas conductas y valores distan mucho de ser ejemplares.

Finalmente resolvimos que, aunque sería injusto juzgar a personas del pasado con valores del siglo XXI, sí deberíamos encontrar figuras con trayectorias que representen los valores que estimamos y compartimos la mayoría en el siglo XXI. El aeropuerto Adolfo Suárez quedó aprobado, y el Pablo Neruda, suspendido.

Esa misma noche, ya a solas, reflexionaba que en el futuro líquido y fluido al que nos encaminamos, cada vez será más difícil diferenciar la vida privada de la profesional. Las redes sociales están dando ya buena cuenta del fenómeno. Y esto nos llevará a bautizar nuevos espacios públicos con más nombres de mujer que hasta ahora. No solo para cumplir con la Ley de Igualdad sino porque, cuando viajamos al pasado buscando referentes, al siglo XIX por ejemplo, me sobresaltan una y otra vez los comentarios, escritos y actitudes claramente misóginas de los caballeros, ya sean conservadores o liberales, católicos o ateos. Y sus absurdos argumentos para apartar a las mujeres de la esfera pública, para restarles autoridad y acceso a la formación… Sí, eran los valores de la época, y había algunos, pocos, que no pensaban igual ni, por supuesto, se comportaban de la misma manera.

Pero si estudiamos a mujeres coetáneas de estos hombres: Carolina Coronado, Emilia Pardo Bazán, Gertrudis de Avellana, Rosario de Acuña, Concepción Arenal, incluso a damas tan conservadoras y contradictorias como Eva Canel, todas ellas resultan fascinantes. Son distintas, en sus orígenes y trayectorias, en sus ideologías y estrategias. Sin embargo, coinciden en que lucharon por seguir sus vocaciones y ser reconocidas en un entorno hostil a sus inquietudes. Fueron un ejemplo de superación personal. Y, lo más importante: en su lucha por dejar huella no fueron sembrando su camino de víctimas inocentes y seres pisoteados. Por todo ello, es fácil que ejemplifiquen valores que hoy, en el siglo XXI, consideramos, más que nunca, los nuestros. Los de mujeres y hombres.

Julia Montejo es escritora y profesora universitaria. Fotografía de @mercedessegovia

Si estás en Madrid y pasas por la calle Alcalá, donde se encuentra el Ministerio de Igualdad puede que te sorprenda ver decenas de ramos de flores blancas en la puerta.

Son el personal homenaje de Concha Mayordomo a las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en 2020, y por extensión a todas las mujeres víctimas de la violencia machista. «Camino de Flores» es el nombre de este homenaje, que consiste en la colocación de tantos ramos de flores como mujeres han sido asesinadas víctimas de la violencia machista.

Concha Mayordomo es una artista multidisciplinar, comisaria independiente, gestora cultural y directora de cursos de arte. Es presidenta fundacional de la asociación de mujeres artistas BLANCO, NEGRO Y MAGENTA.

Según Concha, esta idea surgió de la necesidad de denunciar la violencia machista desde una obra conceptual por lo que decidió hacer esta instalación artística, que comenzó en el año 2000 en Alcobendas (Madrid) cuando según la artista, “hablar de violencia de género era casi obsceno”. Posteriormente se ha realizado en Arganda del Rey, en la Junta Municipal de Carabanchel y en Galapagar.

Esta instalación permanecerá desde el 2 de noviembre (Día de Difuntos) hasta el 25 del mismo mes (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer). El aspecto del ramo sufrirá un notable deterioro, de tal forma que comenzará siendo admirado y atractivo. Pero el paso del tiempo, y las agresiones que por vandalismo pueda sufrir, lo convertirán en otro ajado, seco e incómodo a la vista, como una metáfora del problema real, del sufrimiento de las mujeres que padecen algún tipo de violencia, insulto, desprecio o agresión, indica la artista.

Camino de flores sugiere un agradable paseo por el campo en un día soleado con el canto de la pájaros como tema de fondo, nos dice Concha Mayordomo, y cuesta pensar que ese camino también se pueda producir entre las tumbas de un cementerio, donde también abundas las flores, lozanas unas, ajadas otras.

Cada uno de los ramos incluye un tarjetón atado a modo de cartela, que lleva las iniciales, el lugar y la fecha del asesinato de cada una de las víctimas.

Esta iniciativa, emprendida y realizada en solitario, es un intento de expresar la desgracia que suponen los asesinatos machistas, una desdicha que además se ha visto agravada por la situación creada por la pandemia del Covid-19.

¿Qué mundo nos rodea? ¿Qué luchas pueden reencantarlo? 🗣 Mª Eugenia Rodríguez Palop charlará con Silvia Federici, escritora, profesora y activista feminista, sobre su nuevo libro. No te pierdas esta tarde, a partir de las 18.00 h, los ‘Diálogos Feministas’. ¡Te esperamos!

Cuerpos y territorios

Desde Espacio Público nos complace informar de que El Instituto Equit junto con la Rede de Gênero e Comércio y GIFF (Grupo de Intervención Investigación Feminista), con el apoyo del Fondo de Mujeres del Sur, ha promovido el ciclo de debates feministas Conversas latino-americanas, que será abierto por dos importantes nombres del pensamiento crítico contra el devastador orden neoliberal: Silvia Federici y Sônia Guajajara. Moderará Graciela Rodríguez del Instituto Equit.

El debate será el 10 de septiembre, a las 22.30 hora española. Se podrá seguir en portugués y en español.

Transmisión en español. Canal youtube RGC:

https://www.youtube.com/channel/UCE-b7usnAsShdOxaR-JFFvw

Transmisión en portugués: Canal youtube Inst. Eqüit

https://www.youtube.com/channel/UCongSW4B9QmF2w0KwOMxnqg

Silvia Federici

Escritora, profesora y activista feminista desde hace más de 30 años. Autora, entre otros libros, de Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004); Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013); Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes (2020). Silvia Federici es un referente indiscutible del movimiento feminista mundial.

Sônia Guajajara

Sônia Guajajara nació entre los Guajajara en un pueblo de la selva amazónica en Maranhão. Estudió en una escuela de agricultura en Minas Gerais y continuó sus estudios en la Universidad Federal de Maranhão. Fue candidata del Partido Socialismo y Libertad a la vicepresidencia de Brasil en las elecciones generales de 2018 y es la líder de Articulação dos Povos Indígenas do Brasil.

La 16ª edición del Festival Ellas Crean vuelve este fin de semana con la programación que tuvo que ser aplazada por la pandemia del coronavirus.

Su directora, Concha Hernández, explica para Espacio Público qué es este Festival: Ellas Crean es un festival multidisciplinar, nacido hace 16 años al calor de la celebración del 8 de marzo, día internacional de las mujeres, organizado por el Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades, que cuenta con la colaboración del Ministerio de Cultura y de la Comunidad de Madrid.

Su propósito es mostrar la enorme creatividad de las mujeres y reivindicar su presencia en las programaciones culturales, porque las estadísticas muestran y demuestran una persistente desigualdad con respecto a los hombres. También quiere ser una plataforma para descubrir nuevos talentos.

Concha Hernández, directora del Festival Ellas Crean

El propósito de Ellas Crean es mostrar la enorme creatividad de las mujeres y reivindicar su presencia en las programaciones culturales, porque las estadísticas muestran y demuestran una persistente desigualdad con respecto a los hombres. También quiere ser una plataforma para descubrir nuevos talentos.

Programado en un principio para el 5 de marzo, este año tuvo que ser aplazado por la situación creada por la pandemia Covid-19: Presentamos el festival el 4 de marzo, y diez días después estábamos confinados, solo pudimos realizar un 20% de la programación. Hubo mucho desconcierto, miedo a la cancelación… Había mucho trabajo previo hecho, muchos trabajos ya realizados, muchos ensayos, obras por encargo, que solo podrían ser cobradas si se realizaba la actividad… pequeñas empresas, autónomos… Por descontado, mucha, mucha ilusión. Nuestro empeño estuvo en que se pospusieran las actividades. He de decir que tanto el Instituto de la Mujer como el Ministerio de Cultura optaron por esta opción y nos apoyaron en todo momento. Y ese momento ha llegado ahora en julio y continuará en septiembre. Estamos muy satisfechas. Va a ser muy emocionante el encuentro con el público en el Museo del Prado el próximo viernes 17 de julio. Será con Rafaela Carrasco, ella y Muriel Romero en el Museo Arqueológico Nacional al día siguiente, sábado 18, serán las encargadas de abrir esta segunda parte de Ellas Crean, nos dice Concha

A pesar de los momentos de perplejidad, miedo e inseguridad que vive no solo la escena cultural, sino la sociedad en general, Concha Hernández lanza un mensaje de ilusión y esperanza: No hay que tirar la toalla, hay que seguir trabajando para que la cultura continúe. En momentos de crisis como este, desde las instituciones públicas tenemos la obligación moral de seguir apostando por nuestras artistas, esto es, poner todos los medios posibles para que el hecho cultural siga siendo posible. Tenemos que ser capaces de que nuestros artistas puedan vivir de su trabajo. Que la cultura sea considerada como uno de los pilares básicos de nuestra sociedad, como lo son la educación y la sanidad. Esto es, un Derecho Fundamental. Y, por supuesto, que se respete la Ley de Igualdad y que haya una presencia equilibrada de mujeres y de hombres. Que un día no sean necesarios festivales como Ellas Crean, porque la igualdad sea una realidad. 

Cecilia Bartoli, Jane Birkin, Mariza, Marianne Faithfull, Juliette Greco, Katia y Marielle Labèque, Alicia Alonso, María Pagés, Tamara Rojo, Luz Casal, Carmen Linares, Ana María Matute, Ángeles Caso, María Dueñas, Icíar Bollain, Isabel Coixet o Inés París, entre otras muchas más, son algunas de las artistas y creadoras que ya forman parte de la memoria viva de Ellas Crean.

La programación de este año, a pesar de todas las dificultades, no se queda atrás y podremos ver desde el viernes 17 de julio a la Compañía Rafaela Carrasco en la Sala de las Musas del Museo Nacional del Prado, donde presentará su coreografía Ariadna. Al hilo del mito. El Instituto Stocos de Muriel Romero y Pablo Palacio mostrarán al día siguiente, sábado 18, Oecumene, versión site specific en el salón de actos del Museo Arqueológico Nacional. Y el fin de semana se completará con la representación de la pieza El cuerpo va al museo, de la compañía Somosdanza de las coreógrafas Cristina Henríquez y Lucía Bernardo, en el Museo de América.

Tras las vacaciones de agosto, el Festival retomará su programación el 19 de septiembre con la coreografía Tálamo de Mónica Iglesias, que se presentará en el Museo del Romanticismo. El 23 de septiembre podremos ver un doble espectáculo de danza y poesía: el Museo Cerralbo acogerá la obra Picnic on the moon, de las coreógrafas Júlia Godino y Alexa Moya. Y por la tarde, en la Biblioteca Nacional de España, tendrá lugar el encuentro poético La herida que nos nombra, con la participación de las poetas Rosana Acquaroni y Cecilia Quílez.

En momentos de crisis como este, desde las instituciones públicas tenemos la obligación moral de seguir apostando por nuestras artistas, esto es, poner todos los medios posibles para que el hecho cultural siga siendo posible.

La música será la protagonista de las actividades del 26 de septiembre. En el Museo Arqueológico Nacional Ellas Crean presentará un trabajo musical concebido expresamente para el festival, un concierto de música contemporánea perfilado por Teresa Catalán (Premio Nacional de Composición Musical) con la colaboración de la Asociación Mujeres en la Música (AMM). Cinco obras para percusión, estrenos absolutos, interpretados también por mujeres, junto con la primicia de la intervención poética, también creada específicamente para este evento, por Nuria Ruiz de Viñaspre. Compositoras: Alicia Díaz de la Fuente, Laura Vega, Carmen Verdú, Raquel Quiaro y Carme Fernández Vidal. Intérpretes (percusionistas): María Berenguer, Irene Chamorro y Celia Berlinches. Poeta: Nuria Ruiz de Viñaspre.

Esta 16ª edición concluirá el 28 de septiembre en el Museo Sorolla, con la grabación de la representación de la pieza Las sillas, de Blanca Arrieta, que será difundida posteriormente en el canal de YouTube de Ellas Crean, para seguidores de todo el mundo.

Y no será esta la única cita digital de Ellas Crean: también serán emitidas on line las piezas Llŏkke, de Olatz de Andrés, y Boceto efímero #9, de Mónica Runde e Inés Narváez Arróspide, grabadas en los museos Thyssen-Bornemisza y el Lázaro Galdiano, respectivamente. Asimismo, también habrá online un debate sobre la situación de las mujeres en las artes escénicas y la música, que contará con la participación de las principales asociaciones de mujeres de estos sectores. Clásicas y Modernas, LMPT, Mujeres en la Música, MIM y AMCE.

Ellas crean 2020, Muriel Romero:

Vamos al teatro, a la ópera, a la zarzuela. Nos gustan los textos y libretos, la música, el espacio escénico, la interpretación, la dirección artística, la dirección, el vestuario… Eso es lo que vemos, pero detrás de todo ello hay mucho más: personas que son las que convierten en realidad lo que empieza siendo una idea plasmada en un papel.

Dentro de esas personas, algunas de las menos conocidas y menos visibles  son las que se encargan de la realización del vestuario en un taller específico para este fin, de su organización y mantenimiento una vez llega al teatro, y de la asistencia a escena durante las funciones: ayudarles a vestirse o desvestirse, moverlo por el escenario…. Y un elemento que las hace más invisibles es que la mayoría son mujeres.  

Como ha ocurrido en muchas redes vecinales, que han nacido por solidaridad con la gente que más lo necesita, estas mujeres han puesto su granito de arena y han dado lo que mejor saben hacer: mascarillas cosidas a mano.

Karmen Abarca (KA) es una de estas mujeres con las que tenemos el placer de conversar hoy en Espacio Crítico (EC).

Tengo el móvil lleno de fotos de gente con nuestras mascarillas, de mensajes de amor, de vida… Ese es el reconocimiento que nos ha alimentado y sostenido estos meses.

Karmen es licenciada en Escenografía por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y completó su formación en el Centro de Tecnología del Espectáculo. Es miembro de la Asociación de Artistas Plásticos Escénicos de España (AAPEE). Su experiencia profesional abarca las áreas de escenografía, iluminación y vestuario, tanto en su vertiente técnica como en el área artística. Como directora técnica de distintas compañías ha realizado giras por España, distintos países europeos y Estados Unidos.

EC: ¿Cómo habéis vivido la situación de confinamiento con la actividad laboral parada?

KA: Hemos constatado que la cultura en este país es frágil. El sector cultural fue de los primeros en cerrar y está siendo de los últimos en activarse. La situación del ecosistema cultural en España, tiene, además mala prensa. No parece que se le reconozca que nos ha ayudado a sostenernos emocionalmente durante la pandemia. Parece como si los libros, las series, la música, el contenido digital estuvieran ahí por generación espontánea.

Detrás hay toda una industria que suspendió actividad y sigue prácticamente suspendida.

El sector de las artes escénicas, por centrarnos, ha quedado devastado. Y la sastrería teatral es un eslabón débil dentro del sector. La actividad quedó paralizada completamente en todas sus modalidades: Los talleres de realización de vestuario, los teatros y las compañías de teatro.

Y me temo que, siendo una labor minusvalorada, la sastrería teatral tardará bastante en recuperar su actividad.

EC: Explícanos cómo es vuestro trabajo. Antes de la pandemia, ¿habéis sufrido la precariedad que padecen otros sectores laborales?

KA: Los oficios teatrales sufren históricamente la discontinuidad, poca estabilidad habitual en el sector. Por ejemplo, en una gira sólo cotizas los días que hay función, sólo cobras el día que cotizas; sin embargo, el trabajo asociado a una función se desarrolla a lo largo de varios días. Por ejemplo, hace años, se cotizaban 3 días por un bolo si la función sucedía fuera de tu cuidad: el viaje de ida, el día de la función, y el viaje de vuelta. Ahora sólo se cotiza el día de la función. El tiempo que inviertes en el traslado, corre de tu cuenta. Además, en el caso concreto de la sastrería, entre bolo y bolo, el vestuario necesita limpieza y reparación, y raras veces se contempla económicamente.

La sastrería escénica gira en torno a la indumentaria del espectáculo. Desde su realización a partir de un diseño, la adaptación de vestuario existente, su transformación, atrezarlo, pasando por su organización y mantenimiento dentro de un teatro o en gira, hasta la asistencia en escena cubriendo las necesidades de la producción y del elenco durante las funciones. Si necesitan ayuda para vestirse y desvestirse, si tienen cambios rápidos de vestuario, mover el vestuario durante la función…

La magia del teatro. Imagina una actriz, su personaje aparece en escena caracterizada y vestida de época. En la siguiente escena, inmediatamente después, aparece en camisón. Imagina lo que ha pasado detrás del escenario.

Si hablamos del trabajo en un taller de realización de vestuario, es un trabajo muy especializado, es sastrería a medida con diseños fantásticos/ fantasiosos, de época, a veces con materiales poco habituales que requieren de conocimientos técnicos específicos. Además, puede que el vestuario incorpore técnicas de estampación, pintura a mano, envejecimiento… Sin embargo, no se nos valora económicamente de acuerdo con la formación que se nos exige.

La asistencia en escena: La magia del teatro. Imagina una actriz, su personaje aparece en escena caracterizada y vestida de época. En la siguiente escena, inmediatamente después, aparece en camisón. Imagina lo que ha pasado detrás del escenario: Varias sastras le han ayudado a quitarse el vestido de época en cuestión de segundos y le han puesto el camisón, mientras peluquería le quita la peluca y le revuelve el pelo. Y mientras la actriz hace su escena en camisón, las sastras recogen el vestuario de época, lo llevan a otra parte del escenario donde, después, la actriz, vuelve a ponérselo. Trepidante y apasionante.

Hablo en femenino porque son trabajos históricamente feminizados, debido a la división sexual del trabajo.

EC: Habéis denunciado dos veces la brecha salarial, la discriminación que sufrís por ser mujeres. ¿Qué respuesta habéis tenido?

KA: La sastrería es una parte del equipo técnico, que es una parte del equipo que hace posible un espectáculo. Todas las piezas hacen posible llegar al resultado final.

Sin embargo, como sucede con la mayoría de las profesiones feminizadas, la sastrería, peluquería y caracterización son secciones minusvaloradas. Con mucho sesgo de género.

Eso pasaba hace años, y sigue pasando y se puede analizar por muchos indicadores. No estamos convocadas a reuniones de equipo, no se nos consultan las necesidades de la sección, se da por hecho que resolveremos cualquier incidencia sin generar problemas, el tiempo que invertimos en realizar nuestro trabajo suele ser más alto que el que se nos suele planificar.

El más visible es la brecha salarial que sufrimos en relación a las secciones masculinizadas del equipo. Cobramos menos que un compañero de iluminación o sonido, siendo la misma categoría profesional.

Y lo más llamativo, es que eso sucede abiertamente en la administración pública, en los teatros de INAEM, del Ministerio de Cultura. Es difícil de calcular, porque es difícil comparar nóminas, pero hemos calculado que, al año, viene a ser una paga extra menos lo que cobramos las secciones de sastrería, peluquería, maquillaje y regiduría. Las secciones históricamente feminizadas.

Pues se ha demandado en dos ocasiones. La primera, allá por 2001, se denunció por la brecha salarial de género y la jueza, según me dicen, sentenció que habiendo técnicos sastres, técnicos maquilladores y técnicas de luces y técnicas de maquinaria no se daba el sesgo de género. A mi entender, sin tener memoria de género y cubriéndolo todo con el velo de la igualdad.

La segunda vez que se demandó, se hizo a través de sindicatos y se puso sobre la mesa la brecha salarial dentro de la misma categoría profesional. Y lo que vino a decir la sentencia, es que la brecha viene de arrastrar convenios diferentes, en los que se producía la brecha salarial de género, por cierto, y que se deberían unificar convenios para equiparar los salarios. Eso fue en 2012. Y ahí seguimos. Por cierto, y como sucede en las guerras, se nos ha utilizado como moneda de cambio, prometiendo desde el ministerio la equiparación laboral un 8M y negándola por movilizarnos en la lucha contra la fusión del Teatro de la Zarzuela y el Teatro Real.

EC: Durante el confinamiento, y a pesar de la situación tan precaria en la que vivís algunas de vosotras os habéis dedicado a hacer mascarillas, solidarizándoos con la gente a través de lo que mejor sabéis hacer. ¿Cómo surgió esta iniciativa?

KA: Surge de la necesidad de material sanitario que se dio en las primeras semanas de marzo. Cuando se paralizó toda la actividad cultural quisimos colaborar dentro de las posibilidades y medios de cada una. La mayoría tenemos en casa la maquinaria necesaria, debido a la precariedad laboral que sufrimos, tenemos máquina de coser, retales… y nos pusimos a ello, creando una red de voluntarias, colaborativa en la que cada una aportó desde su lugar en el mundo, generando un funcionamiento de trabajo horizontal. Pusimos la vida en el centro.

Como dice Amaia Pérez Orozco “Cuidar de nuestras vecinas en tiempos de coronavirus es una de las formas de desobedecer el mandato individualista neoliberal y heteropatriarcal”. El trabajo de cuidados invisibilizado, los trabajos esenciales, la productividad son viejos conocidos para nosotras. Teníamos claro que íbamos a cuidar, sólo tuvimos que decidir cómo.

EC: ¿Cómo y dónde las habéis repartido?

Generamos una red de voluntarias: unas confeccionaban las mascarillas, otras hacían rutas de entrega de material textil en los domicilios, recogida y reparto de mascarillas… los materiales que cada una tenía en su casa se fue agotando. Yo me encargaba de buscar donantes de material textil, y organizar las rutas. Recordemos que no podíamos salir de casa, y había que buscar salvoconductos para las conductoras.

No compramos, no desechamos. Reciclamos, reutilizamos y reusamos.

Hemos repartido unas 15.000 mascarillas. Al principio iban casi todas a manos de sanitarias de hospitales y residencias. Asociaciones que trabajan con colectivos en riesgo de exclusión social o directamente excluidos. A las despensas solidarias, las colas del hambre. Personal de sectores que no pararon como la construcción, el transporte, atención al público en comercio…

EC: ¿Habéis recibido ayuda de otros estamentos del teatro?

KA: Hemos recibido donaciones de material textil, tela y polipropileno, goma y acetato para las mascarillas que permiten la lectura de labios para las personas con sordera, de empresas relacionadas con la sastrería teatral, la venta de tejidos y algunas asociaciones a las que donamos mascarillas.

EC: ¿Habéis tenido algún tipo de reconocimiento por parte del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid?

KA: Nos ofrecimos a la CAM para lo que se nos necesitara, tanto para trabajar desde casa como desde los talleres de sastrería escénica como en fábricas textiles. No recibimos respuesta, así que nos organizamos nosotras.

No hemos recibido noticias de ninguna institución, ningún reconocimiento. Hemos trabajado duro sin remuneración, intentando conciliar la vida personal y familiar con la confección de las mascarillas. Para muchas ha sido muy complicado, debían hacer de maestras de sus peques en casa.

Lo que si hemos recibido son los agradecimientos de las personas que recibían las mascarillas. Tengo el móvil lleno de fotos de gente con nuestras mascarillas, de mensajes de amor, de vida… Ese es el reconocimiento que nos ha alimentado y sostenido estos meses.

EC: Evidentemente formáis parte de la cultura y os afecta también la situación económica y social que ha creado la pandemia. ¿Cómo ves la reconstrucción? ¿Cómo os afectan las medidas de reconstrucción?

La reconstrucción la veo difícil si seguimos apostando por los errores del pasado. Tengo la sensación de que hay unos grupos de poder que lo ejercen pase lo que pase. Aunque caiga en el tópico, no entiendo muy bien que se pueda ir en el metro como sardinas en lata, pero tengamos que mantener un 75% de aforo en los teatros. Parece que la Cultura sigue sin contar para el plano político. Teníamos una oportunidad magnífica para cambiar el paradigma y proponer otros estilos de vida que no estuvieran marcados únicamente por lo económico. Con protocolos claros y una política en clave social y cultural podríamos haber dado un paso de gigante. La cultura aporta al PIB el 3,6% aproximadamente. De ese porcentaje solo recibimos a través de subvenciones y ayudas el 0,06% del propio PIB. Somos el cuarto motor económico del país y nuestra actividad afecta a otras muchas industrias. La Cultura genera riqueza en clave social, humana y económica. Solo hay que atreverse. ¿Qué pasaría si se invirtiera de verdad en cultura? El retorno sería enorme. Si con el 0,06% ponemos en la mesa el 3,6% del PIB, ¿qué haríamos con el 5%? Tenemos que intentar luchar por cambiar esa idea de ser unos subvencionados. Necesitamos que se entienda que la inversión en cultura da más de lo que pierde. Generamos trabajo y generamos crecimiento personal y también, por qué no, hacemos olvidar a las personas sus problemas cotidianos: generamos ocio. En esta pandemia se ha visto más claro que nunca. Todos los contenidos que han visto en streaming, por plataforma o por internet, son contenidos creativos de personas como mis compañeras y como yo, que nos dedicamos a que la vida de los demás sea un poquito mejor. 

Pero parece que hemos vuelto a perder. Se han impuesto las tesis del movimiento financiero antes que el crecimiento social. Por eso también tenemos miedo, porque da la impresión que nos hemos precipitado y ese rebrote está más cerca que lejos. Una segunda ola a la medida de la anterior sí que sería desastrosa para todas, así que esperemos que seamos responsables individualmente y no la tengamos que sufrir en colectivo.

Muchas gracias, Karmen. A partir de ahora cuando vayamos al teatro, la ópera, la zarzuela, de alguna forma también os estaremos viendo.

¡Espero que no nos veáis! ¡Se rompería la magia del teatro… ja jajá!!!

Somos mujeres migrantes, racializadas, sus hijas, las que vinimos pequeñas, las que nacimos aquí. Las refugiadas. Las que estamos aquí con y sin papeles. Las trabajadoras de la fresa, las porteadoras de la frontera Ceuta Melilla, las trabajadoras del hogar y los cuidados, las estudiantes, las madres, las camareras y limpiadoras de bares, hoteles y restaurantes. Somos todas, incluidas las asesinadas por la violencia machista que ya no están aquí. Las internas que no pueden salir, las expulsadas en vuelos de deportación y las que dejaron su vida en el mar intentando llegar a esta falsa promesa llamada Europa, que es la Europa fortaleza. Somos las otras.

Este virus nos ha tomado desprevenidas, imaginamos que como al resto del mundo. El trabajo, consecuencia de la crisis sanitaria y socioeconómica, nos ha desbordado y superado, exactamente igual, presuponemos, que a la mayoría de gobiernos. Gobiernos que no supieron responder a tiempo y que no tomaron las medidas necesarias hasta que la situación se volvió insostenible. Una vez más cometimos el error de creernos inmortales e invencibles y ha tenido que venir un virus para recordarnos la fragilidad humana y la fragilidad del sistema que nos rodea. Una nueva crisis nos coloca, de nuevo, en el último escalón en la escala de prioridades de los gobiernos para paliar las consecuencias de la crisis.

La mortalidad del virus es mayor en las personas en situación de pobreza y precariedad. El nivel socioeconómico juega un papel determinante que marca la diferencia entre la vida y la muerte. A esto debemos añadir las condiciones de salud: las personas con menos recursos tienen una salud más frágil y sufren más enfermedades crónicas como la hipertensión, diabetes, colesterol, obesidad. Este patrón es global; lo vemos tanto en España como en Estados Unidos, Reino Unido, América Latina, etc. La mortalidad por coronavirus es más del doble en las áreas pobres donde se concentra la mayoría de población migrante y racializada.

Un ejemplo de ello son los Estados Unidos; a pesar de que la comunidad negra representa tan solo el 13% de la población, esta comunidad ha sufrido el 27% de las muertes totales de las zonas de las que se dispone de datos. En Kansas y Wisconsin, los residentes negros tienen siete veces más probabilidades de morir que los blancos y en Washington D.C, la tasa entre las personas negras es seis veces mayor.

En España a día de hoy no se cuenta con estadísticas segregadas por raza o género, pero en las estadísticas más recientes de Madrid se evidencia un mayor número de contagios en los barrios de clase obrera sobre los barrios de las clases privilegiadas. La zona sur de la Comunidad de Madrid, con Leganés a la cabeza, más afectada que la zona norte, según un análisis de la Universidad Politécnica de Madrid el investigador Pedro Gullón ha observado correlación entre mayor nivel de hacinamiento y menor precio de alquiler con las zonas de más contagios de la capital.

Dichas estadísticas nos están mostrando cómo la pandemia golpea más fuerte a los que menos recursos tienen, son las personas de los barrios más empobrecidos, el personal sanitario y las personas que realizan los trabajos esenciales durante la cuarentena, las que se encuentran más expuestas al contagio. 

Paradójicamente los que se han desvelado como trabajos esenciales, personal sanitario, limpieza, cuidadoras, cajeras, jornaleros, agricultores, esos que están sosteniendo y salvando vidas durante la pandemia, son precisamente los que se realizan en condiciones laborales precarias y con salarios indignos. En España, estos empleos son realizados en gran porcentaje por personas migrantes, mujeres en su mayoría, muchas en situación administrativa irregular, quienes a pesar de estar realizando trabajos esenciales, no son tomadas en cuenta y al gobierno parece que no le interesa legislar para que sus derechos y condiciones sean igual de esenciales.

Según el informe del Banco Mundial sobre la pobreza y el impacto distribucional del Covid-19; los gobiernos deberían mitigar los impactos negativos de esta crisis, sobre todo, entre la población más vulnerable. La urgencia empuja a buscar soluciones y los gobiernos deben dar respuesta. La vida debe ponerse en el centro.

Nosotras, las otras, somos parte de los márgenes y de las comunidades más empobrecidas, y de nuevo la carga está en nosotras. El virus no entiende de género, de raza, procedencia o estatus social, pero el sistema y las condiciones humanas para combatirlo, si.

La opción del confinamiento se descubrió no sólo como un privilegio de clases sino, también, de raza y de género. A pesar de esta realidad, las otras comenzamos a tejer redes de apoyo para dar respuesta a la urgencia humanitaria que no dejaba de agravarse día a día en nuestras comunidades. Esta manera de hacer frente a esta problemática se tradujo en dos vías: la primera vía era de ayuda directa, a través de las cajas de resistencia, las redes ciudadanas de apoyo mutuo y los bancos de alimentos. La segunda vía, era política. Así pues desde el 8M y los feminismos antirracistas nos sumamos a la campaña de Regularización Ya y comenzamos a reflexionar en colectivo sobre nuestra situación.

Constatamos que nada de esto es nuevo para nosotras como mujeres migrantes, racializadas, desde los márgenes, las otras. Que las crisis nos golpean con más fuerza es habitual, es parte de la realidad de este sistema patriarcal, machista, capitalista, extractivista, racista y colonial que opera impunemente en España y en la Unión Europea, cuando se trata de establecer políticas de extranjería y migratorias, negando su propio discurso de Derechos Humanos y dejando a mujeres, niñas y disidentes sexuales en situaciones de completa vulnerabilidad soportando múltiples violencias, las cuales se han agudizado durante el confinamiento.

Seguimos señalando pues la Ley de Extranjería como principal instrumento del racismo institucional que se materializa en la criminalización del derecho a migrar y buscar condiciones de vida digna de toda persona. Denunciamos la existencia de los CIES como cárceles para personas que no tienen documentación en regla, las cuáles han sido vaciados y cerrados actualmente como consecuencia del estado de alarma, siendo esto un pequeño respiro para la comunidad migrante, aunque desafortunadamente no es un cierre definitivo como lo venimos exigiendo durante años. Las posibilidades de migrar por vías legales y seguras, sigue siendo una utopía.

También señalamos el recrudecimiento de la explotación laboral de mujeres migrantes y racializadas, especialmente en los campos de cultivo, en los invernaderos, en el sector del empleo del hogar y los cuidados, en las residencias de mayores, todas ellas, industrias que enriquecen a unos pocos a costa de nuestro esfuerzo.

En el caso de las mujeres que trabajan en el hogar y los cuidados, sin derechos laborales básicos como el derecho al paro, derecho a un contrato con condiciones laborales dignas, con la aprobación de un subsidio por parte del ejecutivo que deja a muchas trabajadoras fuera de la cobertura, un subsidio de un mes, un subsidio insuficiente para poder afrontar la crisis económica que se nos viene encima. Las trabajadoras del hogar en régimen de internas se llevan la peor parte de esta crisis, muchas llevan toda la cuarentena encerradas en casa de sus empleadores, sobrecargadas, trabajando más por el mismo salario, algunas incluso sufriendo malos tratos, vejaciones y abusos sexuales, obligadas a mantener sus empleos por la incertidumbre de lo que pueda pasar, por superviviencia y por el peso de tener que proveer ingresos a su familia, hijos e hijas, ya que muchas son el único sustento de sus hogares actualmente. Expuestas al virus ya que no han dejado de trabajar durante el confinamiento, muchas se han contagiado, varias no han sobrevivido, víctimas del coronavirus y del sistema.

La pandemia ha puesto en evidencia la fragilidad del sistema de los cuidados, frecuentemente menospreciados, que recaen mayoritariamente sobre las espaldas de las mujeres, y en España en gran medida sobre las espaldas de las mujeres migrantes. Una crisis global de cuidados que ha revelado que tenemos una deuda histórica con las mujeres que han cuidado, un trabajo no reconocido ni valorado y nadie está cuidando de ellas. ¿Quién cuida a la cuidadoras? Desde luego el Estado Español y en general la sociedad, no lo está haciendo, pese a que este sistema capitalista depende de ellas para el sostenimiento de la vida.

En esta reflexión colectiva como mujeres migrantes reafirmamos una vez más que es necesario combatir este sistema en el que mujeres, niñas y disidentes sexuales se exponen a situaciones de alta vulnerabilidad frente al virus y a las múltiples violencias a las que nos enfrentamos debido a las barreras que impone la Ley de Extranjería, pero también las barreras de un sistema social que nos empuja a los trabajos con menos garantías y derechos, obligándonos a entrar en el circuito asistencialista y desempoderante de los servicios sociales que carece de un enfoque de derechos e intercultural con perspectiva antirracista en el Estado español.

Esto lo venimos denunciando hace tiempo, cuando señalamos realidades como la excesiva e injustificada retirada de custodia de sus hijas e hijos a mujeres migrantes por parte de los servicios sociales basándose en criterios de maternidad hegemónicos y parámetros eurocéntricos que niegan la agencia de sus madres y las estigmatizan como “malas madres” obviando el verdadero problema: que las mujeres migrantes tienen muy pocas posibilidades de conciliación laboral, menos aún en medio de un estado de alarma, donde el único espacio (centros escolares e institutos) del que dependían para el cuidado y educación de sus hijas e hijos, se encuentran cerrados y lo estarán durante mucho tiempo, dejando sobre todo a la madres solteras a su suerte, desprotegidas y sin posibilidad de conciliación alguna.

Las consecuencias de esta crisis abrirán una brecha mayor entre las clases privilegiadas y las clases trabajadoras ya empobrecidas tras la debacle de 2008 de la que nos nos habíamos recuperado del todo. Las comunidades migrantes, como siempre, nos encontramos en abajo, afuera, en la invisibilidad y exclusión social.

El coronavirus se irá algún día, pero la desigualdad sigue y se intensificará, esa es la verdadera epidemia.

Foto de Eliza Arrieta

La crisis sanitaria y socioeconómica no deja de agravarse y la situación nos empuja y repensar la manera en la que dentro del movimiento feminista antirracista debemos de actuar. Es necesario, resignificar, reflexionar, articular estrategias y tejidos comunitarios para reconstruir un mundo nuevo, porque este no da para más, este sistema nos ha demostrado en múltiples ocasiones que las vidas humanas son desechables y según nuestra procedencia, raza, sexo, etc, valen menos aun.

Las vidas del norte global sobre las del sur global, las vidas blancas sobre la vida de las personas racializadas, indígenas, negras, musulmanas, sobre la otredad. Tenemos el deber político y ético de romper con esa jerarquía colonial, romper este sistema patriarcal, neoliberal y racista, y poner de una vez por todas la vida en el centro, pero la vida de todas las personas, no solo de las que puedan pagarlo. Seguir el ejemplo y modelos de vida de las comunidades originarias, volver a los saberes comunitarios y abrazar nuestras raíces. La reacción de las comunidades, de autoabastecimiento y protección, el gran ejemplo de supervivencia y cuidados comunes deben ser guía y lucero para nuestras luchas también acá en este norte de privilegios. Tenemos la suerte de pertenecer a ambas orillas y tener esas otras referencias y ejemplos. En España también los tienen si dirigen la mirada a sus barrios populares y sus campos. 

Debemos entonces construir una nueva sociedad antirracista, feminista y sostenible, donde todas las personas tengamos igualdad de derechos y condiciones para afrontar la “nueva normalidad”. Todas podemos contribuir a ello, en nuestros centros de trabajo, en los barrios, en las calles, con las vecinas, en los mercados y las plazas, en nuestras casas.

Es responsabilidad de todas, y no es un mero gesto simbólico para calmar conciencias. Otro modelo es posible y fundamental para la construcción de sociedades más humanas, justas y equitativas, es una responsabilidad política urgente e ineludible.

Conversación de Lourdes Lucía con Marisa Manchado Torres

Marisa Manchado Torres no es sólo compositora de música clásica y profesora. Es también un referente indiscutible en la musicología.  Infatigable en su preocupación por difundir la casi nula visibilidad de las mujeres en la música, en 1998 realizó la edición del libro Música y mujeres. Género y poder, una compilación de textos y ensayos con el feminismo como elemento de estudio dentro del campo de la musicología, una obra que se ha convertido en un clásico y en un estudio imprescindible para todas aquellas personas interesadas en la historia de la música, en el papel de las mujeres en la cultura y en el feminismo en general.

Más de 20 años después de la publicación de este ensayo, la editorial Ménades lo ha recuperado y actualizado.

Con la excusa de este libro hoy hablamos con Marisa Manchado Torres de música y mujeres.

Marisa Manchado Torres © IgnacioEvangelista

EC: Han pasado 20 años desde que este libro fue publicado por primera vez. Además del prólogo de Ángel Medina Álvarez, ¿Cuáles son las novedades más importantes de esta nueva edición?

MM: Ya solamente el prólogo del Catedrático Medina es suficientemente novedoso e importante para esta nueva edición, pero además la encuesta a las compositoras (mis colegas) ha sido actualizada, es decir ellas mismas han puesto al día (2019) sus respuestas, algunas han coincidido con lo que dijeron hace 20 años y ahora, y otras han actualizado, explayándose en ocasiones, pero se mantienen ambas para observar si ha habido o no diferencias sustanciales. Es interesante, porque constatamos que no ha habido tantos cambios.

Además, yo misma me he permitido introducir un artículo nuevo, sobre musicología y feminismo, el estado de la cuestión, que he titulado Declaración de intenciones: hacia una musicología feminista” y que aparece justo detrás del prólogo a esta nueva edición (incluimos también el prólogo a la primera edición en 1998). Es decir, hay una perspectiva histórica de los 21 años transcurridos en nuestro país.

Aparte, todas las colaboradoras han tenido la posibilidad de actualizar sus escritos y subsanar erratas de la edición anterior, que por cierto llevaba fuera de catálogo años y esta nueva edición ha llegado como agua caída del cielo, creo que pronto empezarán con la segunda edición de esta nueva.

EC: Hace unos años afirmabas en una entrevista que “La gran mayoría de mujeres dedicadas a la música ha sido silenciada por el sistema patriarcal. Entendí que teníamos una importante cuenta pendiente con la Historia”. ¿Ha cambiado algo en estos 20 años?

MM: Pues lamentablemente No. Las programaciones de los conciertos, siguen silenciándolas. Las historias de la música, también. Los conservatorios, ¡naturalmente!, no han incluido en sus programaciones el repertorio ¡inmenso y soberbio! de las mujeres a lo largo de la Historia, y la universidad, más de lo mismo; finalmente, un organismo público y dedicado a la música académica como es Radio Clásica, de Radio Nacional de España, se centra en el canon y no ve, ni va, ni escucha, ni oye, más allá; como ejemplo, todavía estoy esperando respuesta de su director (al cual escribí hace casi dos años) proponiéndole retomar el programa icónico “Mujeres en la Música”, al cual Amelia Díe dedica un capítulo en el libro. Y abundando en la gravedad del tema y en especial de los organismos públicos, algunos, que dependen directamente del Ministerio de Cultura, es decir del Estado Español, incumplen sistemáticamente la Ley de Igualdad…y nadie hace nada… por más que las asociaciones protesten o profesionales individualmente lo hagamos. En este caso concreto me pregunto ¿Qué hace el observatorio de Igualdad de Género en el ámbito de la Cultura?

En cualquier caso mi reflexión es, que esto sucede en nuestro sector profesional, porque no existe un tejido social lo suficientemente amplio y compacto como para exigir el cumplimiento de la Ley de Igualdad, es un sector con poco movimiento asociativo y muy pobre desde el punto de vista de las reivindicaciones.

EC: Joaquina Labajo habla en su capítulo del libro de la educación musical femenina, ¿Cuando hablamos de mujeres, está reservada esta educación a las familias acomodadas?

MM: En el caso del siglo XIX pues parece que sí, Labajo realiza un estupendo estudio al respecto.

EC: “Como ejemplo, y tal y como veremos más adelante, se pueden referir dos casos del siglo XIX: el mal no estaba en que Fanny Mendelssohn Hensel compusiera música, sino en que ganase dinero con ella; el mal no estaba en que Clara Schumann fuese una muy apreciada concertista, estaba en que pretendiese dedicarse a la actividad abstracta e intelectualizada y, por lo tanto, masculinizada, de la composición”, dice Teresa Cascudo cuando habla de musicología y feminismo. ¿Por qué se nos ha negado a las mujeres  históricamente la capacidad de creación intelectual?

MM: Las mujeres hemos sido el segundo sexo, como Beauvoir muy bien apellidó: hemos dependido de nuestro padre, nuestro hermano, nuestro marido y si no, de nuestro tío o del varón que más cerca estuviera, ¡y todo ello legislado! Este régimen de dependencia y esclavitud emocional (a veces también física) y desde luego intelectual, conllevaba una prohibición expresa de independencia económica, de autonomía financiera, por eso escandaliza que Fanny Mendelssohn quiera “profesionalizarse” y en el caso de Clara, que mantenía económicamente a un marido enfermo (Robert Schumann) y a sus 7 hijas e hijos, el “genio” es él, el marido Robert Schumann, aunque ella dirija sus obras, las interprete al piano por toda Europa y las corrija para las ediciones impresas; pero componer (y ella compuso mucho y bien) “es cosa de hombres”, componer es la actividad superior de un músico, especialmente en el Romanticismo, es estar en contacto con lo divino, con Dios, y ya se sabe que Dios es Hombre. En el caso de Clara y Robert disponemos de sus diarios en común, que son un documento de valor incalculable, pues en ellos constatamos las dificultades personales (emocionales) de Clara cuando componía, lamentándose muchas veces de pretender algo vedado a las mujeres, cito la más famosa:

«Alguna vez creí que tenía talento creativo, pero he renunciado a esta idea; una mujer no debe desear componer. Ninguna ha sido capaz de hacerlo, así que ¿por qué podría esperarlo yo?»

EC: Más adelante, Amelia Die Goyanes nos recuerda algunos casos como el de Alma Schindler, esposa de Mahler, quien le prohibió expresamente componer a su esposa o el de Anna María Scarlatti, hermana de Alessandro, que sufrió graves problemas por ser compositora. Pero la mayoría de las músicas han permanecido en el anonimato. Como mucho a las mujeres se le ha atribuido un tipo de música como las nanas, cantos plañideros y otras composiciones relacionadas con el papel que siempre se les ha atribuido a las mujeres: madres, esposas… ¿Es la música un vehículo de transmisión de ideologías?

MM: Esta pregunta me parece magnífica, me obliga a reflexionar, porque un lenguaje absolutamente abstracto, sin significado concreto de ningún tipo ¿de qué manera transmite ideología? Quizá por las funciones a las que esta expresión se adscribe, por los ritos a los que se asocia: por eso las nanas o las plañideras, nacimiento y muerte, lo irrenunciablemente terrenal, es femenino… y las misas de coronación o grandes oratorios litúrgicos, son mayoritariamente masculinos, como las óperas, el espectáculo total por excelencia.

EC: Carmen Cecilia habla de las compositoras en América Latina y Alicia Valdés específicamente en Cuba. ¿Es muy diferente su situación a la que han tenido y tienen en España?

MM: Bueno, el Patriarcado creo que es un sistema generalizado de construcción social, aquí, en el planeta Tierra… Cuba, por lo que yo he visto y vivido, ha hecho un intento de construcción de la igualdad entre razas, mujeres y hombres, clases sociales… pero eso, intento…

No, no creo que haya grandes diferencias, en todo caso nosotras ahora tenemos una estupenda Ley de Igualdad, que por cierto habrá que mejorar en el sentido de obligar a su cumplimiento en todos los ámbitos sociales, obligar a la Paridad, tal y como está redactada es fácil caer en la ambigüedad.

EC: En otros capítulos del libro Pilar Ramos analiza el protagonismo que alcanzaron las mujeres en el teatro musical del Siglo de Oro, en el que solían interpretar papeles de hombre, y Josemi Lorenzo Arribas trata de las ausencias y presencias de las mujeres en la historia de la música. Ana Vega Toscano traza un breve recorrido histórico de las compositoras españolas, comenzando por las juglaresas árabes.

Lamentablemente todo esto es casi desconocido por la mayoría de la gente. ¿No debería formar parte de la educación general la historia de las mujeres en la música?

MM: ¡Naturalmente! Pero volvemos a lo mismo, sin leyes que obliguen a rescatar a la mitad de la Humanidad del Silencio y del Olvido creo que va a ser muy complicado, largo y difícil.

EC: Ángeles Sancho Velázquez nos recuerda a la Salomé de Strauss y el mito de la mujer fatal, ¿cuál es el papel que generalmente representan las mujeres en las óperas?

MM: El tema de las protagonistas femeninas de las óperas es lo suficientemente rico y amplio que ocuparía varias tesis doctorales, de hecho alguna ya hay, fuera de España. Dicho en breve, las mujeres en el repertorio operístico o son tontas o son mártires, o son locas o son “fatales”, no encuentras una mujer autónoma, responsable e inteligente… salvo en autoras feministas, por supuesto, o excepciones gloriosas en el Barroco y el Clasicismo.

EC: Por último, la asociación Clásicas y Modernas, en colaboración con la Fundación SGAE Mujeres en la Música y Mujeres Creadoras de Música en España, publicó el año pasado el estudio ¿Dónde están las mujeres en la música sinfónica? Los datos que refleja este ensayo son estremecedores: solo el 1% de las obras programadas por las orquestas sinfónicas españolas en la temporada 2016-2017 corresponden a mujeres. Y en el caso de obras de autoría española el porcentaje es del 2%. Y en este periodo sólo el 5% de los directores de orquesta son mujeres. ¿Hay algún estudio similar sobre el papel que juegan las mujeres en la música moderna: industria musical, composición, festivales, etcétera?

MM: Supongo, que por música moderna te refieres a la música popular, pues precisamente AMCE (Asociación Mujeres Creadoras de Música en España) que aglutina a compositoras sinfónicas y modernas, ha participado en el estudio que mencionas y además, el próximo jueves 13 de febrero, presentará una exposición (fotografías y vídeos) con los testimonios de muchas de estas protagonistas en el Centro Cultural Conde Duque, en su Biblioteca Musical.

Será por la tarde y confío en que asistan muchas de estas creadoras con sus testimonios, que a menudo son bastante escandalosos; todo es mucho más descarado que en los medios profesionales de la música académica, donde como ya he dicho las mujeres a lo largo de la Historia, ni siquiera existimos, seguimos sin referentes femeninos, seguimos enseñando composición a nuestras alumnas bajo el canon exclusivamente masculino y así es difícil que ellas quieran seguir adelante con la profesión, eso por un lado, y por el otro las compositoras, en la actualidad, seguimos siendo la excepción… que confirma la regla.

https://www.marisamanchadotorres.com/

El próximo 30 de marzo a las 19.00 horas este libro será presentado en la Sala Gayarre, del Teatro Real, en un acto en el que intervendrán Begoña Lolo, Catedrática de la UAM y Académica de Bellas Artes de San Fernando, Juan Ángel Vela del Campo, crítico musical y colaborador de El País y Amelia Valcárcel, Catedrática de la UNED, Consejera de Estado.

El eco de los aplausos

El documental que cuenta la sorprendente historia de las pelotaris, un grupo pionero de mujeres deportistas

Conversación con Guillermo Luna Orobón

Hasta la Segunda República, en el año 1933, las mujeres en España no tuvieron derecho al voto. Discriminadas en todos los ámbitos de la vida, pública y privada, la presencia de las mujeres era prácticamente invisible en todos los ámbitos de la vida cultural, política, económica social, deportiva, artística… Pero hubo excepciones. Uno de estos casos, que ha permanecido prácticamente desconocido, es el de un grupo de mujeres, las pelotaris, que en la primera mitad del siglo XX se convirtieron en las primeras profesionales del deporte español y mundial.

La sorprendente historia de estas mujeres está narrada en el documental El eco de los aplausos de Guillermo Luna Orobón, producido por Oboe films. En esta película aparece un grupo de juveniles noventañeras, las raquetistas, que rememoran su juventud dedicada al juego de pelota, un deporte protagonizado mayoritariamente por hombres.

En Espacio Crítico (EC) tenemos la oportunidad de conversar con Guillermo Luna, quien confiesa que este trabajo ha representado un antes y un después en su vida.

EC: ¿Cómo fue esa revelación de tu abuela, una de estas pioneras, que te llevó a indagar y contar la increíble historia de estas mujeres?

Guillermo Luna (GL): Mi abuela era una gran amante del deporte. En algunas ocasiones hacía referencia al hecho de haber jugado en un frontón con público y de manera profesional, pero nadie parecía darle importancia. Yo pude vivir con ella unos años, y creí que hacerle una entrevista podría darme pistas sobre un período fascinante de la historia de mi familia. Gracias a ella pude vertebrar un relato que nos acerca a la mujer en el franquismo a través del auge de un deporte y el orgullo de unas mujeres tan aguerridas como especiales.

EC: Parece increíble que en esos años fueran tan modernas, pero lo sorprendente es que lo son aún en la época actual, por su forma de hablar, sus opiniones, su convicción de que tienen derecho a hacer lo que quieran, de que no tienen por qué estar sometidas, su naturalidad. ¿Cómo se inició su relación con la pelota, cómo se hicieron profesionales? 

GL: La mayoría estaban en el lugar correcto en el momento adecuado, eran chicas jóvenes, con buenas aptitudes físicas y que vieron la posibilidad de ayudar económicamente en casa. Las más veteranas, las que compartieron frontón con las “fenómenos”, debutaron nada más acabar la guerra, con un país literalmente devastado. Era la época de las cartillas de racionamiento. Aportar un jornal era oro para la familia, y ellas lo hacían con gusto y valentía. Después de un período de “ensayos” en el mismo frontón (en la pelota no hay partidos, hay funciones, y no se entrena, se ensaya), que se prolongaba entre 6 meses y un año, debutaban, y pasaban a jugar entre 20 y 40 partidos mensuales, lo que suponía un gran esfuerzo.

María Lasagabaster “Amaia”

EC: Las raquetistas aparecieron en los años 20 del siglo pasado en el País Vasco. En 1929, promovido por Ildefonso Anabitarte se inaugura el frontón Madrid en la capital de España. Y en pocos años se despierta una expectación increíble por el juego femenino de pelota. ¿A qué crees que se debió este éxito?

GL: El exotismo de un juego que llevaba a chicas solamente ataviadas de una raqueta a un frontón, que es un marco impresionante, deslumbró a un público ávido de emociones, ya que el país salía de un período triste como es una guerra. La lista de ciudades con programas femeninos es inmensa. A esto podemos sumar otras razones. La primera es el innegable atractivo de la apuesta. En aquella época era, junto al hipódromo, el único lugar donde se permitía. También se destaca en la prensa de la época la belleza de un juego que combina habilidad y plasticidad con el conocimiento de la pareja rival. En Madrid, las raquetistas se convirtieron en el mayor espectáculo de pelota.

Frontón de Barcelona en 1960

EC: En tu película aparecen también mujeres pelotaris que no son españolas. ¿En qué países se ha desarrollado más el juego de pelota por parte de mujeres?

El juego femenino se exportó a muchos países: Cuba y México fueron las principales plazas, pero también llegaron a Filipinas, EE.UU y Argentina. Hoy día, el deporte de paleta, que podemos decir es el sucesor de la raqueta con pelota de cuero, es enormemente popular en estos países.

EC: Dices también que Fernando Larumbe, que fue campeón mundial de pelota en 1970, te sirvió para la documentación de tu película, ¿cómo ha sido esta colaboración?

GL: Sin Fernando no habría podido desvelar la importancia que este deporte supuso tanto para las raquetistas (fue él quien me dio la mayoría de contactos) como para la historia de este deporte, hoy tristemente olvidado. Fernando lleva más de 40 años recopilando información, documentación, testimonios… una bitácora que podría figurar perfectamente en un museo del deporte, y dónde la mujer tiene un papel muy importante. He tenido la suerte de encontrar a un investigador, y hoy un gran amigo, que trabaja conmigo una historia que los organismos oficiales han decidido despreciar. En cuanto al método de trabajo, ha sido muy fácil. La voluntad de un trabajo sencillo, íntimo en la medida de lo posible, ha sido enormemente facilitado por la empatía, la generosidad y el amor que siente por el deporte y las raquetistas, amor que procuré transmitir en imágenes.

EC: Larumbe ha trabajado codo con codo con asociaciones como Madrid Ciudad y Patrimonio por salvar el frontón Beti Jai, cuya restauración comenzó con el anterior equipo de gobierno municipal de Madrid. ¿Crees que se recuperará el juego de pelota vasca y que la apertura del nuevo Beti Jai puede ayudar al juego de las mujeres en estos tiempos feministas?

GL: Ese es el objetivo que defiende la “Plataforma Salvemos el Beti-Jai” como algunas más, defender el espacio y la historia de un deporte que ha dado mucha alegría y satisfacción a mucha gente. En un momento donde las opciones de practicar deporte están dirigidas por grandes patrocinadores y tendencias que se alejan a veces del deporte, está bien recordar cómo éramos hace apenas unos años y cómo ellas también disfrutaban y hacían disfrutar con bonitos partidos de un espectáculo considerado como único. Sólo el tiempo dirá si la pelota volverá a sonar.

Nota: El documental está disponible en el enlace a continuación:

https://vimeo.com/296673864/5c4242a2ed

«Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía» es la frase que, desde el 25 de noviembre, miles de mujeres en todo el mundo gritan en las calles y publican en las redes sociales, evidenciando los abusos a los que nos exponemos cada día y de los que lamentablemente todas hemos sido víctimas al menos una vez.

Se trata de la intervención “Un violador en tu camino” del colectivo chileno Lastesis, que comenzó como un acto callejero, en medio de la conmemoración de un nuevo Día Internacional Contra la Violencia de Género y del estallido social que vive Chile desde octubre y que en pocas horas se convirtió en un himno feminista, coreado por mujeres de distintas edades, credos, etnias e idiomas.

Hace pocos días el grupo de mapeadoras feministas Geochicas OSM publicó un mapa con todas las ciudades donde se ha replicado la intervención, dando cuenta que el grito “el violador eres tú” ha llegado a casi todo América Latina, además de ciudades de Europa, Asia y África.

 Foto: Tuanis Banana

Este himno feminista refleja lo que las mujeres enfrentamos desde que somos niñas, pero también es una canción de lucha que denuncia los abusos del Estado opresor chileno que desde el 17 de octubre ha dejado a más de 3,500 personas heridas, de las cuales más de 600 son mujeres, niñes y adolescentes, según cifras oficiales. El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) también revela que se han presentado al menos 134 querellas por violencia político-sexual cometidas por agentes del Estado.

Las líneas de “Un Violador en tu camino” han traspasado fronteras y en algunos casos se han modificado según el contexto de cada país o ciudad donde se ha replicado, hecho que da cuenta de la multiplicidad de violencias que ocurren en distintos lugares, y que han visto en esta performance un reflejo, una voz que necesitaba gritar y ser escuchada.

Toda la presentación está llena de simbolismos que dan cuenta de la situación de abusos vivida por los y las manifestantes en estos ya más de 60 días de estallido social chileno. Por ejemplo, las sentadillas que se realizan en la coreografía de “Lastesis” hace referencia a que algunas de las personas detenidas han sido obligadas a hacer sentadillas, muchas incluso desnudas, según testimonios recogidos por organismos que investigan las vulneraciones a los DDHH.

Además, se toma un trozo del himno de Carabineros de Chile (nuestra Policía Nacional), enseñado en todas las escuelas durante la educación primaria, y en el que se alude a la protección y resguardo que esta Institución debe proveer a las mujeres: “Duerme tranquila niña inocente, sin preocuparte del bandolero, que por tus sueños dulce y sonriente vela tu amante carabinero”. Esta frase suena irónica cuando han sido ellos mismos los principales encargados de violentar, abusar, torturar, reprimir y violar a jóvenes y adultas, sin olvidar, que además de estos hechos condenables, altos mandos de su dirección han cometido desfalcos de millonarias cifras dinero, en una impunidad tal que es un grano de arena más en el total de la rabia que produjo el estallido, y que hace que esta institución, décadas atrás una de las mejores evaluadas socialmente, sea en la actualidad una de las más repudiadas.

En ninguno de estos abusos se ha pronunciado la ministra de la Mujer y Equidad de Género de Chile, Isabel Plá, habiéndose manifestado únicamente para defender a las fuerzas policiales chilenas que han resultado heridas durante sus horas de servicio reprimiendo al pueblo que se manifiesta en las calles de todo el país, ignorando que las chilenas sólo por salir a las calles a interpretar la canción de apenas dos minutos de duración, se arriesgan a perder un ojo en el camino y sumarse a la lista de más de 350 personas que han sufrido la mutilación de sus ojos en manos de la fuerza policial.

 Foto: Tuanis Banana

Esos no son los únicos casos en los que el gobierno sudamericano ha perpetuado su violencia machista, ya que tras el anuncio del Pacto por la Paz Social y la Nueva Constitución se empezó a discutir sobre la necesidad de asegurar la participación protagónica de mujeres, pueblos originarios y de independientes a partidos políticos en el órgano constituyente que se elegirá en abril, donde en un principio todo el oficialismo se negó.

¿A qué le teme el gobierno chileno?, ¿Tanto miedo les da que las mujeres nos unamos y nos tomemos los espacios de poder de los que siempre hemos sido relegadas? En Chile más de la mitad de la población es mujer y si el pueblo lleva más de dos meses en las calles exigiendo cambios sustanciales que hagan al último país del mundo un lugar más justo y digno para todos y todas, tienen que entender que ese nuevo Chile tiene que construirse de la manos con las mujeres, los pueblos originarios y la comunidad LGBTIQ+. Esto no es un favor que nos debe el Estado de Chile, es un acto de justicia. Es un derecho que durante mucho tiempo se nos ha negado al callar y opacar nuestras voces, pero ya es tiempo de cambiar.

Porque Chile despertó ¡Porque la nueva constitución será feminista o no será!

ENTREVISTA CON CARLOTA SUBIRÓS

La dramaturga, directora teatral y traductora Carlota Subirós reivindica el feminismo como una revolución poliédrica, en constante evolución.

La actividad de Carlota Subirós (Barcelona, 1974) es imparable: escribe, dirige, da clases y lee, lee mucho. Todo ello la ha convertido en un referente de la dirección escénica teatral. Sus montajes atrapan el público. Seguramente porque trabaja con el tipo de textos que tienen la capacidad de transformar a quien los lee, textos capaces de plantear cuestiones incómodas.

El último montaje de Carlota Subirós ha sido GRRRLS!!! Manifestos feministes del segle XX y XXI, una pieza que reúne fragmentos de textos y manifiestos que forman parte del movimiento feminista (desde Virginia Woolf hasta la poeta Gloria Anzaldúa, entre otras muchas).

Para esta dramaturga, directora teatral y traductora que fundó con Oriol Broggi La Perla 29, el feminismo es una revolución poliédrica y en constante evolución. Una lucha que reivindica una “habitación propia», pero también “patios comunitarios”.

¿Cómo surgió la idea de construir GRRRLS!!! Manifestos feministes del segle XX y XXI?

Este proyecto nació hace tres años en el marco del Instituto de Humanidades, un centro de pensamiento y reflexión del CCCB que tiene una línea de trabajo muy activa en torno al feminismo. En 2016, para celebrar el cuarenta aniversario de las primeras ‘Jornades catalanes de la dona’ me propusieron hacer una lectura dramatizada de textos. Para mí fue un gran espacio de aprendizaje, y a pesar de tener recursos limitados fuimos más allá de lo que sería una lectura. El propio material nos desbordó. Buscábamos textos de los años 70 y encontramos manifiestos y textos anteriores, posteriores… Y ahora a raíz de la exposición Feminismes, me propusieron retomar aquello y yo dije que sí, pero ahora después de tres años y de la expansión del feminismo había que ir más allá. Ha sido muy bonito descubrir el legado de la generación anterior y ahora que el feminismo está muy potenciado pienso que es bueno recoger textos tan contrastados.

http://www.laplaneta.cat/ca/programacio/c/1116-grrrls.html

¿Qué reflexiones le han surgido después de haber llevado a escena todos estos discursos feministas?

Como que los materiales no provienen del territorio escénico o teatral y son textos que tienen que ver con la trayectoria vital y profesional de unas mujeres de épocas y contextos muy diferentes, hay un posicionamiento específico en esta pieza que de alguna manera está un poco fuera del territorio dramático convencional. En cierto modo es un espacio de aprendizaje, es una toma de conciencia y una herramienta para afilar la mirada. Todas las luchas están conectadas, no puedes entender la lucha feminista si la desconectas de las luchas de clase o por temas raciales, económicos y sociales. Todas las formas de opresión están conectadas, por lo tanto todas las formas de respuesta lo tienen que estar. Y no lo había previsto, pero la mayoría de textos hablan de la necesidad de las mujeres de tener una voz propia, de poder tomar posición y tomar la palabra.

Las mujeres con poder de decisión tampoco se ven con frecuencia en el mundo del teatro, ¿verdad?

En esto no avanzamos, creo que es transversal. En el mundo del teatro, a pesar de que es evidente que el porcentaje de mujeres espectadoras es más alto, a pesar de que hay más mujeres que estudian y hacen teatro, la representatividad de las mujeres en las estructuras de poder y de decisión está descompensada hacia la otra parte.

Después de haber leído tantos textos relacionados con el feminismo y de recoger algunas de las dificultades de las mujeres que luchan por la causa, ¿cómo valora la salud de la libertad de expresión?

Vivimos tiempos muy complicados y muy duros. Una parte positiva de este contexto es que muchas cosas han salido a la luz, y mucha gente toma conciencia de cosas que quizás teníamos relativizadas y que de golpe se ven con mucha crudeza. Es evidente que existe un triunfo del cinismo en una esfera pública muy potente, y esto cuesta de creer y de digerir. Incluso cuesta saber cómo reaccionar y cómo luchar porque te sientes anonadada. Todos nos tenemos que afilar. Son tiempos de alta exigencia. Se ven venir panoramas muy oscuros y no solo en cuanto a la libertad expresión, sino también en cuanto a los derechos fundamentales; y no solo hablo de Catalunya, sino también de España y de todo el mundo.

Una habitación propia de Virginia Woolf es uno de sus referentes capitales, ¿qué otros destacaría?

Virginia Woolf es un referente fundamental. Y en este proceso de construir GRRRLS!!! he descubierto a la poeta Gloria Anzaldúa que tiene una reflexión preciosa en respuesta al feminismo blanco y burgués, que dice “escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social (···) Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo”. Esto es una crítica pero también un homenaje y una superación de lo que decía la Woolf y es muy bonito ver como las voces y las diferentes procedencias enriquecen el discurso. Como por ejemplo lo de “Menos cuartos propios y más cuartos comunitarios” de la filósofa y escritora dominicana Yuderkis Espinosa. Vas encontrando un conjunto de ideas muy activas que te invitan a una lucha constante.

Virginia Woolf

¿Por eso considera que el feminismo es una revolución constante que puede transformar las cosas?

Rebecca hace un elogio del activismo. Es evidente que el cinismo y la violencia triunfan, pero no podemos hacer hincapié en esto porque tu experiencia vital sería muy oscura y estéril, pero, si lo adaptas a tu esfera, puedes conseguir cosas, aunque sean pequeñas, y mejor esto que nada. Esto lo dice Rebecca Solnit en Hope in the dark. La vivienda propia y la independencia económica todavía hoy están por garantizar. Lo que resulta esperanzador es la defensa de una manera de vivir.

Quizás hay quién piensa que el feminismo es una moda.

Cuando los discursos son tan genéricos es bueno que existan unas ideas claves y esenciales pero existe el peligro de simplificar, y todavía peor, de banalizar. El feminismo puede llegar a ser una moda o una poso y me parece importante reivindicar la riqueza y la diversidad de este movimiento, que tampoco sé cómo decirlo, porque la palabra se queda corta. Por eso es importante amplificar el discurso y conectarlo con muchos ámbitos del conocimiento.

¿En qué proyecto está trabajando?

Ahora tengo un proyecto enorme que me hace mucha ilusión. La adaptación del Cuaderno dorado de Doris Lessing. Lo estoy haciendo para el Teatre Lliure y se estrenará el 5 de marzo en la sala Fabià Puigserver. En el 2006 leí esta novela y me impactó profundamente y tengo un deseo brutal de transmitir lo que ella quería decirnos.

(Entrevista publicada en catalán en Públic).

Noemí López Trujillo es periodista, escritora, feminista; es mujer, vive en España y es joven. Lo que es igual a decir que sufre la inseguridad laboral (ha pasado por las redacciones de varios medios), la discriminación por ser mujer, la incertidumbre que depara el futuro y, como ella dice, una precariedad que “es vital y atraviesa nuestros cuerpos”. En 2017 obtuvo el premio de Periodismo Joven sobre Violencia de Género que otorga el INJUVE y en la actualidad escribe (generalmente) sobre temática social y siempre desde el punto de vista de vista de las mujeres. Hace un par de meses ha publicado en la editorial Capitán Swing  El vientre vacío, con prólogo de María Sánchez.

Lourdes Lucía de Espacio Crítico (EC) conversa con ella.

EC: Buenos días, Noemí. En primer lugar, enhorabuena por este libro. No es un libro cualquiera. Es un texto breve, 120 páginas, pero muy intenso, hay que pararse una y otra vez a reflexionar sobre lo que dices. Porque impacta, no te deja indiferente. Hablas sobre el miedo a tener hijos que tenéis las mujeres de tu generación, pero también del miedo a no tenerlos (Un escenario donde plantearse tener hijos da pánico. Pero no tenerlos, cuando lo deseas tanto, también). Tú dices que ya no existe la posibilidad de predecir cómo serán vuestras vidas en el futuro porque la precariedad ha dinamitado esa posibilidad. ¿Crees que hay salida a esta incertidumbre? ¿Está todo perdido?

No, no lo creo. Darlo todo por perdido sería una cesión al caos propio del individualismo. Yo creo que hay muchas personas organizándose y esforzándose para intentar que el Estado del Bienestar no se vaya del todo al traste, para intentar sostener las estructuras construidas. Si lo diésemos todo por perdido no habría nada por lo que luchar, mi libro siquiera tendría sentido. Me quejo porque creo en un mundo mejor. Y desde ese ejercicio de fe, construimos. Darlo todo por perdido, según qué narrativa, sería casi un lujo o un privilegio.

EC: En una entrevista que hiciste para TVE (La aventura del saber) dices que el título del libro viene por un sueño que tuviste (“Cada vez más imagino mi vientre vacío. Como una tumba a la que algún día llevaré flores”) y liga con un verso de María Sánchez, comentas que  muchas mujeres de tu generación tenéis la sensación del hueco, de ese vacío, de la imposibilidad de algo. Después de escribir un texto tan intenso, tan dolorosamente necesario, ¿cómo te sientes?

Creo que escribir sobre una misma es algo así como practicar el canibalismo. Mi escritura se alimentaba de la miseria propia. Y lo que más me aterraba era no sentir ese miedo que durante años he experimentado y no poder aterrizarlo en palabras. Ahora estoy haciendo la digestión de todo eso, así que no pienso mucho en cómo me afecta emocionalmente.

EC: Hablas en el libro, y lo recoge también Diana Oliver en una entrevista que te hizo para El País, de lo que le escuchaste a Rafaela Pimentel, una activista defensora de los derechos de las trabajadoras domésticas: “El feminismo que se centra en romper el techo de cristal es insuficiente cuando hay limpiadoras que ni siquiera están dadas de alta en la Seguridad Social”, ¿no crees que a veces, también en el feminismo, se ven los problemas desde una situación privilegiada?

Claro, el género y la clase son cuestiones intímamente ligadas. De ahí la potencia del movimiento feminista, de esta cuarta ola a la que asistimos, que es transversal e interseccional: son las mujeres más precarizadas (como las mujeres migrantes o las mujeres trans) quienes están construyendo los discursos más transgresores y están haciendo que el movimiento evolucione. No es que antes no lo hicieran, porque el movimiento siempre ha pertenecido a ellas, pero la hegemonía se visibilizaba y se construía desde el privilegio. Una vez que se han alcanzado ciertos consensos, nos damos cuenta de la enorme deuda que tenemos con compañeras a las que hemos arrebatado espacios.

EC: Últimamente se habla mucho de la Renta Básica Universal, ¿crees que una medida de este tipo mejoraría la situación y podría contribuir a la estabilidad que se necesita para planificar el futuro?

No tengo una opinión formada sobre la Renta Básica Universal. A priori me parece una buena idea, pero no tengo la suficiente información como para relacionar esta medida con lo que expongo en el libro, ni si mejoraría la situación o podría contribuir a la estabilidad. Desde luego necesitamos un gobierno progresista que legisle con perspectiva feminista y que saque adelante propuestas de corte social.

EC: Insisto en que en tu libro no sobra nada, hay que pararse en cada frase. Me parece muy buena esa descripción que haces del paro, viendo cómo, en diferentes etapas de tu vida, iba aumentando la fila de personas que aguardaban su turno ante la oficina de empleo. Es una imagen muy gráfica de las consecuencias de la crisis. Hablas aproximadamente del año 2009. ¿Crees que en estos diez últimos años ha cambiado algo? ¿Qué?

Han cambiado las expectativas: parece que ya no aspiramos a vivir mejor, sino a tratar de mantener lo logrado -en cuestión de derechos-. Y eso es muy peligroso para el progreso: si tenemos que recuperar las luchas pasadas y defender lo que pensábamos que ya se había conseguido, no progresamos, sino que nuestros esfuerzos van dirigidos al mantenimiento. Eso nos sitúa en un estado de latencia permanente donde es muy difícil evolucionar.

EC: Hablamos todo el tiempo de maternidad, pero ¿qué hay de los hombres, de la paternidad?

Bueno, ese es un discurso que deben construir ellos. Esto de que nos pregunten a las mujeres “¿y qué hay de los hombres?”, “¿qué opinan de esto los hombres?”, “¿cómo les afecta?” -como si fuese también nuestro trabajo crearles el mensaje más adecuado- no me convence, no me parece justo. La realidad es que gran parte de los hombres no se preocupa sobre si será demasiado tarde para su cuerpo cuando quieran ser padres, la paternidad apenas les penaliza en el mercado de trabajo, y no hay una narrativa tan bestia del “mal padre” como sí la hay de la “mala madre”. Así que la reflexión de cómo todo esto les interpela es su trabajo. Tenemos que combatir esta imagen de la madre salvadora que sabe dónde se ha dejado el chiquillo esa sudadera que tanto le gusta y que no encuentra entre tanto desorden porque así es ella, omnipresente y atenta a los detalles. Ese rol que se traslada al feminismo, según el cual somos espeleólogas de lo masculino también: siempre con la respuesta perfecta, siempre entregadas a la causa.

Noemí  López, fotografía de JAVIER NADALES

EC: Uno de los temas que planteas en el libro es el proceso de mercantilización de la congelación de óvulos. Sobrecogen las páginas que dedicas a contar las experiencias de mujeres que han tenido que pedir créditos, que se han endeudado para congelar sus óvulos con el deseo de ser madres un día. ¿Crees que se ha creado un negocio con la maternidad?

Sin duda. Las clínicas de reproducción asistida han sido inteligentes y han visto que aunque la maternidad se estaba imposibilitando, muchas mujeres iban a hacer todo lo posible por ser madres. Así que han puesto precio a nuestros deseos y a nuestros miedos. Esto, además, es bueno para el Estado porque aquí se ha descargado parte de la demanda que tenía que asumir la sanidad pública. Pero las listas de espera son incompatibles con la vida y con los proyectos vitales.

EC: Todo lo que dices en el libro es evidente, yo lo veo clarísimo. Sin embargo, leí después de la entrevista que te hizo Carlos Ansina en Onda Cero varios comentarios de personas que te habían escuchado:

Comentarios: Menos seguridades tenían nuestros padres, y todos hemos salido. La problemática de esta sociedad es la falta de compromiso o quizá la falta de confianza en la vida. Un hijo te trae una energía, que te irías al fin del mundo para conquistar la Patagonia si fuera necesario. Fuera cobardías.

Me parece que esta chica refleja perfectamente uno de los grandes paradigmas de la juventud española… Le echa la culpa a otros de las cosas que no están bajo su control.

Mis padres también tuvo [sic] 9 hijos. 4 chicos y 5 chicas. Fuimos muy felices. Entiendo que son diferentes tiempos, pero yo creo que hoy en día esta generación es muy cómoda. Yo tengo 52 años, 3 hijas y 1 hijo. 5 nietos y un bisnieto. Y me siento plenamente feliz con mi maravillosa familia. Todos vivimos en el mismo barrio y somos como una piña.

¿Te sorprenden este tipo de comentarios? ¿Crees que vivimos en una sociedad muy insolidaria, demasiado individualista?

No me sorprenden y en cierta forma los entiendo. Creo que uno de los discursos que más ha calado en las últimas décadas es el del “si quieres, puedes”, esta lógica del “hombre hecho a sí mismo”. Y creo que mucha gente que hace este tipo de comentarios tienen un sesgo del superviviente brutal: si a mí me ha funcionado, significa que a los demás también; y si no les está funcionando, es que algo estarán haciendo mal. Este sesgo del superviviente nos hace interpretar la realidad con unos códigos asentados en el esfuerzo, el talento propio y lo merecido, en vez de en la suerte, el privilegio y la desigualdad. Es casi una historia que nos contamos a nosotros mismos, un relato enunciado en positivo, que nos permite enorgullecernos de lo logrado desquitándonos la responsabilidad de actuar sobre los mecanismos que permiten que haya una sociedad desigual.

EC: Por último, siempre pienso que un libro, un ensayo como es este caso, debe servir para comprender mejor el mundo en el que vivimos, debe ayudarnos para transformarlo, ¿piensas que El vientre vacío está sirviendo para este fin?

Creo que de alguna forma sí, pero porque dialoga con obras y textos que otras mujeres han escrito o están publicando recientemente. Sinceramente, no le busco tanto la utilidad o la productividad a la obra, no la escribí por eso. La escribí porque mi editora y yo pensamos que es un relato importante el de las consecuencias de la crisis, de cómo la violencia económica impacta en nuestros deseos (impacta de muchas maneras, esta es una de ellas). Y pensamos que quizá habría mujeres que se podrían sentir identificadas.

Por último muchas gracias, felicidades de nuevo y quedamos a la espera de tu próxima obra.

Conversación con Marta Pazos, directora de escena

El próximo domingo, 10 de noviembre, se estrena en Santiago de Compostela la ópera A Amnesia de Clío, una producción de Voadora en coproducción con el Consorcio de Santiago–Real Filharmonía de Galicia, el Centro Dramático Galego y Amigos de la Ópera de Santiago, y que ha contado con la colaboración de diversas instituciones gallegas.

Una Beca Leonardo a Investigadores y Creadores Culturales 2017 ha hecho posible la realización de esta ópera. Compuesta por Fernando Buide, con libreto de Fernando Epelde y bajo la dirección musical de Paul Daniel, la dirección escénica está a cargo de Marta Pazos, con la que conversamos en Espacio Crítico.

Espacio Crítico (EC): No es fácil estrenar una ópera nueva, contemporánea, y menos una obra que tiene un marcado acento feminista. ¿Cómo lo habéis hecho posible? Prácticamente todo el equipo sois de Galicia ¿te has sentido como en casa?

Marta Pazos (MP): Hay mucho talento en Galicia. Sí, me he sentido como en casa. Lo decía el productor en la presentación: siento orgullo de que hayamos podido levantar un castillo como este aquí, una ópera de este tipo, enorme. Una ópera contemporánea es muy difícil de escribir, de estrenar, de poner en pie. Es importante apoyar este tipo de proyectos porque, claro que es fantástico poner en pie Aidas y ToscasCármenes y Otelo, etcétera, eso es muy necesario, pero es muy importante estrenar óperas nuevas que se representarán en el futuro. Y hacer así historia.

EC: La ópera se estrena el 10 de noviembre en Santiago, el mismo día de las elecciones. ¿No puede perjudicaros esta coincidencia?

MP: En absoluto. Ya tenemos el auditorio completo. Las entradas se agotaron en cuanto se pusieron a la venta. El Auditorio tiene un aforo para más de mil espectadores. Nosotros ya teníamos la fecha mucho antes de que se convocaran las elecciones. Pero a mí me parece una de esas coincidencias fabulosas, que una obra que habla de arte y política se estrene el mismo día que se celebran estas elecciones tan importantes.

EC: Clío es la musa de la historia y de la poesía épica. Fernando Buide explica que la trama arranca de una serie de personajes reales a partir de los cuales se construye una especie de distopía. El personaje femenino está inspirado en diferentes mujeres fuertes del siglo XX, que se convierten de alguna manera en Clío.

MP: Así es, pero tengo que matizar que  la idea de la ópera es de Fernando Epelde, él es el autor de la historia.

EC: Me comentaste este verano, la última vez que nos vimos, y también lo he leído en varias entrevistas tanto en prensa escrita como en la radio que habéis pensado en Cicciolina como personaje principal. ¿Es así?

MP: No, no es exactamente así. Esa fue la primera idea, pero por diversas circunstancias que no vienen al caso la hemos cambiado. El libreto es maravilloso, la composición es fantástica. Y está mal que yo lo diga, pero la puesta en escena es muy buena. Y hemos preferido que en este escenario Clío sea un personaje que es el compendio de muchas mujeres. Nos fuimos al germen y hemos reflejado en Clío a muchas mujeres que han sido irreverentes y han ocupado espacios que no les pertenecían. Mujeres a nivel mundial; tal como es ahora Clío, el personaje principal, la musa convertida en genio, la obra queda mucho más completa. La acción comienza en 2019 y anuncia un futuro distópico. Esta ópera ha sido una aventura vital, hemos aprendido mucho en todo el proceso de creación en el que llevamos años trabajando.

EC: También son sorprendentes los personajes antagonistas de Clío: George Bush hijo, Angela Merkel, la sargento estadounidense Leslie Zimmermann, que se convierten también en personajes casi de ficción. Pueden parecer personajes grotescos ¿Tiene algo de bufo esta ópera?

MP: Para mí no es nada bufa, en absoluto. Es un libreto muy cinematográfico, en mi opinión tiene más que ver con ese tipo de cine de intriga, de alta política, un poco shakespeariano, por qué no decirlo, de intrigas de palacio. Cicciolina era la guinda del pastel pero era un peso muy grande en el proyecto. Ahora es como si se hubiera retirado un velo. Ahora todo gira en torno a Clío, este personaje que es el reflejo de muchas mujeres. Creo que así queda más universalizado.

EC: ¿No te asusta el peligro de una empresa tan arriesgada?

MP: No me asusta en absoluto. Generalmente no tengo miedo cuando me meto en un proyecto. Si no no me metería en nada, no haría nada. Siempre tengo curiosidad y veo lo que puedo aprender. También llevo la escenografía. Para mí ha sido un trabajo muy complejo.

EC: ¿Cuánto tiempo lleváis trabajando en este proyecto?

MP: Dos años.

EC: ¿Hay una atmósfera de sexualidad en esta ópera?

MP: La sexualidad está latente: juegos de poder en el arte y la política. Y esto tiene que ver en mi opinión con el sexo. Hay mucho de seducción. Todo el mundo de la política es seducción, captación. En el trabajo con los solistas ha habido una labor en la que yo les he pedido que suban la temperatura del horno. Para mí, por ejemplo, esto ocurre con el trabajo de Sebastià Peris, el barítono; él hace el papel de un personaje deleznable pero hay que sacarle su parte magnética, su parte sensual. Tiene que haber algo de eso para reflejar el sexappeal de la política, y lo mismo pasa en el arte. Aquí es donde se ve reflejada toda la historia de las musas, cómo aparecen, cómo están colocadas, desnudas, en los museos.

EC: ¿Y Clío?

MP: El personaje de Clío es una mujer de 66 años. Me encanta que tenga esa edad. La soprano, Raquel Lojendio, es muchísimo más joven, pero hemos trabajado esa sensualidad desde un lugar en el que ya ha pasado de todo. Hemos construido un personaje muy magnético. Ella está soberbia porque además hemos tenido la suerte de trabajar como se hacía hace muchos años, cuando sabías para qué soprano ibas a componer. La partitura está compuesta para Raquel. El movimiento de escena está hecho para ella, conociendo yo sus características y virtudes. Por ejemplo, ella tiene formación de ballet clásico y le hemos hecho una escena de puntas. No sé qué soprano interpretará este papel en el futuro pero en esta ópera el traje  ha quedado brillante porque está hecho para ella, a su medida. Lo mismo ocurre con Marina Pardo (Leslie Zimerman), que es un personaje real. Es una soldado que aparece en un mural pintado por G. Bush y aparece en internet contando su experiencia en la guerra de Iraq. Cuando ella vuelve, se ve desde una perspectiva femenina todo ese legado que nos recuerda a los soldados volviendo de Vietnam. Una mujer que era madre, que se fue a Iraq y cómo vuelve; toda esa historia posterior de los veteranos. Marina Pardo hace una recreación de la historia de esa veterana, que es un personaje real, y en una puesta en escena que también es pictórica. Yo soy muy técnica como directora, hago un control corporal muy limpio. Tiene que trabajar muchísimo la contención, la emoción. La clave para mí es también el trabajo de la coreógrafa Rut Balbís con la que yo he trabajado muchos años y ha hecho un trabajo muy  bueno con ellos. No hay ni un solo movimiento gratuito, todo está medido, es como un cuadro. No es lo mismo que pongas la mano así o así. No hay puntada sin hilo. Es un trabajo de orfebrería.

EC: ¿Qué parte tiene el azar en el éxito de esta aventura-empresa?

MP: En mi vida artística lo tiene todo. Yo soy una persona que me siento muy conectada desde niña con las señales, con el azar. He aprendido a lo largo de los años a darle valor a las señales, a escucharlas. Trabajo no solo desde la racionalidad de la cabeza, sino todo lo contrario, cada vez voy desterrando más esto y conectándome con lo invisible. Lo utilizo en la escena. Por eso toda la casuística, el azar, las casualidades, las cosas mágicas también, que tienen un peso muy importante en mi obra. No sigo los cauces al uso. Pienso que la revolución también viene por ahí. Hay muchas cosas que se relacionan más con el universo femenino, y que muchas veces están relegadas a un ocultismo. Para mí la intuición es un ingrediente básico. Empecé en el año 99, llevo 20 años dirigiendo. Ahora trabajo desde la tranquilidad de que mi intuición tiene una validez. Ahora sé que las cosas que pasan, pasan por algo, por eso no tengo miedo, no me asusto.

De repente apareció la oportunidad de contratar a dos bailarines gemelos; eso era lo que necesitaba la puesta en escena. Una puesta en escena que habla todo el tiempo de dos mundos, de un paralelismo que es como un díptico de los cuadros que dialogan; esa es la puesta en escena. Y cuando aparece dos bailarines gemelos yo no me sorprendo, yo celebro. Y eso tiene que ver con mi propia situación dentro de este mundo. También observo el contexto: Clío es una musa artística y entra en el mundo de la política. Yo soy una directora que viene de la vanguardia española y se mete a dirigir ópera en un mundo, el de la lírica, en un contexto donde las estadísticas dicen que hay mucho trabajo por hacer, en un ámbito donde las Temporadas de Igualdad sí que tienen una gran labor por delante. Las directoras de ópera en España se pueden contar con los dedos de las manos.

EC: vais a Santiago, A Coruña y Ourense, después de Galicia, ¿tenéis pensado ir a más sitios?

MP: Sí, pero no lo voy a decir todavía.

Pues muchas gracias y te deseo mucha mierda, como decís en el teatro y la ópera.

Finaliza agosto y las complicidades de mujeres migrantas en luchas se juntan en Madrid para tener un encuentro-taller con la antropóloga feminista Rita Segato. El impás político no es motivo para dejar de pensar e imaginar en común aquello que la invitada viene debatiendo en distintos foros: hacia un pensar interpelado. Este encuentro ha sido una iniciativa conjunta entre el Seminario Permanente sobre América Latina (SEMPAL)[1] en su línea de trabajo “Conversatorios situados” y el Frente Migrante en Madrid.

El encuentro tuvo lugar en el Centro de Residencia Artísticas del Matadero (Madrid), la temática que reunió a distintas voces versó sobre «Hacia un pensar interpelado y disponible: Pensamientos situados, gramáticas subversivas y pedagogías del atreverse». Dicha actividad es resultado del dialogo que el SEMPAL y el Frente Migrante vienen construyendo con la perspectiva teórico práctica de Rita Segato. Estuvieron presentes una coralidad de orígenes, colores, historias, palabras, forma de lucha y esperanzas. Aproximadamente nos miramos y reconocimos 45 mujeres (mujerzazas) migrantes de distintas geografías: Paraguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, Argentina Venezuela, Perú, Kurdistán, Marruecos, también estuvieron presentes aquellas que han nacido en España de padres o madres migrantas.

Digamos que un arco de generaciones e historias de vida muy heterogéneas, con diferentes miradas, experiencias, culturas, religiones se atrevió a pensar y reflexionar sobre las gramáticas subversivas y las pedagogías del atreverse en el marco de la lucha de las mujeres migrantes en España, en Madrid. La intensidad y amplitud del debate en una especie de sazón ante los planteamientos de la ponente, hace de la labor de síntesis un trabajo nada fácil, y menos neutral. El ambiente fue de una complicidad y coincidencia, pero también la diferencia de posturas epistemológicas, respecto de los varios campos de lucha en juego hizo ver las posibilidades del horizonte por construir.

Captando los pensamientos expresados en el taller recogemos aquellas ideas que tenían la magia de formar nidos de saber. La autora, en primer lugar, nos contó su experiencia como migrante y afirmó que ser migrante es como “tener un paisaje que se desprendió de su origen, pero sigue siendo parte de nuestros cuerpos”. Además, Segato afirmó que los cuerpos son los nuevos territorios, que transitan y son objeto de conquista”.

Siguiendo este hilo, Rita indicó que entiende la raza como la marca en el cuerpo que representa una posición geopolítica en la historia y, por lo tanto, establece una relación de poder en la sociedad. Este concepto de raza ha sido creado por el mundo blanco, que ha racializado las relaciones. Como explica, por ejemplo, Chimamanda Ngozi Adichie, en su libro Americanah, en el que la protagonista se da cuenta de que es negra cuando se muda a Estados Unidos, ya que en Nigeria nunca había sentido el rechazo de la sociedad y la discriminación que sufrió en los EUA.

El eco de estas primeras palabras de saber invitaba inesperadamente a dialogar a los microespacios artísticos de proyectos racializados que habitan en el Centro de Residencias Artísticas. Rita habló con mucha elocuencia y con una mirada subversiva, sobre muchos temas importantes que afectan nuestras sociedades actuales. Entre los diversos temas mencionados, destacamos el patriarcado, las religiones, la pedagogía de la crueldad, etc. Uno de sus análisis que llamó la atención es cuando afirma “que estamos al principio de la vuelta de página del patriarcado en la humanidad”. Creo que esta frase nos deja un poco de esperanza en el contexto actual en el que vemos un grande retroceso al conservadurismo. 

De hecho, también hablamos detenidamente sobre la religión y su politización en la última década. Segato afirmó que vivimos un secuestro fundamentalista de la religión cristiana, musulmana y judaica, que tiene como principal enemigo a la mujer, y por lo tanto el patriarcado es la consigna más importante de la religión. Dicho secuestro es realizado por sectores del poder, que tienen como principal objetivo la “dueñidad”, el señorío de la sociedad. En otras palabras, son los grandes propietarios de la riqueza y quieren también ser dueños de los cuerpos de las mujeres.

Además, la autora señaló que tenemos que huir del fanatismo del monoteísmo, porque la verdad única es lo que ha hecho posible el genocidio, ya que el monoteísmo tiende a utilizar estrategias fascistas del enemigo. De hecho, para vivir en una sociedad democrática hay que respetar las diferentes religiones y espiritualidades, pero no debemos caer en el fanatismo religioso, porque entonces se tiende a pensar que el otro no es posible, creando el monopolio de la verdad y la justicia.

Durante la charla de Rita Segato hubo varias intervenciones de las compañeras que estaban asistiendo al taller. Algunas de ellas compartieron su preocupación acerca de las compañeras migrantes de lucha que han sido captadas por los fundamentalismos religiosos. Dicho fenómeno, por lo tanto, no está sucediendo solamente en Latinoamérica, sino que también en España, donde el secuestro de la religión actúa donde existe un vacío del Estado, donde la política pierde su capacidad pedagógica y selecciona aquellas personas que han sido afectadas por la crisis y se encuentran en una situación de vulnerabilidad social.

A la pregunta de una de las compañeras “qué hacemos para resistir contra la estrategia fascista de la religión y al ataque a nuestros derechos”, la autora contestó que tenemos que pensar detenidamente para generar las «palabras», los «pensamientos» adecuadas para la denuncia de dichos sectores. Solamente con la elaboración de las palabras, podremos crear un lenguaje contrastante al poder patriarcal y racista. De allí su interés por las gramáticas subversivas y las pedagogías del atreverse.

El tema del papel del Estado también ha sido debatido, y Rita dijo que, aunque tenemos que estar dentro del Estado para impulsar políticas sociales y feminista, hay que estar también contra él, porque el Estado nos traiciona siempre a las mujeres. Y añadió que la única forma que tenemos para combatir el patriarcado, el capitalismo y racismo, es retejer la sociedad, hacer comunidad entre nosotras, defender nuestros derechos y crear nuestras sociedades feministas, cuidándonos, apoyándonos y luchando.

Hasta ahora se ha destacada los temas que se han tratado en el taller, pero es importante señalar que especialmente en la segunda parte del taller hubo muchas intervenciones de las compañeras migrantes, que contaron sus historias, experiencias de militancia, de lucha, de vida, poniendo en evidencia los obstáculos y logros que habían vivido. Este compartir de los saberes, experiencias y luchas ha sido muy enriquecedor para todas, siendo un espacio también de sanación, de conocernos y de identificarnos con las experiencias de las demás.

Para concluir, ha sido un primer taller de una riqueza impresionante a nivel de ideas, de conceptos, de compartir experiencias y de reconocernos como mujeres migrantes. El colectivo migrante que estaba presente señaló la importancia de destacar nuestras diferencias, pero también de identificar nuestras similitudes.

Dentro de muy poco los conversatorios situados seguirán generando saberes e historias debida.  



[1] El Seminario es un espacio de análisis y reflexión del Observatorio de Derechos Humanos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

La dominación no necesita para existir sólo el uso de la fuerza, sino que exige también reconocimiento. Dicho de otro modo: para obedecer se requiere coerción y consenso. La forma institucional e íntima que adopta hoy la dominación de las mujeres bajo el capitalismo neoliberal es ilustrativa al respecto. El capitalismo en esta fase está organizado a través de la división sexual del trabajo. Para ello, está orientado a maximizar las tasas de ganancia del capital transformando a las mujeres en seres a las que se expropia trabajo, tiempos y afectos, explota su fuerza de trabajo y hace de sus cuerpos un nicho rentable de negocio. Invisibilizar el conflicto derivado de poner muchas vidas al servicio de la acumulación de capital es el modo de borrar cualquier posibilidad de disidencia. Pero, además, se ha de disponer de mecanismos efectivos de socialización, con sus correspondientes incentivos y castigos, que produzca correctamente identidades femeninas que consientan. No hay capitalismo sin explotación y no hay explotación sin consentimiento. La violencia siempre es el plan B.

La coacción estructural en la que se desarrolla la vida de las mujeres es muy sofisticada y su conversión en sentido común esconde aún más sus rasgos. Por eso resultan comprensibles las dificultades que siguen teniendo muchas mujeres para deslegitimar el mandato recibido. Su desobediencia implica no sólo rechazar la forma patriarcal de organizar la vida bajo el capitalismo neoliberal, sino también rechazar cómo se entienden a sí mismas. De ahí que las estrategias del movimiento feminista siempre hayan estado dirigidas tanto a captar la mente de las mujeres e impulsar su empoderamiento individual y colectivo, como a hacer visible públicamente los intereses ocultos en la sujeción de las mujeres e incidir en el rumbo de los cambios estructurales. Es decir, la desobediencia, sea como fuere que la definamos, es indisoluble del feminismo como movimiento social y propuesta política emancipatoria.

De hecho, la historia de su acción colectiva es la constatación de un cuestionamiento permanente a las reglas establecidas que siempre tuvo como resultado democratizar los consensos previamente establecidos. Desafiantes y enormemente creativas, las acciones desplegadas en los momentos de mayor visibilidad, las olas feministas, constituyen un legado ineludible del que seguimos tirando para redefinir las fronteras de los potenciales nuevos consensos. En ese amplio repertorio hallamos las formas más convencionales de participación y acción como la huelga, el llamado al boicot, las concentraciones o manifestaciones. Pero, también, transgresiones de la legalidad sea por hacer lo prohibido o por no hacer lo ordenado. Este quehacer ilícito forma parte de la cadena genética del feminismo como muestra que fueran las sufragistas del siglo XIX quienes materializaron la desobediencia civil como filosofía y estrategia, o los ejercicios de apología, auto-imputación e inducción al delito practicados por las feministas a finales de los 70, exigiendo el derecho al aborto, la despenalización del adulterio o la legalización de los anticonceptivos, sin olvidar su solidaridad con las mujeres encarceladas por los denominados “delitos específicos” y no amnistiadas. Sus acciones han buscado no sólo activar la dimensión movilizadora, sino también, cuestionar la legitimidad existente, desplegar una vasta red de información, apoyo material y vital, y crear espacios participativos que facilitaran la construcción de identidades colectivas.

Desde esta memoria democrática ¿qué forma adquiere el carácter desobediente de esta cuarta ola feminista del siglo XXI?

En 2011 irrumpían las italianas al grito de “Se non ora quando?” y tras ellas hasta la actualidad, millones de mujeres en decenas de países han desbordado todas las previsiones en manifestaciones multitudinarias que ha utilizado la solidaridad como arma: “Hermana, yo si te creo”, “Juana está en mi casa”, “Ni una menos”, “Vivas nos queremos”. Y también han centrado su cuerpo reivindicativo en las violencias machistas, especialmente la sexual, así como en la justicia reproductiva. Y han utilizado las redes sociales como dispositivo de articulación y como altavoz de unas denuncias que convulsionaban el mundo del espectáculo y los medios en EEUU con el #Me too. Ese sentir se expandía por España, gracias a periodistas valientes y al coraje de tantas mujeres cansadas del silencio, con el #Cuéntalo, en el que más de un millón de mujeres contarían las agresiones sexuales sufridas.

A partir de 2017 estas movilizaciones empiezan a articularse coordinadamente a escala planetaria en torno al 8 de marzo. La gran herramienta canalizadora de la movilización, y al tiempo punto de ruptura, será la huelga, que visibilizará el diálogo y la alianza transversal que el feminismo ha sabido articular con las protestas de la época. Esto es lo que la última gran huelga feminista en la España de 2019 reivindicaba: “la vida en el centro” y explicitaba: que “la rebeldía y la lucha contra la alianza entre el patriarcado y el capitalismo que nos quiere obedientes, sumisas y calladas”, muestra la conexión con todos los movimientos que surgen como respuesta a las políticas de ajuste que se ponen en marcha a partir del estallido financiero del 2008. Una respuesta que ya había sorprendido, como señala Susan Watkins, por el resurgir de un feminismo militante. Porque este feminismo capilar ya se había dejado oír con fuerza en las acampadas que ocuparon espacios públicos emblemáticos como la Puerta del Sol en Madrid y Occupy Wall Street en New York en 2011, de la misma manera que venía desde el sur reclamando una crítica al colonialismo desde las primaveras árabes con el epicentro simbólico en la Plaza Tahir de El Cairo. No debemos olvidar que tiene razón Boaventura de Sousa Santos cuando recuerda que, al otro lado de la línea abismal, la apropiación y la violencia son la respuesta a las reclamaciones, que en muchos lugares incorporan a la represión, las violaciones como una forma sistemática de castigo.

La agenda feminista se amplía y se conecta con todas las luchas que se están dando en la esfera de la reproducción social: con las mareas sanitarias y educativas, con las y los pensionistas, con la plataforma anti-desahucios, con las mareas de estudiantes contra el cambio climático, etc. De ahí que las autoras del “Manifiesto de un feminismo para el 99%” planteen que las huelgas feministas forman parte de una nueva lucha de clases que, por primera vez, incluye las luchas por la reproducción social. La clase ya no serían solo las relaciones que explotan directamente “el trabajo”, sino también las relaciones que lo posibilitan y lo sostienen. Ni la clase ni tampoco la huelga volverán a ser nunca más igual. Se reinventa tanto conceptualmente con en las nuevas formas de hacerla: durante 24 horas como un paro laboral, de cuidados, de consumo y estudiantil.

Sin duda, la huelga es la principal herramienta que está movilizando y guiando las propuestas de transformación social en esta cuarta ola feminista. Acompañándola antes y después de estas, un sinfín de acciones militantes continúan cotidianamente logrando impactar sobre la realidad social con éxito. La elección de la estrategia depende de la correlación de fuerzas en la que se desarrolla el conflicto, o de la relevancia de las alianzas para lograr un impacto capaz de abrir grietas en la legitimidad del orden. Ahí está un sindicalismo de nuevo tipo, el bio-sindicalismo como lo llama Yayo Herrero, de las cuidadoras profesionales de residencias de Gipuzkoa y Bizkaia, que está logrando en alianza con las familias de las personas cuidadas no sólo mejorar sus condiciones laborales, sino, también, visibilizar la relevancia social de un trabajo emergente que sostiene las vidas cuando ésta ya está llegando a su fin.

También sabemos que no obedecer es abrir las puertas al sacrificio y las personas tenemos un fuerte instinto de supervivencia. Quizá, por eso, no es fortuito que la desobediencia civil de la época la estén protagonizando quienes ya han perdido un techo bajo el que cobijarse: la Plataforma de afectados por la hipoteca (PAH), impulsando la ocupación individual y colectiva de viviendas vacías y preferiblemente de entidades financieras.

En definitiva, hoy existe un potencial bloque histórico desobediente, articulado a escala planetaria, con enorme capacidad para abrir paso a profundas transformaciones del capitalismo neoliberal, de la institucionalidad y de la legalidad que lo sostiene. Un potencial bloque histórico que, camino de su consolidación, está reinventando las estrategias de acción colectiva. El movimiento feminista está haciendo de faro y se coloca a la vanguardia de un bloque que articula proyectos capaces de cambiar las sociedades de arriba abajo. Cuando esto pasa, el poder puede bien tratar de solventar las demandas, bien incrementar la criminalización, la represión y la propaganda, o bien prepararse para salir de la posición de mando. En España, todas estas posibilidades están encima de la mesa. Sólo los gobiernos que tras este ciclo electoral incorporen las voces de las fuerzas políticas que se están haciendo eco de una desobediencia feminista histórica con un fuerte carácter anticapitalista y son garantía de articular un programa de transición centrado en la garantía de la reproducción social, van a poder sacarnos del atolladero en el que la vida futura ha dejado de ser una distopía ficcionada.

¿Dónde están las mujeres en las bibliotecas, cuántos libros escritos por mujeres hay en ellas?  Esto es lo que trata de averiguar el proyecto Bibliotecas en Igualdad, impulsado por la asociación feminista Clásica y Modernas (https://www.clasicasymodernas.org/), para poner de manifiesto que el porcentaje es muy desfavorable a las autoras, aunque no todo el mundo lo sepa. Por ello, llevan realizando durante varios meses el taller “El misterio de las mujeres desaparecidas en las bibliotecas”. La actividad es muy sencilla: se escoge una biblioteca, se prepara una estantería separada del resto y se pide a las personas que participan en el taller que vayan buscando libros escritos por mujeres y los depositen en ella. El resultado es evidente: son muy pocas las obras de autoras femeninas en comparación con las realizadas por hombres.

Tan clara es la diferencia entre obras de autores y autoras, que Ana Santos, directora de la Biblioteca Nacional de España, explicaba en la Universitat de Valencia durante el simposio “Bibliotecas en igualdad” celebrado el pasado 12 de abril, que un reciente estudio sobre el catálogo bibliográfico de la BNE muestra cómo de 1.351.143 títulos registrados, sólo 232.047 corresponden a autoras. Este estudio ha sido el resultado de un encargo de la BNE al INE para comprobar cuántos de los nombres de las autorías de estas obras coinciden con el listado de nombres femeninos que consta en las bases de datos del INE. Los resultados tendrán que ser afinados, pero la conclusión no puede ser más reveladora: solamente algo más de un 15% de los libros que están en la BNE son obra de mujeres.

Sólo aproximadamente el 15% de los libros que están en la Biblioteca nacional de España son obras escritas por mujeres.

Esta diferencia es consecuencia de la discriminación y sometimiento de las mujeres a lo largo de la historia: tengamos en cuenta que la BNE se fundó en el año 1711 y que sólo 126 años más tarde una mujer fue autorizada a consultar sus fondos. La valiente se llamaba Antonia Gutiérrez Bueno y tuvo que obtener en 1837 un permiso especial de la Reina Regente María Cristina para poder acceder a los fondos de la Biblioteca. Y lo logró porque estaba escribiendo un libro. Aislada y en una habitación especial dispuesta para ella sola, Antonia pudo hacer las consultas que necesitaba para escribir su obra, que, además, tuvo que publicar con el seudónimo de un hombre. Y no fue hasta ochenta y un años después (1918) cuando entró a trabajar la primera bibliotecaria en la BNE, que hasta 1990 no tuvo a una mujer como directora.

En este simposio, durante 10 horas un centenar de personas, en su mayoría mujeres, debatieron, compartieron ideas y experiencias y pusieron de manifiesto la desigualdad que sufren las mujeres hoy en el mundo de la cultura.

La BNE se fundó en el año 1711 y sólo 126 años más tarde una mujer fue autorizada a consultar sus fondos. La valiente se llamaba Antonia Gutiérrez Bueno y tuvo que obtener en 1837 un permiso especial de la Reina Regente María Cristina para poder acceder a los fondos de la Biblioteca. Y lo logró porque estaba escribiendo un libro.

Desde experimentadas escritoras como la académica Carme Riera o la profesora Anna Caballé a jóvenes especialistas en videojuegos: Marina Amores y Diana P. Gómez, autoras del libro ¡Protesto!, los videojuegos desde una perspectiva de género (Editorial AnaitGames), pasando por autoridades académicas, representantes de las instituciones y profesionales del mundo de la cultura hablaron de cómo han vivido (o sufrido) en carne propia la desigualdad de género.

Carme Riera subrayó que  la invisibilidad de la mujer es mundial y destacó los análisis realizados por Amartya Sen que afirman que el 70% de los pobres de la Tierra son mujeres, y que mujeres son dos tercios de las personas analfabetas que existen en el planeta.

Por su parte, Anna Caballé enfatizó en que cuando una mujer toma la iniciativa en cualquier rama de la cultura los hombres piensan que eso no les concierne. Ellos (y la opinión socialmente dominante) ven la cultura hecha por mujeres como un espacio protegido “de mujeres para mujeres”, aunque según Caballé esto afortunadamente está empezando a cambiar. Pero tampoco tanto se destacó a lo largo de esta jornada, porque si el papel de las mujeres es secundario en el mundo de los libros, el cine, la pintura o la música, en nuevas modalidades como pueden ser los videojuegos las mujeres están absolutamente relegadas. No sólo el lenguaje que se emplea es totalmente excluyente, es que en esta modalidad las mujeres han sido prácticamente borradas: Marina Amores destacó que sólo el 3% de las programadoras de videojuegos son mujeres.

Sólo el 3% de las programadoras de videojuegos son mujeres.

Otra importante cuestión que se constató es el desconocimiento que hay de lo que hacen y han hecho las mujeres en otras partes del mundo. Esto se vio claro cuando la periodista María Márquez informó del proyecto la “Feminoteca” que se está realizando en las bibliotecas públicas de Madrid. Un expositor itinerante está recorriendo varias bibliotecas de los barrios periféricos en los que se desarrollan a la vez  debates, conciertos, charlas y otras actividades que tienen por protagonistas a mujeres. En este expositor figuran veinte escritoras destacadas que han sido votadas por un amplio grupo de socias de C&M como las autoras que más les han influido. Pues bien, el perfil general de estas escritoras es que son blancas, europeas y norteamericanas.

Por último, Marina Gilabert, coordinadora del simposio,  informó de que algo va a cambiar, y de hecho ya está empezando a hacerlo, puesto que se están recibiendo centenares de adhesiones a este proyecto provenientes del personal que trabaja en numerosas bibliotecas, en las que se está suscribiendo un compromiso de aumentar los fondos bibliográficos de obras escritas por mujeres.

La Feria del Libro de Madrid, que también apoya y colabora con las Bibliotecas en Igualdad, será el escenario este mes de mayo de nuevas actividades de este proyecto, que no ha hecho más que empezar.

moderado por:

  • Lourdes Lucía

    Abogada y editora

  • Ana Barba

    Edafóloga, activista social y política por la democracia participativa, el feminismo y la ecología.

  • Paloma Bravo

    Graduada en Ciencias Politicas (UCM), activista social y estudiantil

Un fantasma recorre Europa, y nosotras le llamamos camarada. El leve aleteo de las alas de una mariposa se siente ya en cualquier parte del mundo y se multiplica como un eco.

I

13 de febrero de 2011: “Se non ora quando?”. Todas las ciudades italianas acogieron una masiva movilización de mujeres que luchaban por su reconocimiento y su dignidad, y contra su cosificación como objetos de intercambio sexual.

21 de enero de 2017: Women´s March. La movilización más multitudinaria en Estados Unidos desde la guerra de Vietnam comenzó en Washington y tuvo una auténtica “hermanada”, casi 700 marchas hermanas en todo el mundo. Con esta Marcha se quiso rememorar la Marcha de un Millón de Mujeres celebrada en 1997 en Filadelfia, en la que participaron centenares de miles de mujeres afroamericanas. Hoy se ha articulado alrededor de la Women´s March Global y mueve una gran marea de reivindicaciones feministas.

3 de junio de 2015. “Ni una menos” #Niunamenos. La movilización de las mujeres ocupa 80 ciudades argentinas contra las violencias machistas y el feminicidio. En 1995, la mexicana Susana Chávez utilizó el lema “Ni una mujer menos, ni una muerta más” para protestar por los feminicidios en Ciudad Juárez. Chávez fue después una víctima de feminicidio (2011). Su lema fue propuesto por la argentina Vanina Escales para la maratón de lectura del 26 de marzo de 2015, dando nombre, finalmente, a la movilización del 3 de junio de ese mismo año. El impulso no perdió fuerza y se repitió en años sucesivos: el 3 de junio de 2016 #Vivasnosqueremos y el 3 de junio de 2017 Basta de violencia machista y complicidad estatal. Hoy se ha extendido como una gran mancha de aceite en otros países latinoamericanos como Chile, Uruguay, Perú y México.

8 de marzo de 2017. El desborde feminista en España “Ni una menos, nos queremos vivas”, “Ni un paso atrás”, es la traducción ibérica de una alianza mundial. A partir de ese 8 de marzo, las promotoras de la Asamblea Feminista se reúnen el 8 de cada mes para generar las condiciones que este año nos llevarán, sin ninguna duda, a una movilización sin precedentes: #HaciaLaHuelgaFeminista, “Si nosotras paramos todo se para”, “Paramos para cambiarlo todo”, “Juntas somos más”. Las mujeres, unidas, combativas y rebeldes, no son solo una agregación o una suma de mujeres.

II

En España las mujeres sufren más paro, más jornadas parciales, una abultada brecha salarial (aunque su nivel formativo es superior al de los varones), una vejez más depauperada, mayor discriminación en el empleo, y un trabajo de cuidados no remunerado que nuestro sistema productivo ni siquiera podría pagar (Pérez Orozco, Carrasco, Pazos, Gálvez); sufren la falta de paridad en los órganos de poder y una escasa representación en los puestos de responsabilidad y dirección (Valcárcel, Amorós); ven mermados sus derechos sexuales y reproductivos, ahora en riesgo de regresividad, gracias, entre otras cosas, al recurso de inconstitucionalidad que el PP presentó contra la vigente ley del aborto y cuya ponencia ha recaído sobre un magistrado afín; y son víctimas de una violencia física, sexual y económica, tan cruel como pertinaz, con la que no ha logrado acabar nuestra estrechísima Ley de Violencia de Género (Bodelón, Montero, Gimeno).

La Ley se ha topado en estos años con recortes brutales, con trabas en la asistencia letrada a las mujeres, con turnos judiciales infradotados y desiguales en función de la residencia de la víctima, con la falta de especialización y de formación del personal de justicia, y con un sistema probatorio dantesco que obliga a las mujeres a demostrar no sólo que han sufrido una agresión, sino que tal agresión es el fruto de una dominación machista y reiterada. De hecho, en España, el problema no ha sido nunca el de las denuncias falsas de la popular mitología machista sino más bien que se ha denunciado poco, que cada vez hay más renuncias a las denuncias, y que, cuando se ha denunciado, ni las víctimas, ni sus hijos/as, han recibido suficiente protección.

La Ley de Violencia de Género ha sido la Ley más resistida de España en el ámbito judicial, y no ha podido evitar que casi 1000 mujeres hayan sido asesinadas desde 2002-2003, ni que un 1.4 millones de mujeres y niñas hayan sido víctimas de violencia sexual. Los casos de Diana Quer, Nagore Lafagge o de “la manada”, han demostrado, además, que esa resistencia es compartida por una buena parte de la sociedad. La parte que desplaza la responsabilidad de ellos a ellas, las culpabiliza por lo que les sucede, y pone en duda la credibilidad de sus testimonios. Lamentablemente, y a pesar del Convenio de Estambul, el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, aprobado hace unos meses en el Congreso, no ha contemplado ni los derechos ni la reparación de estas víctimas, pero ni en España, ni en el resto del mundo, se han podido acallar sus voces.

El movimiento #MeToo, como otros antes, ha roto bruscamente el silencio cómplice y encubridor que se había instalado alrededor de las agresiones sexuales y la cultura de la violación (Despentes), generando una onda imparable de sororidad digital; las movilizaciones en lugares tan alejados como Chile, Polonia o Turquía, han puesto el acento en las dimensiones pandémicas de la violencia machista. En 2014, solo en la UE se contabilizaban 13 millones de mujeres entre las víctimas de violencia física, y 3.7 millones, entre las de violencia sexual (una de cada 20 mujeres declaraba haber sido violada antes de los 15 años de edad).

III

La emergencia global feminista frente a todas las violencias machistas (física, psíquica, sexual, social, cultural y/o simbólica), con las que se intenta continuamente laminarnos, ha sido también la respuesta de las mujeres a las opciones políticas que han colonizado las instituciones con planteamientos agresivos y excluyentes, en los que el machismo y la misoginia han jugado un papel decisivo: frente a Trump y sus agresiones verbales, frente a Macri, Erdogan o la Rusia de Putin. Si en 2008 eclosionó la movilización mundial contra los recortes y la ideología de la austeridad; contra la depauperación, la precarización y la desposesión a la que tal ideología nos condujo, y contra la ausencia de una respuesta institucional que pudiera contenerla, no hay duda de que estos últimos años han sido los años de las mujeres.

El feminismo ha desmontado las falacias meritocráticas que han alimentado un sinfín de gobiernos conservadores y neoliberales; se ha alzado contra el desmantelamiento de las políticas sociales, el abierto desdén por las acciones afirmativas, la tajante división público-privado, la exclusiva protección de la familia heteropatriarcal, la conservación de la cultura en su versión más reaccionaria, la alianza con las Iglesias y los poderes establecidos, la protección de las élites o el clasismo racializado, todas ellas marcas indelebles de unas propuestas políticas que, o bien niegan las estructuras patriarcales de dominación, o bien no encuentran nada de malo en ellas.

IV

El feminismo universalizado en esta última década ha girado, además, alrededor de la centralidad del cuerpo de las mujeres, un campo de batalla violentado y agredido por la barbarie capitalista y patriarcal (Segato), pero también la última frontera en la conformación/deconstrucción de sus identidades y la reivindicación de sus derechos (Wittig, De Lauretis, Serano). Y ha sido esta centralidad del cuerpo la que ha llevado a algunas feministas a poner en valor la experiencia del inacabamiento, la finitud y la fragilidad (Nussbaum); la de vivir inmersas en un nudo de relaciones concretas que visibiliza nuestra inter/ecodependencia.

Este feminismo ha reivindicado, entre otras cosas, el cuidado como una virtud cívica y un deber público de civilidad, colocando en primer plano las prácticas feministas, la experiencia y el aprendizaje de las mujeres (Del Olmo).

Desde la ética del cuidado (Gilligan), la autonomía no se concibe como inmunidad o autosuficiencia, fruto de experiencias psicológicas estrictamente subjetivas, estrictamente solipsistas, sino como el resultado de sinergias relacionales, en permanente estado de regeneración, reflexión, revisión y diálogo (L. Gil, Béjar). La diferenciación no se entiende como separación o fragmentación sino como un modo particular de estar conectada con las otras. La autonomía es, aquí, sinónima de capacidad distintiva; la capacidad de crear y transformar las condiciones de la existencia y la vida propia en un mundo común. Y el cuidado no se percibe solo en su dimensión material sino también inmaterial, de ahí que se haya hablado de una política de los afectos. Por supuesto, no se trata aquí de apelar a las relaciones de cuidado generadas en la desigualdad, sino de pensar en los cuidados como una palanca de transformación social. Y aunque no faltan quienes han conectado este discurso con la trascendencia de la maternidad (también en su dimensión normativa), esta conexión no ha de verse necesariamente en un código reaccionario. La relevancia de la “madre” como sujeto político se ha articulado desde posiciones constructivistas, materialistas y deconstructivistas, entre otras, y ha estimulado un largo debate que, por fortuna, no acaba de cerrarse (Chodorow, Muraro, Merino, Llopis).

Lo cierto es que si hoy el norte no percibe la grave crisis de cuidados que le devora, es porque esta responsabilidad social ha recaído sobre un contingente de mujeres migrantes. Mujeres que cuidan a nuestrxs hijxs, nuestros dependientes, nuestrxs mayores, y que dejan a lxs suyxs al cuidado de otras mujeres. Mujeres que suplen la ausencia de las instituciones y la irresponsabilidad de los varones, nutriendo nuestros vínculos, mientras debilitan los suyos, y que generan una plusvalía afectiva y emocional que no podemos siquiera calcular. Estas mujeres precarizadas, explotadas, invisibilizadas, revictimizadas una y mil veces, viven conectando dos espacios territorialmente discontinuos, uno aquí y uno allí, tejiendo redes materiales y cultivando un imaginario de cariño en la distancia. Gracias a ellas podemos nosotras acceder a un trabajo remunerado en mejores condiciones, tener hijxs, criarlxs, educarlxs, “conciliar”, habilitar un mundo en el que la dependencia no sea un estigma invalidante, y hasta disfrutar de una casa ordenada, limpia y apacible; gracias a ellas podemos comprar el tiempo que nos roba un sistema patriarcal y depredador, y hacerlo a un coste bajo o accesible.

La crisis de los cuidados que sufrimos en el norte se amortigua con las crisis endémicas del sur, con contingente de mujeres que llegan trabajosamente desde otros lugares, enfrentando graves dificultades para arraigarse y regularizarse, y que son tratadas como infraciudadanas y como inframujeres. Este trasvase del cuidado de unas manos femeninas a otras, está estructurado por la clase social, la etnicidad y la raza, genera desigualdad intragénero, refuerza el rol pasivo del varón, y apuntala el sistema capitalista y misógino que acaba con todas nosotras (Sassen, Benhabib, Anzaldúa, Lugones).

V

La misma violencia que nos desposee a todas de nuestras relaciones, que nos fragmenta, nos divide y nos disocia, hasta de nosotras mismas, es también la que acaba con nuestros territorios y con los recursos naturales a los que debemos nuestra subsistencia (Shiva, Herrero, Puleo). El colapso civilizatorio que hoy padecemos, y que se muestra en el cambio climático, el fin de la biodiversidad, la tortura animal, la crisis alimentaria, el expolio de los territorios y sus cultivos, entre otras cosas, muestra también los efectos devastadores de esos valores masculinos asociados al crecimiento desenfrenado, el egoísmo como presupuesto racional, el individualismo, el narcisismo, la competitividad como motor del “bienestar”, el “progreso”, la visión lineal del tiempo. Y en todas partes del mundo, las mujeres resisten a diario frente al expolio de los comunes (Federici), defendiendo la reproducción de la vida, con todos los nudos materiales e inmateriales de los que depende nuestra misma posibilidad de ser.

VI

En fin, en el cuidado se asume nuestra radical vulnerabilidad y la normalidad de la dependencia, intentando eliminar su estigma negativo para concebirla como un rasgo necesario y universal de las relaciones humanas, por eso, en esta construcción, las necesidades no puedan desligarse de los bienes relacionales, ni de las deudas de vínculo que hemos contraído con las otras. Esta epistemología arraigada en las vivencias y en los saberes situados que hemos extraído de ellas (Haraway), ha sido una fuente indudable de cambio, porque entiende que la única manera coherente de hacer acotaciones teóricas generales consiste en tomar conciencia de que estamos realmente localizadxs en algún lugar específico (Spivak, Braidotti, Rich). De hecho, como se ha dicho en muchas ocasiones, ha sido el discurso experto el que ha contribuido al sometimiento de las mujeres, eliminando los instrumentos que tenía a su alcance para canalizar sus protestas.

VII

De manera que los derechos que reivindican las mujeres y su resistencia frente a la violencia sistémica están fuertemente enraizados en su experiencia relacional y en una construcción que apela más a las vivencias concretas y colectivas, que a la abstracción y la formalidad propias del androcentrismo jurídico (Mackinnon) y el discurso clásico de los derechos (Facio, Held). Las mujeres hemos comprendido que la lucha por acceder al poder y a la riqueza en condiciones de igualdad, no podía desvincularse de nuestra diferencia (Young) ni de un horizonte de emancipación en el que tuviera cabida un nosotras plural (Fraser, Butler). Y este discurso anclado en la subjetividad, nos ha permitido subvertir los códigos culturales dominantes, situándonos más cómodamente en un universo posthegemónico que en el de las rígidas ideologías y los grandes relatos. Si hay algo que el feminismo ha dejado claro es que no son los macrorrelatos los que hoy motivan, movilizan y socializan.

VIII

La revolución feminista que está en marcha será el origen de una larga noche para muchos, pero nuestra fortaleza consiste en haber respondido a la exclusión simplificadora y homogeneizante del unipoder, con dosis cada vez más ricas de complejidad e interseccionalidad (Vasallo); en sabernos diferentes y sentirnos cómodas compartiendo un horizonte común de transformación social, cultural y de sensibilidad. Las mujeres hemos logrado construir una narrativa cultural propia partiendo de una polifonía de voces y de una arqueología de lo común; asumiendo las contradicciones y la contingencia con ese pensamiento contextual y enraizado que tan bien representó bell hooks y en el que se conjugaba sin problemas la realidad relacional y el desafío al canon de la semántica hegemónica.

La clave de nuestra resistencia es la de no haber simplificado nuestros ecosistemas, la de haber logrado caminar, paso a paso, la inconclusa senda de nuestra propia construcción, contrastando, releyendo y superando nuestras diferentes identidades, y disputando sin descanso el relato y el imaginario colectivo (Woolf, Millett, Lorde, Freixas). Frente a lo uno, las muchas. Mientras no pueda hablarse de un feminismo en singular, la victoria será nuestra.

IX- inacabado

Venceremos, porque en cada jardín habrá un rumor de bosque.

moderado por:

  • Laura Freixas

    Escritora, Asoc Clásicas y Modernas

  • Paula Pof

    Periodista

Conclusión del debate

Este debate, que se ha desarrolló fundamentalmente en los dos últimos meses del 2014, ha tratado de analizar las causas profundas de un fenómeno socialmente alarmante, cómo es el de la violencia de género. La ponencia de la que arranca la discusión analiza las circunstancias y la lógica que motivaron la promulgación de la ley orgánica de Protección Integral contra la Violencia de Género y sostiene que la violencia no es un problema que afecte sólo al ámbito privado sino que fundamentalmente atañe   al ámbito público y representa una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres.

Planteada en este ámbito la discusión, muchas de las intervenciones han señalado que no estamos ante un problema propio de un colectivo: las mujeres (puesto que las mujeres no constituyen “un colectivo” y esta consideración sería inaudita en el caso de los hombres) sino ante un problema social frente al que el Estado tiene que tomar medidas efectivas , puesto que todo Poder Público tiene la obligación de garantizar la vida y la seguridad de sus ciudadanos y ciudadanas..

El centro de la discusión se ha centrado en la igualdad. No hay democracia sin igualdad, y no puede haber igualdad en la sociedad sin democracia (Miguel Lorente). El debate sin embargo desborda el ámbito estrictamente político para adentrarse en las causas profundas que laten en la sociedad y que alimentan el machismo.

La violencia es un concepto adquirido. Frecuentemente, la violencia de los hombres contra las mujeres comienza en la infancia y representa parte de la socialización masculina. Muchos muchachos son socializados en la creencia de que las mujeres y niñas tienen obligaciones con ellos (cuidar de la casa, cuidar de los hijos, tener relaciones sexuales con ellos…).( Francisco Abril ) Este análisis arroja un dato inquietante: que los jóvenes, son más propensos a usar la violencia que cualquier otro grupo. La violencia de los hombres contra las mujeres se ejerce, principalmente, en el espacio privado y las relaciones de pareja y su inicio tiene lugar, muchas veces, en las parejas más jóvenes.

El machismo viene de lejos y se introduce en el inconsciente; este es otro de los aspectos relevantes que ha aportado el debate. La imposición de los esquemas del Patriarcado no sólo se producen por mecanismos sociales, culturales y económicos, sino también, por un entramado de estereotipos de género inconscientes, que se han ido tejiendo a lo largos de las generaciones que nos preceden. Durante la infancia se transmiten, consciente e inconscientemente, tanto por el padre como por la madre, y cristalizan en la adolescencia. (Regina Bayo) Estos aspectos de la subjetividad e identidad sexual no son conscientes, -y precisamente por eso-, se manifiestan con gran fuerza en momentos de cambio o de crisis en la vida de la pareja, como con el nacimiento de los hijos, o ante la pérdida de la estabilidad económica.

El debate deja claro que la violencia machista no se puede entender si se reduce a un problema que ocurre entre dos personas. Las causas hay que buscarlas más bien en un conjunto de dispositivos sociales que provocan que las mujeres sufran constantemente una violencia que es estructural. Se trata de una forma de control que el patriarcado ejerce sobre todas las mujeres (Isabel Serra y Rebeca Moreno)

Uno de los mecanismos por el que se reproduce la dominación es la “violencia simbólica”, que afecta a las mujeres (y a los hombres) de modo que las ciega respecto a la sumisión en la que incurren. Las mujeres están sometidas a un continuo bombardeo de mensajes contradictorios: una publicidad obsesivamente centrada en el cuerpo y en la seducción que reinscribe los clichés de feminidad más conservadores disfrazados de modernidad (Ángeles de la Concha); una exaltación de la libertad sexual que luego en la intimidad se ignora o se castiga; un acceso al mundo del trabajo, a la política y a las profesiones más prestigiosas que resultan luego irreconciliables con una vida familiar en el que la pareja se limita a “ayudar” en temas y ocasiones puntuales; una exaltación de la maternidad que se castiga laboralmente con el despido encubierto o la relegación a puestos de segundo orden; un reconocimiento a la valía profesional que fuerza a renuncias personales…

De este modo, más allá del plano conceptual, pero en relación con el concepto de “feminismo”, luchar contra la violencia machista implica  mejorar las condiciones materiales de las mujeres. La  violencia machista no puede ser entendida como una circunstancia al margen de las condiciones sociales, políticas y económicas en las que se desarrolla

En esta relación entra la violencia y las condiciones sociales están de acuerdo la mayoría de los intervinientes. Si bien algunos entienden que además de eso hay que tener en cuenta el poco amparo real que los juzgados prestan a las mujeres maltratadas. El 55 por ciento de las denuncias se archivan sin más trámites y el resultado final es que no llegan al 40 por ciento los maltratadores condenados (Lidia Falcón). Esta tesis considera que la ley contra la violencia de género es radicalmente insuficiente, entre otros factores, porque solo ampara a las mujeres que tengan vínculos sentimentales con los maltratadores.

Una parte significativa de las intervenciones han subrayado un factor especifico que acompaña a la violencia de género: la víctima, en muchos casos con lazos afectivos con el agresor, es una víctima especial, muy distinta a las víctimas de otros delitos. Se constata que estas agresiones y crímenes son los únicos en los que son las víctimas las que se avergüenzan o esconden y no quienes los perpetran. Todo ello envuelto frecuentemente en un halo de fracaso vital.

No es raro, pues, que las mujeres sean remisas a denunciar. (Eulalia Lledó). A esto se le tiene que sumar la silenciada desprotección en que las mujeres suelen quedar después de denunciar.

La discusión sobre la violencia de género se complementó con un debate en Público TV que moderó la escritora Laura Freixas y en el que participaron la escritora y periodista Lidia Falcón, el psicólogo Pablo Llamas, miembro a su vez de la AHIGE, Ángeles de la Concha, catedrática de lengua inglesa, la ponente Soledad Murillo y el profesor de Derecho Constitucional Octavio Salazar

Ponencia inicial

¿Ha llegado la democracia a la vida privada?

¿Ha llegado la democracia a la vida privada?

Identifico democracia con el mutuo respeto, una regla de la que nos dotamos siempre que aceptemos las distintas formas de vivir. John Rawls definía la justicia en términos de procurar hacer efectivas las “bases sociales del autorespeto”. En el plano personal, el respeto consiste en concederse un valor innegociable. En suma, resistirse a claudicar cuando alguien en nombre de los afectos, pretende amoldar un proyecto vital, por el simple hecho de ser ajeno a sus necesidades particulares. Situaciones demasiado frecuentes en un vínculo de pareja, donde mantener lo propio, desde las amistades, hasta las aspiraciones profesionales, pudieran representar motivo de tensiones, o conflictos más serios.

Sabemos bien que las interacciones sentimentales son extraordinariamente complejas, pero no siempre los desacuerdos recurren a la palabra y menos aún a pactos en los que se explicite lo que cada persona espera de la otra. Todo lo contrario, la pareja también es un escenario de poder. Un poder que no se muestra públicamente, se reproduce en la intimidad de una relación sentimental, se justifica en nombre del amor y requiere de una sistemática expropiación de la identidad. Además, contiene una firme desautorización de todo rasgo de individualidad, recurriendo desde los agravios, hasta los golpes. De hecho, debemos a la teoría feminista haber conceptualizado el poder desde el esquema de subordinación y autoridad, y visibilizado aquellos mecanismos sociales, económicos y culturales que legitiman la desigualdad.

Esta lógica fue clave en la elaboración de la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Tuve la oportunidad de participar activamente en su elaboración. Fui el primer cargo público en materia de igualdad, pero sin añadir, familia, infancia o juventud entre sus competencias. Sólo igualdad. Razón por la cual las siguientes reflexiones son deudoras de la legislatura de la que formé parte (2004-2008), así como de las negociaciones, o mejor decir, las conversaciones con el ánimo de convencer de la necesidad de una norma a aquellos que serían los responsables de su puesta en marcha. La Ley tuvo su origen en una propuesta por parte de la oposición, en el año 2002 y en sede parlamentaria, que el Gobierno del Presidente Aznar desestimó. Las entonces muy minoritarias, pero constantes, manifestaciones de mujeres cada 25 de noviembre, no dejaban de recordar la urgencia de la medida. Se recuperó la idea y se amplió el campo de su articulado. Para empezar, ya en su exposición de motivos, o tarjeta de presentación de todas las normas, que recomiendo leer para conocer los principios que las inspiran, en la Ley 1/2004 se cita expresamente que la violencia no es un problema que afecte al ámbito privado sino al ámbito público. Y se añade que representa una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres. Antes de su promulgación, era el concepto violencia doméstica el más usado, desde la jurisprudencia, hasta los medios de comunicación. De esta manera, quedaban fuera de esta definición aquellas mujeres que no convivían con el agresor: tanto jóvenes que sufrían violencia, así como las mujeres maduras que eran amenazadas por su expareja. Esta focalización en la vida afectiva como escenario de violencia, fue muy controvertida por creerse que era reduccionista. De hecho se dudaba de su eficacia, dado que no se recogían todos los tipos de violencia que figuran en la Resolución 48/104 de la Asamblea de Naciones Unidas en diciembre de 1993: “Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada». En cambio la Ley perfila la figura del maltratador en un compañero sentimental, se conviva o no.

Primeras Objeciones a la Ley 1/2004.

Una de las principales dificultades para entender la especificidad de la violencia de género, fue su denominación. En primer lugar, desde el punto de vista nominativo la definición de “género” que aportaba la Ley, fue rechazada por la Real Academia de la Lengua, que advirtió sobre la inutilidad de su uso, eso sí, sin citar ninguna de las múltiples referencias teóricas sobre la aplicabilidad del mismo. Ni lo entendió entonces, ni aún hoy está incorporado; a pesar de mostrarse receptiva ante términos como “friki”, “manga”, entre muchos otros, con más suerte por parte de la Comisión de Vocabulario Científico y Técnico de la RAE. Esta valoración es mucho más que una anécdota, representa la inquietante estrategia de convertir una categoría de análisis en una extravagancia y, como tal, cualquiera puede desestimarla, negarla o refutarla, sin más. La misma idea que mantienen aún las Universidades españolas, al ubicar los estudios de género, como un conocimiento periférico en la capacitación curricular: master o asignaturas optativas son las únicas opciones. Esta limitación en la oferta educativa repercute en reforzar la subestimación teórica por parte de quienes deben aplicar la Ley, porque de no entender su significado, esta omisión afectará al desarrollo de su práctica profesional y sobre todo, a la eficacia de respuesta a las mujeres maltratadas.

En segundo lugar, fue extraordinariamente complejo desvincular la violencia de género de su interpretación como un asunto privado, un suerte de problema de pareja en el que no es lícito inmiscuirse, salvo que se produzcan actos constitutivos de delito. Pero convertirla en un asunto público fue clave en cada proceso de presentación de la Ley a distintos profesionales, que en un futuro deberían implementarla. Se trataba de recordar que la violencia era consecuencia de una deficitaria aplicación de las políticas de igualdad y esto repercute en las conductas de los agresores y de las víctimas. Bien es cierto, que cada día tenemos la fortuna de contar con rigurosos análisis sobre la materia, donde cada aportación teórica, o práctica, nos ayuda a entender la complejidad del fenómeno; sin embargo es necesario profundizar en aquellos análisis que relacionen violencia, con la posición de inferioridad que se reserva a las mujeres dentro de la estructura social, política o económica de nuestro país. En otras palabras, disponemos de menos ejemplos que vinculen la violencia con el grado de igualdad de trato y que a su vez sean capaces de identificar qué factores de desigualdad provocarían un estado de indefensión de las mujeres. Nos convendría saber ¿con qué recursos personales cuenta una mujer para poder iniciar el difícil proceso de iniciar un proceso judicial? O bien, conocer qué ocurre en el intervalo entre llamar al teléfono de emergencia 016, más de 30.000 llamadas anuales, y la decisión de interponer una denuncia, que representan menos de la mitad. De todo ello informó el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, órgano del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), cuya anterior Presidenta Inmaculada Montalbán mostró, en el año 2013, su preocupación por una caída en las denuncias de un 9,6 en los últimos cinco años.

En tercer lugar, hacer entender que no se trata de un problema propio de un colectivo, porque si todo Estado de Derecho tiene la obligación de garantizar la vida de sus ciudadanos y ciudadanas, con esta obligación constitucional se deberían ver implicadas todas las instancias sociales, y no sólo las áreas de mujer inscritas en cualquiera de las instituciones públicas. Sin embargo, un problema fundamental radica en la extendida interpretación de considerar a las mujeres como un colectivo. Pero ¿qué efectos tiene para las mujeres ser definidas de este modo? Aparentemente parece una definición neutral, carente de consecuencias, pero nada más lejos de la realidad. Primero, porque los colectivos se asimilan a las minorías, es decir, se les adjudica un rasgo particular que les adscribe al grupo en función de su -color, raza, edad, clase social-. Lo cual no ofrecería problemas, sino fuera porque esta operación sólo rige para las mujeres, en ningún caso a los hombres se les concede tal tratamiento diferencial, salvo que posean una particularidad concreta: jóvenes, ejecutivos, jubilados. En cambio, las mujeres siempre son catalogadas como un colectivo en su totalidad. Ni siquiera es preciso adscribirse a un grupo a través de un rasgo concreto, ni por edades, renta, color u orientación sexual. Las mujeres por el hecho de ser mujeres se definen como un colectivo, cuando en nuestro país representan un 50,8% de la población censada (INE. A 1 de enero de 2014).

Esta es la primera estrategia de exclusión, pero lo más inquietante, son las características que se les atribuye como colectivo, cuyo significado común son sus “especiales dificultades”: problemas de conciliación, de autoestima, de trabajo, entre otros. Dificultades que se analizan como inherentes a las mujeres. Es decir, no quedan cuestionadas instancias públicas cuyo funcionamiento y regulación horaria, pudieran representar un serio obstáculo a su participación. O las constantes convocatorias de reuniones, que se convierten en requisitos de una presencia activa, sin olvidarnos de las interminables jornadas diarias que la esfera política, sindical, empresarial reserva para afianzar sus relaciones formales e informales, pero estas pautas de funcionamiento no se cuestionan. Si las mujeres no tienen tiempo es un asunto personal o, lo que es lo mismo, imputable a su organización horaria.

Como personas interesadas en la violencia de género debemos preguntarnos, ¿aceptamos estas definiciones u optamos por seguir haciéndonos preguntas? En suma, ¿las interpretamos como características propias de las mujeres o resultado de una división sexual de funciones, que hombres y mujeres reproducen a través de los roles? Sin embargo, al asimilar al conjunto de las mujeres al repertorio de los colectivos,estas quedan expuestas a ser tratadas desde esta óptica de grupo, definición que opera para los responsables de diseñar políticas sociales. ¿Qué ventajas depara esta clasificación, si estadísticamente las mujeres representan la mayoría de la población? Para empezar a las minorías se les reconoce más por sus “problemas” pendientes de solucionar, que por sus méritos o aportaciones. No olvidemos que las necesidades tienen un tratamiento político distinto que los derechos, sobre las primeras recae la incierta voluntad política de solucionarlas pero siempre estarán cautivas de presupuestos públicos, o del grado de conocimiento sobre igualdad de quienes la incluyen entre sus competencias. Carencia que ni siquiera se tiene pudor de lamentar. El propio Secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad reconoció, según sus propias palabras, en una rueda de prensa que no se había leído la Ley 2/2010 de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo, a pesar de formar parte de un gobierno que iniciaría una reforma regresiva de la misma.

Por estas razones, los programas, o medidas son específicas y se orientan a subsanar aquellos supuestos “déficits” que las mujeres presentan. De esta manera se utiliza el término “inserción” en cualquiera de las esferas sociales: laborales, culturales. Pero la respuesta está condicionada por el grado de compromiso de cambio de las instituciones, demasiado refractarias a una revisión de sus procesos. Resulta más sencillo administrar políticas específicas: los programas de diversidad, dentro del capítulo Responsabilidad Social, en la empresa privada, o bien el denominado sector, dentro de la Administración Pública. La misma interpretación motiva que en los foros internacionales se organicen sesiones específicas sobre mujeres. Por ejemplo, en la Unión Europea la agenda de igualdad se ubica en la Comisión de Políticas Sociales, a cuyas sesiones acuden aquellos cargos políticos que la incluyen entre sus responsabilidades pero deben compartirla con otras áreas de trabajo, lo que concentra la igualdad junto a otras competencias como Educación, Salud, Políticas Sociales (Alemania, Grecia, Portugal, Italia Reino Unido, Noruega, Finlandia). Son excepcionales los países en que existen Ministerios de la Mujer en la Administración General del Estado (España hasta el 2010 y Suecia). Si acudimos a los escenarios políticos, observamos al líder de cualquier partido haciendo un acto sólo para mujeres, reproduciendo así la concepción de éstas como colectivo, lo que creará estructuras específicas, mujeres de, feminismos de, a la que se añade el nombre de la formación política.

En todos los casos, se comparte el mismo discurso: la indudable capacidad de las mujeres y su injusta invisibilidad. Tal defensa sobre las virtudes de un colectivo, sería inaudita en el caso de los hombres. Además, fuera de estos marcos de proclamación de excelencia, cuando las agendas públicas o privadas, políticas, traten asuntos claves, como la economía, la protección por desempleo o la administración territorial, estás no tendrán presencia alguna en la toma de decisiones. Evitar esto fue un propósito de La Ley 1/2004, que quiso convertir en un asunto de interés general aquello que se definía como un asunto privado de las mujeres. Por ello, lejos de establecer regulaciones en clave de colectivo específico, se buscó una equivalencia de derechos en el espacio público y para ello, era preciso aportar artículos sobre educación, mercado de trabajo, hasta la creación de nuevas estructuras, como los juzgados especializados de violencia contra la mujer y una fiscalía de violencia de género. O la Delegación Especial contra la Violencia de Género, que creó un observatorio para homologar datos estadísticos, además de crear el teléfono 016.

En cuarto lugar, más que un obstáculo, se trata de lo que fue, bajo mi punto de vista, una pérdida irreparable para aumentar la efectividad de la Ley: no lograr introducir el machismo como un agravante. Del mismo modo, que la xenofobia, el antisemitismo o el racismo son tipificados como tales en el artículo 22.4 del Código Penal. Esta valiente propuesta la hizo la Presidenta del Observatorio del Consejo General del Poder Judicial, Montserrat Comas, quien argumentó en una comparecencia en el Congreso, la conveniencia de introducir este tipo de discriminación en el código penal, dado que la Ley 2/2004 sólo agravaba las penas para los delitos de lesiones. Pero nadie, ni siquiera el partido del Gobierno que impulsaba la Ley, aceptó su fundamentación. La negativa fue contundente, lo que demuestra que la violencia se encapsulaba en los problemas de un colectivo específico y no precisaba tratamientos jurídicos más severos para evitarla. Siempre me he preguntado si la presencia de otras discriminaciones directas en la legislación, no habrá dependido de la solidez de alianzas, o de la capacidad de presión, como lobbies, de los colectivos que las padecen.

En quinto lugar, sobre la Ley pesó otra grave acusación: la de beneficiar a las mujeres en detrimento de los hombres, concretamente en relación al artículo 38: Protección contra las amenazas. El debate procesal se basaba en un interrogante: ¿por qué un mismo hecho: amenazar o coaccionar tiene un distinto tratamiento penal, tipificado como delito en el caso de lo realice un hombre con una relación sentimental con la víctima, y no pesa del mismo modo para las mujeres? Esta elevación de la pena fue interpretada como una relación inversa entre legalidad y discriminación, y provocó encendidos argumentos. Sabíamos, como se manifestó en los encuentros de trabajo con médicos forenses que las coacciones y amenazas eran la antesala de las lesiones. Los hombres no vivencian pánico, es cierto que pueden sentir ira, agresividad, pero no miedo y, mucho menos, terror. Pero este aparente “trato de favor” conectaba peligrosamente con el imaginario social sobre que las acciones positivas, o en el ámbito político, las famosas “cuotas” y que a pesar de ser mecanismos garantes de la igualdad, se presentan ante la opinión pública como medidas fraudulentas para favorecer a las mujeres.

Si las mujeres carecen de referentes de autoridad, ¿de qué elementos podrán servirse para reunir las fuerzas suficientes para tomar una decisión? ¿Qué significados les devuelve la vida pública que les doten de la suficiente legitimidad para denunciar una situación insostenible? ¿Acaso no incide en su autoconcepto, la insistente representación de lo femenino a través de la emocionalidad, la nigromancia y sólo con algunas excepciones, son convocadas en el papel de expertas, para hacer aportaciones sobre la economía o la ciencia?

La tarea de una sociedad decente, como diría Martha Nussbaum, es ofrecer a todos sus ciudadanos las mejores condiciones para desarrollar sus capacidades, y esto sólo se logra si colocamos la igualdad no como un mero principio, sino desde el exigente plano de una buena convivencia. Si las mujeres no perciben la igualdad de trato, o como la define Ronald Dworkin, la distribución equitativa de recursos y oportunidades vitales ¿cómo va a marcar límites a quien coacciona su libertad, sobre todo cuando no se trata de cualquier persona, sino de aquel con quien está vinculada afectivamente? Sin embargo, todo el mundo espera que ella dé el primer paso, que la víctima denuncie, como única vía para acceder al sistema de protección. ¿Por qué la fiscalía no actúa de oficio, cuando está autorizada para hacerlo conforme a sus competencias? ¿O todavía se define la violencia de género como un delito privado, y no como un delito público? ¿Qué ocurre entre la denuncia y el final del procedimiento?

Se sigue depositando en la víctima el poder de decisión, en una interacción donde los primeros efectos de la violencia radican en hacer dudar a la víctima de sus propias percepciones. ¿Con qué elementos podrá defenderse y actuar en nombre de su autonomía? Especialmente, cuando la imagen que devuelven las instancias públicas o privadas sobre las mujeres está ligada a sus problemas y no a sus capacidades. De dónde extraerán las mujeres la suficiente autoafirmación para escapar del círculo de la violencia. Quizás esto explique que aún carezcamos de campañas contra la violencia, cuando disponemos de campañas de tráfico con periodicidad bimensual. Son los medios de comunicación quienes informan sobre los episodios de violencia, sobre la crueldad de los asesinatos y, aunque aún esta materia informativa se ubique en la sección de sociedad y no en la sección política, es indudable que han contribuido a mantener este persistente fenómeno.

Una víctima sin similitudes: la mujer maltratada

Las relaciones sentimentales fueron el eje de la Ley, porque su dinámica genera una grave indefensión para la víctima y una certeza de impunidad para el agresor. Sabemos que toda pareja debería estar abierta para aceptar los desacuerdos como un factor saludable propio de la intimidad, porque de no existir diferencias, estaríamos ante un miembro que siempre cede frente a otro que lidera. Uno de los pactos igualitarios en un vínculo afectivo radica en ampliar la libertad del otro, para lograr que la pareja sea una suma de individuos con proyectos propios, no de roles, provistos de identidades y funciones. En nombre del amor, no cabe exigir la pertenencia de otra persona, nadie es propiedad privada de nadie. Muchas mujeres se comportan como si tuvieran un propietario, por lo cual la secuencia de “tenerse” como referencia se vuelve problemática para ellas, como si traicionaran su rol.

Saberse un individuo es mucho más que una afirmación personal, señala el grado de autonomía que puede disfrutar una persona, comprobar si se toma como referencia a la hora de tomar decisiones o bien busca la aprobación. Por ejemplo, en los lenguajes cotidianos detectamos a mujeres, jóvenes o adultas sometiendo sus opciones al consentimiento de sus parejas afectivas. En suma, considerarse sujeto es la máxima protección contra la violencia y precisa de una poderosa voluntad de deslealtad hacia los preceptos de género, un doble vínculo con difícil salida. Si la privacidad, en el sentido positivo de lo «propio» y como elemento constitutivo de la individualidad, es una tarea difícil para cualquiera, lo es aún más para quienes gozan de mayor aceptación, si la renuncia y el sacrificio conforman sus virtudes públicas más valoradas. La habitación propia de Virginia Woolf resulta una brillante metáfora de la decisión a pensarse en singular, libre de toda demanda externa que las encierre en un conflicto de lealtades, entre lo que quiere hacer y lo que debe. En esta línea, Richard Sennett, señala dos tipos de compromiso, aquellos que parten de la decisión y los que encierran un mandato de obligación.

Podríamos afirmar, que la autonomía, entendida como “autogobierno”, como libertad de pensamiento y de acción es la prevención más eficaz contra todo tipo de violencias. Sabiendo, de la dificultad que esto entraña en una relación de pareja. Como señala la socióloga Eva Illouz, todo vínculo sentimental opera sobre “la economía de la escasez respecto a las libres opciones con otros encuentros”. Y añade “qué se puede esperar legítimamente del otro sin quebrantar su libertad”. Ahora bien, si nos centramos en una relación de maltrato no cabe esperar matices: la libertad de movimiento está prohibida. Se reclama una severa división de roles, y cualquier rasgo de individualidad será interpretado como una rebelión inaceptable, ante la cual el castigo sirve de advertencia y alecciona de posibles infracciones.

¿Qué diferencias existen en una víctima de violencia respecto a otras víctimas? Pensemos en un escenario de conflicto. Ante el mismo, un sujeto tiene la posibilidad de huir, pedir ayuda, o responder a la agresión. Ninguno de estos gestos son opciones para una víctima de violencia. La huida es tan complicada, por las dudas y el miedo, que la psicóloga Leonor Walker escribió una estrategia de fuga específica para las mujeres maltratadas. Tampoco pide ayuda, ni lo comparte con sus amistades o con su familia. Volverá clandestinos los agravios y las agresiones que sufre. Incluso aquellos que dejan señales; camuflará sus lesiones y si requieren atención médica los revestirá de accidentes domésticos. Hecho que motivó en la Ley la creación de unos protocolos destinados a los facultativos de atención primaria, quienes se hallaban ante la contradicción deontológica, de dar verosimilitud al testimonio de la paciente, o bien redactar un parte de denuncia ante la evidencia de las agresiones. Porque la denunciar representa para las mujeres maltratadas un rotundo fracaso personal, la constatación de no haber sabido hacerlo de un modo que no provoque iras.

Como investigadora, al realizar grupos de discusión con mujeres maltratadas, coincido con otros que concluyen que el sentimiento de vergüenza, de culpabilidad y fracaso sólo deja de ser paralizante en el caso de que los hijos e hijas puedan sufrir algún riesgo. En esas circunstancias el rol de madre, gana al de esposa, o compañera sentimental, y produce el impulso necesario para solicitar ayuda o asesoramiento. Del resultado de este acompañamiento experto dependerá el tiempo que requiera para sentirse segura e interponer una denuncia. La víctima de violencia es singular por otros motivos. Porque no responde a la agresión, aun viviendo en un régimen de terror cotidiano, ella espera a que las cosas cambien, mientras realiza un autoexamen revisando en qué podría haber fallado. Su discurso culpabilizador coexiste con la rehabilitación del agresor, buscando una explicación a su hostilidad. Siempre serán los agentes externos los responsables de su crueldad: el trabajo, su carácter, su infancia. Michael Foucault señalaba que el miedo es el mejor instrumento de control porque logra que la víctima aprenda a examinar cada gesto que pueda molestar a su agresor. Se inhibe por adelantado anticipándose a las posibles reacciones. El miedo es devastador y anestesia cualquier intento de salida.

Sin analizar estos hechos, sin analizar qué significa la igualdad, los cuerpos y fuerzas de seguridad, trabajadoras y trabajadores sociales, el personal médico, del campo de la psicología, o de la judicatura, fiscalía y abogacía seguirán sin comprender por qué resulta tan lento y penoso para las mujeres maltratadas tomar la decisión de denunciar, o qué causas concurren para que ella retire una denuncia antes de la vista oral. En otros escenarios, como las casas de acogida, o los pisos de emergencia, las directoras se preguntan qué les lleva a preguntar por él una vez que el miedo ha remitido, o qué les incita a querer acordar una cita. Incluso aspectos aún más espinosos, cuando una Orden de Alejamiento se vulnera cada vez que ella abre la puerta o accede a un encuentro, aun sabiendo que éste sea sumamente peligroso. Todas estas vicisitudes provocan que los profesionales, la policía nacional o local, no sepan cómo actuar, aunque el cumplimiento de la Ley es taxativa: vulnerar la Orden de Alejamiento es constitutiva de delito, pero el consentimiento de la víctima les confunde. El resto de los profesionales, saben que a pesar de haber invertido su trabajo, o su asesoramiento acompañado a la víctima, ésta no responde como el resto de las víctimas a su intervención; duda y perdona. Por lo que es lógico, que experimenten una desafección con su tarea, porque no siempre existe reciprocidad entre su empeño y el resultado esperado.

Lo mismo sucede en la familia nuclear de la mujer agredida, o bien están desorientados porque no aciertan sobre cómo influir en su hija, o en su hermana, y porque temen que al advertirla del peligro de una relación tan nociva provoquen, muy a su pesar, la reacción contraria: una encendida defensa del maltratador. Su desorientación es el motivo de demanda al teléfono de emergencia 016, que registra una media de un 23% de sus llamadas a solicitud de familiares y allegados. En otros casos, encontramos aquellas familias que prefieren apelar a la estabilidad de la pareja y minimizan el desastre, por lo que la disuaden de mantener la denuncia y, en muchas ocasiones, le piden que la retire. Lo que constituye uno de los motivos de preocupación para la Coordinadora Estatal de Mujeres Abogadas (www.cemabog.org)sobre el papel que juega la familia en la cronificación de la violencia. Pero todas estas aptitudes carecerían de sentido sin relacionar la violencia contra las mujeres con las políticas de igualdad y el género. Por supuesto, sin olvidarnos qué clase de perjuicios persisten para desautorizar la Ley, y lo que es más grave, a las mujeres víctimas de violencia de género, como incoherentes, o tramposas, como sucedió con la difamación sobre las denuncias falsas.

Podría parecer que los valores de la sociedad se renuevan en la medida que se ejercita la democracia, tanto en la esfera pública como privada. Lo que significa enterrar principios de autoritarismo y subordinación hasta convertirlos en aptitudes intolerables. Sin embargo, las encuestas (Barómetros del CIS) demuestran que la igualdad, como principio; es decir como idea es aceptada sin fisuras. Todas las respuestas coinciden en que mujeres y hombres disfrutan de los mismos derechos, ahora bien, cuando la igualdad ha de traducirse en prácticas sociales concretas, en acciones, los parámetros de género muestran enormes resistencias. Persevera la desigualdad en el uso del tiempo. Un solo ejemplo en cuanto al grado de corresponsabilidad familiar: La atención de hijos e hijas (CIS. Marzo, 2014 ) es asumida por las madres en un 82%, seguida de la abuela en un 8,5% y en tercer lugar el padre, con un 4,5%.

La vigencia del término “género”

El término género no debe entenderse sólo en el plano descriptivo de unas diferencias biológicas, sino como una interpretación cultural, un conjunto de expectativas sociales de los roles que han de desempeñar mujeres y hombres. En suma, un código de comportamientos y de convenciones sociales. Está directamente ligado a la división de espacios: lo público y lo privado. La sociedad, si bien parece distribuir jurídicamente la igualdad, nombra como responsables del hogar a las mujeres y como sustentadores principales a los varones. Ante un conflicto dentro de una relación afectiva, cabría saber si nos hallamos ante dos sujetos cuya opinión quiere hacerse valer, o bien son los roles masculinos y femeninos quienes se abren paso en la contienda. ¿En que se apoya cada uno en la discusión, de qué modelos o experiencias se sirven? Los roles son pautas de conducta exigentes y logran ejercer una enorme presión de conformidad, pero a cambio aseguran a quienes se adaptan un tranquilizador sentimiento de legitimidad ante los demás. No hay rupturas ni extrañezas. En definitiva, un código basado en el “deber ser”, en el caso de los roles femeninos más orientados a especializarse en lo ajeno, que en una misma como un marco de referencia vital.

Si la categoría género es útil para entender qué papel juegan los roles, aumenta su capacidad explicativa a la hora de interpretar la dinámica de una relación de maltrato. Por ejemplo, ¿a qué patrones de comportamiento responde permanecer cautiva de una relación de maltrato durante 8 años de promedio? O, el número estadísticamente relevante de hombres que no dudan en declarar que las aman, incluso después de haberles provocado lesiones o la muerte. ¿Qué les lleva a experimentar una culpabilidad subjetiva cuando son ellas las vejadas y agredidas? ¿Por qué no actúan como otro tipo de víctimas, con capacidad para asociarse y demandar adhesiones a la sociedad, con fuerza para denunciar su agresión públicamente, y exigen de manera firme una reparación al daño causado? Son escasas las asociaciones, o su nombre lo dice todo: Asociación Mujeres Supervivientes de Andalucía. La mayoría de las mujeres maltratadas no siguen este modelo, la vergüenza y una enorme sensación de derrota las inhabilita para formar asociaciones, o para reclamar medidas cuando las Administraciones Públicas no actúan con la debida diligencia.

En las relaciones de maltrato el peso de los roles de género no sólo actúan como un elemento desencadenante del conflicto, también sirven para perpetuarlo. Muchos policías se sorprenden sobre el tipo de hechos que el agresor relata como motivo de una paliza, e incluso del asesinato. Las diligencias recogen unos hechos que, aparentemente, carecen de entidad para provocar tan cruel castigo. En principio, pudieran parecer hechos sin importancia, discusiones habituales en el ámbito doméstico. Su perplejidad es sincera. No lo entienden. Lo cual es lógico, porque se trata de algo mucho más importante que el grado de satisfacción respecto a la tarea doméstica; el maltratador persigue verificar un escrupuloso cumplimiento del rol femenino y por supuesto, de no hacerse así su pareja se atendrá a las consecuencias.

Sabemos que el rol de esposa y madre aún están confinados a un desprendimiento de una misma para atender las necesidades ajenas. Y aunque los nuevos estilos de vida han enriquecido las formas de su ejercicio: madre sola, mujeres separadas, o madres con una orientación sexual distinta, sus compromisos de atención son requeridos sin contemplaciones. Resulta muy difícil mantener unos límites a las demandas familiares y, con el mismo empeño a mantener a salvo una relación de pareja, más aún exigir reciprocidad. La figura de la “madre” no sólo alude a quienes efectivamente lo son, sino que se reclama como un atributo definitorio, una cualidad sustancialmente femenina. La maternidad siempre remite a un rol femenino; un hombre se feminiza al adoptarlo y pasa a ser una excepción con una gran valoración positiva. Así es, porque la definición de la paternidad se define por otros rasgos: la trasmisión de apellido y de la principal renta familiar. En cambio, la maternidad es una aptitud de cuidado, de hecho las chicas jóvenes “cuidan” a sus compañeros sentimentales, se ajustan a sus tiempos, a su peculiar forma de ser, o bien se adaptan a sus gustos, o a sus amigos. Y, en la mayoría de los casos, esta atención conlleva la desatención de sus propias amistades, o afecta a su rendimiento. ¿Todavía nos sorprende que en una vista oral, la víctima rectifique su testimonio? Además el artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal contempla la figura del derecho a la dispensa, o la posibilidad que tiene toda mujer de no declarar contra su marido, aunque éste sea el maltratador y ella la víctima. Ante lo cual el fiscal puede retirar la acusación.

Sostener emocionalmente una relación es definido como logro en el discurso femenino, ello pudiera explicar que más de un 36% de las víctimas se nieguen a declarar contra su marido o compañero sentimental. Lo cual nos indica la tensión de lealtades que operan en un acto procesal de este tipo, donde no siempre los jueces advierten de lo que eso significa. Los resultados son estremecedores, el maltratador sale en libertad y es previsible que ajuste cuentas con su “delatora”. La Memoria Anual de la Fiscal de Sala, Coordinadora de la Violencia contra la Mujer, alerta sobre otras estrategias de desautorización de la víctima, como son los Recursos de Revisión ante la Sala II del Tribunal Supremo. El condenado se querella contra la víctima sosteniendo que su condena sólo se basó en una denuncia, la mujer se presta a declarar y, como resultado de confirmar este supuesto, queda condenada. La propia Memoria reconoce que es preciso estudiar esta forma específica de violencia, porque sabe que los comportamientos de género inciden en el desarrollo procesal. El número de sobreseimientos es el indicador sobre el grado de impunidad de los maltratadores, que desde el año 2005 ha supuesto un incremento de un 158%. Suspender la causa por falta de pruebas, sin iniciar investigaciones de oficio, delata un mal funcionamiento de los órganos de justicia, ante cuyos déficits no parece haber ni un seguimiento y, mucho menos, se activan las medidas correctoras suficientes.

En cuanto a los hombres maltratadores, un debate permanente se centraba sobre la posibilidad de lograr su rehabilitación, o bien dudar de cualquier método eficaz para ello. Este tema, además gravita sobre una posición ética acerca de la capacidad de recuperación de un sujeto. En el caso de los maltratadores, es una condición ineludible que éstos acepten su responsabilidad en la agresión, sin señalar a su pareja como la principal causante de su hostilidad. Y esta dificultad en reconocerse como agresor, es precisamente el obstáculo sobre el que aluden la mayoría de los terapeutas en el tratamiento. Los maltratadores encuentran una extraordinaria dificultad en asumir la responsabilidad de sus acciones, para minimizarlas. Los hombres violentos, ni perciben el pánico ni viven disculpándose. Testimonios de los que son testigos permanentes los cuerpos de policía especializados, que observan su modo de definirse: sujetos que “responden” a una provocación, a una suerte de insubordinación. Del mismo modo, cuando el conflicto remite los maltratadores saben activar la lástima, han vivido del perdón y de las segundas oportunidades que les facilitaba la víctima. Esto ocurre justo en el momento de la ruptura, o cuando se está tramitando una denuncia. Es frecuente hallar testimonios de hombres que reclaman el perdón y apelan al sentimiento de pena, pero sin reconocer la gravedad de lo sucedido, no para rendir cuentas sobre lo arraigado del poder y el narcisismo, sino con la intención de purgarse, de redimirse.

“Yo parecía la victima cuando salí de la cárcel”. Un maltratador que narró en el diario El País (13.03.2011) cómo disciplinó a su mujer, una periodista con carácter independiente, que a pesar de reiteradas agresiones, nunca denunció. Fueron los vecinos, porque los golpes suenan, quienes tomaron la iniciativa. Otras veces, son los vecinos quienes declaran en los reportajes de televisión, la extrañeza ante la detención de un maltratador, puesto que era correcto, e incluso, amable. Sin pensar que el agresor se especializa en quien sabe que seguro mantendrá la espiral de silencio que precisa la violencia. También La Ley contra la Violencia contempla medidas en este campo. Se incluyeron trabajos en beneficio de la comunidad, como parte de la reeducación de maltratadores, una medida aún pendiente de práctica. Sería difícil contabilizar el número de Ayuntamientos que así lo hicieron, pero no cualquier clase de trabajo, sino aquellos cuya naturaleza esté ligada al cuidado, por ejemplo, en la atención de personas dependientes, o en centros de salud, o de mayores. Porque si el poder ha estructurado sus relaciones sentimentales, vivenciarse en la posición de procurar cuidado a los demás, sería un cambio nada desdeñable para ellos.

Sabemos que la identidad masculina se centra en una independencia económica y en aportar la principal renta a la unidad familiar. Su identidad positiva es directamente proporcional a su posición en el mercado de trabajo. ¿Acaso no se vincula la identidad masculina con la esfera laboral? Con tal contundencia como la que conlleva un despido en el que se hace un examen retrospectivo sobre en qué se falló. El cine de Fernando León, en su film Los lunes al sol, muestra la desolación de un grupo de hombres despedidos, cuya conversación se recrea en las anécdotas de su trabajo, única forma de seguir cohesionando al grupo. Otro tema sería reparar en el papel reservado a las mujeres de sus protagonistas. Resignificar la masculinidad, tomar el poder patriarcal como una debilidad y no como un signo de prestigio, es un buen ejercicio que promueven los Grupos de Hombres por la Igualdad, quienes buscan renovar los modos de relación convencional, donde la sentimentalidad mal entendida, requiere de la subordinación sentimental de las mujeres para afianzarse.

Materiales de derribo contra la Ley.

Desde el año 2005 que se crea, siguiendo la Ley 1/2004, el Observatorio Estatal de la Violencia de Género (https://www.msssi.gob.es/) no hay respuestas institucionales firmes a la altura de la gravedad del fenómeno. Incluso, contando con 65 mujeres asesinadas de promedio año, aún persisten ideas que colocan la Ley como sospechosa de no ser ecuánime con los principios de igualdad de trato ante la justicia. Veamos algunas de ellas y aprovechemos para hacernos preguntas sobre los significados que recaen sobre la violencia.

La primera de las difamaciones fue extender la idea de que las mujeres maltratadas incurrían en el delito de falsedad en sede judicial, sosteniendo denuncias falsas, las cuales son constitutivas de delito, conforme a los artículos 456 y 457 del Código Penal. Ante ellas, el juez, como la fiscalía o el Ministerio Público, debe actuar con contundencia. La responsable de contaminar a la opinión pública con estas afirmaciones, fue la Jueza Decana de Barcelona, María Sanahuja que añadía “da la sensación que algunas personas usan la fase de instrucción para tener mejor situación en los casos de separación”. El terreno estaba abonado para fomentar el sentimiento de sospecha sobre las mujeres maltratadas. Nunca presentó datos, o estadísticas que avalaran su afirmación. La cual sigue dando sus frutos, dado que recientemente, un Diputado de UpyD, miembro de la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados, sin aportar dato alguno, pero sabiendo muy bien que se hacía eco de un estereotipo con gran aceptación, volvió a inculpar a las mujeres. Tuvo que ser el Consejo General del Poder Judicial quien recordará en su informe del año 2011 que se produjeron 134.002 denuncias de las cuales sólo 19 fueron falsas, es decir, un 0,01. Pero sabemos bien que los prejuicios no admiten argumentos. En este sentido, cabría hacerse una pregunta: ¿Qué opera en la sociedad española para no contrarrestar esta idea con el elevado número de denuncias? Sin contar que el teléfono de emergencia 016, creado en el año 2005 con el único propósito de asesorar, haya recibido a 1 de enero de 2014, 10.220 consultas, o las 9.475 registradas en el año anterior.

Otra difamación radica en plantear que la Ley es inservible, tan contundente conclusión se expresa sin contar con una evaluación de la misma, como se fijó en la Disposición Adicional undécima. Lamentablemente, sólo se dispone de un informe de un grupo de expertos a iniciativa del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en abril de 2006, referido sólo a cuestiones técnicas sobre su aplicabilidad. Es necesario emprender una evaluación global, con más años de perspectiva. Y sobre todo, en relación con los mecanismos de coordinación que fijó en su articulado. Por ejemplo, las Unidades de Igualdad de las Subdelegaciones de Gobierno, ubicadas en cada capital de provincia con el objetivo de reunir a jueces, fiscales, cuerpos y fuerzas de seguridad, asociaciones de mujeres. Uno de los primeros recursos que utilizan las mujeres para asesorarse, así como cualquier grupo experto. De esta forma se actuaría en un doble plano: prevención y seguimiento de las víctimas de violencia. Sin olvidar, el ámbito rural que tan estrecho margen de anonimato ofrece a las mujeres que quieren asesorarse o denunciar. Estas unidades dependen de la Vicepresidencia de Gobierno, deberían contar con personal y con medios. ¿Qué objetivos se han cumplido en estas Subdelegaciones, o bien, con a qué tipo de obstáculos se enfrentan?

Lo más cómodo es reproducir la lógica del rival y manifestar que la Ley no funciona y a continuación añadir el número de víctimas como prueba irrefutable de su fracaso. Así es la norma y no su aplicación la responsable de esta pérdida de eficacia. Así se pronunció la Ministra Ana Mato en sede parlamentaria, proponiendo un mecanismo que se ha vuelto el comodín político por excelencia: un Pacto de Estado, un compromiso entre Gobierno y distintos grupos políticos para establecer acuerdos sobre esta materia. Es evidente, que el primer punto debería ser aplicar la Ley, para para ello se ha de contar con un riguroso diagnóstico del grado de cumplimiento de la misma. Sin embargo, la retórica política soporta todo y tiende a poner el cronómetro a cero. Así mientras el Ministerio competente de su seguimiento se inclina por las alianzas, el Ministerio de Justicia estudia reformar el Código Penal introduciendo cambios lesivos para las víctimas de violencia de género. Veamos algunos: determinar una pena de multa para los delitos de violencia, dado que en el caso de ir a prisión el maltratador, esto afecta a los bienes gananciales, e incluso merma la renta familiar. Las vejaciones deberán ser falta y no delito. O el más grave, por contradecir las prescripciones de Naciones Unidas, es utilizar el mecanismo de mediación cuando una de las condiciones para que ésta sea efectiva es que exista una relación de equivalencia en cuanto a la capacidad de negociación, algo imposible si se reconoce que entre una víctima y su agresor, el poder es la pauta interactiva predominante.

Otro argumento sobre la supuesta inutilidad de la Ley, que triunfa entre quienes sospechan de la inutilidad de la misma, es decir que lo más útil es la educación, en una clara invocación a la capacidad de los valores sociales para desechar conductas intolerables en las relaciones de pareja. Sin embargo, aunque la Ley incluyó la posibilidad de que Asociaciones o personas expertas en esta materia, se integrarán en los Consejos Escolares, a 10 años de la promulgación de la norma, aún no se ha aplicado. Si a ello sumamos la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, donde el respeto y la resolución de conflictos formaban parte curricular y aportaba ideas para la didáctica escolar, el escenario se complica. Es cierto que apelar a la educación es totalmente necesario. La educación mixta se implantó en España en 1970, pero a pesar de ello, aún pervive una distinta valoración sobre las conductas de niñas y niños: “los niños no lloran” y “las niñas no deben hablar así”, como expresa Marina Subirats, son signos de una educación que debería introducir materiales de coeducación como forma de corregir estas conductas. Por suerte, contamos con excelentes materiales que versan sobre cómo educar para la igualdad, o impulsan una educación no sexista, que Institutos de la Mujer o asociaciones de profesoras han elaborado. Aun así, el sistema educativo no hace los suficientes esfuerzos en esta línea. Ante ello surge una pregunta: ¿Qué resultados obtendríamos si el sistema educativo hiciera el mismo esfuerzo que cuando logró al desacreditar el hábito de fumar, si insistiera en la importancia del cuidado en el ámbito familiar, así como en un reparto equitativo de las tareas domésticas?

Una forma eficaz de derribo radica en ir degradando la igualdad privándola de recursos. Las políticas de igualdad, son políticas activas y como tal son un asunto económico. Los Presupuestos Generales del Estado y de las Administraciones Públicas han reducido en un 27% los capítulos de gasto destinados a la violencia de género. Sabemos que este mes de noviembre celebrarán muchos actos condenando la violencia, este gesto es gratis y mantiene su capacidad de convocatoria ciudadana, pero y simultáneamente es compatible seguir al pie de la letra la Ley 27/2013 sobre la Racionalización de la Administración Local, que afectará directamente a la prestación de atención a la Violencia de Género. Pero es mucho esperar que las agendas políticas supervisen los efectos de su toma de decisiones, aunque sean lesivas para las trayectorias profesionales y vitales de las mujeres.

Todo cabe en materia de igualdad, por ello mientras se busca un Pacto de Estado cautivo de la buena voluntad de las partes, hay pendientes de aprobación leyes urgentes, como una Ley Integral contra la Trata de Mujeres y Niñas con fines de Explotación Sexual. O bien, recuperar derechos que se han quebrantado,como que las mujeres hayan dejado de cotizar por cuidados a personas dependientes la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía personal y atención a personas en situación de dependencia, más conocida como la Ley de Dependencia, ha sido derogada de facto, aunque siga en vigor.

No hay consecuencias, porque lo que no aporten las Administraciones Públicas, como son las prestaciones derivadas de los servicios sociales, bien los pueden cubrir las mujeres, que de hecho no contabilizan el tiempo donado en los cuidados, ni obtienen reconocimiento alguno por parte de los miembros de la familia que se benefician de ello. Si se sigue degradando la igualdad como derecho práctico, no será fácil para una mujer maltratada creer que le asiste el derecho a proteger su dignidad, física o mental, si además sólo es visible para los poderes públicos el 25 de Noviembre, Día Internacional contra la Violencia contra las Mujeres.